Granada
El número de mujeres sin hogar crece, son más invisibles y expuestas a la violencia
Puede que no se perciba, apenas se ven, pero el número de mujeres en situación de calle aumenta exponencialmente en nuestro país. En su 'Encuesta de centros y servicios de atención a las personas sin hogar 2024', el Instituto Nacional de Estadística (INE), registró una media de 33.758 personas mayores de 18 años alojada diariamente en 2024 en centros de atención a personas sin hogar, un 55,7% más respecto a 2022, y una de cada cuatro son mujeres.
Sin embargo, realmente desconocemos la magnitud de la situación ya que en las encuestas del INE no se registran las personas sin hogar que no acuden a los recursos, las que se mantienen en viviendas precarias o inseguras, ni las que soportan explotación laboral, sexual o relaciones de abuso para evitar vivir en la calle. Lo que sí señalan todas las fuentes especializadas en el tema es que el sinhogarismo afecta cada vez más a las mujeres, ya que las víctimas de violencia de género suponen el 18% de las atenciones en dispositivos para personas sin hogar.
Desiree es Venezolana, lleva casi ocho años en España. Aunque logró alquilar un piso, los problemas no tardaron en aparecer. Su arrendador aumentó drásticamente el alquiler y, al no poderlo pagar, le cortó el agua y la luz y finalmente le echaron silicona a la cerradura de la puerta. Tras ser engañada y quedarse sin dinero, se encontró por primera vez en la calle. Recuerda su primera vez en la calle en Madrid, “en un país donde no tienes a nadie. Y en tiempos de invierno. Es terrible. Pasé dos noches en la calle y a la tercera, una señora que me estaba viendo me habló de usted y me preguntó, yo le dije que estaba esperando a alguien porque tenía miedo. Hasta que la señora me dijo: 'No, tú no estás esperando. Dime la verdad'. Le dije la verdad. Y me invitó a su casa y me ayudó a encontrar trabajo”.
Lucía vivía con su padre en una casa de dos plantas. Cuando su padre falleció, nos cuenta, tuvo problemas con la herencia y terminó en la calle. Su mayor preocupación es su salud. Padece epilepsia y otros problemas, y los ataques son impredecibles. No le dan tiempo a avisar, lo que la deja en una situación de extrema vulnerabilidad. Busca ser admitida en albergues para estar acompañada y por tanto, supervisada, “yo no tengo miedo de estar sola en la calle, tengo miedo de mi enfermedad”, nos cuenta.
Entrevistamos a las dos en la Fundación Calor y Café, entidad sin ánimo de lucro que funciona como Centro de Atención de Día en Granada que provee de desayunos, ducha y lavandería, y atención en distintos servicios a más de 400 personas sin hogar. Albergan en un proyecto de pisos de acogida a una media de 12 personas. Ana es trabajadora social en la entidad y reconoce que su experiencia le demuestra que la vida en la calle es una «cuerda floja» constante. Muchas mujeres, especialmente aquellas que trabajan cuidando a personas mayores de forma interna, tienen un techo supeditado directamente a su empleo. Si pierden ese trabajo, encontrar un nuevo alojamiento se vuelve extremadamente difícil, sobre todo si tienen mascotas.
Observa en ellas una increíble resiliencia, como algunas mujeres mayores que han sobrevivido meses en estaciones de autobuses. Sin embargo, señala que la situación es mucho más peligrosa y compleja para mujeres jóvenes con trastornos mentales o adicciones, mucho más vulnerables al abuso.
La importancia de la red que sostiene
Hace 25 años que María J Escudero Carretero realizó un estudio etnográfico de mujeres sin hogar en Granada para la UGR desde una perspectiva feminista. En el estudio pionero, su equipo comprobó que “en un contexto capitalista y patriarcal como el nuestro las mujeres sufrían las mismas penurias que los hombres, agravadas por violencias específicas vinculadas a su género”.
Para contactar con ellas, Escudero se incorporó como voluntaria a distintos proyectos sociales de la ciudad. Así pudo observar que la noche era el momento de mayor riesgo: algunas mujeres lograban refugiarse en espacios precarios —casas abandonadas, cuevas o lugares semiprotegidos— y otras aceptaban compartir techo con hombres en su misma situación como estrategia de supervivencia, “porque ya las habían maltratado, violado o abusado de alguna manera”.
María, profesora e investigadora en la Escuela Andaluza de Salud Pública, también advirtió en ese momento maltrato institucional, “parecía como que se les imponía cierto castigo por salirse de la posición o del lugar designado por el mandato patriarcal”. Recuerda amenazas de retirada de custodia a mujeres si no regresaban con parejas maltratadoras, o el trato degradante de profesionales sanitarios que realizaban curas dolorosas sin anestesia a mujeres en situación de prostitución, con comentarios como “no te quejes, que habrás vivido cosas peores”.
María recuerda amenazas de retirada de custodia a mujeres si no regresaban con parejas maltratadoras o el trato degradante de profesionales sanitarios en algunos casos.
Uno de los aspectos que más le llamó la atención fue el discurso de la “elección”: muchas mujeres afirmaban haber decidido vivir en la calle, “Pero en cuanto rascas un poco y te ganan confianza, cuando te cuentan de dónde vienen o lo que han pasado, te das cuenta de que están ahí por no aguantar más abusos o desprecios. Y claro, elegir eso no es elegir libremente”.
Su principal aprendizaje fue la importancia de las redes de apoyo. La familia suele ser la principal en situaciones de extrema vulnerabilidad, pero cuando ésta falta, contar con amistades y personas de referencia puede resultar decisivo. Nos cuenta que muchas mujeres llegaron a la calle tras perder esa red básica: con un mínimo respaldo en el momento límite, habrían podido sostenerse y rehacer su vida, “podían haber salido adelante; creo sinceramente que no hay más gente en esa situación porque tienen un familiar pensionista u otro apoyo”.
María J.Escudero Carretero:“Salir de la calle es extremadamente difícil: ¿Quién te da un trabajo si no puedes asearte o no tienes dirección?”
Después, lamenta, “salir de la calle es extremadamente difícil: ¿Quién te da un trabajo si no puedes asearte o no tienes dirección?”. Recuerda que hace dos décadas las ayudas estaban marcadas por un enfoque moralista y rígido, que les exigía cambios inmediatos e irreales. “La vida no es blanco o negro; no es tan fácil, ahora a lo mejor no puede dejar eso, puede dejar algo pero no todo”, concluye, confiando en que ese enfoque haya cambiado.
Las consecuencias físicas y mentales para las mujeres que viven en la calle
Marta García, médica de Atención Primaria en el barrio granadino de Cartuja, señala la violencia sexual como una de las principales vulneraciones que atraviesan las mujeres en situación de sinhogarismo. A lo largo de su trayectoria vital, prácticamente todas han sufrido abusos, violaciones o situaciones de proxenetismo en un contexto de absoluta desprotección. El artículo “Violencia sexual contra las mujeres sin hogar: un protocolo para la revisión sistemática y el metaanálisis”, revela que el 40% de las mujeres sin hogar ha sufrido violencia sexual en algún momento de su vida. En España, el 21,4% de las mujeres sin hogar reportan haber sido víctimas de agresiones sexuales, frente a sólo un 4,5% en los hombres y el 76% de estas mujeres ha padecido violencia de género a lo largo de su vida, principalmente antes de terminar en la calle, lo que suele ser el detonante de su situación de desamparo.
Marta reconoce que estas violencias no son hechos aislados, sino reiterados, rara vez denunciados y aún menos perseguidos, lo que acaba por convertirlos en una realidad asumida como “inevitable”. Más allá del sufrimiento inmediato y del estrés postraumático que generan, provocan un estado constante de miedo —a veces camuflado en indiferencia—, ya que, como resume la médica, “no hay lugar seguro”.
Las consecuencias sobre la salud física y mental son graves, reconoce la facultativa. Las agresiones sexuales derivan con frecuencia en problemas ginecológicos traumáticos, como desgarros o heridas y en infecciones; con una elevada incidencia de infecciones de transmisión sexual que apenas se diagnostican y tratan adecuadamente. El acceso a los cribados ginecológicos —mamografías y citologías— es prácticamente inexistente, en gran medida por las enormes barreras para acceder al sistema sanitario.
Marta García, médica: “Imagínate con la regla, con sangrado y sin poder lavarte, sin un cuarto de baño, sin una ducha en condiciones, con la sensación de suciedad elevada a la máxima potencia”.
Para las mujeres sin hogar la falta de agua corriente supone una barrera más grave que para los varones en cuestión de higiene, “imagínate con la regla, con sangrado y sin poder lavarte, sin un cuarto de baño, sin una ducha en condiciones, con la sensación de suciedad elevada a la máxima potencia”. Marta nos explica que esto destruye su autopercepción y provoca que rechacen el contacto con otros por vergüenza. También son habituales las alteraciones del ciclo menstrual, relacionadas con la mala alimentación y otros problemas de salud no tratados. En el ámbito reproductivo, la falta de acceso a métodos de planificación familiar incrementa los embarazos no deseados, que además suelen cursar sin un seguimiento prenatal adecuado. Como consecuencia, se registran mayores tasas de partos prematuros y de bajo peso al nacer.
Este cúmulo de factores se traduce en una mortalidad muy superior a la de la población general: en el caso de las mujeres sin hogar, el riesgo de muerte es entre dos y cinco veces mayor. “El sinhogarismo en las mujeres implica un deterioro profundo y multidimensional de la salud física, mental, reproductiva y social”, subraya García. Una realidad que exige, concluye, intervenciones integrales y sostenidas, con una clara perspectiva de género.
El reto de volver a confiar
Elisa Cabrerizo, voluntaria en la plataforma ciudadana “La calle Mata”, destaca que las mujeres son mucho más vulnerables pero también están más predispuestas a buscar soluciones si se sienten acompañadas. Su experiencia de años trabajando con mujeres sin hogar le han mostrado que mientras las mujeres mayores suelen acabar en la calle por desempleo o separaciones, las jóvenes presentan con más frecuencia trastornos mentales o de personalidad que las han alejado de su red familiar tempranamente.
Encuentra que, a diferencia de los hombres, que suelen pedir empleo y vivienda, las mujeres demandan formación y sanidad. Están dispuestas a esforzarse, pero chocan con recursos institucionales insuficientes o demasiado rígidos (horarios de albergues que impiden estudiar o trabajar), recuerda un caso de una chica que volvió a estudiar pero no podía compatibilizar el horario de comidas con el de estudios, “tengo que elegir comer o estudiar y claro, es muy difícil”, lamenta.
Señala que en distintos casos de éxito donde las mujeres han conseguido salir de la situación de calle demuestran que la clave no es sólo el recurso habitacional, sino también el acompañamiento humano, “Una mujer que vive en la calle dedica todo su día a sobrevivir, a buscar comida, lugar seguro para dormir, higiene..; añadir a esa complicada ecuación la burocracia institucional es un esfuerzo que muchas veces no pueden sostener solas”.
Loli Ortiz pertenece a la Asociación Pro Derechos Humanos de Andalucía y a La Calle Mata y defiende la necesidad de consolidar y ampliar el servicio de programas de vivienda para personas sin hogar como Housing First y Housing Led, “la posibilidad de disponer de un espacio propio es lo que devuelve la dignidad a las personas, les transforma, van surgiendo deseos, objetivos y metas que cumplir, ¿Dónde quedan los sueños y esperanzas si lo único en lo que puedes poner la energía es en hacer cola para poder comer o ducharte?”, comparte Loli.
Loli Ortiz, La Calle Mata: “¿Dónde quedan los sueños y esperanzas si lo único en lo que puedes poner la energía es en hacer cola para poder comer o ducharte?”
Las evaluaciones realizadas en España muestran que entre el 96 % y el 98 % de las personas que acceden a estos programas mantienen la vivienda al menos 18 meses después, una tasa de estabilidad muy superior a la de los itinerarios basados en albergues o recursos escalonados. Aunque los datos no siempre se desagregan por sexo, las experiencias centradas en mujeres —especialmente aquellas que han sufrido violencia machista— indican que disponer de un hogar propio reduce de forma inmediata la exposición a agresiones, explotación y revictimización, además de facilitar la atención psicológica, social y sanitaria.
Los programas de vivienda con apoyo también muestran eficiencia económica. Estudios comparativos europeos señalan que cada euro invertido en Housing First puede generar ahorros superiores a 1,4 euros en gasto sanitario, uso de servicios de emergencia y recursos asistenciales. En el caso de las mujeres, este ahorro se vincula además a la prevención de violencias y a la reducción de costes asociados a intervenciones tardías.
Para las mujeres sin hogar —marcadas con frecuencia por la violencia, la precariedad laboral y la carga de cuidados— los modelos Housing First y Housing Led ofrecen algo más que un techo: seguridad, autonomía y la posibilidad real de reconstruir un proyecto de vida fuera de la exclusión.
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