Inma Luna: “La menopausia se ha nombrado, pero no se ha politizado”

La escritora Inma Luna reivindica en ‘Que arda’ una poética menopáusica, es decir, una mirada propia. Frente al centralismo de la etapa de la juventud, Luna propone crear otro lenguaje que permita pensar los cuerpos viejos más allá de su definición médica a través de lo que dejan de ser.
Inma Luna
Inma Luna, escritora. Patricia Reguero Ríos

Inma Luna (Madrid, 1966) es escritora y antropóloga. Un despliegue de fertilidad, tal y como ella la propone en Que arda (Alkibla, 2026). Luna ha publicado una docena de libros de poesía y una novela. También pinta, fotografía, cocina, es actriz. Que arda es un libro híbrido: ensayo, poesía y fotografía se ponen al servicio de su poética para hablar de una transición. Dice Inma Luna que hablar de menopausia es un tabú, y una lo duda: ¿después de décadas de feminismo y estudios de género, en serio lo sigue siendo? Pero, responde, en un sistema turbocapitalista lleno de trampas, pronunciar “menopausia” en voz alta no supone comprenderla sino, tal vez, ponerla al servicio del mercado. Ella tiene otra propuesta, y pasa por hacer de esta etapa una que sea fértil: una fertilidad que puede incluir la escritura, el encuentro y, también, el apoyo a las movilizaciones por el derecho a la vivienda. 

Se acaban de convocar elecciones generales y aquí estamos nosotras hablando de poética menopáusica. 
Creo que nunca, en todo el tiempo que llevo hablando del libro, había oído definirlo así: “poética menopáusica”, ¡me encanta! Me parece muy interesante en el sentido de que la palabra “poética”, va más allá del producto, que es la poesía. Tener una poética es tener una filosofía sobre las cosas, una mirada, un punto de vista, una manera de acercarte a cualquier ámbito. Entonces, claro que en este libro hay una poética menopáusica.¿No te molesta, no te resulta despectivo?
El carácter despectivo de un término siempre viene impuesto desde fuera. Yo también he utilizado la palabra “menopáusica” con ese tono, quizá no tanto despectivo, pero sí un poco ridiculizador, con algo de menosprecio. Desde la visión juvenil de la vida, te parece que todo lo que va después es inferior a lo que tú estás viviendo. La juventud tiene ese punto de soberbia, porque es lo más valorado, y todo lo que va a partir de ahí es decadencia.

Yo he tratado de pensar en qué pasa en nuestra menopausia, en qué ocurre con las mujeres en relación con diversos ámbitos: el sanitario, el familiar, el sexual, el creativo, el laboral… Por lo que diría, perfectamente, que es una poética menopáusica lo que hay en este libro.

Tener una poética es tener una filosofía sobre las cosas, una mirada, un punto de vista, una manera de acercarte a cualquier ámbito. Entonces, claro que en este libro hay una poética menopáusica
“Menopausia” es un término que tiene unas connotaciones. Tú quieres asignarle otras, y no solo eso, asociar este término con el de “fertilidad”. ¿Qué te interesa de esta de esta etapa o, dicho de otro modo, por qué escribes poemas a tus sofocos?

Creo que lo que escribimos nos ayuda a plantearnos nuestras ideas sobre las cosas. Nunca he tenido la sensación de hacer una escritura terapéutica ni estoy segura de que la escritura en sí sea terapéutica, pero a mí sí me sirve como espacio de reflexión. Cuando pasamos por diferentes etapas de la vida, a veces no tenemos el tiempo, el valor o la oportunidad de acercarnos a ellas; todo nos pasa muy de largo, estamos tan inmersas en ese momento que a veces no reflexionamos sobre lo que está suponiendo para nosotras. Pero, en este caso, el encargo de este libro me permitió esa posibilidad, la posibilidad de pensar. La menopausia es un proceso que no se acaba hasta la muerte. Sí se acaba el tránsito, que sería lo que tiene más que ver con el climaterio, pero el ser menopáusica no se acaba, lo somos hasta que morimos. Una empieza a ser menopáusica y no deja de serlo nunca, porque es el cese de la menstruación y eso es irreversible.

¿Cómo quiero yo enfrentarme a esta etapa de la vida? Lo primero que me interesa, tanto en esto como en la mayoría de los aspectos, es intentar establecer mi propio criterio, que no tiene que ver con tener certezas. Yo siempre estoy en la duda, pero intento no dejarme arrastrar por los impulsos de lo que viene de fuera, sino que quiero pensar, confrontar los pensamientos que nos vienen dados. Y, en eso, escribir este libro me ha ayudado mucho. Por ejemplo, me he replanteado aspectos como la invisibilidad de las mujeres al llegar a cierta edad. Se dice que te vuelves invisible y tú esto lo repites como un loro. Pero llega un momento en el que te dices: “¿Qué visibilidad necesito yo ahora? ¿Mi visibilidad depende de que los hombres me sigan mirando por la calle como un objeto de deseo? ¿En qué quiero ser yo visible?”. Yo quiero ser visible en el sentido de ser escuchada, de poder reclamar un espacio en cada lugar en el que quiera estar. Ya. Ahí sí defiendo la visibilidad, independientemente de cuál sea mi edad.

Como me dieron tanta libertad para escribirlo, aproveché la mayor parte de los lenguajes que yo utilizo para expresarme. Aunque sabía que era un libro que tenía que partir de una experiencia personal, no quería que se quedase solo en eso porque no sé hasta qué punto mi experiencia única e individual puede ser de mucho interés. Entonces, aparece mi espíritu periodístico en el sentido de hacerme preguntas y hacer preguntas, y también la antropología, para tener esa mirada que vaya más allá de lo que ocurre aquí y ahora. Y luego, claro la parte poética, que me permite siempre hablar desde un lugar casi desconocido para mí. Y, por último, hay fotografías.

Periodismo, antropología, ir más allá del yo. ¿No sientes que las escritoras siempre tienen que justificarse cuando parten de material autobiográfico para escribir?

Puede que haya algo de eso, pero en este caso no tengo esa sensación, sino que esa exploración me ha servido para comprender cosas que no tenía muy claras. A veces, esas justificaciones no son solo de tu escritura, sino que sirven para comprender tus propias emociones. Puede que esa búsqueda parta de la necesidad de justificación a la que te refieres, eso no lo discuto porque ocurre, pero también es gratificante encontrarte con voces de otros momentos y de otras culturas con las que puedas conversar.

¿En qué se parecen las mujeres y las ballenas?

Se parecen en el hecho de que cuando dejan de ser fértiles, entre comillas, les queda tiempo por delante, bastante tiempo. Según estudios científicos sobre orcas y otras especies de cetáceos con menopausia, las hembras mayores siguen siendo fundamentales para el grupo porque les guían hacia el alimento, comparten lo que encuentran y ayudan a las generaciones más jóvenes. Pero lo que hace el subtítulo del libro es precisamente contradecir esta idea, la de infertilidad, la de que cuando se acaba la fertilidad biológica perdemos nuestra razón de ser, de ahí lo de la “tránsito femenino hacia otra fertilidad”. 

Esto tiene mucho que ver con que además nuestra esperanza de vida. Sobre todo en las mujeres y en el entorno en el que nos encontramos, se ha alargado muchísimo y, cuando dejamos de ser biológicamente fértiles, tenemos media vida por delante. Entonces, si pensamos que esa es nuestra condición principal, perderíamos el sentido del resto de nuestra vida. Por eso, primero hay que negar esta máxima, porque además eliminaríamos de la categoría de mujeres a todas aquellas que, por cualquier circunstancia no tengan hijos. Mi planteamiento es que la fertilidad va mucho más allá del terreno de lo biológico y que en esa fertilidad podemos explayarnos, también durante la época en la que somos biológicamente fértiles, pero después eso puede continuar. Y como se veía en en “El banquete de Platón”, esa otra fertilidad puede dar lugar a hijos mucho más longevos que nuestros propios hijos. No estoy hablando de una creación artística que perdure a lo largo de los siglos, que también. Hablo de las huellas que tú puedes ir dejando en otras personas y de cómo esa huella va pasando de generación en generación, eso también puede perdurar a lo largo de los siglos.

Es una extrañeza ser infértil y seguir viva. ¿Por qué nos pasa esto? ¿Para qué? Pues vamos a aprovecharnos de algo que puede parecer una desventaja
Porque es una anomalía de la naturaleza el ser infértil y seguir viva...

Claro, es una extrañeza. ¿Por qué nos pasa esto? ¿Para qué? Pues vamos a aprovecharnos de algo que puede parecer una desventaja. Y vamos a no caer en esa otra trampa que es la hipótesis de la abuela, que nos dice: “Después de criar a vuestros hijos podáis criar a vuestros nietos”.

Es decir: “Las menopáusicas estamos a tiempo de generar obras más valiosas y duraderas que la descendencia carnal”, como dices en tu libro. Dices también que la menopausia es un tabú. Después de décadas de estudios feministas, movilizaciones de mujeres, cátedras de género… ¿De verdad se puede decir que lo es?

Mira, ¿sabes qué pasa? Que vivimos en una época tramposa. Tenemos el capitalismo siempre al acecho, que todo lo fagocita. Y de repente dices: “Ay, pues sí se está empezando a hablar mucho de la menopausia”. Pero tenemos que escarbar un poquito en el fondo, ver de qué manera se está hablando, o cuáles son las voces que están hablando de la menopausia. La menopausia implica esta pérdida de la fertilidad biológica, pero también implica que vamos camino de un envejecimiento, y ahí está el mayor tabú. A las mujeres nos persigue ese mito de la eterna juventud y la deseabilidad. Y eso lo vemos muchísimo en las imágenes de mujeres a las que se supone que tenemos que idealizar. Todavía, el mayor halago que tú puedes hacer a una persona es: “Te mantienes joven, no aparentas tu edad”.

Por eso aunque pronunciemos la palabra “menopausia”, si todo lo que hay detrás se sigue ocultando, sigue habiendo tabú. Por ejemplo, si el mensaje es “eres menopáusica, pero sigues resultando atractiva”... A mí me parece genial que nosotras nos encontremos a gusto con cómo somos, pero no pongamos siempre el foco en eso, porque entonces sí que seguimos construyendo a través del tabú del cuerpo y en el cuerpo está la menopausia. No está solo en no tener la regla, está en que esa transformación conlleva otros muchos cambios físicos.

O te reconcilias con todo eso, defiendes ese lugar de cambio, o seguirá siendo un tabú, aunque ahora pronunciemos la palabra “menopausia”, aunque empiece a haber muchos productos destinados a la menopausia. Cuidado, porque para nosotras todo está lleno de trampas. Puede que se haya dicho la palabra, pero eso no significa que se haya politizado, que eso es lo fundamental.

¿Hay que politizarlo todo, incluida la menopausia?

Hay que politizarlo todo porque politizar es pensar, es adquirir criterio. Y, para mí, es de lo que más adolece nuestra sociedad. Vamos tan rápido a todo, nos entregamos enseguida a las consignas. A mí me pasa que, a veces, en lugar de buscar un criterio propio, digo: “¿Qué ha dicho esta, de la que me fío? Pues yo también”. Bueno, espérate, porque si no te da tiempo a elaborar tu pensamiento y te sumas al de otras, no estás teniendo un pensamiento crítico. En el feminismo, por ejemplo, hay tanto que pensar y repensar y volver a pensar y replantear…  Porque es que si no, no hay avance.

Tu trayectoria es hacia las periferias desde un punto de vista material: de Madrid a Leganés, de Leganés a una isla en otro continente. Lo llamas “la ultraperiferia”. ¿Es la menopausia una etapa ultraperiférica?

Claro, en el centro de todo está la juventud y seguimos intentando aferrarnos a ella. No tenemos asumido que nuestro tiempo es finito, que nuestra vida tiene esta trayectoria. Vamos viviendo todo como pérdidas, unas pérdidas que nos van despojando de cosas, en vez de irnos nutriendo, de irnos llenando de esas experiencias. Pero eso pasa porque nos dejamos llevar también por la mirada externa.

Entonces nos conviene cultivar una mirada propia, una mirada feminista, una mirada desde las mujeres. Y, cuando esa mirada se va afilando, vamos dándonos cuenta de que donde nos colocan no es donde estamos. Cuando tú ves dónde quieres estar, empieza a construirse un territorio propio. ¿Quién nos aleja? ¿Quién nos pone en la ultraperiferia? Los demás. Toda esta inercia nos arrastra, es centrífuga. Colocarte en el centro no significa buscar un lugar ombliguista, sino colocarte en el centro de tu expresión, de tu forma de pensar, de tu forma de ver la vida, de lo que crees que tienes bueno de para contar, para transmitir, para ser fértil en el sentido en el que decía antes. A mí nunca me gusta hablar de la culpa, pero sí de la responsabilidad que tenemos respecto a lo que nos ocurre.

El lenguaje es muy relevante, dibuja nuestro imaginario, llamar a las cosas de determinadas maneras las coloca en lugares distintos. De hecho, en nuestra cultura, se habla en términos muy despectivos de toda la sintomatología asociada a la menopausia
El lenguaje hace realidad, y tú hablas de una lengua que pone a las mujeres al lado del fuego…

En el epílogo hablo del dyirbal, una lengua aborigen australiana que divide los sustantivos en categorías. Una de esas categorías incluye a las mujeres, el fuego y otras cosas peligrosas, es decir, la palabra “mujeres” está en ese cajón. Pero es que, además, las mujeres que ya no somos carne de fecundación estamos ahí por partida doble, colocadas junto a las brasas, serpientes, lanzas o pájaros, porque hay algo amenazador en nuestra libertad.

El lenguaje es muy relevante, dibuja nuestro imaginario, llamar a las cosas de determinadas maneras las coloca en lugares distintos. De hecho, en nuestra cultura, se habla en términos muy despectivos de toda la sintomatología asociada a la menopausia. Por ejemplo, se habla de “atrofia vaginal”... ¡Imagínate, pensar en esos términos! Sin embargo, en Japón, el climaterio se denomina “konenki”, que en lugar de con la pérdida se conecta con la renovación.

Tú dices: “Lo que tenga que arder, que arda”. ¿Qué es lo que tú quieres poner en esa hoguera?

Esto lo asocio con lo que está pasando en Sol. Ayer me pasé por ahí y me llevó de cabeza al 15M, que yo viví con una ilusión desbordada. Cuando paseaba por ahí, veía otra atmósfera: veía más seguridad en la gente. Y pensaba: “Claro, es que esto tiene que arder, es que no nos vamos a seguir callando”. Yo voy a seguir hablando en el micrófono que me den y lo haré planteándome muchas preguntas, no porque tenga soluciones claras, para nada, pero sí soy muy partidaria de invitar a todo el mundo a que se haga preguntas. Soy partidaria de quemar todo eso que nos viene impuesto.

Los precios de la vivienda son una de esas cosas que deben arder, entonces.

Sí, no podemos seguir aceptando que las cosas no tienen posibilidad de cambio. Es que eso es mentira, nos hacen pensar que esto es así. Nos dicen: “¿Qué va a cambiar por que hagas esto?”. Y mira, se ha hecho y, se ha dicho que esto no lo vamos a aguantar más, y se han convocado unas elecciones. Ya no podemos decir que no sirve para nada. En todos los terrenos, yo soy muy partidaria de quemar contenedores, simbólicos y reales. Una vez tuve una trifulca con Lorenzo Silva por esto, porque yo no sé qué estaba diciendo y él me contestó, “Pues sal a la calle a quemar contenedores mientras yo sigo trabajando para pagarlos”. Y yo digo: salir a la calle también es trabajo, no es que la gente que proteste esté ahí porque no tenga otra cosa mejor que hacer.

¿De qué color te sientes?

Me siento totalmente roja.

Pero dice Louise Bourgeois, a la que citas: “El rojo es intolerable”.

Claro, y añade “El rojo es una afirmación a cualquier coste”. Pues yo me siento totalmente roja en todos los sentidos. Está el rojo del sofoco que, por suerte, ya cada vez son menos, y el rojo de sentirme inflamada, encendida. Y creo que esto no va a cambiar, nunca se va a aplacar.

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