Guerra civil
Cuando la guerra se convirtió en revolución: las colectividades durante la Guerra Civil

Desde los inicios de la Guerra Civil hasta agosto de 1937, miles de campesinos y trabajadores urbanos vivieron una de las experiencias transformadoras más memorables de la historia contemporánea: las colectividades agrarias y urbanas.

colectividades
Niños de de una guardería en Badalona en 1938.

publicado
2017-01-27 06:53

Las colectividades durante la guerra civil y la revolución social en 1936 fueron un hecho fundamental para entender lo que ocurrió antes y durante esos años en el Estado español. Desde julio de 1936 hasta agosto de 1937 miles de campesinos, jornaleros y trabajadores de las ciudades vivieron una de las experiencias transformadoras más importantes y sobre las que más se ha escrito por parte de autores de diferentes países en la historia contemporánea.

Por un lado, estaban las colectividades agrarias, que se desarrollaron en numerosas localidades, sobre todo en Aragón, Andalucía, Levante, Castilla y Catalunya. Y, por otro, las colectivizaciones o socializaciones en la industria, comercio y servicios públicos, que se dieron sobre todo en Catalunya y de forma más definida en Barcelona.

En lo que respecta a las colectividades agrarias, ya desde febrero de 1936, tras la victoria del Frente Popular en las elecciones, se fueron gestando inicios de ocupaciones de fincas en diferentes puntos de la geografía ibérica.

Dichas colectivizaciones no eran una “ilegalidad” dentro del marco republicano, pues ya se había legislado a favor de que se posibilitara que parte de las tierras sin producir o de grandes latifundistas fueran puestas en manos de los trabajadores como forma de inicio de una reforma agraria que acabara con el atraso crónico de muchas zonas rurales del Estado. “Para tener una idea exacta de lo que fue la revolución del 19 de julio en el campo español hay que plantearse el problema de su agricultura en sus aspectos fundamentales: geográfico, histórico, económico, político y social”, señalaba el sindicalista de CNT José Peirats.

Las colectividades agrarias fueron mayoritarias en Aragón, Andalucía y Levante, con varios centenares en cada región. La presencia en Catalunya fue menor, ya que no había tantos latifundios y existía un mayor número de pequeños propietarios. En total, hubo cerca de 2.000 colectividades agrarias y alrededor de tres millones de personas involucradas en las mismas, según varios autores.

El motor fundamental de estas colectivizaciones, además del carácter espontáneo inicial, fueron las organizaciones sindicales del momento, con la CNT como sindicato mayoritario. La UGT también estuvo presente, aunque en menor medida, produciéndose en ocasiones colectividades mixtas. Ambas organizaciones protagonizarían conjuntamente el papel organizador y coordinador en la mayoría de las colectividades agrarias. Otras fuerzas republicanas de la izquierda o el POUM también tuvieron, aunque a menor escala, un papel importante en algunas colectividades.

Avances y dificultades

En estas experiencias transformadoras se dieron unas pautas comunes en cuanto a reparto de recursos, al asignar “sueldos” equitativos —en forma de vales de racionamiento en algunos casos— para todos los colectivistas y unos servicios públicos garantizados para todas las personas de la colectividad, también para pequeños propietarios independientes que fueron respetados al no querer aportar su propiedad a la colectividad. Aunque también se dieron casos de enfrentamientos y ataques a pequeños o medianos propietarios que no querían trabajar la tierra en colectividad y mantener sus propiedades, en general se respetó la pequeña propiedad si el dueño de la misma quería trabajarla de manera independiente.

El balance productivo de las explotaciones agrarias se incrementó durante las colectivizaciones. Mejoró la situación productiva anterior a estas y se consiguieron buenos rendimientos, además del abastecimiento de miles de personas que vivían en esas regiones. Las poblaciones que tenían más problemas o peores rendimientos fueron apoyadas por las que estaban en mejor situación. Además del trabajo agrícola también se desarrollaron otras labores: irrigación, reforestación, granjas.

colectividades La Nuncia
La producción de estas colectividades agrarias se incrementó con la colectivización.

En el caso significativo de Aragón, a pesar de que las grandes capitales de Zaragoza, Huesca o Teruel cayeron pronto en manos franquistas, fue un foco principal de las colectividades agrarias en numerosas localidades. El Consejo Regional de Defensa de Aragón, creado como forma de gobierno de facto para la zona oriental no controlada por los fascistas, contaba con todas las fuerzas políticas de la izquierda. Así, estaban Izquierda Republicana, UGT y PCE, mientras la CNT tuvo una representación mayoritaria en los órganos de gobierno con el anarcosindicalista Joaquín Ascaso como presidente del Consejo. Como señala el profesor Alejandro R. Díez Torre, se da una situación excepcional de que Aragón fue “el único caso de territorio reconquistado a los sublevados”. El Consejo de Aragón fue abolido el 10 de agosto de 1937.

Colectivizaciones urbanas

En cuanto a las colectividades o socializaciones urbanas, hay que destacar la importancia de Barcelona como núcleo principal de la revolución. Hubo socializaciones en las principales industrias, como la textil con más de cien plantas en Catalunya, la industria láctea, la agroalimentaria o la de guerra. También de servicios públicos como correos, electricidad, abastecimientos de aguas, transportes, sanidad, educación. O en la cultura, con la industria del cine, teatros, ateneos, bibliotecas. Todo bajo control obrero y mediante la federación de las diferentes empresas dentro de cada ramo de producción, coordinando los ramos los delegados elegidos dentro de cada empresa del sector.

En las colectividades de la industria hubo mayores problemas por falta de demanda frente a la producción en algunos casos, también debido a factores causados por la guerra y el control de los fascistas de algunas importantes capitales y regiones del país. Por otro lado, también hubo casos de falta de experiencia en la gestión de algunas empresas y algunos problemas de carácter económico u organizativo. Aunque normalmente se contaba con técnicos e ingenieros a la hora de coordinar la gestión de fábricas y empresas, junto con una dirección elegida por los trabajadores.

En Catalunya se dio un caso singular al existir un Comité de Milicias Antifascistas, que de facto era el que gestionaba y coordinaba las colectividades, formado por las fuerzas de la izquierda, como Esquerra, PSUC, POUM y otras fuerzas catalanas, y mayoría de representación cenetista —por la abrumadora mayoría de esta organización en Catalunya—. Y junto al Comité continuaba funcionando la Generalitat de Lluís Companys, aunque en la práctica no tenía fuerza real para el gobierno de Catalunya, y era el Comité el que tomaba las decisiones prioritarias de gobierno —algunos autories definen que el Comité ejerció un poder real y la Generalitat el poder legal—. “La Generalidad quedaría en su puesto con el presidente Companys a la cabeza y las fuerzas populares se organizarían en milicias para continuar la lucha por la liberación de España. Así surgió el Comité Central de Milicias Antifascistas de Cataluña, donde dimos entrada a todos los sectores políticos liberales y obreros”, explicaba el militante y escritor anarquista Diego Abad de Santillán.

Pese a que la experiencia de las colectividades y socializaciones, tanto en el campo como en la ciudad, tuvo una vida no demasiado larga en el tiempo y posteriormente fue aniquilada tras los sucesos de mayo de 1937 y finalmente con la victoria fascista, sí dejó un importante poso en el imaginario colectivo y de las siguientes generaciones como experiencia transformadora que se convirtió en realidad durante bastantes meses en numerosos pueblos y ciudades de nuestra geografía.
Lo que sucedió durante esos meses en las colectividades no solo fue un cambio de propiedad privada a propiedad colectiva: cambiaron las formas de relacionarse y muchos aspectos de la vida cotidiana, y cambió para siempre la mentalidad de los que lo vivieron.

Muchas de las experiencias de carácter autogestionario (palabra que no existía en esos años, aunque sí “colectivización”) que se dan a día de hoy en el Estado español y en otras latitudes tienen uno de sus precedentes en las colectividades antes descritas. La ausencia de propiedad privada, aunque con algunos pequeños propietarios, y la gestión colectiva de la tierra y de las industrias, la eliminación de la moneda en algunos casos, la coordinación desde abajo y de manera federativa entre diferentes entes locales, la igualdad real de sexos a todos los niveles, la solidaridad entre trabajadores y localidades, todo esto que a día de hoy se siguen practicando por muchos movimientos sociales, colectivos, cooperativas y organizaciones de todo tipo dentro de la izquierda y el anticapitalismo, tuvieron un precedente claro hace más de 80 años en las colectividades.

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