Elecciones generales del 28 de abril
Luces, cámaras… ¡acción! (Sobre los debates televisados y la “neutralidad” periodística)

Han vuelto los debates televisados, esos concursos de talento que excluyen la posibilidad de verdadera discusión y anulan al Periodismo, pero hacen las delicias de las cadenas de televisión.

Debate elecciones 2019
Debate electoral en RTVE Irene Lingua
Profesor del Departamento de Periodismo 1 de la Universidad de Sevilla

publicado
2019-04-17 13:00

En el ritual de la campaña electoral no puede faltar la discusión sobre los debates televisados. Forma parte del ceremonial, es carnaza para el chismorreo tertuliano y también el momento de gloria de los expertos en mercadotecnia política, que nos volverán a recordar la colosal importancia del color de la corbata del candidato y lo mal que le fue a Nixon contra Kennedy por ponerse a sudar ante las cámaras. Una vez más, y como nos tienen acostumbrados, discusión política de altura.

Quizás convenga plantear una cuestión preliminar para entender la discusión sobre las corbatas: cualquier discurso que se emita por televisión, sea político, científico, religioso o sobre la vida de los elefantes, se transforma también en discurso televisivo. Los debates, si podemos llamarlos así, pasan a ser programas de televisión que buscan audiencias a las que poder ser vendidos. Y las buscan, casi siempre, a través de formatos de entretenimiento. Planteados como un competitivo concurso de talentos, los aspirantes a la presidencia harán todo lo que esté en sus manos para ser entretenidos, audaces y conseguir llamar la atención más que el rival gracias a frases ingeniosas, pegadizas o graciosas. Y todo ello contrarreloj, lo que excluye la exposición pausada de los argumentos (si los hubiere) y privilegia el disparadero de titulares, que quedan siempre sin explicación por parte de los candidatos.

Sus intervenciones provocarán ira, indignación o, en el mejor de los casos, cierta empatía, pero difícilmente una llamada a la necesaria reflexión

Por supuesto, la conversación posterior se centrará en quién “ha ganado” el debate, como si de un combate de boxeo se tratase. Así que no esperemos una discusión argumentada entre los candidatos: no la habrá. Incluso en el supuesto de que éstos tuviesen ideas que quisieran compartir, el formato lo haría muy complicado. Sus intervenciones provocarán ira, indignación o, en el mejor de los casos, cierta empatía, pero difícilmente una llamada a la necesaria reflexión.

Mientras tanto, con estos formatos, el periodismo queda anulado, convertido en el cronómetro que, en aras de la “neutralidad”, vigila que los candidatos dispongan de un tiempo similar para lanzar sus consignas. De esta manera, cuando Casado, por ejemplo, acuse a todo el que pase por allí de golpista o etarra, mientras Rivera promete bajar todos los impuestos y subir todos los sueldos, el moderador no podrá detener al candidato y preguntar, a bocajarro: ¿de qué está usted hablando? ¿Nos está usted mintiendo o, aún peor, cree usted que lo que afirma es cierto? Y no podrá hacerlo, porque sería inmediatamente acusado de no respetar la neutralidad. De esta forma, dejar mentir al candidato resulta más neutral que llamarle mentiroso. Tampoco podrá parar el debate cuando uno de los participantes (todos lo harán) se salga por la tangente para no contestar a las preguntas del periodista, si es que aún les permiten hacerlas. Todos evitarán las respuestas, pero una vez más: permitirles que no contesten será más neutral que ponerlos en evidencia.

De ahí que lo que nos quede sea departir sobre la corbata del candidato o en relación a las riñas entre los asesores de comunicación para decidir quién ocupa el centro del escenario, así como maravillarnos con la profesionalidad de las cadenas de televisión, que derrochan medios para que todo salga de maravilla. Aceptémoslo de buena gana y disfrutemos, así, del espectáculo. Ya que hemos llegado hasta aquí, me permitiría sugerir que un jurado “neutral”, sentado de espaldas a los candidatos, se diese la vuelta cuando escuchase la frase más ingeniosa, o que a quien tenga un lapsus se le abra una trampilla bajo los pies mientras, quizás, al desdichado que se le escape una mentirijilla le explota una bomba de pintura y confeti entre las manos. Todo es poco cuando se trata de disfrutar de la fiesta de la democracia.

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