Análisis
La guerra que cambió la cuestión iraní

Cuando el mundo habla de Ormuz o de rutas energéticas, debe hablar también de la oscuridad digital, de familias que buscan a detenidos y muertos bajo el apagón de internet, del control sobre las noticias, las imágenes, los testimonios y la memoria.
Recursos Irán - 2
Metro en Teherán, antes de la guerra. Álvaro Minguito

Escritor y periodista freelance de origen iraní.

18 may 2026 06:00

Se suponía que la guerra contra Irán simplificaría el problema: presión militar, retirada de Teherán, negociaciones desde una posición de debilidad y quizás, incluso, un cambio de régimen. Pero la guerra rara vez obedece las fantasías de quienes la desatan. En lugar de simplificarse, la cuestión iraní se ha transformado.

El Irán posterior a la guerra no será el mismo Irán de antes. Estados Unidos tampoco será la misma potencia controladora que imaginaba ser. El estrecho de Ormuz ha pasado de ser un punto de estrangulamiento geopolítico a un instrumento central de negociación. La desconfianza ya no es mera retórica en Teherán; sino que se ha convertido en parte de la estructura misma de la toma de decisiones. Y la República Islámica, herida por el ataque extranjero, también ha aprovechado el contexto de guerra para reconstruir e intensificar su lógica de seguridad interna.

Pero esto es solo una parte de la realidad. Un informe reciente de Amnistía Internacional ofrece una descripción brutal: la población iraní ha quedado atrapada entre los ataques ilegales de Estados Unidos e Israel y una represión interna letal. Esto no es simplemente una cuestión de derechos humanos, sino la estructura política del momento actual. La cuestión no es solo que Washington haya perdido el control en esta guerra, o que Teherán haya encontrado nuevas palancas de presión. La cuestión es que la sociedad iraní está siendo aplastada entre dos máquinas de poder: la máquina de guerra exterior y el Estado de seguridad interior.

Una guerra que se salió del plan

Una de las ilusiones persistentes de la política estadounidense e israelí hacia Irán es la creencia de que la guerra puede utilizarse como un instrumento preciso y controlable. Desde esta perspectiva, la fuerza militar se concibe casi como una cirugía: atacar objetivos seleccionados, debilitar las estructuras de mando, hacer retroceder al adversario y luego reabrir las negociaciones desde una posición de fuerza.

Pero la guerra, especialmente en Irán y en Asia Occidental, no suele permanecer dentro del mapa trazado por sus planificadores. A partir de cierto punto, la contienda desarrolla su propia lógica. El primer golpe es fundamental, pero lo que más importa es cómo el Estado atacado absorbe ese impacto, convierte el daño en palanca de presión y extiende la crisis hacia los mercados energéticos, las alianzas regionales, la política interna y la economía global.

Cuando la guerra escapa al control, esto no es solo una cuestión estratégica. Sobre el terreno, significa civiles muertos, infraestructuras destruidas, miedo, desplazamientos, comunicaciones rotas y una vida cotidiana agotadora

Esta guerra no se está limitando a golpear a Irán; también está transformando el terreno. La mesa a la que se suponía que Teherán debía regresar ya no existe de la misma forma. En las negociaciones actuales ya no solo hay centrifugadoras y uranio, sino también Ormuz, petróleo, sanciones, reparaciones, seguridad regional, Rusia, China y el futuro de la disuasión.

Pero cuando la guerra escapa al control, esto no es solo una cuestión estratégica. Sobre el terreno, significa civiles muertos, infraestructuras destruidas, miedo, desplazamientos, comunicaciones rotas y una vida cotidiana agotadora. Amnistía Internacional ha descrito los ataques estadounidenses e israelíes entre el 28 de febrero y el 7 de abril de 2026 como “ilegales” en virtud de la prohibición del uso de la fuerza contenida en la Carta de la ONU. Según cifras oficiales iraníes citadas por Amnistía, los ataques han matado a, al menos, 3.375 personas, entre ellas 383 niños y niñas. Hay unos 25.000 heridos. A principios de la guerra, Amnistía documentó un ataque estadounidense contra una escuela en Minab, provincia de Hormozgán, que mató a 156 personas, de las cuales 120 eran menores.

Estas cifras no deberían aparecer como una nota humanitaria al pie de un análisis geopolítico. Deberían estar en su centro. Si la guerra se entiende únicamente a través de los precios del petróleo, las rutas marítimas y el equilibrio militar, lo primero que se borra es el cuerpo humano: los niños, las escuelas, las familias y una sociedad obligada a pagar por las decisiones de los Estados.

Ormuz ha reemplazado el JCPOA

Antes de la guerra, Irán se debatía principalmente en el lenguaje del acuerdo nuclear: niveles de enriquecimiento, centrifugadoras, inspecciones, alivio de sanciones y si Washington regresaría al Plan de Acción Integral Conjunto (JCPOA, por sus siglas en inglés), también conocido como el acuerdo nuclear. Ese marco no ha desaparecido, pero ya no es el centro de gravedad. En esta guerra, el estrecho de Ormuz se ha politizado. En la era del JCPOA, Irán negociaba con centrifugadoras. En la situación de posguerra, negocia con Ormuz.

Esto no es una celebración del poder del Estado iraní. Es una advertencia. La guerra ha empujado hacia una crisis que podría haber quedado contenida dentro de un acuerdo político y técnico hacia el terreno de la economía global. Una vez que los flujos de energía, los seguros marítimos, los precios del petróleo, el combustible de aviación, los fertilizantes y las cadenas de suministro globales entran en la ecuación, ya no estamos ante un expediente nuclear de alcance limitado.

Ormuz ya no es meramente una amenaza. Está siendo transformado en una garantía

La lógica de Teherán es clara: si la seguridad, la economía y la infraestructura de Irán se convierten en un campo de batalla, entonces la ruta de la energía global también puede convertirse en un campo de cálculo. Ormuz ya no es meramente una amenaza. Está siendo transformado en una garantía. Teherán considera que la firma de Estados Unidos no es suficiente, que una resolución de la ONU no es suficiente, que las promesas de alivio de sanciones no son suficientes. Si los compromisos se violan, debe haber un coste inmediato y tangible. Esto hace que la crisis sea más global y más explosiva.

Cuando “acuerdo” ya no significa lo mismo

Un gran malentendido hoy es la suposición de que la cuestión se reduce simplemente a las negociaciones. Sin embargo, las dos partes involucradas ya no entienden lo mismo por “acuerdo”. Para Estados Unidos, un acuerdo deseable significa concesiones iraníes irreversibles: eliminación o destrucción del uranio enriquecido, límites más estrictos, inspecciones más amplias y, quizás, restricciones a las capacidades regionales de Irán. Para Irán, un acuerdo aceptable tiene ahora que ver con garantías prácticas: alivio de sanciones, compensación por los daños, reconocimiento del papel de Irán en la seguridad energética regional y la preservación de instrumentos capaces de penalizar a la otra parte si los compromisos se incumplen. No es una disputa sobre los detalles; es una disputa sobre el significado mismo del acuerdo.

La retirada estadounidense del JCPOA, los ataques militares, los asesinatos, el fracaso del Consejo de Seguridad de la ONU para prevenir la agresión y las amenazas reiteradas contra la integridad política y territorial de Irán han trasladado la desconfianza de la retórica a la toma de decisiones. Teherán ya no solo expresa desconfianza; actúa a través de ella. La lección que Irán ha extraído es peligrosa, pero real: el derecho internacional sin poder no es un escudo; el Consejo de Seguridad sin equilibrio de poder no es protección; un acuerdo sin costes aplicables no es más que papel. Esta conclusión es peligrosa porque empuja al mundo hacia el lenguaje de la fuerza. Pero también es real porque las potencias que desataron la guerra impusieron ese lenguaje sobre la mesa.

Un Estado herido no es necesariamente un Estado sin poder

Otra trampa es la dicotomía entre victoria y derrota. La propaganda de la República Islámica presenta cualquier señal de supervivencia como victoria. Los defensores de la guerra en el exterior presentan cada ataque militar como prueba de que el colapso está cerca. Ambas imágenes son incompletas.

La República Islámica ha sufrido daños. La economía iraní ya estaba exhausta, rentista, securitizada, corrupta y sometida a sanciones antes de la guerra. La guerra ha profundizado esa condición. Los medios de vida han sido golpeados, las infraestructuras han sufrido daños, el miedo se ha extendido, el acceso a internet ha sido restringido o cortado, y la atención global ha pasado de la represión interna a los mapas del petróleo y las rutas marítimas. La guerra no ha mejorado la vida de la gente; la ha hecho más difícil.

Esta es la contradicción: Irán puede estar más dañado y ser más peligroso al mismo tiempo

Pero el régimen no carece de palancas de presión. Algunas infraestructuras antiguas han quedado dañadas, pero se han consolidado nuevas herramientas, o versiones más duras de las anteriores: Ormuz, la regionalización de la crisis, los vínculos más estrechos con potencias no occidentales, la capacidad de afectar a los mercados energéticos o el uso de las condiciones de guerra para disciplinar a la sociedad en el interior.

Esta es la contradicción: Irán puede estar más dañado y ser más peligroso al mismo tiempo. La sociedad puede debilitarse mientras el Estado de seguridad adquiere instrumentos de negociación más duros. Esto no es una victoria para el pueblo, ni una derrota completa para el régimen. Es una nueva forma de punto muerto.

La fantasía del colapso rápido

Una de las creencias más peligrosas entre los defensores de la guerra es que la República Islámica puede colapsar si se elimina a varios líderes, comandantes o centros de mando. Esto imagina a Irán como un edificio: destruye el techo y las paredes caerán. No obstante, la República Islámica se entiende mejor como una red de seguridad por capas, con instituciones paralelas, cadenas de mando superpuestas y mecanismos de emergencia para su propia reproducción. Esto debe decirse sin ninguna admiración. La durabilidad institucional de la República Islámica no es racionalidad democrática ni legitimidad social. En gran parte es el resultado de décadas de represión, estructuras de poder paralelas, securitización y eliminación de la rendición de cuentas pública.

Junto a cada institución formal existe un órgano superior o paralelo. Junto al gobierno, hay consejos de seguridad y centros de poder no elegidos. Junto al Ejército, está la Guardia Revolucionaria. Junto al Ministerio de Inteligencia, está la inteligencia de los Guardianes de la Revolución. Junto a las elecciones, hay órganos de verificación. Junto a la ley, está la lógica de la seguridad y la conveniencia.

La sociedad enterrada bajo la geopolítica

El mayor peligro es que el análisis permanezca atrapado en el nivel de los Estados, los estrechos, el petróleo, el uranio, Rusia, China, Estados Unidos y los mercados globales. Este nivel es necesario, pero no suficiente. Si nos detenemos ahí, Irán queda una vez más separado de su sociedad.

En muchos debates internacionales, Irán es o una amenaza o una víctima, una potencia regional o un objetivo de intervención, un expediente nuclear o un punto de estrangulamiento energético. Pero Irán es, ante todo, una sociedad: trabajadores y trabajadoras, mujeres, docentes, estudiantes, pensionistas, presos políticos, familias de los muertos, niños y niñas, migrantes, comunidades marginadas y millones de personas invisibles en Washington, en las salas de seguridad de Teherán y en los mapas globales del petróleo.

La guerra exterior y la securitización interna no son lo mismo, pero se refuerzan mutuamente. La guerra permite al Estado silenciar la disidencia en el lenguaje de la seguridad nacional

Esta invisibilización no es solo analítica. Se produce materialmente. El corte de internet es el silencio forzado de la sociedad. En enero de 2026, Amnistía Internacional advirtió de que las autoridades iraníes habían bloqueado deliberadamente el acceso a la red para ocultar la magnitud de las violaciones de derechos humanos durante las protestas. La organización describió también las protestas de enero como el período de represión más letal que había documentado en Irán en décadas, con los principales asesinatos concentrados los días 8 y 9 de enero y el número de muertos ascendiendo a miles.

Cuando el mundo habla de Ormuz, debe hablar también de la oscuridad digital. Cuando habla de uranio, debe hablar de familias que buscan a detenidos y muertos bajo el apagón de internet. Cuando habla del control sobre las rutas energéticas, debe hablar también del control sobre las noticias, las imágenes, los testimonios y la memoria.

La guerra exterior y la securitización interna no son lo mismo, pero se refuerzan mutuamente. La guerra permite al Estado silenciar la disidencia en el lenguaje de la seguridad nacional. La represión interna priva a la sociedad de la capacidad de articular una voz antibelicista independiente. El resultado es un campo político vaciado en el que solo dos voces se amplifican: el sonido de las bombas y la voz del Estado de seguridad.

Esta es la pieza que falta en gran parte de la conversación internacional. Irán se debate a través de Ormuz, el uranio, los misiles, el petróleo, Rusia, China, Israel y el poder estadounidense. Son fuerzas reales, e ignorarlas haría el análisis más débil. Pero no agotan la realidad de Irán. Cualquier relato serio del Irán posterior a la guerra debe comenzar ahí. No solo con lo que los Estados pueden extraerse mutuamente, sino con lo que este nuevo equilibrio de fuerzas está haciendo a las personas que menos control tienen sobre él.

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