Málaga
Un techo por derecho, las mujeres malagueñas que luchan por la vivienda
Aunque empieza octubre, el bochorno bajo las lonas de las acampadas en Málaga recuerda a los días más duros del verano. Entre las decenas de tiendas y el vaivén de los militantes que pasan de un lado a otro realizando distintas tareas, los flequillos y la efervescencia de las más jóvenes se mezclan con la tenacidad de las que cuentan con más años de experiencia.
Una imagen que nos recuerda lo fácil que es desmontar una de las falacias con la que desde distintos medios y discursos han intentado minimizar la crisis de la vivienda en todo el Estado: que es una cosa que solo afecta a los jóvenes.
La imagen de Maricarmen saliendo de su casa en camilla tras ser desahuciada ha sacudido al estado y ha dado una imagen del problema habitacional que para algunas de las capas de la sociedad aún no era visible: la transversalidad y la crudeza de este problema de Estado.
Lola lleva esperando una vivienda social desde hace 19 años: “Incluso las propias trabajadoras sociales han dicho que me tienen muy olvidadas”.
Sin embargo, por desgracia, en Málaga y especialmente en el colectivo Un techo por derecho están muy acostumbradas a estas imágenes del desgarro: vecinas mayores que son forzadas a abandonar sus casas y que, no pocas veces, se encuentran abocadas a dormir en las calles que las vieron nacer y que un día transitaban camino a su hogar sin pensar que un día les iba a faltar.
El mismo drama, diferentes historias
Marta Lucía no puede contener las lágrimas mientras habla. Hoy le acompañan su madre, de 91 años y que se encuentra en una silla de ruedas. La anciana ya no puede moverse, tampoco articular palabra y apenas abre los ojos coronados por unas pestañas totalmente blancas. También está con Marta Lucía su hijo, que tiene una discapacidad. Todos viven bajo el mismo techo desde hace al menos 13 años. Un piso que Marta Lucía alquilaba a sus jefes. Ella se dedicaba al cuidado de sus padres. Del sueldo de 700 euros que cobraba Marta Lucía, 500 euros más gastos estaban destinados al arrendamiento de su casa.
“Por no haberme cotizado lo que era, he quedado con una pensión mínima”, expone esta mujer, a la que sus jefes y dueños de su casa negaron ajustar su contribución para conseguir una jubilación acorde a lo trabajado. Hace un año y medio la propiedad le dijo que tenía que marcharse: “Me dijo que con lo que yo estaba pagando no me alquilan ni una habitación y que quería quedarse con su piso”, expone. “Yo no quiero quedarme con su piso, siempre he pagado, le he dicho que me suba, pero un poquito para que yo pueda pagarlo con mi pensión”, sentencia.
“Somos muchas personas, muchas mujeres, muchos niños, muchas personas enfermas en la calle; hay que luchar por Málaga y por los barrios”, expone Teresa.
En mayo esperaba que le dieran una fecha para su desahucio, un proceso que se detuvo durante el verano. La familia se encuentra a la espera de una nueva fecha de lanzamiento.
Marta Lucía ha estado buscando una alternativa habitacional que pueda permitirse, pero sostiene que la situación de vulnerabilidad de su hogar hace que nadie le quiera alquilar nada: “Me cierran las puertas por todos lados”. La situación le ha llevado a tener una grave afección de salud mental que atraviesa a toda la familia: “Mi hijo ha querido quitarse del medio, yo también, me iba a tirar, pero la policía vino a mi casa”.
Lola lleva esperando una vivienda social desde hace 19 años. “Incluso las propias trabajadoras sociales han dicho que me tienen muy olvidadas”, expone esta mujer. Desde que hace unos años la desahuciaron, ha dormido en varias ocasiones en la calle junto a su hijo con una grave enfermedad renal.
“No me han dado nada, he dormido como he podido, en los portales”, sostiene. Lola ha llegado a estar ingresada en psiquiatría: He tenido un tiempo en que no quería vivir, de verme en la calle con mi niño enfermo. Hace cinco años, ante la desesperada situación que vivían, tuvo que okupar una casa para vivir con su hijo. Desde entonces reciben amenazas de forma continuada por parte de la propiedad. “Solamente quiero que alguien nos ayude, el alcalde, y que no haya ni un desahucio más”, expone Lola.
La familia de Jessica lleva seis años en su piso de alquiler sin contrato; “el dueño no quiere declararlo a Hacienda”, expone. En su casa vive con su pareja, sus dos hijos menores y la madre de su marido, que tiene alzhéimer.
Hace un año recibió un comunicado del casero en el que le decía que tenía que abandonar la casa en 30 días. “Mentía y dijo que yo le debía dinero, pero siempre le he pagado; tengo pruebas”, expone. Jessica y su familia están atravesando momentos muy duros que afectan a toda la familia. Yo me levanto y no tengo ganas de vivir; lucho por mis hijos, por mi familia, no tengo fuerzas, porque no veo salida.
En la calle
El pasado 12 de junio, Elvira y su familia fueron desahuciadas de su casa en la que vivían desde hace once años. “Hoy nadie te da una seguridad de nada, aunque pagues el alquiler”, sostiene. Elvira tiene síndrome antifosfolípido, una enfermedad pulmonar; el ayuntamiento le ofreció a ella y su hija vivir en un albergue inadecuado para esta afección. Nos han dado una ayuda al alquiler, pero no sirve para nada; nadie te alquila con niños.
Actualmente, su familia se encuentra separada; su hija de nueve años vive en casa de una familia mientras ella y su marido viven en un trastero. “Hay muchos niños también en la calle, hay muchas familias en la calle con niños pequeños que realmente nos las estamos viendo bastante mal para poder seguir adelante”, sentencia esta madre.
A Mariló la desahuciaron este julio tras 13 años alquilando una casa en la calle La Palma; “el dueño compró el piso sin ni siquiera verlo, y luego me mintió diciendo que una supuesta hija embarazada necesitaba la casa, cuando no tiene ni hija”.
Tras pasar dos semanas en un hostal, ha vivido de forma recurrente en la calle. “Yo quiero una casa, un techo, yo no pido un chalet, solo pido una casa; vengo luchando mucho tiempo, y hasta la muerte voy a luchar”, insiste.
A sus 72 años y con dos cánceres, de mama y colón, Teresa vive en la calle, tras vivir nueve años en su casa de alquiler. El propietario quería subirle el precio de 400 a 1200 euros. Tras eso, “empezó quitándome la luz, el agua, el bono social, el bono térmico”, expone. Teresa pasó un tiempo en un hostal. Llevo todo el mes de agosto y septiembre en la calle, durmiendo en un banco, en un portal, en casa de una amiga o donde sea. Las instituciones le ofrecieron una residencia para ella y un albergue para su hijo. Yo no estoy para eso; además, no deberían partir una familia.
Mientras se mueve por la acampada saludando a la gente, deja un último mensaje. “Somos muchas personas, muchas mujeres, muchos niños, muchas personas enfermas en la calle; hay que luchar por Málaga y por los barrios”.
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