Jordi Amat: “Hay un cierto y necesario apaciguamiento del debate civil en Catalunya”

El filólogo y escritor Jordi Amat pertenece a la minoría social (infrarrepresentada en los medios) que cree en la necesidad de una vía de solución al conflicto entre Catalunya y España sin humillaciones ni propaganda.

Jordi Amat
Jordi Amat, autor de 'La Conjura de los Irresponsables'. Foto cedida por Juan Pedro Quiñonero.

publicado
2018-02-24 07:30:00

Hay un librito amarillo inclasificable que rondaba la redacción de El Salto desde diciembre. Una de las preocupaciones antes de abrirlo venía dada por el uso que en otoño se ha dado de la palabra "equidistancia". El concepto sirve para afilar cuchillos y encender fuegos. Planteado en forma de panfleto, según su autor, La conjura de los irresponsables (Anagrama, 2017) es didáctico y entretenido. Aunque Jordi Amat (Barcelona, 1978) discrepa y discrepaba del proceso que llevó al 1 de octubre, y aunque siguió discrepando después, aquella mañana lluviosa acudió a votar.

¿Se puede creer que el proceso era una gran irresponsabilidad que no tenía visos de convertirse en el paso previo a la República y aun así defender el referéndum del 1-O y el deseo de transformar el actual concepto de soberanía? Hay un libro amarillo que da pistas para responder a la pregunta. 

En tu ensayo no eludes el efecto personal que ha tenido en ti el Procés y los últimos meses de agitación política. ¿Cómo ha sentado tu libro en tu entorno? 
Ha sentado bien, que yo sepa, o algunos ya me dan por un caso perdido de contumaz equidistante. Una de las reacciones más interesantes ha sido constatar que muchos lectores amigos (independentistas) dan por bueno mi diagnóstico, pero eso no les lleva a replantear su posición política. En cualquier caso esa predisposición a la crítica era inexistente hace unos meses, lo cual está posibilitando un cierto y necesario apaciguamiento del debate civil. Creo que el libro ha sido útil en este sentido porque, con discrepancias puntuales, ha generado consenso. Ese consenso de mínimos, en la previa al 1 de octubre, era inimaginable. Algunas de las ideas del ensayo las había desarrollado antes en artículos y provocaron conatos de escrache en la red. Luego, tras la catarsis que todos vivimos, ya no.

Desde que la CUP fue necesaria para conformar mayoría parlamentaria, la velocidad que tomó el desafío fue rupturista porque el combustible era revolucionario

¿Hay unos que son más irresponsables que otros en esa conjura que nos ha traído hasta aquí?
Los más irresponsables son los que tienen mayor poder. El presidente Rajoy, para empezar: de los políticos en activo es el único cuya actuación abarca al completo todo este ciclo de irresponsabilidad. Y ya sea por vagancia o incapacidad, ya sea por falta de audacia o incomprensión del desafío planteado, en lugar de dar una respuesta política ha dejado podrir un problema cuyo estallido puso en peligro la unidad territorial y está degradando la calidad democrática del Estado. Pero Rajoy no es el único. Importan poco los nombres. Diría que las élites —en Cataluña políticas y mediáticas por activa, las económicas por pasiva— no han estado a la altura y han validado un relato que ha alejado a la ciudadanía de la realidad.

Se ha comparado la situación con el "juego de la gallina" —esa imagen de dos coches asomándose a un barranco a toda velocidad y los dos conductores esperando a que el otro salte para moverse. ¿Te parece apropiada esa comparación o ha sido una ilusión por parte del sector 'indepe' pensar que apretar a fondo el acelerador iba a confundir al Gobierno central?
Deberíamos distinguir entre actores y momentos. Diría que el principal activador político del proceso en su fase institucional —Artur Mas— ha actuado como un jugador que apostaba una y otra vez al doble o nada para ganar la partida. Ganarla a sus rivales internos —Esquerra Republicana— y a sus rivales externos —un gobierno del Estado al que pensaba forzar a una negociación—. Esa dinámica de casino de ricos, reforzada por la movilización organizada, acabó sumando actores que sí estaban dispuestos a convertir la apuesta en realidad, olvidando que esa realidad era mucho más dura de lo que sabían o contaban. Pero la realidad no importaba. Importaba la carrera y a partir de un momento determinado, desde que la CUP fue necesaria para conformar mayoría parlamentaria, la velocidad que tomó el desafío fue rupturista porque el combustible era revolucionario.

¿Ha funcionado como un abusón el aparato de Estado, sus ministerios, su prensa, incluso “sus empresas”?
Como un abusón no sería la palabra. Parte del Estado actuó con abulia pirómana. Esa abulia, que olvidaba el arraigo del movimiento en una parte notabilísima de la sociedad, provocó que el problema fuese desconocido y mal explicado. Una de las sorpresas que me ha deparado el libro es constatar que periodistas de primer nivel tenían tan poca información sobre lo qué había ocurrido. ¿Qué ocurrió? Aún no podemos precisarlo. El desafío al Estado fue de primera magnitud, y la Generalitat, aliada con estructuras paragubernamentales de movilización, logró burlar al Gobierno, que reaccionó tarde y mal.

A partir del momento en que el Estado dijo basta —y ese día fue el 3 de octubre con el discurso del rey, una hora grave donde el Estado de derecho se desnudó para mostrar la fuerza de la razón de Estado—, en algunas esferas, sí, ha actuado de manera abusiva. El caso de los políticos presos —creo que son presos políticos— lo evidencia y es un problema que ese asunto no fuerce una reflexión en profundidad también de los intelectuales de referencia del Estado refundado en 1978.

Vamos a alguno de los momentos clave de la historia de 2017.  ¿Cómo valoras lo que pasa estos días? Empezando por el 6 y 7 de septiembre, la Ley de Referéndum y Desconexión, el primer momento políticamente "desobediente" del Procés y en más de 40 años. 
Un día triste para la vida parlamentaria en Cataluña, un momento de ruptura institucional que aún no ha podido ser suturado. ¿Debería haber aplicado entonces el Gobierno el artículo 155? Desde su lógica creo que ese era el día y, a partir del cese, evitar su gestión calamitosa previa y durante el día 1.

Sabemos que casi todos los implicados sabían que la declaración de independencia implicaba saltar desde el precipicio y que, al caer, nada podría sostenerlos

El referéndum del 1 de octubre como acumulación de razones por parte del sector independentista.
Para muchos catalanes fue y será el día más intenso de su vida política. Aún no sabemos cómo se desplegará en el tiempo esa experiencia —convertida en espacio de memoria irradiador, perpetuado en libros, documentales…—, pero yo creo que fue el éxtasis del procés: un sujeto político llegó al máximo de lo que podían sus capacidades, desbordó a las propias instituciones de autogobierno, y la violencia estéril del Estado aún cohesionó con mayor intensidad centenares de miles de personas que sintieron que con el impacto de las porras se rompía para siempre su vinculación ciudadana con el Estado. Un día épico, un día trágico.

27 de octubre, el momento en el que Puigdemont, a punto de convocar elecciones, cambia de idea (dicen que por los mensajes de traidor) y declara la República.
Sabemos algunas cosas de esas horas de vértigo, cuando ya había líderes independentistas encarcelados y se era consciente no sólo de arriesgar al autogobierno sino que la cárcel era para muchos una probabilidad altísima. Estamos hablando también de eso. De política y represión. No lo olvidemos. Sabemos que casi todos los implicados sabían que la declaración de independencia implicaba saltar desde el precipicio y que, al caer, nada podría sostenerlos (a pesar de lo que habían vendido: humo). Convocar elecciones era una forma de claudicación porque implicaba reconocer lo que era visible en las calles de pueblos y ciudades: la República era un significado vacío, el cénit del relato de un proceso que era más relato que realidad. Pero saltar ponía en crisis el sistema cuando el sistema de autogobierno catalán ya estaba en la UVI. Y, ante las presiones recibidas y situado ante el vértigo de la historia, el president Puigdemont —más agitador que estadista— optó por hacer saltar los plomos.

¿Ha estado Catalunya cerca de ser una República este otoño?
No. Sin mayoría parlamentaria cualificada que fuese traslación de una mayoría social indiscutible. Sin apoyo internacional. Sin apoyo económico de los poderes financieros. Sin capacidad para hacerse con el control del territorio y los puntos estratégicos. Sin todo eso, la República sólo era una quimera. Y cuando la quimera entró por el Parlamento, la realidad saltó por la ventana.

Cómo conectas en el contexto histórico que se desarrolla en Occidente el auge del independentismo catalán. ¿Estamos ante un renacimiento de demandas que taparon las estructuras de Estado de bienestar nacidas tras la II Guerra Mundial? En este sentido, ¿cómo valoras la respuesta de la UE ante el desafío lanzado desde el movimiento político independentista?
Ha habido siempre, desde la aparición del catalanismo político a principios del siglo XX, una corriente independentista en la política catalana. En la década de los setenta, con el crack revolucionario del 68, la autodeterminación se adosó de nuevo a grupos rupturistas y esos grupos, reconvertidos, no han desaparecido. En realidad fue esa tradición la que única que, tras la Transición, preservó un refugio para la ruptura. ¿Cuándo se manifiesta de nuevo? En momentos de crisis europea. Con la implosión del bloque soviético y una cierta primavera del principio de autodeterminación en las Repúblicas bálticas. Es entonces cuando el Parlament aprueba una moción, retomada en varias ocasiones luego, en que se dice que el “poble de Catalunya” no ha abdicado de su derecho a ejercer la autodeterminación.

¿Cuándo vuelve con fuerza? Cuando Europa, con la crisis económica, vive otro momento crítico. No es casual que el inicio de la austeridad del gobierno Zapatero se solape a la sentencia del Tribunal Constitucional y el movimiento autodeterminista, modernizado y transversal, haga un salto de escala que lo lleva a ser central. Pero la materialización de esa ilusión civil es improbable que sea factible en el contexto de la Unión Europea actual. Sería un foco de problemas internos y pondrían la propia Unión todavía más en crisis.

El independentismo ha demostrado una capacidad de una movilización impresionante, basado en principios noviolentos y en las cicatrices que la represión del 1-O ha dejado sobre el cuerpo social, ¿cómo crees que puede evolucionar?
Nadie lo sabe a ciencia cierta. El otro día la socióloga Marina Subirats, en un debate organizado por la revista La Maleta de Portbou, consideraba ese movimiento como algo único por su solidez movilizadora y por la obediencia de quienes lo han integrado. El problema es que el factor aglutinante —la independencia— tal vez sea un horizonte político que sólo sea utópico y su mejor evolución, que creo improbable, es que hubiese forma de canalizarlo para ser un motor de ensanchamiento democrático.

¿Hay una tercera vía posible? ¿desde dónde se puede poner en marcha?
Nada hace pensar que sea posible, pero sigo pensando que el pacto es la única vía para salir del laberinto. Diría que los actores implicados en este ciclo difícilmente podrán participar de la elaboración de un pacto que no pasa necesariamente por una transacción al uso sino por un replanteamiento de la soberanía. Es aquí, en la soberanía, donde está el origen y donde estará la resolución. O donde estará el fatal enquistamiento del colapso.

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