Ismael Morales: “Si liberalizamos todo, el fascismo fósil seguirá imperando”

Fernando Ferrando e Ismael Morales, presidente y responsable de Políticas Climáticas la Fundación Renovables, apuestan en su 'Manual de independencia energética' por abordar la energía como un bien de primera necesidad y no un negocio.

Coordinador de Clima y Medio Ambiente en El Salto. @pablorcebo.bsky.social, pablo.rivas@elsaltodiario.com

20 oct 2026 06:00

Con una transición energética en marcha, abordar el enfoque correcto para que ese cambio llegue a buen puerto para el conjunto de la humanidad, y no solo para la élite imperante, es vital para la inmensa mayoría de los seres humanos. Fernando Ferrando e Ismael Morales, presidente y responsable de Políticas Climáticas de la Fundación Renovables, respectivamente, aportan su granito de arena en el inmenso mar de dudas y tensiones de esta transición con un Manual de independencia energética (Los libros de la Catarata, 2026), un libro que, como su propio subtítulo señala, tiene como objetivo contribuir a allanar el camino hacia una transición ecosocial.

Bajo la premisa de que el cambio no debe ser un simple traspaso entre sistemas energéticos, ambos autores apuestan por una transformación que recupere su visión más transversal y se convierta en una verdadera transición de carácter social y ecológico. Todo ello con una tesis de fondo: que la energía es un derecho básico y no un bien de mercado. A lo que hay que sumar la presión de ser, como señala Morales en charla con El Salto, “la última generación que puede revertir el proceso” de la emergencia climática. 

Planteáis un cambio de paradigma: dejar de pensar en la energía como un negocio, sino como un bien de primera necesidad y de utilidad pública. Parece algo difícil en la Europa de hoy.
Estamos en esa gran contradicción a día de hoy porque, por un lado, estamos manejando la energía como un negocio, pero, por otro, estamos viendo que es un bien de primera necesidad y estamos sufriendo las consecuencias de no haber actuado mucho antes. Europa ha liderado a nivel político, pero no ha liderado a nivel de ejecución de esa política. Uno de los grandes problemas es que las propias directivas que promulgó la Unión Europea no se están aplicando. No se está revisando la transposición de las directivas que permiten ese cambio de paradigma. Y, en este caso, lo que proponemos en el libro es que los recursos naturales tienen que ser un bien común, tienen que estar ligados a la sociedad y a las personas que viven en ese territorio, entendiéndose que ellos tienen cierta potestad para elegir qué hacer con esos recursos. Esa elección les permitiría socializar los beneficios, elegir qué empresas pueden venir, o intervenirlas en función de qué caso. 

Tuvimos la burbuja del hidrógeno, estamos teniendo la burbuja del biogás, y los centros de datos son la tercera burbuja

Dentro de ese paradigma de que Europa está virando hacia la derecha y la ultraderecha, lo que está claro es que puede girar la ideología, pero no puede girar la realidad. Y la realidad es que no tenemos combustibles fósiles. Va a haber que equilibrar esos pesos. Por un lado, vamos a sufrir el impacto de estas crisis energéticas. Y, por otro, la política cambiará o no cambiará, pero los yugos que tenemos van a ir a más. Y eso es algo que solo se puede revertir con lo que hemos hecho y con la experiencia y el aprendizaje que hemos tenido desde 2015 hasta ahora. 

Me hablas de unas directivas europeas que no se están aplicando.
La directiva sobre el mercado eléctrico de 2019 dice que la ciudadanía tiene el derecho de comprar, vender, almacenar y gestionar su propia energía. Además, también tiene derecho a que las comunidades energéticas participen dentro de los mercados eléctricos. Esto no se ha cumplido hasta siete años después. Esa es la disfunción de la UE: primero plantea unos mínimos para que todo el mundo esté de acuerdo, porque al final cada país tiene su matriz energética, su contexto y su cultura energética, por llamarlo de alguna manera. Pero esos mínimos, cuando pueden empoderar a la ciudadanía, no se cumplen. 

Si esa directiva se llega a transponer dos años después, en 2021, cuando se presuponía que debería haberse ejecutado, hoy tendríamos bastantes más comunidades energéticas y bastante menos costes en la factura porque la gente podría autoabastecerse. Esa es un poco la disfunción que tiene la UE: entre los deseos de las políticas que promulgan y su ejecución y a quién llega. 

El mercado ahora mismo lo dominan las empresas fósiles y si dejamos todo a las reglas del mercado, estas empresas en realidad no tienen por qué cambiar a renovables

Planteáis que el Estado deje de ser un mero custodio de los recursos naturales y se convierta en ejecutor de iniciativas energéticas. ¿Creéis que es algo posible con el contexto político actual y en una UE donde este tipo de iniciativas no es que precisamente se fomenten? 
Es más difícil imaginarlo que ejecutarlo. Ya se ha visto que es inviable la opción que defiende la corriente más neoliberal, autárquica y partidaria, digamos, de destruir el Estado y dejarlo todo a las reglas del mercado. Si hacemos eso, la transición energética probablemente se incumpla como tal. El mercado ahora mismo lo dominan las empresas fósiles y si dejamos todo a las reglas del mercado, estas empresas en realidad no tienen por qué cambiar a renovables. Es decir, si liberalizamos todo, el fascismo fósil seguirá imperando y seguiremos siendo un mundo con un imperio de los combustibles fósiles y del gas. 

Si el Estado, entendiéndose como Estado también organizaciones supranacionales como la UE, no es el que ejecuta las reglas, no solamente dejaremos de acelerar el despliegue de las renovables y de socializar sus beneficios para que mejore el bienestar de las personas, sino que tampoco habrá motivos para cambiar la matriz energética fósil del mundo o de cualquier país.

La propia patronal [de los centros de datos] lo dice. Simplemente han pedido permiso para luego transponerlo, especular con ello y vendérselo a otros promotores

Una planificación con el Estado como inversor es muy interesante. China, por ejemplo, a pesar de todos los problemas dictatoriales que tiene. Nosotros al final tenemos ciclos de cuatro años, en China son de cinco. China busca una cadena de valor, una tecnología, e invierte desde el inicio. Te ayuda a crecer, a desarrollar la pyme y diferentes empresas, como hacen las líneas ICO en España. Luego, esas empresas, una vez que tienen ese apoyo, compiten entre sí. Esto es también lo que proponen Draghi y Letta en sus diferentes informes: que el Estado y la Unión Europea tienen que invertir en ciertos componentes estratégicos, que en este caso son las baterías, las renovables, las redes eléctricas y todo lo que implique soberanía energética. Ese es el principal punto. Si el Estado no te avala, te avalará un banco, pero un banco te pondrá unos intereses, y no es lo mismo. Tendrás que rendir cuentas también al accionariado si ese banco entra. Entendemos que el Estado, al fin y al cabo, es un baluarte porque tiene en cuenta a toda la sociedad y no solo a las principales empresas que puedan sufrir este cambio de modelo energético.

La IA es la gran revolución del presente, y la implantación de los ingentes recursos que necesita está generando grandes controversias. El principal problema de los centros de datos es la cantidad de energía y agua que necesitan. ¿Su rápida evolución puede poner en riesgo la transición energética? 
Sí y no. Por un lado, sí puede poner en riesgo la transición energética en el sentido de que la conexión de los centros de datos a la red va a ser mucho más rápida que la expansión de la propia red. Si ahora conectamos todos los gigavatios que están concedidos, que creo que son 12, no queda capacidad en la red. Y esta está ya está saturada al 95 %. Es decir, no hay hueco ni para todo lo que está concedido. Y, por otro lado, no, en el sentido de que necesitamos incrementar la demanda eléctrica por todos los vertidos que se están perdiendo de renovables, y al final los centros de datos son una solución para que la oferta que te comentaba previamente tenga un encaje con los consumidores de los centros de datos. 

Con los problemas de Ormuz y con la fragilidad del almacenamiento nos estamos dando cuenta de que el gas era una energía de transición

En España se está creando una tercera burbuja. Tuvimos la burbuja del hidrógeno, estamos teniendo la burbuja del biogás, y los centros de datos son la tercera burbuja. Tenemos ya experiencia para saber que en muchos de los permisos, en muchos de los accesos concedidos a la red, no hay proyectos detrás. De hecho, la propia patronal lo dice. Simplemente han pedido permiso para luego transponerlo, especular con ello y vendérselo a otros promotores. Hay que analizar quién ha pedido los permisos, si tiene un proyecto detrás, cuándo lo va a ejecutar y si ese proyecto cumple con un rango de prioridad. Eso es lo que le decimos al Ministerio: tienes que hacer una prioridad para conectar. No es lo mismo que quieras conectar unas viviendas que quieras conectar un centro de datos; que quieras conectar un hospital o que quieras conectar un autoconsumo, por ejemplo. Es uno de los grandes problemas de los centros de datos a nivel físico. Porque, al fin y al cabo, si tú me dices el valor o los empleos que genera una industria como las baterías o nuevas industrias, comparado con los centros de datos, estos no generan nada. Son prácticamente automatizados, simplemente generan la construcción. Ese es uno de los principales problemas, que llegue ahora mismo y se convierta en la prioridad número uno, cuando en realidad la prioridad número uno está en otro lado y va más por la industria, conectar puntos de recarga para el transporte y lo que pueda reducir emisiones.

Hablas de una burbuja del hidrógeno ya en pasado, pero prosiguen los anuncios de plantas de experimentación e inversiones. ¿La burbuja del hidrógeno se desinfla, incluso a pesar del interés del sector gasista?
Yo creo que el suflé ya se ha pinchado y es algo que se ve si analizamos los proyectos que siguen vigentes después de 2022. Estamos hablando de grandes proyectos, muchos de los cuales son Proyectos de Interés Común o están dentro de la subasta de hidrógeno europea, es decir, tiene financiación pública, y encima pertenecen a grandes petroleras: Moeve, Repsol… Son los únicos que continúan. Y no se han quedado para dar abastecimiento a nueva demanda española porque no la hay. No se ha creado nueva demanda más allá de ciertas refinerías que estén asociadas a estos. 

Ismael Morales López - 2
Ismael Morales López, responsable de Políticas Climáticas en la Fundación Renovables. Álvaro Minguito

Decían que iban a descarbonizar la gran industria con hidrógeno, pero de momento los proyectos están asociados a refinerías o a exportación. Duele mucho decir que teníamos razón. Al final se ha cedido a las expectativas de Enagás para construir una red troncal financiada con fondos públicos. La estamos construyendo ya, cuando realmente no hay demanda. Estamos generando un consumo que vamos a tener que exportar fuera y que no nos va a generar ningún valor local ni de reindustrialización.

Es fundamental empezar a cambiar el marginalismo, o por lo menos rediseñarlo de alguna manera para que se puedan pagar las tecnologías por el coste de generación y no por el coste de la más cara

Siempre hemos dicho que es mucho más fácil transportar electricidad que hidrógeno, y todas las plantas de hidrógeno que están surgiendo son un poco lo que preveíamos: pequeñas plantas de generación de hidrógeno, electrolizadores de 5 o 10 megavatios asociados a pequeñas industrias cercanas a los puntos de consumo. En las refinerías están siendo así mayoritariamente. También en el País Vasco para toda la siderurgia. Esos son un poco los proyectos que prevalecen, pero los proyectos de 100, 200 megavatios… hay dos y son para exportar. No nos aportan nada a nivel local, y al final también es una paradoja: vamos a descarbonizar una refinería que no vamos a necesitar en cinco años porque tenemos que eliminar el petróleo en cinco, diez o quince años.

En 2015 la idea era ir eliminando progresivamente el gas. Luego pasó de ser considerado de una energía fósil del pasado a un combustible de transición sostenible, según la taxonomía de la UE, para el que no paramos de construir infraestructuras y en donde Enagás tiene mucho que ver, como comentas. ¿Cuál es el papel del gas en toda esta historia?
Lo más preocupante de Enagás es que está dentro de la generación de gas. Es decir, tienen una filial que participa en proyectos de gas y de hidrógeno. ¿En qué momento el gestor de la red de transporte y transportista puede participar y crear su propia generación? Esto es como si Red Eléctrica tuviera plantas de fotovoltaica y de eólica. Esto no se da en ningún otro país. Que Enagás participe en proyectos de generación de hidrógeno o de biogás es hacernos trampas al solitario, porque está generando su propia demanda para dar una justificación de que es necesaria la red.

¿Tendremos entonces gas para rato?
Bueno, yo creo que con los problemas de Ormuz y con la fragilidad del almacenamiento nos estamos dando cuenta de que el gas era una energía de transición. Era una energía de transición a un precio estable y razonable, no disparado, de no más de 20 o 30 euros el megavatio hora. Ahora nos estamos dando cuenta de que no solo tenía emisiones, sino que es extremadamente caro y condiciona todo el resto de tecnologías en el mercado eléctrico. Además, si lo unes a que aproximadamente un 20 % de la generación es gas, un 20 % nuclear, y hemos cedido a la continuidad de Almaraz, pues estamos viendo que el gas se le va a dar un papel fundamental en el resto de sectores. 

El gas no está entrando en el mercado en abundancia, también por el aumento de la fotovoltaica, sino que está yendo a mercados de ajuste o de restricciones técnicas, mercados prácticamente de tiempo real para ajustar la generación y el consumo que se preveía pero que no se ha dado. Allí los costes se multiplican por tres o por cuatro, y eso es un beneficio que se están llevando ahora mismo los ciclos combinados de gas, porque saben que dentro del mercado, salvo dos, tres o cuatro horas que suponen los precios punta, no tienen beneficios. Están siempre entrando en los resquicios que se les permite por regulación, porque esas restricciones técnicas, esos ajustes de los mercados, los pueden hacer las baterías cuando lleguen. Y el control de tensión, famoso después del apagón, también. 

Necesitamos socializar la lucha contra el cambio climático y para eso esta tiene que tener un beneficio para la persona

Tenemos que empezar ya el próximo Plan Nacional Integrado de Energía y Clima (PNIEC), que se tiene que publicar en 2028, y generar un plan de desmantelamiento de ciclos combinados a 2040. No puede ser que tengamos 56 ciclos combinados que solo operen cantidades de tiempo diminutas en las que se forran.

¿Hay que cambiar el actual sistema marginalista de fijación del precio de electricidad, por el cual la tecnología más costosa, habitualmente el gas en las horas más caras, impone el precio de toda la electricidad? 
Si no lo hacemos, esto va a seguir siendo jauja. Tenemos que crear dos mercados paralelos: uno para las inframarginales, y luego el gas se puede meter en otro, un mercado marginalista o dentro de restricciones técnicas. Pero el sistema marginalista ahora mismo está arrastrando toda esa señal precio que te decía. Es fundamental empezar a cambiar el marginalismo, o por lo menos rediseñarlo de alguna manera para que se puedan pagar las tecnologías por el coste de generación y no por el coste de la más cara. Esto no tiene ningún sentido, y como es una directiva europea, pues tendríamos que cambiarlo toda Europa.

Me has hablado del biogás como una burbuja actual.
Absolutamente. Es una burbuja porque el consumo de biogás no llega ni al 2 % del consumo total de gas. Además, estamos viendo que todos los informes de proyectos potenciales de generación de biogás utilizan todo tipo de cultivos, todo tipo de fuentes primarias y productos energéticos, que no tienen en cuenta que se pueden utilizar para otros usos. Tampoco tienen en cuenta el coste del biogás que puede suponer, porque obviamente va a ser más caro que el gas para los diferentes consumidores. Y, al fin y al cabo, es una actividad refugio para las gasistas tradicionales. Es decir, ante un plan de desmantelamiento, si quieren mantener su infraestructura de red, para justificar que no lo tienen que hacer necesitan meter biogás. Y harán todo lo posible por conseguirlo. 

Ahora mismo lo único que tenemos que hacer es electrificar y aislar todo lo que podamos, tanto para el calor como para el frío

El biogás tiene sentido a nivel muy local. Tenemos una generación de residuos que, si no los gasificamos hasta cierto punto y los consumimos, ese biogás se libera, y es metano, un gas bastante más contaminante y con un poder calorífico 50 veces superior respecto al CO2 si no me equivoco. En las depuradoras, por ejemplo, lo utilizan para autoabastecerse. Podemos poner biogás en la actividad ganadera, o en una actividad agrícola que se tiene que reconvertir, pero simplemente como una actividad ligada a un subproducto o a un residuo que se tiene que revalorizar hasta cierto punto, no generar un residuo que en realidad tenía otro fin. Es decir, no podemos quitar una cuota de alimentos que iba al mercado y meterla para generar residuos. Lo que está pasando ahora es que se está pagando mucho más por generar ese residuo que por el precio que tendría en el mercado ciertos productos. Eso es lo que tenemos que limitar para evitar que la burbuja de biogás vaya en aumento. 

Renovables sí, pero no así es el lema de los movimientos contra la implantación masiva de parques de renovables en el medio rural. Es un enconado debate que no se cierra. ¿Las dos posiciones enfrentadas, a pesar de estar ambas dentro del ecologismo y la lucha contra el cambio climático, están condenadas a estarlo para siempre?
Están condenadas a entenderse porque todo el mundo lo ha hecho mal. Tenemos tres actores: la ciudadanía, el regulador y los promotores. Los tres han actuado mal y sin comunicarse entre ellos. Primero fueron los promotores, que cogieron las mejores zonas con mejores recursos e hicieron todo tipo de tropelías porque no había una regulación. Luego vino la regulación, que se quedó totalmente atrás. No se atrevió a meter mano más allá de algún mapa, de una cartografía, para sugerir dónde se podían conectar. Y esto tuvo una derivada que es la ciudadanía, que cogió los peores ejemplos —que los hay, como también hay buenos— para decir “este parque no porque va a tener ciertos impactos”. 

Electrificar es decrecer por definición

Ahora mismo el Gobierno está trabajando en un sello de buenas prácticas territoriales y sociales para cada una de las tecnologías: eólica, baterías, fotovoltaica y están viendo si biogás sí o no. Será voluntario, estará sujeto a dar cierta prioridad de capacidad de conexión y tendrá cierta capacidad para que accedan a ayudas ICO o a ciertas subvenciones. Esa es la manera en la que se está intentando llevar a los promotores hacia el buen sitio, pero la comunicación en la fase de diseño del parque es fundamental. Y no solo la capacidad de comunicación, sino de integrar las preocupaciones que pueda tener el municipio en modificar el diseño del parque. Eso es fundamental porque evita impactos ambientales, aunque los hay, pero las medidas compensatorias y preventivas que se aplican están bastante generalizadas. En cualquier caso, es cierto que hay una falta de capacidad técnica de la administración pública que revise, sobre todo a nivel regional, los parques. 

Igual que hay una evaluación de impacto ambiental, yo pido que haya una evaluación de impacto social que evalúe realmente si ese parque tiene ciertos impactos sobre la ciudadanía. Si afecta a la economía o a cierta agricultura tradicional, si está bien percibida, si no… Todo bajo ciertos criterios estandarizados, y que se cree bajo una ley, que sea algo reglado y se aplique para todos los parques. Esa es mi lucha.

En 25 años de siglo XXI el consumo energético per cápita global ha pasado de 17.000 a 20.000 kWh por persona al año. Y subiendo, especialmente con el desarrollo en Asia. ¿Basta con pasarse a las renovables o hay que incluir decrecimiento en el cóctel?
Por supuesto que hay que incluirlo. Pero claro, hay diferentes tipos de decrecentismo. Está ese decrecentismo romántico que, desde mi punto de vista, ha hecho perder un poco el foco a ciertas personas del ecologismo. Es decir, volver a usos energéticos que eran de hace un siglo es algo que no tiene sentido porque la tecnología avanza. Es algo muy romantizado, totalmente distópico e imposible de implantar en una sociedad con 8.700 millones de personas. El decrecentismo tiene que ser selectivo sobre aquellas actividades que realmente no aportan nada al bienestar social o personal. Es decir, actividades que están construidas bajo la ficción de consumir algo que en realidad no necesitas. Las modas, por ejemplo. Las modas de ropa o de consumo de cualquier tipo de alimento que en realidad no es fundamental para tu biología. Todo eso se tiene que reducir y se puede seleccionar. Se puede hacer una agenda de reducción de consumos innecesarios en cada uno de los sectores. Ese es el tipo de decrecentismo que necesitamos, un decrecentismo selectivo y con sentido común. Y no podemos decrecer todos por igual, o España por igual, o países con un PIB como España al mismo tiempo que otros como puede ser Angola.

La tecnología está disponible, la regulación está avanzando, pero la cultura energética no la tenemos todavía y está habiendo una cultura de shock

Lo que sí estamos viendo es que el consumo de energía en los países que se están electrificando está decreciendo. Eso es un decrecimiento de consumo de energía. En Canadá, EEUU o China, en cuanto se estabilice, estamos viendo que hay un desacople entre el PIB y el consumo energético. Eso ya es decrecimiento. Electrificar es decrecer por definición.

Tenemos potencia renovable considerable y creciente, pero si no electrificamos transporte e industria España no cumplirá con sus compromisos climáticos. ¿Cómo le metemos mano a esto?
Falta la demanda. Y lo principal para atraer demanda no es que esté la tecnología disponible, porque ya lo está. De hecho, se está disparando todo el envío de coches eléctricos, puntos de recarga y paneles desde China por la crisis energética. El problema es que la electricidad no es competitiva con respecto a los precios del gas o del petróleo. Aquí lo principal es ajustar las subvenciones y los gravámenes de los combustibles fósiles para que sean más caros que consumir electricidad. Si nosotros no damos una señal precio al consumidor, el consumidor no va a cambiar. Si nosotros subvencionamos con 20 céntimos o con 40, y luego además la comercializadora, pongamos Repsol, te da otros 20 o 30 céntimos más barato si te adhieres a sus plataformas, a ti te condicionan a que no des una respuesta cambiándote al eléctrico, por ejemplo. Falta la fiscalidad para cambiar el hábito y que el hábito atraiga toda la tecnología. 

La Comisión Europea y las diferentes entidades están siendo objetivo de 'lobbies' gasistas y petroleros a un nivel extraordinario

Está claro que, en lo relativo a tecnología a nivel de electrificación de la industria, la red es el principal problema, pero eso se solucionará. Ese es un poco el lema del libro: necesitamos socializar la lucha contra el cambio climático, y para eso esta tiene que tener un beneficio para la persona. Y eso, ahora mismo, es principalmente la electricidad. Que sea más barata que cualquier otro consumo fósil. Por ejemplo, el precio del gas este invierno se va a disparar por mucho que se tope la Tarifa de Último Recurso (TUR), pero si las bombas de calor se hubieran patrocinado hace 20 o 10 años, con un precio bastante más asequible, ahora no pasaría esto. La tecnología está disponible, la regulación está avanzando, pero la cultura energética no la tenemos todavía y está habiendo una cultura de shock. Nos estamos viendo obligados a cambiar el hábito no por el precio o por las ventajas que pueda tener de emisiones o de coste, sino simplemente porque el mundo está cambiando.

La agenda verde europea ha sido sustituida por la agenda de la desregulación ambiental y de defensa, y todo apunta a que se viene una Europa sin green deal. ¿Peligra la transición energética en la UE, con el poder político creciente de los lobbies afines a los combustibles fósiles?
La Comisión Europea y las diferentes entidades están siendo objetivo de lobbies gasistas y petroleros a un nivel extraordinario. Están dedicando una cantidad de fondos tremenda para reducir, o por lo menos agujerear, toda la política que ya teníamos hecha. Esto es uno de los principales problemas y creemos que se debería regular la actividad de los lobbies en Bruselas, y también a nivel nacional con la llamada Ley de lobbies.

Con los precios del gas y los precios de este invierno el aislamiento va a salir mucho más a cuenta que esperar a cualquier subvención

Los paquetes ómnibus de desregulación para las empresas son un buen ejemplo. Todas las certificaciones y todos los estándares medioambientales, todas las emisiones que tenían que corroborarse, se han debilitado muchísimo. Un ejemplo es el reglamento del metano, que era para controlar todas las importaciones porque tienen fugas en los puntos de origen. Ahora mismo se está retrasando. Todos los países dicen que se tiene que retrasar uno o dos años. Francia lo dijo hace un mes. España es el único que lo defiende. ¿Por qué? Porque tenemos el shock energético, aunque también tenemos una presión de Estados Unidos por vendernos gas e instalar nuevas regasificadoras flotantes. Y esto al final nos condiciona toda la política europea. 

Más de la mitad de los edificios del Estado español no posee aislamiento adecuado y el 97 % no cumple la normativa. ¿Tenemos una asignatura pendiente ahí?
Un factor es que, como ha habido ciertas ayudas, al final la gente espera que vuelvan a llegar de nuevo. Es decir, la gente no hace esa reforma porque puede surgir otra oportunidad para tener la ayuda. Es algo que ya ha pasado con el autoconsumo, donde se ha visto un efecto rebote tremendo y una caída de las instalaciones. Pero, en realidad, hay que romper este mito, porque con los precios del gas y los precios de este invierno el aislamiento va a salir mucho más a cuenta que esperar a cualquier subvención. 

Por otro lado, está la obra. Hacer una obra con la comunidad o una individual te supone un tiempo, una carga, que muchas personas que no estén realmente concienciadas van a asumir. Entonces, por una parte está la financiación y por otra parte la obra. Sin embargo, se está viendo que donde se está aplicando obligatoriamente, como en los nuevos edificios públicos o de empresas, el ahorro de factura es tremendo, sobre todo de consumo de gas en invierno. Ahora mismo lo único que tenemos que hacer es electrificar y aislar todo lo que podamos, tanto para el calor como para el frío.

La dirección de la transición energética está en manos del mercado y de intereses privados, y está lejos de ser un proceso compartido por sociedad, gobierno e instituciones. ¿Hemos perdido la oportunidad de que esa transición sea una gran transición ecosocial y no una mera transición entre sistemas energéticos?
No hemos perdido el camino, pero estamos desaprovechando una oportunidad única. Es cierto que se ha acelerado muchísimo la descarbonización por parte de la oferta, por el cambio de sustituir una energía por otra, pero no el consumo. Falta que las personas sepan qué es lo que tienen que consumir, cuál es la nueva energía y el precio que tiene, para saber cómo cambiar sus hábitos de consumo. Hasta ahora, pues bueno, sí, hemos cambiado carbón por gas, gas por renovables. Pero en este caso lo que está pasando es que las compañías energéticas tradicionales cambian sus activos unos por otros, pero no se permite la participación tanto de nuevas empresas que puedan surgir como, por supuesto, nuevos consumidores o la participación de la ciudadanía. No es que se haya perdido la oportunidad, pero sí que la estamos desaprovechando. Y el problema es que tenemos todas las herramientas para ello, y podemos conseguir una regulación que sea muy favorable a cambiar ese dominio energético. Que este no esté en manos de unos pocos para que esté en manos de todo el mundo. 

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