Los fuegos que vendrán: crónica de un rural que sobrevive

Recoger las voces de las personas que vivieron los fuegos en primera línea, guardar sus recuerdos e historias de vida, se convierte en la única manera de explicar e intentar entender lo que está ocurriendo.
Incendio Cualedro Ourense - 17
Elena Fernández Un vecino, impotente, observa el fuego en el pueblo de Cualedro.
29 ago 2025 14:09

Arden los montes, sí, pero el relato que llega de los medios tradicionales está alejado de lo que se cuenta en las aldeas. Se habla de la destrucción de la biodiversidad y de los efectos del cambio climático. Se habla de intereses económicos, de pirómanos, de fuegos intencionados e incendios provocados. Todo eso existe, sí, pero lo que acontece en nuestros montes va más allá: el foco y las responsabilidades están también en un sistema que lleva décadas marcado por la despoblación y el abandono del rural, por la falta de una gestión forestal eficaz y por la implantación de nuevos modelos productivos en la ganadería y en la agricultura.

Acercarse a las aldeas y escuchar a las personas que vivieron los fuegos en primera línea —y que llevan décadas habitando, cuidando y defendiendo esos lugares— es un ejercicio necesario de comprensión y de reflexión. Recoger sus voces, guardar sus recuerdos e historias de vida, se convierte en la única manera de explicar e intentar entender lo que está ocurriendo.

En A Xironda, una pequeña localidad al sur de Ourense perteneciente al municipio de Cualedro, el vecindario todavía intenta recuperarse, una semana después, de los incendios que arrasaron la zona. Rodeada por la Serra do Larouco, fue uno de los lugares más amenazados por los fuegos que partieron de Oímbra y llegaron hasta sus viviendas. Si estas no ardieron, fue porque los vecinos y vecinas defendieron su tierra y sus casas, poniendo su cuerpo, sus herramientas y los conocimientos heredados de un territorio asolado década tras década por los fuegos.

xironda cartaz queimado
O cartaz de Xironda, queimado na entrada da aldea. Alba López Álvarez

La llamada de las campanas

Es la llamada de las campanas la que anuncia el fuego: “Cuando la campana suena, la gente del pueblo da la vida”, dicen. Desde siempre, los toques de las campanas tienen distintos códigos y el fuego cuenta con su propio son. Así fue como el domingo 17 de agosto el fuego llegó a A Xironda. No fue, ni mucho menos, el primero que se vivió en este lugar. El último similar fue hace nueve años, en 2016, cuando ardieron más de 3.000 hectáreas en la Sierra del Larouco. Carmen y Antonio, vecinos de A Xironda, recuerdan: “Fue parecido. Empezó en Portugal y corrió por la sierra, pero no llegó a las casas. Este, en cambio, arrasó con todo”, dice ella. “Yo que trabajé años en los fuegos vi muchos, pero nunca ninguno como este”, añade él.

Saben y tienen conciencia de que un monte que no se trabaja acaba por arder, y tienen claro cuáles son los motivos que hacen que en las últimas décadas la tierra dejara de trabajarse: la mala gestión y limpieza de los montes y la despoblación, el envejecimiento y el abandono del rural. Todo esto unido a las condiciones climatológicas —inviernos no tan fríos, primaveras muy lluviosas y veranos muy calurosos— acaban por convertirse en el cóctel perfecto para que la tierra arda al nivel que ardió.

Antes de las campanas, fueron los vecinos de A Pedrosa quienes publicaban en sus redes sociales el siguiente mensaje: “¡Fuego en A Pedrosa en las casas! Necesitamos cisternas”. Allá que fueron todos los vecinos, a ayudarse unos a otros mientras los medios no llegaban. Poco después, las llamas avanzaban hacia A Xironda. Intentaron frenar el incendio en la carretera comarcal que conecta ambas aldeas, pero sus esfuerzos resultaron baldíos frente a la fuerza del fuego: “Ardía en todos los sitios”.

En el lugar de Xironda el fuego se dividió en tres focos, logrando abrir paso hasta el núcleo rural. No llegaron a arder casas por el trabajo que hicieron los vecinos y vecinas, que las defendieron con sus palas removiendo la tierra para ahogar las llamas: “Estando nosotros es difícil que entre el fuego. Es un pueblo grande y para llegar al centro tiene mucho recorrido”. No pasa lo mismo en otros lugares próximos. “A Pedrosa, Saceda, A Caridade o Lucenza son aldeas pequeñas, con muchas casas abandonadas y cubiertas de vegetación. Ahí sí que se mete el fuego, porque está todo alrededor sin limpiar”, cuenta Antonio.

La gente joven, dicen, fue la que más colaboró, quien estuvo en primera línea desde el inicio de los incendios, colaborando todo lo posible y acercándose a proteger las casas a las que el fuego se acercaba cada vez más.

Miriam y Raúl son dos de esas personas jóvenes que vivieron los incendios. Tienen 33 y 28 años. Cuentan cómo pasaron la semana entera observando el fuego avanzar. El descanso fue imposible en esos días: “Vivíamos en una confusión continua. El fuego es impredecible”. Relatan cómo mientras unos aseguraban que estaba en un lugar, otros aseguraban que ardía en otro y al final nadie sabía con certeza dónde se encontraba. Llegaban avisos de que estaba en un punto, pero al llegar allí comprobaban que no era cierto.

Al principio se comunicaron por llamadas y mensajes de WhatsApp, pero pronto ardió el cableado de la luz e internet. Se quedaron sin electricidad y sin cobertura. Los móviles dejaron de funcionar y no había ni internet ni luz. “No le deseo esto a nadie”, lamenta Raúl. “Era sentir todo el rato impotencia”, añade Miriam. “Llegaba a casa y ya dejaba un pantalón y unas botas preparadas en la puerta a la espera de que sonase el teléfono para acudir a donde hiciese falta. Fue una auténtica catástrofe”.

Llegaron los medios —algo que en otras localidades gallegas no ocurrió—, pero no fueron suficientes. Acudieron los bomberos portugueses y también los de aquí, hubo desalojos por parte de la Guardia Civil, pero muchos se negaron a abandonar: sentían la obligación de defender sus casas y sus tierras.

mapa Xironda

Una tierra trabajada

Conviene preguntarse de dónde provienen los fuegos, por qué se repiten año tras año y qué sucederá a partir de ahora: “Que arda el monte es molesto, pero arde cada año y desgraciadamente ya estamos acostumbrados. Lo que no tiene sentido es que arda alrededor de un pueblo, cuando hay una ley que obliga a limpiar y no limpia nadie”. Esta es la problemática a la cual apelan todos los vecinos: la gestión de la limpieza de los montes. “El fuego no se corta en verano, el fuego se gestiona en invierno”, dicen en referencia a la inversión en brigadas de limpieza frente a la actual gestión más enfocada en la inversión de personal y medios antiincendios.

Ahora, añaden, después de lo que pasó, toca que vecinos y vecinas se conciencien más sobre la limpieza de los montes. Hay una sierra enorme, que podría recibir ganado, que debería ser desbrozada, limpiada y gestionada: “Hay que gastar en hacer cortafuegos en condiciones, hay que poner medios en la limpieza”. La responsabilidad, cuentan, pasa primero por los particulares, que deben mantener limpios sus terrenos. Sin embargo, apelan y reclaman responsabilidad por parte del Ayuntamiento y el resto de instituciones, que deben encargarse de revisar que este trabajo se realice y actuar en el caso de que no se haga.

Este año, cuentan, había mucha hierba, mucho material seco, unas condiciones ideales para que el fuego se propagase. Donde las parcelas estaban limpias, el fuego paró y no las quemó. Si todos hubieran limpiado, aseguran, esto no habría pasado: “La hierba seca es peor que la pólvora, y si le sopla un poquito el viento, como pasó, se escapa de aquí a no se sabe dónde”.

En el monte, subrayan, lo mismo que hay brigadas para apagar, debería haber brigadas para limpiar. Porque, insisten, el fuego no se corta en verano: se gestiona en invierno, con las limpiezas. Pero, dicen, también hace falta controlar el trabajo realizado: “Nadie se lo toma en serio hasta que arde al lado de su casa”.

Llenar el vacío

Raúl, ganadero desde hace ocho años, cuida en su granja cuatrocientas ovejas en régimen extensivo. Para él, los fuegos fueron un golpe bajo: destruyeron no solo el monte, sino también parte de su vida y de su hábitat compartido con los animales. Gestiona el monte teniendo zonas reservadas para cada época del año, pero ahora todo parece un desierto: “Tiene que llover, tiene que llover duro para que esto vuelva a retoñar”. Incluso las ovejas, aunque quedasen zonas verdes, no se pueden acercar si hay cenizas cerca: el polvo se acumula en sus pulmones, irritándolos y produciendo dificultades respiratorias. Los animales andan de un lado para otro. La zona más verde, que siempre se reserva para esta temporada, ahora es insuficiente: “Ahora están comiendo la comida de invierno… Pero cuando llegue el invierno, ¿qué haré? La ganadería es mi forma de vida. Esto que ocurrió es un atentado contra el monte. Se te cae el alma a los pies”. Miriam recoge sus palabras y añade: “Yo ahora mismo no tengo animales, pero en mi familia siempre tuvimos. Me pongo en la situación de Raúl y es tan triste que mires donde mires veas todo teñido de negro…”

El abandono del rural resuena como causa y consecuencia en sus voces: “Los pueblos están abandonados. Todo el mundo habla de recuperar los pueblos, de la vida en el rural, del consumo local… Pero la realidad que nosotros vivimos es otra: aquí no hay apoyo de ningún tipo”.

Antes había gente, familias enteras en las casas, padres e hijos dedicados a la ganadería y a la tierra. “Entonces éramos quinientas personas, ahora solo quedamos cien. De los que quedamos, cada vez somos menos, y cada vez más mayores”, cuentan Antonio y Carmen.

Cada vez vive menos gente en las aldeas, y también cada vez hay menos animales pastoreando en extensivo. En aldeas como esta, la realidad es clara: la población disminuye, y la vida en el monte va desapareciendo. “Nos sentimos totalmente solos y desprotegidos”. La sensación es que quien lucha por mantener viva la aldea siempre se encuentra con las mismas dificultades de falta de apoyo y ayudas. Hacen falta más personas como Raúl o como Miriam, gente joven que trabaje la tierra y valore que en los tiempos que corren quedarse en el rural es también una opción.

El verde que nos queda

“¿Y ahora qué?” Con la voluntad de cambio y las ansias por comunicar y compartir, viene la última pregunta: “¿Qué creéis que va a pasar ahora? ¿Cambiará algo?” La respuesta es firme y clara: “Esto siempre pasó y volverá a pasar. Y cada vez irá a peor.”

Ahora, la tierra respirará y dará tregua durante un tiempo. Lo ardido no volverá a arder hasta que renazca en una nueva forma. ¿Cuál será el paisaje del futuro? ¿Cuál será el verde que nos queda? La sucesión de incendios en las últimas décadas acabó por acabar con los bosques verdes y en su lugar el paisaje quedó definido por retamas y matorrales, una vegetación quemada, seca y lista para que las llamas arrasen cuando se produce el fuego.

La única manera de cicatrizar la herida de los fuegos pasa por construir un modelo de vida que cuide de la tierra y de nuestros territorios, que surja de la comunidad y de los saberes tradicionales, anticapitalistas y compartidos entre generaciones. Un modelo que se apoye en el sostén mutuo entre vecinos y vecinas y en el desarrollo de un rural sostenible, capaz de hacer florecer de nuevo la tierra y la vida que en él siempre habitó.

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