“Cenando a la fresca”: las vecinas mallorquinas ocupan las calles del centro contra la masificación

El colectivo social y vecinal Brunzzit ha organizado cada miércoles de este verano cenas populares autogestionadas bajo la filosofía de recuperar los espacios urbanos, hoy convertidos en un decorado para turistas adinerados. La iniciativa ya ha sido replicada en otros territorios del Estado como Madrid o Barcelona.
Cadena humana Mallorca contra turistificación - 2
Vecinos mallorquís participan en la cadena humana contra la turistificación en Mallorca. Mireia Balasch

En el atardecer del miércoles 26 de agosto, el Passeig des Born de Palma de Mallorca lucía muy distinto a cómo acostumbra, su fisonomía se había transformado radicalmente: donde de normal campan a sus anchas las terrazas de restaurantes lujosos, aquella tarde comenzaron a amontonarse cientos de residentes ataviados con sillas para, sencillamente, cenar a la fresca. Desde las siete de la tarde, con absoluta normalidad, los palmesanos fueron poco a poco ocupando la rambla principal del centro con coloridos manteles, toallas, tuppers, platos y todo tipo de artículos para hacer algo tan mundano como político: apropiarse del espacio público y disfrutarlo en comunidad.

Esto no debería resultar algo excepcional si no fuera porque desde hace varias décadas la ciudad se ha mostrando cada vez más en hostil para los locales, que han dejado de acudir a los lugares céntricos: la antigua convivencialidad que tanto había caracterizado a la población de la isla ha ido desapareciendo debido a los efectos devastadores de la masificación turística. Es por ello que el colectivo social y vecinal Brunzzit decidió hace un año lanzar al aire una propuesta creativa para dar respuesta al hartazgo de que vive la isla: organizar cada miércoles en los meses de julio y agosto los llamados sopars a la llesca, cenas populares autogestionadas que han llegado a juntar hasta a 500 personas en sus días álgidos. Una actividad ampliamente secundada que desafía el consumo individual y acrítico para poner lo común en el centro. “En Palma, todo lo que es el ocio está encaminado al negocio y ese es un problema que tenemos que cambiar”, criticaban desde Brunzzit.

La dinámica a pie de calle se repite cada semana, se distribuyen decenas de mesas y sillas por la plaza o calle donde vaya a tener lugar el sopar, puesto que cada semana se elige una localización distinta. Tal ha sido el éxito de la iniciativa que, aseguran desde Brunzzit, algunos días en veinte minutos ya se ocupaban todas las sillas. “Si lo recordáis, hace años en Palma había un paseo que era más que eso. Allá nuestras abuelas salían a festejar, las familias se juntaban para ir a caminar y ahí se reunían también los jóvenes de la ciudad. Hoy es una zona de 130m² de terrazas para gente con dinero”, lanzaban en sus redes sociales los organizadores para animar a los residentes a reapropiarse de sus calles. No sólo se ha producido una pérdida de la identidad cultural propia en toda la isla, sino que el centro se ha vuelto un inaccesible por sus precios desorbitados y la alta ocupación. Mallorca está al límite y se ahoga.

Resignificar los espacios urbanos y devolverlos a la comunidad

Ubicaciones emblemáticas como la Catedral, la Plaça Major, la Plaça de l'Olivar o el Born, todas ellas insertadas en el centro neurálgico palmesano, dejaron por un instante de ser un mero escaparate para extranjeros acaudalados y se transformaron en zonas amables, accesibles y combativas. Rápidamente la avenida fue revistiéndose de carteles donde podían leerse consignas como “El turismo nos ahoga” o “Menos terrazas, más vecinas” en árboles, bancos y farolas.

“El objetivo real es reocupar y reapropiarnos de los espacios de una manera transversal e intergeneracional desde un ocio alternativo, gratuito y libre para todas”

“La intención era hacer estos encuentros tan sencillos, comunitarios y bonitos con el objetivo real de reocupar y reapropiarnos de los espacios las personas residentes de una manera transversal e intergeneracional desde un ocio alternativo, gratuito y libre para todas”, traslada con orgullo a este medio Joan Llopis, miembro de Brunzzit. Otras ciudades como Madrid o Barcelona ya se han hecho eco de esta actividad y la han replicado en sus territorios.

Aunque en los sopars no han faltado los bailes populares locales -como el tradicional ball de bot-, distintos talleres creativos y juegos grupales como un trivia anti-turistificación, un bingo musical y hasta la presentación de un libro, desde Brunzzit insisten en que la iniciativa dista mucho de ser un evento festivo. Por contra, pretende expresar un descontento latente pero que casi nunca termina aflorando en forma de grandes protestas. De hecho, todas estas desarrolladas durante julio y agosto han corrido a cargo de colectivos locales antirracistas, nacionalistas, feministas y vinculados a la lucha ecosocial en el territorio, así como específicamente anti turismo como la conocida plataforma Menys turisme, Més vida.

Un hastío generalizado que no se limita a los meses de verano sino que permea todo el año mientras la ciudad se gentrifica mes a mes y los servicios públicos están saturados. El Sindicat d’Habitatge continúa denunciando la especulación inmobiliaria que hoy provoca no sólo que el centro esté habitado casi exclusivamente por turistas de elevado poder adquisitivo sino que miles de residentes tengan que migrar a la península porque “vivir aquí es algo cada vez más utópico”.

Baleares lidera el ranking de precios del alquiler con 4.097 euros por metro cuadrado, seguido de la Comunidad de Madrid, Euskadi y Catalunya, según los datos del Ministerio de Derechos Sociales, Consumo y Agenda 2030. Mientras que el archipiélago cuenta con más de 100.000 viviendas vacías y otras tantas destinadas a usos vacacionales, el número de nuevas viviendas de lujo de nueva construcción sigue multiplicándose.

Por tanto, los movimientos sociales actualmente ponen el acento en la sustitución poblacional de clase que el actual modelo económico trae consigo. Una expulsión “de la propia tierra” a favor del turista que cada vez más gente se niega a normalizar. Así lo expresa Francesc Bonnín, militante del Ateneu Popular la Fonera, colectivo anticapitalista a favor de la autodeterminación de los pueblos catalanes que en la anterior edición contribuyó a la organización de los sopars.

“Palma desde esta última década está sufriendo un proceso de gentrificación muy bestia. Se comenzó a desarrollar un cambio de uso del centro, empezó a venir un montón de capital extranjero a comprar edificios enteros para reformarlos y convertirlos en hoteles de alto standing”, explica. El activista añade que antes la masificación se limitaba a zonas cercanas a la costa y conocidas por su ocio nocturno, como el Arenal o Magaluf, pero ahora el tránsito turístico se ha extendido también a la ciudad.

“Las personas residentes somos un simple decorado nostálgico en una ciudad vendida al mejor postor. Es nuestro deber salir, reclamar y molestar ocupando las plazas porque esto es nuestra casa”

Las instituciones de las islas poco están haciendo para revertir esta situación, critican. El Govern y el Ayuntamiento de Palma alcanzaron un acuerdo estratégico el pasado febrero para limitar la llegada de cruceros a las islas. No obstante, el cómputo semanal permitido pasó tan solo de 8.500 a 7.500 cruceristas diarios y éste se aplica únicamente en temporada alta para embarcaciones de más de 500 plazas. Una medida calificada de tibia y cosmética que llega en paralelo a las obras de ampliación del aeropuerto de Son Sant Joan de Palma de Mallorca con una inversión de 560 millones de euros.

Tanto si las visitas han tenido lugar por vía aérea como marítima, la llegada de turistas a las baleares ha presentado un incremento del 6,3% respecto al año anterior. Tal y como rezaba el manifiesto que pudo leerse al término del último sopar popular, “Palma ya no nos pertenece. Las personas residentes somos un simple decorado nostálgico en una ciudad vendida al mejor postor. Es nuestro deber salir, reclamar y molestar ocupando las plazas porque esto es nuestra casa”.

Un hartazgo popular criminalizado por la derecha institucional

Con todo este contexto sobre la mesa, las instituciones llevan años criminalizando toda forma legítima de confrontación popular contra el modelo económico vigente. Términos como ‘turismofobia’ siguen empleándose interesadamente para deslegitimar las voces combativas con “un sistema depredador”. Tanto el Ayuntamiento de Palma, actualmente en manos de la popular Marga Prohens, como del parlament Balear de ultraderecha se han encargado de reprimir con fiereza las manifestaciones en la isla.

Este mes, la Policía ordenó retirar las terrazas del Born alegando un posible riesgo de que en las cenas se produjeran “actos vandálicos o disturbios atendiendo a los precedentes registrados el pasado 26 de julio” por parte de los asistentes de la cena popular, como declaró la Brigada Provincial de Información de la Policía Nacional. Aquel día 26, mientras 25.000 se congregaban pacíficamente para denunciar la desregulación del turismo y la degradación ambiental, eran los Cuerpos y Fuerzas de seguridad del Estado quienes arremetían con violencia contra numerosos manifestantes muy jóvenes.

“Su estrategia está clara: tratan de desarticular toda propuesta comunitaria y colectiva que desafía sus intereses económicos”, afirman, recordando que obtener la autorización del Ayuntamiento para ocupar las plazas y calles ha sido una carrera de obstáculos. El verano pasado el consistorio impidió realizar la velada en el paseo, y este año la denegación de los permisos se ha repetido en varias plazas del centro. De hecho, los ateneos populares La Fonera y la Elèctrica afirman que se desautorizó la celebración de las cenas a dos días de su comienzo, sin argumentar el por qué, pese a que la petición llevaba en trámite desde el mes de mayo.

“El Ayuntamiento pone trabas a todo lo que implique participación ciudadana. Pides un permiso con meses de antelación y hay veces en que hasta el mismo día no has sabido si tendrías el permiso o no...”

En esta y otras ocasiones, sostiene Bonnín, “el Ayuntamiento pone trabas a todo lo que implique participación ciudadana. Pides un permiso con meses de antelación y hay veces en que hasta el mismo día no has sabido si tendrías el permiso o no, juegan mucho con dar largas, no responder, a lo mejor te dicen que algo está mal en el proceso y te lo dicen el día antes poniendo mil trabas burocráticas”.

Esta vez, personas de muy diversos colores políticos e ideológicos han tumbado las habituales indicaciones de las autoridades y han puesto sobre la mesa que otro modelo de ciudad es posible. Un esquema donde el ocio no sea un privilegio reservado a unos pocos foráneos y el tejido social salga fortalecido.

Para Víctor Conejo, palmesano que ha participado en estas jornadas como DJ para amenizar con música las cenas, “la gente nos dice que hacía años que no pasaba por estas plazas en julio y agosto, es una evidencia que a nivel comunitario la red ayuda a la reducción de problemáticas de salud mental entre otras cuestiones”. Cada vez es más raro encontrar lugares de encuentro fuera de las periferias por la creciente privatización de los espacios: “A los empresarios hosteleros les gustaría que esto lo montáramos en los pueblos del interior o en las periferias”, comenta mientras apunta que ante este escenario urge politizar el malestar colectivo.

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