Lecciones contra el fuego: “Nosotros, como sociedad civil, no nos hemos preparado hasta ahora”

En Esmirna y en Galicia, dos de las zonas del sur de Europa más afectadas por los incendios de 2025, el éxodo rural y el envejecimiento de los pueblos han dejado bosques abandonados y llenos de biomasa. Ante la falta de relevo generacional, ambos territorios buscan en el pastoreo y la gestión comunitaria métodos para conocer y cuidar mejor el monte.
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Estudiantes de Gestión forestal y del medio natural visitan el monte comunal de Lucenza, en Cualedro, dentro de la iniciativa Academia de Aldea, impulsada por la Fundación Juana de Vega. Alba Cambeiro

Aysegül Çoban sale cada mañana a pasear su rebaño de doscientas ovejas tras ordeñarlas una por una con su suegra. Emine, de avanzada edad, apenas puede moverse con soltura y anda con la espalda medio paralizada en la posición que adopta el cuerpo cuando urde de pie animales, tras una vida dedicada a este trabajo tan físico. Una vez terminado, Aysegül recorre con las ovejas un monte que se conoce como la palma de su mano, un terreno que cada vez es más limitado ante la privatización de zonas forestales en Turquía.

Los Çoban son de origen nómada, como miles de familias que se asentaron hace más de un siglo a lo largo de la costa del mar Egeo. Se dedican al pastoreo desde hace varias generaciones y conservan algunas costumbres de los llamados “nómadas asentados”, como el traslado de los animales a zonas más frescas durante la temporada de verano, creando una rotación en los territorios donde pastorean.

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Varias mujeres comparten un té durante una jornada comunitaria organizada por Doga Dernegi, una asociación de conservación de la naturaleza y defensa de sus derechos legales con sede en la provincia turca de Esmirna. Alba Cambeiro

Su marido Mustafa tiene claro que “será la última generación de pastores” de este pueblo montañoso, Çakirlar, situado al norte de la provincia de Esmirna (Turquía). Con 69 habitantes registrados, Çakirlar es una localidad envejecida, en la que el colegio cerró hace casi dos décadas debido al declive demográfico. Ahora pasa un autobús escolar para llevar a tres niños a la ciudad más cercana, situada a diez kilómetros. “Este trabajo es cada vez más una ruina. Las zonas que limita el Estado son cada vez más amplias. Levantan vallas. Si una de mis cabras entra sin querer en una zona privada, las multas son muy altas. Es muy difícil controlar a las cabras”, señala Aysegül. “Mustafa es el último vecino del pueblo que tiene cabras porque van por donde quieren, es imposible controlarlas. Yo tengo un rebaño de ovejas en un terreno cerrado, no puedo permitirme sustos”, admite Ibrahim, otro vecino de Çakirlar.

Los último pastores

El pueblo fue rodeado por los incendios el año pasado, que quemaron más de 15.000 hectáreas en Esmirna, una de las zonas más afectadas por el fuego en el sur de Europa en 2025. Los vecinos apuntan que si la catástrofe no llegó hasta sus casas no solo fue por suerte. Çakirlar es uno de los últimos pueblos de la zona en los que la mayoría de vecinos son pastores.

A unos cinco kilómetros, los habitantes de Yeniköy aún no se han recuperado de los incendios del año pasado. Ya han crecido hierbas entre las cenizas, pero parte del monte sigue pelado. Se quemaron dos casas y más de una decena de olivos, golpeando la economía de los vecinos. “Algunos vecinos siguen viviendo en casas containers, imaginad el calor que pasan… pero por suerte no murió nadie”, explica Mehmet Kivrak, que ejerce de muhtar en Yeniköy, una especie de alcalde de barrio.

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Rascacielos y zonas urbanizadas de Yamanlar, en Esmirna limitan con un paisaje arrasado por el fuego. Alba Cambeiro

“Vinieron los servicios de emergencia directamente a evacuar a la gente y sus animales. La gente se puso muy nerviosa, yo también, disculpad, pero les insulté. Vinieron aquí, dejaron el depósito de agua en la entrada del pueblo, como a medio kilómetro del incendio. No dejaron a los vecinos que estaban en el frente usar sus propias mangueras, fue un desastre”, relata Kivrak. “Al final tuvieron que usar el agua de nuestros depósitos y luego la compañía de aguas nos la quería cobrar. Tuvimos que hacer una reclamación”, añade. “Cuando haya otro incendio, Dios no lo quiera, no pienso avisar a nadie. Lo resolveremos solos”, asegura una de las vecinas que perdió sus olivos. El gobierno les ofreció plantar pinos rojos, una especie pirófita que se ha extendido por toda la provincia debido a su rápido crecimiento y el provecho que se saca de la madera. “Nos hacían pagar por la plantación. Dijimos que no, pero de momento tampoco hemos podido recuperar los olivos”, relata la vecina.

“Cuando éramos pequeños cada pueblo tenía un vecino que era vigilante en el bosque. Eso se ha perdido”, cuenta Veli Mantar, muhtar de Yerlitahtaci

Arif Yalçin es uno de los últimos vecinos que sigue pastoreando sus ovejas por el monte que quemó el año anterior. También de origen nómada, Yalçin mantiene el monte limpio con sus animales y en ocasiones realiza quemas controladas con su hijo, una práctica cada vez más en desuso. “Cuando éramos pequeños cada pueblo tenía un vecino que era vigilante en el bosque. Eso se ha perdido. Íbamos al bosque a por ramas para calentarnos en invierno. Ahora está prohibido, pero seguimos yendo y lo repartimos entre los vecinos”, describe Veli Mantar, muhtar del pueblo colindante de Yerlitahtaci.

Las tradiciones locales para mantener los bosques limpios y prevenir los incendios en Turquía han quedado sofocadas por la acción estatal, que centraliza la corta, comercialización de la madera, la limpieza de carreteras y la vigilancia preventiva. Vecinos de zonas rurales coinciden en que las medidas no son suficientes, pero el Estado no deja margen para las iniciativas locales.

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Aysegül Çoban y su suegra, Emine, ordeñan cada mañana las ovejas de la familia antes de llevar el rebaño al monte. Alba Cambeiro

“La presión humana sobre el ecosistema natural es muy intensa. Estamos muy cerca de la naturaleza salvaje. En este valle, desde aquí hasta el mar en Esmirna, hay electricidad por todas partes, cables ilegales por todas partes, nuestra infraestructura es muy deficiente”, explica Galip Ener, miembro de Doga Dernegi, una asociación dedicada a la conservación de la naturaleza y sus derechos legales con sede en Orhanli, un pueblo de Esmirna donde se quemaron el año pasado 10.000 hectáreas. “En esta zona ya no se pastorean cabras, por eso la cantidad de material combustible en el bosque es muy elevada. La prevención es una cadena de actos. No solo se trata de plantar variedad de árboles, reducir especies más pirófitas. Tenemos que reducir la carga inflamable de maleza que crece bajo ello”, advierte.

“No hay otra solución viable que la ganadería extensiva. Quien diga lo contrario, creo que no entiende lo que es la montaña”, asegura José Taboada, de la Comunidad de Montes de Vincios

Tras el incendio, Ener cuenta que la organización vecinal es mayor. Mediante un grupo de Whatsapp, los vecinos han comprado un generador eléctrico, mascarillas y han asignado tareas a varios vecinos para actuar ante una emergencia. “¿Qué nos permitiría detener el próximo incendio? Por ejemplo, tenemos agua pero no tendremos electricidad, sin electricidad no podemos intervenir. Habrá gente con necesidades inmediatas, como un respirador”, describe. “Son gestos simples. Es el enésimo incendio que tenemos aquí. Nosotros, como sociedad civil, no nos hemos preparado hasta ahora”.

Okan Ürker, conservacionista de la Universidad turca de Çankiri Karatekin, asegura que los incendios son un fenómeno cada vez más presente en la sociedad debido a una contradicción creciente en países del sur de Europa: el abandono del monte al tiempo que crecen las zonas urbanas y lugares turísticos cerca de zonas forestales. “Tenemos que repensar toda la estructura en torno al fenómeno de los incendios. No puede ser que el mismo departamento forestal controle las mismas operaciones que hace 20, 30 o 50 años. Las emergencias son otras y son mayores”, advierte.

Monte común y ganadería extensiva contra el fuego

En el otro extremo del sur de Europa, en Galicia, otra de las zonas más afectadas por los incendios del año pasado, se recurre cada vez más a métodos tradicionales como el silvopastoralismo, con tecnologías más punteras para prevenir los incendios. Si bien en Esmirna la intervención estatal da poco margen para las iniciativas sociales al respecto, en Galicia estas técnicas se han expandido de la mano de las comunidades de montes, una forma de propiedad colectiva donde los vecinos de una localidad tienen la propiedad de zonas forestales y deciden conjuntamente cómo cuidar de un territorio.

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La figura del pastor de las comunidades de montes desempeña un papel clave en la gestión de la ganadería extensiva y el cuidado del territorio. Alba Cambeiro

Presentes en el noroeste de la península ibérica desde la Edad Media, existen 2.800 comunidades de montes en Galicia. “Yo soy de Baroña, nací aquí, mis padres también, mis abuelos... En el momento en que me voy a otra ciudad, pierdo la condición de comunero. Así, cuando se toman decisiones, se tiene en cuenta el futuro del monte”, señala Ovidio Queiruga, presidente de la Comunidad de Montes de Baroña. El monte es indivisible e inembargable, todo recurso se reinvierte en la comunidad, en un intento de ayudar a la economía rural y una gestión sostenible del bosque.

La integración de ganado en zonas boscosas puede ser una alternativa para mantener el monte limpio de forma más sostenible y con menos costes, evitando los cortes mecánicos

Las comunidades de montes podrían ser una de las claves para la prevención de incendios, ya que cada decisión tiene un impacto directo y rápido en las zonas forestales. En Vincios, Pontevedra, introdujeron hace dos años vacas y cabras para limpiar el monte, pero otras comunidades a lo largo del territorio han empezado a usar caballos o puerco gallego, rotando a los animales según la temporada para mantener el monte libre de biomasa. “Es un cambio total en la gestión del monte. Estamos empezando, estamos cometiendo errores, pero está muy claro: no hay otra solución viable que la ganadería extensiva. Quien diga lo contrario, creo que no entiende lo que es la montaña”, asegura José Taboada, de la Comunidad de Montes de Vincios.

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La plantación de árboles forma parte del trabajo de las comunidades de montes para recuperar terrenos afectados por incendios y avanzar hacia un paisaje más equilibrado. Alba Cambeiro

La integración de ganado en zonas boscosas puede ser una alternativa para mantener el monte limpio de forma más sostenible y con menos costes, evitando los cortes mecánicos. Al comer la vegetación, los animales generan áreas abiertas, actuando como barrera natural que dificulta la propagación de las llamas. Un estudio de la Alianza Vasca de Investigación y Tecnología NEIKER apunta que este método puede reducir la biomasa hasta un 60% en un territorio boscoso.

En 2025, los incendios forestales en Galicia calcinaron cerca de 150.000 hectáreas, lo que equivaldría a más de 210.000 campos de fútbol, en 1.492 incendios registrados durante todo el año. Este año aún pinta peor para todo el Estado, donde han quemado más hectáreas que en todo el año anterior, siendo el país europeo más afectado por los incendios.

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Las Comunidades de Montes Vecinales en Man Común representan una forma de gestión colectiva en la que los vecinos, organizados en asamblea, toman las decisiones sobre el cuidado, aprovechamiento y futuro de sus montes. Alba Cambeiro

El panorama de los incendios plantea escenarios muy parecidos en todo el sur de Europa: olas de calor y sequías cada vez más prolongadas, fuegos que se propagan con una rapidez e intensidad inéditas en zonas boscosas y montes que han sufrido los efectos de una creciente despoblación rural. Muchas de estas comunidades complementan la ganadería con vallados virtuales que se alimentan de energía solar, sin infraestructuras permanentes, para poder desplazar a los animales en función de la vegetación y riesgo de incendios. Esta técnica permite, además, abaratar costes, al tiempo que mantiene a los animales en entornos naturales, contribuyendo a la producción de carne de calidad.

“Se tiene que acercar el monte a las nuevas generaciones”, insiste Taboada

“Antes no había tantos incendios como ahora, esto se debe a la gestión activa del territorio y a la conexión que tenía la gente con el bosque. Uno de los aspectos clave eran los animales, el ganado”, explica Queiruga. “Aquí los caballos nos ayudan a gestionar el tojo. A medida que disminuye la carga de biomasa forestal, introducimos cabras. Y donde hay más pastizales, introducimos vacas y por último ovejas, que aprovechan la hierba un poco más. Así se crea un sistema de rotación en todo el monte”, describe.

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Vista aérea de un bosque mosaico gestionado por la comunidad de montes de Baroña. Alba Cambeiro

La falta de rentabilidad del sector y el éxodo rural han dejado el bosque descuidado, a merced de múltiples factores que favorecen los incendios. Galicia perdió el año pasado 32 pueblos, alcanzando cada año un nuevo mínimo, con en torno a 1.900 localidades sin un solo vecino, mientras otras mil solo tienen un habitante. Los comuneiros son el último perfil de habitantes locales que conocen el monte y pretenden acercarlo a la población para cuidarlo en comunidad.

Conocimiento local

Los últimos incendios han evidenciado que la administración no es suficiente ni sabe llegar a cada rincón del territorio. Los vecinos se quejan de que cuando llegan los servicios de emergencia muchas veces no conocen el terreno, dificultando la extinción de incendios en una lucha contrarreloj. Los protocolos de emergencia no dan margen a los habitantes locales para crear planes de acción comunes para tratar el territorio, pese a que lo conocen mejor. Por ello la prevención puede ser clave para evitar mayores catástrofes.

En Turquía se opta incluso por prohibir el acceso a estas zonas boscosas durante los meses de más calor, pero para los vecinos en zonas rurales esto no es una solución. “Hay técnicas para prevenir y combatir incendios que funcionan y no deberíamos olvidarlas. El año pasado hubo un incendio grande aquí, pero los vecinos supieron controlarlo y reducirlo con otro fuego, por ejemplo”, explica Mustafa, un pastor en Esmirna que ha optado por limpiar el monte con su ganado. “Antes interveníamos, ahora viene el gobierno y no nos da permisos. Como no hay animales deambulando por la zona, las ramas crecen y crecen, llegando a tener una densidad catastrófica en caso de incendio. Es el problema: ya no hay animales, no hay negocio de esto. No hay nadie que limpie el monte”, se lamenta.

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Arif Yalçin, uno de los últimos pastores de la zona, conduce su rebaño por un monte que ardió el año anterior. Alba Cambeiro

“Hay formas menos agresivas para cuidar tanto las áreas que están quemadas como las áreas de prevención. Sobre todo se pueden evitar grandes extensiones de pinos y otros árboles pirófitos, es uno de los puntos críticos en la prevención de incendios”, añade Ürker.

“No es lo mismo el impacto de un fuego en un bosque de eucaliptos que en una zona de robles”, advierte Queiruga

En muchas comunidades de montes se han organizado acciones para eliminar especies que no son locales, como el eucalipto, plantadas hace años por su rápido crecimiento y aprovechamiento para madera y derivados. “Para que en unos años estos espacios estén más protegidos, tenemos que repensar cómo planteamos el monte. No es lo mismo el impacto de un fuego en un bosque de eucaliptos que en una zona de robles”, advierte Queiruga.

Comunidades de montes como la de Baroña están estudiando árboles autóctonos y cómo aprovecharlos con otros métodos, como por ejemplo inyectar setas para su venta. “Hemos ido incluso hasta la toponimia. Si hay un monte que se llama el de los castaños, quizás es porque ahí había antes castaños. ¿Por qué no plantamos unos?”, plantea.

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El pueblo de Tosunlar (Esmirna) devastado por un incendio forestal en 2025 en Turquía. Alba Cambeiro

Taboada por su parte, insiste en la necesidad de repensar constantemente el monte para encontrar alternativas para cuidarlo lo más ecológicas y eficaces posibles. Sin embargo, cree que todos los mecanismos pueden seguir fallando si el monte se mantiene como algo etéreo alejado de la población. “Se tiene que acercar el monte a las nuevas generaciones”, insiste.

Infesta, un pueblo montañoso de menos de cien habitantes en Orense, se ha unido a las Aldeas Modelo, un programa para revitalizar tierras agrícolas con el fin de prevenir incendios y evitar la despoblación. A mediados de abril la Asociación Juan de Vega trajo un grupo de estudiantes al pueblo para imaginar fórmulas para resucitar el monte, para dibujar un futuro en el que la gente pueda habitar, sobrevivir y cuidar el bosque. “Es la única parte positiva que hemos sacado de los incendios, que cada vez son más duros y críticos. Empezamos a tomar conciencia de que si nos juntamos podemos comprender mejor el terreno, aprender unos de otros”, señala la organización.

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La Comunidad de Montes de Vincios apuesta por la recuperación de la ganadería extensiva como herramienta de gestión del territorio. La incorporación de vacas cachenas, una raza autóctona adaptada al medio, contribuye al control natural de la biomasa. Alba Cambeiro

Las comunidades de montes coinciden en que el monte debe ser accesible para todos, para que los que vayan a pasear, vivan cerca o trabajan de ello, puedan disfrutarlo y tengan capacidad de decidir sobre el futuro del territorio. “Ante todo, cuando los ciudadanos sienten que el monte también es suyo, lo cuidan”, concluye Taboada.

Este contenido ha contado con el apoyo de JournalismFund Europe. 
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