Opinión
Feminismo de clase: una cuestión material
Actualmente, cuando hablamos de feminismo de clase, damos por supuesto el concepto de “clase”. Sin embargo, la realidad es que este término ha ido desplazándose hacia significados ambiguos. A veces parece que clase trabajadora sea sinónimo de precariedad o de clase popular. Otras veces, se confunde con determinadas prácticas y estilos de vida, o con una ética o moralidad concreta.
Por ello, para hablar de feminismo de clase, el primer ejercicio que debemos hacer es recuperar el concepto de clase en su sentido estructural, es decir, como aquellas relaciones sociales de producción que son independientes de la voluntad y de las decisiones individuales. Desde una definición clásica marxista, la clase no es una identidad subjetiva ni un código moral o ético. Es una relación social objetiva dentro de un modo de producción capitalista. Se basa en la contraposición de dos posiciones definidas por el lugar que ocupan las personas dentro de las relaciones sociales de producción: por un lado, quienes poseen los medios de producción, es decir, quienes controlan los bienes, los servicios y los recursos; y, por otro, quienes únicamente poseen su fuerza de trabajo y deben venderla para sobrevivir a cambio de un salario.
A partir de aquí, Marx identifica dos grandes clases enfrentadas: la burguesía y el proletariado. Esta división no es simplemente una clasificación económica; constituye la base del conflicto social. La lucha de clases no es una disputa ética o de valores, sino el resultado de una relación de explotación: el trabajador produce más riqueza de la que recibe en salario. Esa diferencia económica recibe el nombre de plusvalía, y su apropiación constituye la base de la explotación capitalista.
Marx distingue también entre la “clase en sí”, que hace referencia a la posición objetiva dentro del sistema, y la “clase para sí”, cuando esa posición se transforma en conciencia de clase, práctica política y acción colectiva. Esta distinción es fundamental porque nos permite comprender que la clase no depende de la conciencia. Existe aunque no haya conciencia de clase. La conciencia no crea la clase; es la clase la que crea las condiciones materiales para que esa conciencia pueda emerger. Por tanto, la conciencia de clase es un desarrollo político de la propia clase trabajadora.
Recuperar este planteamiento no es un ejercicio teórico abstracto, sino una necesidad política. Porque si la clase deja de entenderse como una relación estructural y pasa a convertirse en una identidad o en una ética, el conflicto material que sostiene el sistema desaparece del centro del análisis.
La clase no es aquello que consumimos; no depende de si compramos productos más o menos éticos; no viene determinada por nuestro nivel de activismo ni por el grado de coherencia entre nuestro discurso y nuestra práctica
Por tanto, la clase no es aquello que consumimos; no depende de si compramos productos más o menos éticos; no viene determinada por nuestro nivel de activismo ni por el grado de coherencia entre nuestro discurso y nuestra práctica. Todo ello puede contribuir a construir un mundo más justo y ético, pero cuando hablamos de lucha de clases no estamos hablando de acciones orientadas a ser más o menos justos o solidarios. Confundir estos elementos con la clase supone desplazar el debate hacia el terreno del moralismo.
La clase es una posición material dentro de un sistema de explotación. Y si la convertimos en un indicador moral, desactivamos precisamente el conflicto social que le da sentido. Ahora bien, como han señalado autores que dialogan con el marxismo, entre ellos Pierre Bourdieu, la clase no puede entenderse únicamente a partir de una fotografía inmediata de la relación con el capital económico. La raíz sigue siendo esa relación, pero se incorporan nuevas formas de capital que configuran el poder real. Este matiz no desplaza el núcleo material de la definición marxista, pero nos obliga a comprender que la clase es una estructura que articula diversos elementos que se refuerzan mutuamente dentro del capitalismo contemporáneo.
En primer lugar, la herencia, entendida en todos los sentidos: económica, cultural, simbólica y relacional. Las trayectorias vitales no parten del mismo punto. Las redes familiares, el capital educativo, las propiedades familiares, las expectativas sociales y laborales, así como la posibilidad de asumir riesgos, se transmiten de generación en generación. Esta transmisión no es anecdótica; es un elemento central en la reproducción de las jerarquías sociales.
En segundo lugar, la relación con los medios de producción sigue siendo el núcleo central. Poseer capital y recursos económicos, comprar fuerza de trabajo o verse obligado a venderla no son posiciones equivalentes. Esta relación determina el lugar que cada persona ocupa dentro del sistema de explotación y de distribución del poder.
En tercer lugar, el capital social y cultural. No como sustituto de la economía, sino como un mecanismo de consolidación y legitimación de las desigualdades. Dominar determinados códigos lingüísticos y culturales, tener acceso a ciertas redes, saber desenvolverse en instituciones o espacios de poder no es simplemente una cuestión de meritocracia. Es una forma de poder acumulado que facilita o dificulta el acceso tanto a recursos materiales como simbólicos.
Estos tres elementos —la herencia, la relación con los medios de producción y el capital social y cultural— no funcionan de manera autónoma. Forman parte de una misma totalidad: la reproducción del capitalismo. Por eso, cuando se habla de clase únicamente en términos identitarios se cae en el error de desplazar el análisis de la sociedad hacia el individuo. Pero cuando se habla de clase exclusivamente en términos materiales, aunque ese sea el pilar que articula dicha relación, se ignora el modo en que esta estructura se consolida mediante otras formas de capital.
Feministas marxistas han insistido en que la clase no puede reducirse a la producción inmediata, porque el capitalismo no solo organiza la explotación del trabajo productivo, sino también las condiciones que hacen posible la reproducción de la fuerza de trabajo
Al mismo tiempo, el concepto de clase ha sido desarrollado por las feministas marxistas que han elaborado la teoría de la reproducción social. Autoras como Lise Vogel o Tithi Bhattacharya han insistido en que la clase no puede reducirse a la producción inmediata, porque el capitalismo no solo organiza la explotación del trabajo productivo, sino también las condiciones que hacen posible la reproducción de la fuerza de trabajo. Alimentar, cuidar, socializar, sostener la vida cotidiana y garantizar la reproducción no son esferas externas o secundarias, sino dimensiones internas del funcionamiento del sistema. Producción y reproducción no son dos sistemas paralelos, sino momentos diferenciados de una misma totalidad.
Esto se observa con claridad en el sistema global de los cuidados. La progresiva externalización de los cuidados en las sociedades occidentales no ha eliminado el trabajo reproductivo; lo ha redistribuido de forma jerárquica. Las mujeres de clase profesional y burguesa se liberan parcialmente de las tareas de cuidado mediante la contratación de trabajo doméstico remunerado, mientras que estas tareas son asumidas por mujeres de clase trabajadora. Lo que parece una conquista individual de autonomía es, en realidad, una reorganización de la reproducción social sobre una base de clase. El capital no elimina la carga reproductiva; la desplaza hacia los sectores más vulnerabilizados de la clase trabajadora.
El feminismo debe reconocer que el patriarcado no funciona como un sistema autónomo o paralelo al capitalismo, sino como un mecanismo integrado en su estructura
Por tanto, el feminismo de clase parte de la idea de que el género también es una cuestión material que organiza la división sexual del trabajo y la reproducción social. Esta lectura evita reducir la opresión de género a cuestiones puramente simbólicas o culturales y sitúa el centro del análisis en las condiciones concretas que sostienen el patriarcado. Ahora bien, como ya advertía Clara Zetkin, esta materialidad no convierte a todas las mujeres en una misma clase: dentro del capitalismo, las mujeres ocupan posiciones de clase diferentes, con intereses y necesidades contradictorios e incluso enfrentados. Por este motivo, el feminismo debe reconocer que el patriarcado no funciona como un sistema autónomo o paralelo al capitalismo, sino como un mecanismo integrado en su estructura, y que la explotación de género y la explotación de clase operan de manera entrelazada dentro de una misma totalidad.
Precisamente por ello es fundamental saber de qué hablamos cuando hablamos de clase. Sin un concepto claro de clase, es imposible comprender el proceso de desclasamiento de la clase obrera en las últimas décadas y, más aún, resulta imposible pensar estrategias para recuperar una conciencia de clase que no sea puramente retórica.
El desclasamiento no se ha producido porque la clase haya desaparecido como relación estructural, sino porque ha desaparecido el sentimiento de pertenencia y, con él, la capacidad de organización política.
Es precisamente en este contexto de desclasamiento donde se hace evidente la importancia de volver a hablar de clase con precisión. Porque cuando la clase deja de ser el marco interpretativo central, el conflicto social tiende a reformularse en términos transversales a la propia clase.
Lo vemos en muchos movimientos sociales contemporáneos. El ecologismo, por ejemplo, suele presentarse como una lucha universal por un mundo más sostenible, pero en muchos casos ha diluido la cuestión de clase hasta convertirse en una política de prácticas individuales, de consumo responsable y de coherencia moral. No se trata de negar la necesidad de estas luchas por un mundo más justo y más ético, sino de señalar el riesgo de que el conflicto estructural se desplace hacia el terreno del comportamiento individual.
Cuando esto ocurre, la transformación deja de aparecer como una cuestión de relaciones materiales y se convierte en una cuestión de conductas correctas o incorrectas. El foco se desplaza de la organización de la producción y de la distribución del poder hacia la esfera de las decisiones personales. Y en ese desplazamiento, la clase queda desdibujada.
En este sentido, el feminismo, al igual que el ecologismo, necesita recuperar una lectura de clase para evitar trasladar el conflicto estructural al terreno del moralismo. Al mismo tiempo, debe evitar quedar reducido a una política identitaria desvinculada de las condiciones materiales y centrada en la regulación de comportamientos, lenguajes o prácticas individuales. Un feminismo de clase no puede reducirse a una identidad ni a una etiqueta acumulable, ni convertir la clase en un capital político o simbólico. Debe partir de una comprensión material de las condiciones de explotación y de reproducción que estructuran la vida de las mujeres.
Si el feminismo de clase quiere ser coherente, debe tener claro qué entiende por clase. Debe evitar convertirla en una identidad moral o en una categoría simbólica flexible. Y debe asumir que la lucha de clases no es una cuestión de actitudes, sino de condiciones materiales.
Pensamiento
Contra la batalla cultural
Para comentar en este artículo tienes que estar registrado. Si ya tienes una cuenta, inicia sesión. Si todavía no la tienes, puedes crear una aquí en dos minutos sin coste ni números de cuenta.
Si eres socio/a puedes comentar sin moderación previa y valorar comentarios. El resto de comentarios son moderados y aprobados por la Redacción de El Salto. Para comentar sin moderación, ¡suscríbete!