Opinión
Contra la batalla cultural
Está por todas partes. Eso de la “batalla cultural” te lo puedes encontrar en cualquier sitio y momento: en los documentos programáticos de partidos políticos, asociaciones o movimientos sociales; en boca de los tertulianos y las tertulianas que a todas horas inundan los estudios de radio y los platós de televisión; en artículos de prensa o ensayos; en los reels del o de la influencer de turno; y así un largo etcétera. Es una fórmula muy recurrente y muy útil.
En la medida en la que una gran parte de nuestra cotidianeidad está mediatizada, todo pasa por la cultura y sus mediaciones. Además, si combinas esta fórmula con aquella otra de la “polarización” habrías terminado de cuadrar el círculo: una sociedad dividida, replegada sobre sus extremos, en la que los bloques políticos e ideológicos tratan de convencer o inocular sus ideas a través de los medios de comunicación y las redes sociales.
si combinas la fórmula de “guerra cultural” con aquella otra de la “polarización” habrías terminado de cuadrar el círculo: una sociedad dividida, replegada sobre sus extremos
Rastrear el origen y el significado de este sintagma es una tarea del todo imposible. De hecho, está siendo tan utilizado y tan manoseado que ya casi que podría significar una cosa y la contraria; veamos algunos ejemplos.
La batalla (o la guerra) cultural sirve a la ficción paranoica de la extrema derecha y de algunos círculos de la izquierda para comprender la disputa política en los términos de un juego permanente de manipulaciones. En este sentido, las fricciones típicas de una relación entre fuerzas en pugna se sustituyen por el complot de unos pocos; la cultura es el vehículo del engaño, y la contingencia y la tensión dejan paso a la conjura. Esta es una concepción de la batalla cultural muy extendida entre los sectores reaccionarios: las películas infantiles inoculan el virus de lo woke; ahora, la vieja amenaza bolchevique ya no necesita de ejércitos porque gana posiciones a través de Toy Story. Disney presenta una seria amenaza a los viejos y buenos valores occidentales: el dominio patriarcal y racista; allí donde la heterosexualidad es la norma y la tradwife no es solo una moda de TikTok.
En ocasiones, también una cierta izquierda catastrofista da muestras de una comprensión muy similar. Grupos e individuos dispersos en el amplio espectro de la izquierda —desde el anarquismo a la socialdemocracia— interpreta el auge del fascismo como un avance irreversible, normalmente haciendo gala de un paternalismo galopante. Echan la culpa a las redes sociales y los canales más usados por los jóvenes: unos chavales con el cerebro infectado, atontados por los pódcast y la propaganda fascista. Estos son, probablemente, los mismos sectores que han vitoreado la prohibición de las redes sociales a menores de 16 años anunciada por Pedro Sánchez desde Dubai. Dicho sea, esta es una versión muy difundida por algunos medios de comunicación y programas progresistas que hacen del escándalo su modelo de negocio; los mismos que ponen el foco en las reuniones de grupúsculos franquistas marginales el 20N, pero ignoran las concentraciones multitudinarias contra el fascismo en Madrid o Bilbao.
Por otro lado, es igualmente posible encontrar una versión liberal de la batalla cultural más propia de la sensibilidad política del extremo centro, sea este moderadamente de izquierda o de derecha. Para esta versión todavía existiría algo así como una esfera pública democrática en la que la disputa agonística entre adversarios se libra de manera discursiva, vencerá el que mejor argumentos ponga sobre la mesa. A estas alturas, una concepción tal no habría por dónde cogerla. A esa esfera pública burguesa le sobrarían las fake news, las granjas de bots sembrados para difundir bulos, la connivencia de las cloacas del Estado con las tertulias televisivas de la mañana…; como si todo ello no formará parte de la médula espinal del dominio público capitalista y su fin último y delirante de acumulación, como si el hecho de que Elon Musk haya comprado Twitter fuera más una anécdota que un síntoma. Una muestra de esta ingenuidad la dio el otro día el tertuliano y exmiembro del Partido Popular José María Lasalle cuando, a propósito de la última polémica del mes: el desplante de David Uclés a las jornadas de Arturo Pérez-Reverte, invitaba al joven escritor a que no se retirara, a que se presentara en el evento y expusiera sus ideas para convencer a la audiencia.
Desde que Podemos lo presentó como uno de sus intelectuales de cabecera, Gramsci ha ganado cientos de adeptos, simpatizantes y detractores
En cualquier caso, lo que pretendo mostrar con todo esto es la dificultad de conceptualizar la fórmula de la batalla cultural; algo que, por lo demás, me daría exactamente igual si no fuera por un detalle: la cuestión de la hegemonía gramsciana sobrevuela la mayoría de las interpretaciones, un pensador al que le he dedicado larguísimas horas de estudio en el último lustro. A casi cualquiera mínimamente politizado le suena el nombre de Antonio Gramsci. Desde que Podemos lo presentó como uno de sus intelectuales de cabecera, Gramsci ha ganado cientos de adeptos, simpatizantes y detractores. Como decía, el suyo es un nombre transversal y ha servido de herramienta a las dos declinaciones de la batalla cultural esbozadas más arriba.
Por su parte, la derecha y la extrema derecha, ya sea desde la afinidad o la repulsión, ha interpretado a Gramsci desde las coordenadas paranoicas de la inoculación: la cultura como el caballo de Troya de la ideología. Recordemos, por ejemplo, el momento en el que Rita Barberá acusó a la izquierda radical de que “su modo de actuar es la manipulación, la maniobra, el engaño, el insulto… Les recomiendo —dijo la difunta exsenadora del PP— que lean a Antonio Gramsci”. Otro ejemplo, menos circunstancial, sería el de la Nouvelle Droite francesa. Esta corriente pretendió renovar los postulados ideológicos de la extrema derecha introduciendo la hegemonía gramsciana como clave de bóveda de su arquitectura “metapolítica”.
Según ellos, el dirigente comunista sardo, tras la I Guerra Mundial y la derrota del movimiento obrero, comprendió mejor que nadie que la disputa política se había trasladado al terreno de las ideas, y eso era lo que había detrás de los conceptos centrales de hegemonía, guerra de posición, intelectual orgánico, principio educativo, Estado integral, etc. El suyo es un Gramsci profundamente idealista: abandonó el marxismo durante la estancia en prisión y apostó por la incursión progresiva y paciente propia de la “hegemonía cultural”.
El dirigente comunista sardo, tras la I Guerra Mundial y la derrota del movimiento obrero, comprendió mejor que nadie que la disputa política se había trasladado al terreno de las ideas
Aunque existan diferencias significativas entre corrientes y proyectos, el Gramsci de la derecha y la izquierda liberal tiene grandes similitudes con el del párrafo de arriba; sobre todo porque también es un Gramsci desprendido de cualquier rastro materialista. A mí, personalmente, el Gramsci agonístico, el de la disputa sofisticada en el terreno de las ideas, me recuerda a los debates neohegelianos —allá por el año 1840— que hacían de los intelectuales profesionales de la cultura y sujetos activos de la transformación. Además, el deterioro actual del Estado —o, al menos, del Estado proveedor y salvaguarda del bienestar general— y la espectacularización del debate público habría declinado la hegemonía en un asunto más típico del marketing y la comunicación política. Este es un Gramsci derivado (y degenerado) de aquel que presentó el primer Podemos, un Gramsci filtrado por la hermenéutica del pensador liberal Norberto Bobbio y el utillaje posmarxista de Ernesto Laclau y Chantal Mouffe. En esta versión, los influencers y los tertulianos serían el equivalente al “filósofo democrático” del siglo xxi, y las plataformas electorales algo así como el “Príncipe (pos)moderno”.
Probablemente, hay otros muchos pensadores y pensadoras que han influido en la manera en la que concebimos el manido sintagma de la batalla cultural, pero creo que no me equivoco al afirmar que, a pesar de que pueda estar ausente en muchas de las reflexiones sobre el tema, el espectro de Gramsci y el de la hegemonía sobrevuelan siempre, o casi siempre, la discusión.
Pero… ¿son las interpretaciones de Gramsci presentadas en este artículo las únicas posibles? Si buscamos un Gramsci para hoy, ¿no tenemos más remedio que adaptarnos a la lectura paranoica de la extrema derecha o a la más culturalista del liberalismo, ya sea este más o menos progresista? Mi respuesta, como se podrán imaginar los y las lectoras, es la de una negación rotunda: hay un Gramsci más allá de estas simplificaciones y perversiones hermenéuticas; esto es, un Gramsci que trasciende la “hegemonía cultural” —un enunciado, por cierto, tan manoseado como escaso en los Cuadernos de la cárcel—.
Hay otros muchos pensadores que han influido en la manera en la que concebimos “la batalla cultural”, pero el espectro de Gramsci y el de la hegemonía sobrevuelan casi siempre la discusión
Mi intención con los artículos que me propongo escribir en esta columna es hurgar en ese Gramsci, pero no con el afán exegético propio del que pretende purgar sus impurezas, sino para rescatar la profundidad de un pensador tremendamente prolífico que, a pesar de estar próximos al centenario de su muerte —apenas falta una década—, tiene la virtud de arrojar luz sobre muchos de los problemas que comprometen a nuestro presente; un organizador y un militante que se enfrentó a una época que rima con el intervalo de incertidumbre que nos acosa. Este sería el Gramsci de lo que he denominado como las “infraestructuras del consenso”, el Gramsci más atento al despliegue institucional y antropológico del capitalismo, y puede ser un estímulo para pensar, entre otras cosas: el papel que interpretan hoy los medios de comunicación, la prensa o las redes sociales; los múltiples rostros y corrientes de la extrema derecha y el autoritarismo de nuevo cuño; las virtudes y las deficiencias de los movimientos de protesta y los partidos políticos progresistas; o, para terminar con la enumeración, las inercias de unos ciclos económicos absolutamente desquiciados y la red material que los sostiene.
Con esto, espero que Gramsci nos ayude a comprender mejor el horizonte de problemas que debemos enfrentar, a formularnos las preguntas precisas, porque si queremos encontrar una salida a este intervalo no tenemos más remedio que —como decía, en esta ocasión, Bertolt Brecht— hacernos cargo de los malos tiempos actuales.
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