‘Sirat’ o el ruido

Cuando una película está en todas partes, suele ser mala señal. ‘Sirat’ llegaba precedida de tanto entusiasmo que lo razonable era desconfiar. Lo sorprendente es que, pese a todo, sobrevivió al ruido.
Namib
9 feb 2026 08:12

Vi Sirat con pinzas en la nariz. Literalmente, más después de que ‘Lo que arde’ me dejara más frío que el corazón de una presidenta de la Comunidad de Madrid. El ruido previo era tan ensordecedor, la publicidad tan constante y omnipresente, que temía encontrarme ante otro producto inflado por la maquinaria promocional, otra obra convertida en acontecimiento antes incluso de haber sido vista. Y, sin embargo, la sorpresa fue mayúscula.

La película me fascinó.

Hacía tiempo que no veía cine de tan alta calidad. De ese que no necesita explicarse en exceso, que confía en el espectador y que se sostiene por su propia fuerza estética y narrativa. De ese que no parece pensado para el consumo rápido ni para la conversación efímera, sino para quedarse dentro durante días, meses, años... Sirat tiene algo de eso: de obra que se experimenta más que se ve, de película que exige atención y que recompensa con creces al que se deja llevar.

Quizá por eso el contraste con todo lo que la rodea resulta tan llamativo. Porque el exceso de publicidad que la está acompañando amenaza con convertirla en un monstruo. No un monstruo en el sentido negativo de la palabra, sino en algo desbordado, sobredimensionado, casi imposible de abarcar. Está en todas partes. En conversaciones, en titulares, en recomendaciones, en listas de imprescindibles. La sensación es que uno no llega a la película: la película llega a uno una y otra vez, por todos los flancos.

Y eso me hace preguntarme qué hay detrás de este fenómeno. No sé si responde a una necesidad real del público, una especie de hambre acumulada de buen cine, de propuestas que se salgan del molde y devuelvan al espectador la sensación de estar ante algo importante. Quizá llevábamos tiempo esperando una obra así y, cuando aparece, se la eleva inmediatamente a la categoría de acontecimiento. O tal vez, simplemente, se trata de la típica publicidad por la pasta, la que estruja el limón hasta el hollejo y acaba convirtiendo algo maravilloso en otro producto industrial que se consume y se tira.

Hoy, por ejemplo, he visto que incluso el Museo del Prado ha propuesto una forma distinta de mirar Sirat: hacerlo a través de la pintura, estableciendo paralelismos visuales y emocionales en redes sociales. La iniciativa es interesante, sin duda. También revela hasta qué punto la película ha trascendido su propio espacio natural para convertirse en un fenómeno cultural que todo el mundo quiere interpretar, comentar y apropiarse de algún modo.

Y entonces surge la duda inevitable: ¿no se están pasando un poco?

Porque la película no necesita tanto. Su fuerza está en lo que es, no en todo lo que se construye a su alrededor. No es una Coca-Cola ni un detergente que necesite ser vendido para trascender. El riesgo de este tipo de exposición es que acabe devorando a la obra, que la expectativa termine por sustituir a la experiencia, que el discurso externo pese más que lo que realmente ocurre en la pantalla.

Paradójicamente, lo mejor que se puede hacer con Sirat es verla sin ruido. Sin consignas. Sin capas interpretativas previas. Sin la obligación de que te guste porque “tiene” que gustarte. Solo sentarse y dejar que el cine haga su trabajo.

En mi caso, pese a llegar con desconfianza y cierto cansancio ante tanta promoción, funcionó. Y eso, en el fondo, es lo más importante. Porque cuando una película logra imponerse incluso al desborde de expectativas que la rodea, cuando consigue sorprender a quien ya iba prevenido, es señal de que ahí hay algo verdadero.

Y de eso, precisamente, andábamos escasos.

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