La resistencia de las payesas mallorquinas por defender el medio rural frente a la masificación turística

Históricamente invisibilizadas y sin apenas acceso a la tierra, la labor de las trabajadoras del campo es hoy clave a la hora de combatir los efectos de crisis climática en las islas.
Soller
Una de las calles de Sóller, municipio situado en la costa noroeste de la comarca de la Sierra de Tramontana, Mallorca. Álvaro Minguito

En octubre del año 1932, más de 70 mujeres que cosechaban la aceituna en el municipio mallorquín de Calvià se amotinaron para hacer estallar una huelga campesina que marcaría un antes y un después en la biografía insular. Las jornaleras protagonizaron varios parones con el fin de exigir la igualdad salarial entre hombres y mujeres del campo, en un contexto de enorme precariedad en este sector. Tras una semana de huelga, consiguieron que los propietarios de las explotaciones donde trabajaban accediesen a aumentar su retribución. Algunas de estas trabajadoras fueron años más tarde represaliadas durante la Guerra Civil, cuando retomaron sus actos de protesta, esta vez para reivindicar jornadas de 8 horas.

“A menudo eran niñas que, de muy pequeñas, se desplazaban desde varios pueblos de Mallorca a pie hasta la Serra de Tramuntana, quedaban unas semanas para acabar la cosecha de la oliva y volvían a su casa también andando. Han sido responsables de preservar tanto las plantaciones de olivos como los bancales, manteniendo vivo el paisaje de la Serra”, explica el Consorcio de esta cordillera.

Hoy, su historia ha quedado recogida en la obra La vaga de les collidores d'oliva de Calvià el 1932 (Leonard Muntaner, 2018), de Manel Suárez, hijo, nieto y sobrino de 'collidores', que rescata y dignifica la memoria de estas mujeres naturales de Bunyola, Campanet, Fornalutx, Puigpunyent, Sóller y Valldemossa través de la compilación de relatos biográficos. Gracias a la ardua labor documental de Suárez hoy conocemos dos cosas vitales sobre el pasado: Por un lado, la profunda invisibilización histórica del rol de las mujeres en el campo balear, fruto del carácter profundamente patriarcal de este sector en las islas. Por otro, su rol indispensable a la hora de preservar determinadas especies vegetales en peligro, una tarea que continúa a día de hoy en el caso de los olivos y otras especies autóctonas amenazadas por la crisis climática.

No se dispone de datos sobre cuántas mujeres ocupaban el trabajo rural antiguamente en el archipiélago, antes del boom del turismo y la globalización, que girarían radicalmente el timón de la economía agraria. Lo que sí sabemos es que el campo era una de las actividades con mayores tasas de ocupación femenina, donde las condiciones laborales eran infinitamente más arduas para ellas que para sus compañeros, desde el cobro de jornales ínfimos hasta tener que compaginar jornadas maratonianas con el cuidado del hogar y de las criaturas. Quizás la mayor brecha de género —de antes y de ahora— se encuentra en la tenencia de la tierra: aunque ellas trabajaban desde niñas en los cultivos familiares o en fincas de terceros a cambio de una porción de lo cultivado, tan solo los varones adquirían la titularidad de las tierras.

“Aquí en las islas el turismo lo acapara todo. Pero además tenemos un problema de especulación de tierras, las están comprando suizos, alemanes, gente de mucho dinero y las agricultoras cada vez tenemos menos acceso”, traslada Joana Mascaró, de Fademur

Una tendencia que se ha mantenido a lo largo de los años: según estadísticas del Govern de les Illes Balears (los datos más recientes disponibles son de 2021), que a su vez derivan del del FOGAIBA -el ente titular del registro de explotaciones agrarias en las Baleares- sólo un 33% de las personas titulares de explotaciones agrarias son mujeres. Del total de explotaciones agrarias de las Baleares, sólo 211 son de titularidad compartida entre un hombre y una mujer.

“A pesar de que siempre ha habido mujeres sembrando y recogiendo la cosecha, organizando cooperativas o manejando tractores, el peso de su tarea y de su presencia contrasta con las bajas pensiones, los escasos títulos de propiedad de las fincas o las listas de afiliación a la Seguridad Social”, refleja un informe de la Conselleria de Agricultura y Pesca sobre la masculinización del sector.

Otro antecedente histórico que atestigua esta realidad se halla en las llamadas ‘marjaleres’, procedentes del nordeste insular. Se ocupaban tanto de sembrar como de arar, recolectar o cuidar a los animales, lo que compaginaban con el trabajo de ama de casa. A ellas se les atribuye el cultivo ancestral de especies como el almendro, la higuera o el olivo, trabajos casi exclusivos de las mujeres en toda la isla antes de la mecanización de los trabajos del campo.

“No te dirán que son ellas son las que mandan porque el que firma los papeles es el hijo pero las que saben realmente hacer las cosas son ellas”, cuenta Lluís Alcover, payés y educador medioambiental

La transmisión generacional de todos los saberes y conocimientos del campo todavía bebe de principalmente de las mujeres: “No te dirán que son ellas son las que mandan porque el que firma los papeles es el hijo pero las que saben realmente hacer las cosas son ellas. Son las que nos lo han enseñado todo a los que ahora nos dedicamos al campo”, cuenta Lluís Alcover, payés y educador medioambiental.

La especulación agraria y la brecha de acceso de las mujeres a la tierra

La actual especulación sobre el suelo rústico, afirman varias trabajadoras entrevistadas para este reportaje, continúa impidiendo este acceso a la tierra por parte de quienes más la trabajan. Joana Mascaró, presidenta de la Federación de Asociaciones de Mujeres Rurales (Fademur) en las Islas Baleares y trabajadora veterana del campo, habla con El Salto sobre las múltiples barreras de acceso a la tierra que tienen actualmente las mujeres payesas.

“Aquí en las islas el turismo lo acapara todo. Pero además tenemos un problema de especulación de tierras, las están comprando suizos, alemanes, gente de mucho dinero y las agricultoras cada vez tenemos menos acceso”, traslada Mascaró, que añade que cada año las payesas se van quedando con menos parcelas para cultivar. Se refiere, entre otros actores, a los grandes lobbies de la alimentación y fondos de inversión, que van acumulando la mayor parte de la tierra comunal destinada a la producción agrícola para hacer negocios millonarios con ella.

Unas tierras que, además, cada vez son más víctimas de la desertificación y de la crisis hídrica. Mientras que cada vez llueve menos, Mallorca tiene sus reservas hídricas por debajo del 47% a fecha de junio de 2026, según el Pla Hidrològic de les Illes Balears. Muchos árboles han muerto en estos últimos años por esta falta de precipitaciones, otros han crecido sin fuerza por falta de nutrientes, lo que les hace vulnerables a muchas enfermedades que antes no había.

Un relevo generacional masculinizado a causa de la precaridad

Desde hace ya décadas se viene temiendo que, precisamente por la falta de apoyo frente a otros sectores como el turístico, el trabajo agrario se quede sin relevo generacional. Solo un 3,2% de los agricultores tiene menos de 35 años, una cifra inferior a la media estatal. Dentro de que, en efecto, este relevo se está dando de forma muy comedida, la ocupación está mucho más masculinizada que antes. Se está produciendo un retroceso agudo en este sentido. Mascaró alerta de que, al ser un sector que cada vez genera menos ingresos y más pérdidas por el impacto de la producción intensiva y la competencia con las grandes industrias internacionales, “en las parejas jóvenes las que abandonan las explotaciones y van a trabajar a otro sitio normalmente son las mujeres”.

Antiguamente en las explotaciones trabajaban parejas de hombres y mujeres desde bien jóvenes: “El nombre de la mujer no aparecía en ningún papel pero tenía un rol central en esas labores. Ahora las explotaciones y cooperativas se han convertido en unipersonales y suelen ser de hombres, de manera que incorporación de mujeres jóvenes hay muy poca porque se van a otros sectores para que al menos uno de los sueldos sea menos precario”, desliza con tristeza.

Además, la conciliación real para poder compaginar los cuidados con las labores propias del sector primario sigue siendo una utopía. La sobrecarga de la crianza continúa recayendo mayoritariamente en las manos de las mujeres, lo que las aleja paulatinamente del campo, “donde no hay ni vacaciones, ni horarios fijos ni bajas por maternidad”. La payesa mallorquina Aina Canyelles transmite su parecer sobre esta cuestión, ya que lleva dedicándose a la práctica de la agricultura y el pastoreo de oveja roja desde bien joven. Además, es técnica en recursos naturales y paisajísticos e ingeniera técnica agrícola. Hoy, su intensa labor de divulgación sobre el papel de las payesas mallorquinas la ha convertido en todo un referente de lucha en las islas.

El amor de Canyelles por el mundo rural y los ecosistemas agrarios la acompaña prácticamente desde su nacimiento. Sus padres abandonaron sus antiguos oficios -ella limpiaba casas y él trabajaba en la obra- para dedicarse a la agricultura en los años 70. Lo hicieron para poder pasar más tiempo juntos al lado de su familia, así que replantearon su modelo de vida. “Aunque al principio les costó mucho esfuerzo aprender porque partían de cero, les encantó la autosuficiencia que les proporcionaba ese mundo, el poder comer cosas buenas que ellos mismos producían y eso es lo que les hizo dar el salto”, cuenta a este medio. Primero trabajaron en una finca situada en la Sierra de Tramuntana, pero pronto hubieron de trasladarse a una explotación de Valldemossa para poder llevar a sus dos pequeños al colegio.

“Ellos cultivaban un huerto y tenían que entregar una parte de la producción al dueño de la finca. Normalmente se recogían almendras y algarrobas, aceitunas para hacer aceite, también hacían aceite. En otra finca había viña y también se hacía vino”, relata. Hoy ella ha recogido el testigo y gracias a su trabajo mantiene vivo el cultivo del olivo centenario, cuya recuperación favorece la biodiversidad de la Serra y la prevención de incendios.

“Llega un momento en que nos encontramos que no podemos permitirnos ni el lujo de ir a un congreso porque no tenemos nadie que pueda sustituirnos...”: Aina Canyelles, payesa mallorquina

No obstante, no son pocos los baches que ella y su marido, también trabajador rural, siguen encontrando por el camino debido a la falta de facilidades para la compaginar crianza y trabajo rural: “Llega un momento en que nos encontramos que no podemos permitirnos ni el lujo de ir a un congreso porque no tenemos nadie que pueda sustituirnos. Yo soy una privilegiada y me puedo organizar, pero tengo compañeras que no pueden ir casi ni a una cita médica porque no saben cómo gestionarlo. Para comenzar, a lo mejor tienen que ir a no sé cuántos kilómetros para ir al médico”, destaca.

En este sentido, asociaciones rurales como la Escuela de Pastores de Aragón han dado pasos positivos creando una bolsa de pastores de emergencia, pero no deja de ser un ejemplo anecdótico. En esta región se ha experimentado en los últimos años un crecimiento del 20% en la titularidad femenina y una reducción histórica de la brecha salarial en el campo, según el informe Ser mujer rural en Aragón 2010-2024. Pero en la mayoría de zonas rurales, las mujeres trabajadoras sufren a menudo de soledad no deseada: “En la Mallorca rural se están perdiendo médicos, carteros, se están quedando solas cuando necesitan ayuda puntual, cuando buscan un apoyo determinado administrativo las ignoran”, lamenta Canyelles.

Defender la tierra y combatir las lógicas de la acumulación del capital

La sensación general respecto al futuro de un sector sumamente estratégico para combatir los embates de la crisis climática es pesimista. En Baleares el 78% de la población vive en municipios mayores de 10.000 habitantes, el porcentaje de población rural es muy bajo respecto a otras comunidades (el 19% vive en municipios rurales entre los 2.000 y los 10.000 habitantes), según datos del Ministerio de Agricultura y Pesca. La solución, aclaran las expertas, pasa por contar con una legislación que dignifique las condiciones laborales de estas trabajadoras. Por eso, las redes y colectivos de mujeres trabajadoras del campo demandan con urgencia que se primen los servicios ambientales ligados a la adaptación y mitigación al cambio climático, que se investigue sobre los grupos sociales más vulnerables al cambio climático a fin de establecer las ayudas públicas necesarias.

También cuestiones como potenciar el consumo local de distancias cortas y las producciones de bajas emisiones a la atmósfera. Pero sobre todo, con una mirada al futuro, que se facilite el acceso a la tierra primando el acceso a las personas más jóvenes y a las mujeres rurales a los aprovechamientos de los terrenos públicos de montes, pastos y tierras.

“Producir aquí es mucho más caro que producir en la península y encima tenemos los salarios agrarios más bajos de España”, por tanto “dependemos de subvenciones ya que los costes de producción son más altos que el precio que nos pagan por los productos”: Joana Mascaró (Fademur)

Defender la ruralidad en las islas va más allá, reivindican, de las cuestiones laborales: implica pugnar por un consumo local y de cercanía, respetuoso con los ecosistemas y que vaya en línea con los modelos decrecentistas no acumulativos. Un esquema de producción basado en la conexión con el propio territorio y con la vida silvestre que huya de las dinámicas de extracción feroz propias del sistema capitalista. Hoy, el cultivo tradicional que legaron las payesas ha sido sustituido paulatinamente por la agricultura intensiva de grandes dimensiones y escasamente regulada.

“El uso excesivo de productos agroquímicos, como fertilizantes, pesticidas, o fitosanitarios, tienen nefastas consecuencias sobre el equilibrio y el mantenimiento del suelo, del agua, del clima, de los pastos, de la biodiversidad y la salud humana”, protestan desde la campaña “Pastoreando Cordura”. Para garantizar la soberanía alimentaria que la masificación turística y la globalización amenazan, resulta imprescindible el reconocimiento de la insularidad.

En este sentido, Mascaró alega que “producir aquí es mucho más caro que producir en la península y encima tenemos los salarios agrarios más bajos de España”, por tanto “dependemos de subvenciones ya que los costes de producción son más altos que el precio que nos pagan por los productos”. Ese reconocimiento, acompañado de ayudas para favorecer la producción local facilitaría el trabajo del campo y reduciría la desventaja respecto a las grandes industrias agroalimentarias extranjeras.

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