Madrid
“Aquí vivió un vecino deportado”: las ‘Stolpersteine’ recuerdan en Vallecas a los asesinados en campos nazis
A los nietos de Esteban les contaron que su abuelo murió en la guerra. Tras años de silencio, descubrirían que, en realidad, fue asesinado en un campo de concentración nazi. “Es un tema del que no se hablaba mucho en casa”, recuerda su nieta, Lola Díaz. Entonces entendieron por qué la abuela cobraba una pensión de Alemania. Hoy, este vecino de Vallecas ha recuperado su lugar en la memoria e incluso en el adoquinado del barrio: una placa recordará su último lugar de residencia con una inscripción: “Aquí vivió Esteban Díaz Baides, nacido en 1898, exiliado en Francia, deportado en 1940 a Mauthausen, asesinado en 1942 en Gusen”.
Es una pieza más del proyecto Stolpersteine, del artista alemán Gunter Demnig. El pasado 28 de abril una comitiva recorre tres kilómetros por las calles de Vallecas para colocar las siete “piedras de la memoria” dedicadas a siete vecinos del barrio madrileño, todos ellos parte de los más de 9.000 españoles deportados a campos de concentración nazis durante la Segunda Guerra Mundial. “Con la colocación de esta piedra se cierra el círculo. Nuestro abuelo era enterrador, ponía adoquines. Esta piedra lo devuelve, caprichos del destino, al lugar donde vivió”, dice Lola.
El propio Demnig se encarga de su instalación, con un ritual preciso y silencioso: introduce el bloque de cemento en el boquete a medida, lo ajusta con una maza, rellena los bordes con arena (en la que algunos familiares introducen una piedra recogida en un campo de concentración); finalmente, limpia la superficie con una esponja húmeda y la abrillanta con un pañuelo. Después, el artista se retira en silencio: quiere que el protagonismo sea para las familias.
Entre los que observan el proceso está Daniel, bisnieto de Esteban, de 25 años, para quien la historia del bisabuelo ha estado siempre presente. “En el colegio, conocer el tema del nazismo y saber que un familiar tuyo directo estuvo metido en los campos es una cosa muy impactante. Creo que, de alguna forma, es algo que me ha marcado”, dice. La placa permite que cualquiera pueda pasar y conocer lo que sucedió: “Este tipo de proyectos me parecen muy importantes para tener un poco de memoria histórica en España, que es un país que en algunos momentos tiene dificultades para reconocer ciertas cosas en su historia reciente. Es muy importante para las generaciones como la mía y para las más jóvenes”, opina.
Tropezar con la memoria
El proyecto Stolpersteine, que literalmente significa “piedra con la que se tropieza”, es el mayor memorial descentralizado del mundo dedicado a las víctimas del nazismo. La iniciativa, que cumple 30 años y que comenzó de forma clandestina en la ciudad de Colonia para conmemorar la deportación de personas gitanas por el nazismo, ha incrustado más de 126.000 placas en las calles de veinte países europeos (llegando hasta Buenos Aires), siempre en el último domicilio conocido de la víctima, para preservar su memoria.
A Demnig se le ocurrió la idea de que, mejor que un gran monumento, podría instalarse pequeños monumentos en muchos lugares: “En Alemania hay muchos monumentos grandes y una vez al año ponen flores, pero con las Stolpersteine realmente estás caminando y atravesando Europa viendo que aquí o allí vivía esa y esta otra persona”, dice el artista para El Salto.
“Es importante no contar una larga historia (eso se puede hacer en un libro o en una documentación posterior). En la piedra nos encontramos con la persona que desapareció pero que vivió aquí”, explica Demnig
Considera que las placas son un símbolo: “Es importante no contar una larga historia (eso se puede hacer en un libro o en una documentación posterior). En la piedra nos encontramos con la persona que desapareció pero que vivió aquí”. Ha hecho el viaje a España solo para colocar estas siete piedras, algo que le permite conocer a las familias: “Sé que los familiares están agradecidos por eso, que ahora haya un lugar para recordar”.
Historias de las que no se hablaba
“Por lo menos, ha vivido. Estaba en el olvido y ahora está presente”, dice Laura Masiá, sobrina de Manuel Masiá, mirando con emoción la placa recién colocada de su tío. La casa baja con corrales en la que Manuel vivió ya no existe, de modo que la han colocado entre el colegio San José y un campo deportivo. Manuel, operario de la Imprenta Municipal y voluntario en las milicias republicanas, fue ascendido a teniente y, finalmente, exiliado y expedientado. “Muy rojo”, se lee sobre él en un documento de la Brigada de Informaciones. Recluido en los campos de internamiento del sur de Francia, fue internado en Fallingbostel y deportado y asesinado en Mauthausen en octubre de 1943.
“En casa no se hablaba de nada. Era un tabú”, comenta Laura. La reconstrucción de su historia, marcada por la represión sufrida también por su abuelo y por otro tío, llegó mucho después, gracias a la iniciativa de varios familiares y un periodista. Toñi, otra sobrina de Manuel, fue quien siguió buscando y encontró, a través del Ministerio de Defensa, los papeles del juicio de su abuelo. “Me produjo una sensación tener en mis propias manos los papeles que él había tenido”, recuerda. “Pero ha llegado un punto que no sé cómo continuar”.
“Esto ha sido una alegría grandísima”, se emociona Toñi. “Es dar reconocimiento a estas personas que han sufrido lo que no está en los escritos, sin necesidad”
El contacto con el proyecto Stolpersteine fue un impulso. “Esto ha sido una alegría grandísima”, se emociona Toñi. “Es dar reconocimiento a estas personas que han sufrido lo que no está en los escritos, sin necesidad. Yo he leído en algunos artículos es que [a los prisioneros de los campos] los echaban a los perros y eran devorados, otros los hacían salir en invierno, los mojaban con una manguera y se congelaban. A otros los tiraban por terraplenes. Ya no es una guerra, es un salvajismo. No sabemos el pobre lo que pudo sufrir los dos años que estuvo allí”. Laura sostiene que hay que conocer la historia: “A la gente joven meterles en la cabeza que hay que luchar por la libertad que tenemos, que la podemos perder muy fácilmente”.
La búsqueda en el tiempo y el espacio
En Madrid, el proyecto ha crecido gracias a personas como Isabel y Jesús, encargados de contactar con Demnig y de colocar, hasta el momento, 119 piedras conmemorativas, casi todas en el centro. “Yo hace 20 años no sabía que había habido españoles en los campos de concentración nazis”, dice Jesús. En una visita al campo de Sachsenhausen, en Berlín, le sorprendió ver un monumento de los prisioneros españoles, y eso le llevó a traer a España el proyecto. En Vallecas, donde aterrizó gracias a la Cofradía Marinera de Vallecas y asociaciones vecinales como la de Kasco Viejo, planean instalar otras ocho placas más.
Detrás hay un trabajo de investigación y localización minucioso. Rastreo de censos, archivos municipales, documentación militar, registros franceses de refugiados y archivos alemanes. “En Vallecas tendría que haber más placas, pero el problema es la falta de documentación completa”, señala Jesús. Señala, además, que “los casos de Vallecas superan la media de mortalidad que tuvieron los republicanos españoles deportados: de 15 casos, hubo 13 asesinados”.
Muchas de estas trágicas historias siguen un patrón similar: vecinos que, por su participación sindical o su vinculación con la República, se exiliaron a Francia, fueron internados en campos en el sur del país, detenidos posteriormente por las autoridades nazis, trasladados a stalags (campos de prisioneros de guerra) y, finalmente, deportados a Mauthausen, y a su subcampo de Gusen, “el campo de los españoles”. Es el ejemplo de Ramón Gallego Alarilla, con placa en la calle Manuel Maroto, o de Arturo Mera Vives, cuya placa está patrocinada por la librería Esquina del Zorro al no haber encontrado a familiares. Casi todas las viviendas originales han desaparecido o han sido transformadas por completo. Así, la placa de Julián Fernández López, el único de los siete homenajeados que fue liberado tras pasar cinco años en Mauthausen, se ha instalado frente a la Casa del Pueblo de Vallecas al no localizar la que fuera su casa.
Por el contrario, la casita baja de ladrillo en la calle García Llamas, donde se instala el siguiente adoquín conmemorativo del trayecto, sigue siendo la misma donde vivió José Chaves Ugarte. A su puerta se asoma la cuñada de uno de sus dos hijos, ambos fallecidos, que recuerda que, en muchas ocasiones, las familias de estos vecinos deportados no recibían información: “La viuda [de José] no supo nada durante mucho tiempo, nunca rehízo vida, no sabía si era viuda, hasta que el consulado francés la empezó a mandar una pensión. Entonces empezó la mujer a florecer, más o menos”, cuenta.
También recuerda que en la familia “eran cosas de las que no se hablaban”. Un tío de José fue el último que le vio con vida: “Venía a ver a la familia y todo eran preguntas: ¿qué pasó con Pepe, qué fue de Pepe? Él no quería dar muchas explicaciones de lo que había pasado: que dejó de verle, que un día le vio en una fila, nos separamos”. Hoy es ella quien cuenta la historia a su sobrina, para transmitir el recuerdo a las nuevas generaciones.
Mantener la memoria
La última placa del recorrido se instala en una zona de construcciones recientes. Allí vivió Alejo Gutiérrez, albañil afiliado a la UGT y combatiente en el ejército republicano. Tras exiliarse en 1939, realizó el tristemente habitual periplo de campos de prisioneros: Argelès-sur-Mer, Fallingbostel, Mauthausen y Gusen, donde fue asesinado con 36 años. Su hermana lo supo 20 años después. “No supo nada hasta una carta que le llegó, no sé de dónde, yo era pequeña. Decía que había desaparecido y le daban por muerto, y ya está”, cuenta Clara Gutiérrez, sobrina de Alejo.
Varias generaciones de su familia, incluyendo a los hijos y nietos de Clara, ven a Demnig colocar la placa, aplauden y depositan flores sobre su nombre. Son conscientes de la necesidad de no dejar que el nombre de su familiar se desvanezca: una de las hijas de Clara, profesora de 1º y 2º de la ESO, ha hablado a sus alumnos del proyecto y reconoce que los alumnos se han interesado y preguntado: “Pensaba que habría más desconocimiento”. Su hermano, historiador, fue quien contactó con el campo de Mauthausen para obtener información sobre su tío-abuelo y ayudó a ubicar la casa para la colocación de la placa. Ahora, planea hacer una biografía de Alejo: “Es un homenaje, un recuerdo. Que no se pierda esto que pasó”. De momento, su nombre y el de los otros seis vecinos ha quedado grabado en las calles del que fuera su barrio para invitar a todo viandante a tropezar con su recuerdo.
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