¿Quiere sobrevivir a la calor urbana? Pase por caja

La ciudad como hábitat del ser humano no está cumpliendo su cometido de salvaguardar todas las vidas que en ella se generan y desarrollan.
Calor urbana. Sin sombra en la ciudad
Juan Andrés Rodríguez Lora. Profesor en el Departamento de Urbanística y Ordenación del Territorio. Escuela Técnica Superior de Arquitectura, de la Universidad Sevilla
3 ago 2026 07:00

Según el Ministerio de Sanidad del Gobierno de España, se estiman unas 27.564 muertes atribuibles a las altas temperaturas entre 2015 y 2025. En junio del presente año, se ha batido el récord en la serie histórica de este mes con más de 1.000 muertes en todo el Estado. Si estuviéramos hablando de otra causa de las muertes, palabras como “emergencia” o “catástrofe” coparían titulares de medios de comunicación y centrarían toda la atención de la sociedad.

Parece ser que el modelo de implantación territorial por el que apuesta el Estado español es el de hacer a su población cada vez más urbana, situándose en este momento, según diversas fuentes oficiales, en torno al 80% de habitantes totales. En consecuencia, las ciudades, sea cual sea su tamaño, tienen un papel fundamental en la salud, en general, de todas las personas que las habitan y, especialmente, en la problemática que las altas temperaturas están provocando.

Por ello, se vienen observando con gran estupor algunas de las intervenciones de reurbanización que se están llevando a cabo en la ciudad de Sevilla, además de otros municipios de su entorno inmediato, que abundan aún más en la peligrosidad climática presentada. Algunas de estas operaciones urbanas son denominadas desde el consistorio municipal como “plazas”, sin que una mínima sonrisa nerviosa se deslice al pronunciar esta palabra, con todo lo que encierra y lo que ha supuesto a lo largo de la historia del urbanismo, al referirse a tal obra de desastre. Por abundar en un caso concreto, pero que sirve como escenificación de la política urbana que viene siendo la tónica habitual de un tiempo a esta parte, sobresale la realizada en el espacio público interior de una manzana sita en el barrio del Tiro Línea, conformada a través del triángulo que dibujan los edificios alineados a la avenida Bueno Monreal y las calles Almirante Topete y Coullaut Varela. Este no lugar era una especie de descampao de albero que hacía las veces de aparcamiento improvisado.

Pues bien, este terreno, que evidentemente necesitaba ser mejorado en pos del bienestar del vecindario, tenía una cierta capacidad de filtración de agua y de menor absorción de calor que el material por el que ha sido sepultado prácticamente al completo por un manto impermeable de adoquines prefabricados. Mientras en muchas ciudades y pueblos están levantando asfalto y adoquines, en las redes del ayuntamiento se vanaglorian, día sí y día también mediante vídeos perfectamente editados, de hacer justo lo contrario: asfaltar y pavimentar hasta el último milímetro de la ciudad. “Sevilla está en marcha”, dicen. En marcha totalmente contraria a la que se debería ir, eso sí.

Así, en lugar de que predomine el terreno natural, que baja considerablemente la temperatura ambiente además de servir como sumidero natural hacia capas del subsuelo, se ha preferido construir una nueva plancha en un barrio ya castigado por falta tanto de arbolado y vegetación como de zonas de encuentro del tipo plazas, parques y jardines; lugares que ya florecen como pequeños oasis en cualquier rincón de otras urbes menos afectadas por las altas temperaturas, pero que han sabido leer hacia dónde nos encaminamos (o en qué punto nos encontramos ya hoy en día).

El diseño de este “espacio libre”, digno de presentarse a los próximos premios Nueva Bauhaus Europea (nótese la ironía, por favor), tal como está calificado en el Plan General vigente desde 2006 (y pintado de verde en la planimetría), debería ser según definición del mismo: “terrenos destinados al esparcimiento, reposo, recreo y salubridad de la población […] y en general a mejorar las condiciones ambientales, paisajísticas y estéticas de la ciudad […] se caracterizan por sus plantaciones de arbolado y jardinería”. Sin embargo, se ha construido un lugar inhóspito que no da respuesta a ninguna de estas cuestiones (véase la imagen que encabeza este texto). En su lugar, acoge en torno a decena y media de aparcamientos (solo de coches, faltaría más), con su calzada a distinta altura del acerado (accesibilidad universal con un tablero único: ¿pa qué?); dispone de solo cinco árboles plantados en unos alcorques irrisorios de terreno natural (por el momento) que quizás algún día darán sombra solo a los coches, ya que no se coloca ni uno solo en la acera longitudinal (no vaya a ser que la gente pueda ir andando por la sombrita); no se vislumbra ni una sola fuente (ni de las que refrescan el ambiente ni de las de beber ni personas ni otras especies animales); y pa rematar el cuadro: dos sillas individuales fijas tipo banco (no se le vaya a ocurrir a alguien que tenga más de una amiga o amigo acudir a este lugar. O, por si acaso, alguien que el propio sistema ha privado de tener un techo ose tumbarse a descansar). Por ello, volvamos, entonces, a invocar la palabra mencionada por el consistorio y preguntémonos o, mejor, preguntémosles: ¿de verdad esto es una plaza?

Debe señalarse que esta manera de intervenir en el entorno urbano produce el conocido como efecto isla de calor, que no se queda de puertas pafuera en el espacio público, sino que incrementa la inhabitabilidad en el interior de las viviendas. Estas, además, fueron construidas en su mayoría en el último tercio de siglo xx sin aislamiento suficiente, cuando no sin ninguno; amén de los bloques más actuales que, incluso cumpliendo los estándares mínimos del CTE-Código Técnico de la Edificación, se antojan insuficientes para lo que tenemos sobre la mesa.

Además, no puede perderse de vista que esta obra fue acometida por el servicio municipal de “Parques y Jardines” que, habida cuenta del resultado, parece ser que dispone de un mayor dominio del asfalto y el adoquinado que de lo que reza en el nombre oficial. Ante todo ello, sea cuestión de este servicio u otro del ayuntamiento o sea en este u otro municipio con los mismos tipos de intervenciones que perjudican a la salud, cabe exponer algunos interrogantes: ¿es a propósito a sabiendas?, ¿es torpeza?, ¿es ignorancia?, o es, quizás: ¿la inconsciencia de hacer las cosas según lo establecido (“como se ha hecho toda la vida”, según suelen decir)? Es decir, lo supuestamente aséptico o sin ideología, pero que, precisamente, se trata de la dominante.

Sea cual sea la respuesta, a tenor del modelo urbano que se viene desarrollando, nuestra ciudad invivible nos interpela ante las necesidades que ella misma nos produce:

¿Tiene calor en la calle? Quédese en casa (si es que tiene) con su aire acondicionado incrementando su factura de la luz o, mejor: métase en un bar o un centro comercial (esos que ahora está de moda “verdear” con la falacia de que son refugios climáticos). Esta última respuesta le sirve también si quiere socializar con su vecindario (los bancos en la calle, por lo visto, son un quebradero de cabeza para las corporaciones municipales).

Aun así, ¿tiene que desplazarse por necesidad u obligación? Espere al sol en la parada de transporte público más cercana, que está perfectamente diseñada en metal y vidrio. O bien, cómprese un coche; de este modo se hace copartícipe y corresponsable (aunque contamine menos que quienes más tienen, claro) del modelo impuesto basado en el asfalto que provoca el efecto isla de calor y de la privatización de más de la mitad del espacio público robado al uso peatonal. Por supuesto, no olvide llenar al máximo el depósito de combustible (al mismo tiempo que tanto usted como el resto de la ciudadanía disfrutará de los maravillosos gases contaminantes que desprende su vehículo).

¿Tiene sed? Cómprese una botella de agua en el bar o quiosco más cercano; a poder ser, de plástico (la industria petroquímica se lo agradecerá al mismo tiempo que su cuerpo podrá seguir acumulando más microplásticos en su interior. Esto y los gases respirados harán que, posiblemente algún día, necesite que le atiendan en la sanidad; eso sí, tendrá que pagársela si no quiere sufrir listas de esperas infinitas que se están provocando en el sistema público).

Cuando pasa la calor y vienen lluvias torrenciales y los sistemas de saneamiento fallan: ¿se le inunda la calle y su vivienda? Pague su seguro con incrementos cada año por dar parte al mismo. Ya gastaremos grandes cantidades de dinero público en construir tanques de tormentas en lugar de hacer que los suelos sean más filtrantes o implantar SUDS-Sistemas Urbanos de Drenaje Sostenible (que no dan dinero a las grandes constructoras de infraestructuras urbanas).

El problema de todo esto no es solo la orientación hacia el consumismo exacerbado que las administraciones competentes a través de sus planteamientos urbanos provocan, sino que nos encontramos en un sistema capitalista que se sustenta, precisamente, sobre la desigualdad extrema (y en el crecimiento infinito bajo la destrucción de los recursos del planeta que, recordemos, es finito: una auténtica quimera). Así, el hecho de que la ciudad de Sevilla, específicamente numerosos de sus barrios, como tantos otros de Andalucía, se encuentre en cabeza año tras año en las clasificaciones de barrios más empobrecidos del estado español, hace que toda esta problemática y violencia urbana se agudice aún más sobre estas personas. A los cortes de luz constantes, que no suelen copar titulares de informativos ni ser claramente denominados “pobreza energética”, a diferencia de lo que sucede con las zonas en que la sufren cuando el frío recorre el territorio, se suman las dificultades económicas de gran parte de la clase trabajadora (y va en aumento) para acceder a todos los recursos que hacen que se pueda sobrevivir en el entorno urbano. Esta problemática climática y de habitabilidad se ve empeorada en numerosas ocasiones por las acciones de las administraciones públicas, rozando lo negligente, ya sea por profundizar en el individualismo más peligroso (con el que se busca hacer recaer sobre la responsabilidad individual las consecuencias provocadas por el modelo que nos enferma), por la inacción generalizada para revertir el cambio climático o por la implantación de modelos urbanos que contribuyen al malestar en la ciudad.

Muchas de nuestras ciudades y pueblos, en sus crecimientos desmedidos y depredación del territorio durante décadas, no se han planteado adaptadas al clima con una notable estabilidad que ha venido caracterizando al Holoceno; tanto menos a la inestabilidad que está surgiendo de la emergencia climática en que nos encontramos y que en algunos foros se viene denominando como Antropoceno, por ser provocada por la acción humana, como ya han indicado reiteradamente desde el panel IPCC-Intergovernmental Panel on Climate Change (más que le pese a ciertas criaturitas negacionistas de lo científicamente probado). Sin embargo, quizás sería más certero el uso de otro concepto: Capitaloceno, que viene tomando cada vez más fuerza por aquello de buscar el mayor rigor posible en señalar a quiénes de toda la población mundial y mediante qué sistema han provocado todo esto.

Ante este escenario, parece que la acción colectiva se torna imprescindible para revertir todo este estropicio. La ciudad como hábitat del ser humano (y de otras especies, por aquello de sacudirnos de una vez el antropocentrismo) no está cumpliendo su cometido de salvaguardar todas las vidas que en ella se generan y desarrollan. Por ello, se hace más necesario que nunca pedir la plantación masiva de árboles en la ciudad que bajen la temperatura mediante la evapotranspiración y la generación de sombras, levantar asfalto y que aflore el terreno natural vegetalizado, conformar una red de refugios climáticos reales exteriores (con sombra, zonas de descanso y socialización, agua, suelo natural, etc.) interconectados por corredores verdes y de acceso universal, cambiar el modelo de movilidad urbana actual (que nos enferma al estar completamente basado en el dominio total y tiranía del coche) hacia uno sostenible, etc. Todos ellos se erigen como lugares de encuentro de una sociedad que tiene derecho a la ciudadanía libre de verdad, aquella que no depende de cuánto dinero acumules en tu bolsillo o en tu cuenta corriente; de una ciudad que te cuida y que, en definitiva, te provee de una buena vida.

Sobre este blog
Realidades jurídicas, sociales y económicas desde una perspectiva transformadora. Coordinado por Autonomía Sur Cooperativa Andaluza.
Ver listado completo
Cargando valoraciones...
Comentar
Informar de un error
Es necesario tener cuenta y acceder a ella para poder hacer envíos. Regístrate. Entra en tu cuenta.
Cargando...
Sobre este blog
Realidades jurídicas, sociales y económicas desde una perspectiva transformadora. Coordinado por Autonomía Sur Cooperativa Andaluza.
Ver listado completo
Cargando...
Comentarios

Para comentar en este artículo tienes que estar registrado. Si ya tienes una cuenta, inicia sesión. Si todavía no la tienes, puedes crear una aquí en dos minutos sin coste ni números de cuenta.

Si eres socio/a puedes comentar sin moderación previa y valorar comentarios. El resto de comentarios son moderados y aprobados por la Redacción de El Salto. Para comentar sin moderación, ¡suscríbete!

Cargando comentarios...