Incendios
Después del incendio, ¿cómo se recupera Doñana?

Tras el incendio que se inició el 24 de junio y tardó cuatro días en controlarse, los biólogos aportan soluciones para que los fuegos no vuelvan a cebarse con el parque de Doñana.


publicado
2017-07-05 13:11

“Era una auténtica bomba de relojería, era cuestión de tiempo que esto pasara”. Esta dura frase la pronuncia Jacinto Román, doctor en Biología, que realizó su tesis doctoral en la principal zona afectada por el incendio en Doñana y que lleva veinte años reclamando una gestión más adecuada del territorio.

¿Se produjo el fuego por falta de prevención, de efectivos? Tanto Román como otros expertos y conocedores de la zona con los que ha podido hablar El Salto descartan que alguna de éstas sea la principal causa. Y es que lo que principalmente ha ardido en este incendio, que ha afectado a 8.500 hectáreas de matorral y arbolado (de las cuales 6.800 están en el parque natural de Doñana) es un cultivo de pinos. “Los grandes incendios que están ocurriendo son todos en cultivos forestales. Este, el de Portugal, los del año pasado en la Sierra de Gata (Extremadura), etc. son todos eucaliptales y pinares cultivados. Y los cultivos forestales no son beneficiosos” explica Román. Ahora, científicos y ecologistas reclaman que la zona se recupere volviendo a un ecosistema natural, porque el lugar no ha sido siempre un mar de pinos.

Los pinares masivos que han ardido y que se encuentran en la zona tienen su origen en el siglo XVIII, cuando la plantación de los mismos se hace sistemática e intensiva para el aprovechamiento productivo de los mismos. Los primeros datos de estas plantaciones en Doñana aparecen en 1737, en Las Marismillas, para extenderse a las dunas a partir del XIX. A comienzos del XX se plantaron en la duna que conocemos como El Asperillo, también afectada por el incendio, para fijarla y evitar que avanzase hacia el norte, complicando la conexión hacia el este con Huelva. Entre 1938 y 1941, Franco continuaría la repoblación de pino piñonero desde la costa hacia el interior. Hasta tres kilómetros en El Abalario y algo más de seis en Mazagón.

El eucalipto también se introdujo ayudando a secar la ingente cantidad de lagunas de la zona. Pero a partir del Plan de manejo del lince en el Parque Nacional de Doñana, una vez declarado el Parque Natural y la aprobación del Plan Forestal Andaluz en 1989, se procedió al desmonte de esta especie, muy agresiva para el terreno. ¿Qué se plantó en esta superficie? Más pinos. Lo mismo sucedió tras los anteriores incendios en la zona (este ha sido el peor, pero no el único). “Es evidente que debe haber pinos, pero esto no justifica que prácticamente toda la superficie forestal esté constituida por pinares”, indicaba Jacinto Román ya en 2009 en la revista Quercus.

El mismo día que se daba por extinguido el incendio, WWF lanzaba un comunicado en el que reclamaba una “restauración modélica” que, según la organización ecologista debe pasar por “recuperar ecosistemas diversos y la vegetación original de la zona”. Juanjo Carmona, portavoz de WWF en Doñana apunta sobre esta idea que “hay que empezar a plantearse que la política forestal que se llevó durante un tiempo a cabo y que ha creado unas masas casi de monocultivo de pinar, entremezclado en algunos sitios con eucaliptal”. 

La zona tiene diferentes hábitats potenciales: “en el ambiente de la duna y el médano, lo lógico sería tender a lo que sabemos que hay en la otra zona dunar de Doñana, enebral marítimo costero; en la zona norte, la esquina noroeste del antiguo parque natural y la nueva zona incorporada hace un año de la cuenca del Arroyo de La Rocina, había alcornocal; y en la zona intermedia se debería tender a un sabinar, a mantener rodales (pequeños bosques) de pinos” apunta Jacinto Román. Otros científicos que conocen bien la zona, como los investigadores de la Estación Biológica de Doñana Juan José Negro y Carlos Camacho, coinciden con las tesis de Román.

“El hecho de sustituir algunas de las zonas que se han quemado por vegetación natural de la zona, como pueden ser los alcornoques, que no tienen corcho por casualidad, sino como medida de protección contra el fuego, que ha sido una parte de la vida en el ecosistema mediterráneo. Es un elemento sanador en condiciones naturales, no artificiales como la generada”, apunta Camacho. Para Negro ahora existe la oportunidad de hacer algo “más racional”, teniendo también en cuenta el cambio climático, con el que “que puede favorecer la aparición de incendios más devastadores”.

“Ahora es el momento de hacer bosques-islas, que no se replante cada pino que se ha quemado, que haya praderas y zonas con otras vegetaciones. Que se cree un mosaico que aumentaría muchísimo la diversidad de especies animales, empezando por los insectos y pasando por aves y mamíferos. Hasta el lince tendría potenciales mejoras. Sería un paisaje más atractivo, naturalizado, que es lo que le correspondería y bajaría el riesgo de incendios hacia el futuro”, subraya Juan José Negro, con una dilatada experiencia en Doñana.

Esta nueva política forestal no solo prevendría incendios como el vivido, también permitiría diversificar las actividades, rentas y aprovechamientos del campo y serían un acicate para la fauna y la biodiversidad, en la que especies como el lince gozarían de hábitats más adecuados. El principal núcleo de linces en Doñana se encuentra en Matasgordas, dentro del Parque Nacional y única finca en toda la comarca que tiene alcornocal, uno de los modelos que se podrían implantar.

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