¿Por qué perdemos los papeles cuando hablamos del exilio de 1939?

La comprensión de la aportación del exilio a la cultura española sigue marcada por polémicas sobre la relación entre literatura y política, pero además también por la “inversión afectiva” que hacemos quienes la estudiamos
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Es catedrático de Estudios Hispánicos en el Oberlin College. Preside los Archivos de la Brigada Abraham Lincoln (ALBA), de cuya revista es coeditor.
3 mar 2026 02:53

La historia de España es un campo de minas, no solo político, sino también emocional. Aunque ya llevo unos treinta años metido en la historia intelectual del siglo XX, nunca me dejan de pillar desprevenido los exabruptos que provoco cuando, sin querer o no, meto el dedo en alguna llaga. Para comprender este curioso fenómeno, últimamente me está sirviendo bastante un concepto cuasi freudiano que, la verdad, solo tengo desarrollado a medias: el de inversión afectiva.

¿Qué está  en juego en los conflictos en torno a los legados culturales del exilio republicano? 

Tomemos el exilio republicano como ejemplo. Aunque la guerra del 36 y la victoria franquista empujaron al destierro a medio millón de españoles, en realidad el número de exiliados de larga duración rondó los 220 mil. Como sabemos, entre ellos se encontraba una gran parte de la élite intelectual y política de la Segunda República. Mientras las y los integrantes de esta España peregrina rehacían sus vidas —mal que bien, entre persecuciones, cárceles, campos de concentración, fugas, odiseas y otros desafíos—, muchos exiliados asumieron como parte central de su razón de ser la obligación de mantener vivos los proyectos culturales y políticos de la España republicana, que veían como la única España real, amenazada de muerte por el régimen usurpador de Franco. Otra forma de decir que asumieron la defensa de la causa republicana como razón de ser es que dicho compromiso implicó una enorme inversión afectiva.

Pero los afectos son contagiosos. Resulta que quienes nos dedicamos a estudiar el exilio republicano también tenemos inversiones afectivas y políticas en relatos o marcos narrativos determinados. Esto explica que, si alguien nos los cuestiona, podamos reaccionar de forma rara o al menos poco decorosa: violenta, emocional, con argumentos ad hominem —en fin, neuróticamente—. Lo mismo ocurre con otros temas “pesados”, como la propia guerra del 36, como pude comprobar en primera persona cuando, hace años ya, hice, sin querer, que Andrés Trapiello perdiera los papeles y, en un curioso caso de proyección, me acusara de dejarme arrastrar por “un pathos impropio en el contexto de una publicación académica especializada”.

Muchos exiliados asumieron como parte central de su razón de ser la obligación de mantener vivos los proyectos culturales y políticos de la España republicana, que veían como la única España real

Para explorar esta dinámica afectiva asociada a los relatos sobre el pasado —una dinámica cuya existencia la cultura universitaria, siempre tan mojigata, prefiere ignorar— quiero repasar aquí tres intervenciones polémicas o controvertidas en torno al exilio. No son, ni mucho menos, las únicas peleas al respecto, y quizá ni siquiera las más importantes. Pero sí me parecen ilustrativas en la medida en que revelan, precisamente, las inversiones personales, afectivas y políticas de quienes nos dedicamos a estudiarlo. ¿Qué está en juegoen los conflictos en torno a los legados culturales del exilio republicano?

Dado que yo no llego a este tema sin mochila que digamos, quizá sea mejor primero dejar claros tres de mis puntos de partida:

(1) Durante gran parte de la dictadura franquista, lo que las y los líderes del exilio le disputaron al régimen y, en algunos casos, a la cultura que se desarrolló en la España de Franco, cabe describirlo como hegemonía cultural. A las y los exiliados les importaba ser reconocidos como portadores de la verdadera cultura española.

(2) Cualquier debate sobre el lugar que ocupa o debe ocupar la producción de las y los exiliados españoles en la esfera pública española, sus cánones, sus instituciones y sus relatos históricos oficiales, es siempre un debate sobre la legitimidad: la legitimidad del exilio, de la cultura de la España franquista, de la cultura de la España democrática —y… de quienes nos dedicamos a estudiar todo eso para narrar su historia y evaluar su relevancia—.

(3) Todos estos debates transcurren en contextos institucionales muy concretos que nunca debemos perder de vista. Así, si los discursos en España —oficiales o de oposición— deben leerse contra el trasfondo de las estructuras institucionales franquistas, los discursos del exilio se producen en contextos anfitriones también complicados, por no hablar de las propias estructuras institucionales del exilio. De la misma manera, el trabajo universitario que se hace hoy sobre España en, digamos, Estados Unidos, responde a una estructura institucional —con sus incentivos, intereses y puntos ciegos— muy diferente de la española.

Veamos, pues, los tres episodios.

Episodio 1: Mead vs. Marías

En 1951, Robert Mead, joven profesor de la Universidad de Connecticut, escribió un breve texto en la revista Books Abroad, “Dictatorship and Literature in the Spanish World,” en el que analizaba los aciagos efectos culturales de la dictadura franquista, señalando que “a través de la censura, la intimidación y a veces medidas más violentas, la dictadura ha impedido, lastimosamente, el normal crecimiento intelectual de la nación” y que, por tanto, el exilio le ganaba con creces en calidad, vitalidad e innovación.

A las y los exiliados les importaba ser reconocidos como portadores de la verdadera cultura española

El artículo de Mead no tardó en desatar una polémica. En una réplica publicada en inglés en Books Abroad y en español en Cuadernos Hispanoamericanos (revista editada en Madrid), el filósofo Julián Marías, que por entonces estaba como profesor visitante en EE.UU., afirmaba que la información que manejaba Mead era claramente “deficiente” —a menos que operara de mala fe, una posibilidad que Marías no descartaba—.  Un problema mayor de Mead, afirmaba Marías, era su marco de análisis, que confería demasiado peso al factor político: “El supuesto básico del señor Mead”, decía Marías, “que vicia e inutiliza su artículo entero, es lo que podríamos llamar su politicismo. Quiero decir su creencia de que lo primero, decisivo y más importante es la política”.

La idea de que el exilio seguía lastrado por el mal del “politicismo” se convertiría en leitmotiv en la España franquista

Para Marías, todo es parte de una especie de conspiración antiespañola: “El señor Mead tenía que considerar incurable la presunta dolencia de la cultura española, porque lo que se propone es darle el cese definitivo y declararla conclusa. “España ha perdido para siempre —afirma— cualquier preeminencia que haya tenido alguna vez en esa esfera.” España es cosa acabada. ¡Curiosa forma de hispanismo! ... Con pretexto del régimen español, se trata de la eliminación, y para siempre, de España”. Para Marías, el texto de Mead responde a un deseo de descontar a España para que quede eliminada de la carrera mundial por el prestigio cultural —injustamente, ya que la España de Franco luce una “insólita, sorprendente vitalidad”.

La respuesta de Mead fue breve y cortés:

Mi afirmación no significa, como el Sr. Marías la interpreta tan pesimistamente, que “España esté acabada”. Sí significa que, si las condiciones actuales persisten el tiempo suficiente, la preeminencia intelectual en el mundo hispano podría pasar de manera permanente a otra región de habla española. No puedo prever con precisión el futuro de España, pero permítame asegurar al Sr. Marías, con toda sinceridad, que me alegraría mucho si mi pronóstico resultara equivocado.

Como ha explicado Fernando Larraz, el argumento de fondo de Marías, desarrollado en más detalle en otros textos de esta época, es que el franquismo, como todo régimen político, es un fenómeno superficial que, si afecta al desarrollo cultural, es de forma positiva, ya que… lo ¡despolitiza! La idea de que el exilio seguía lastrado por el mal del “politicismo” se convertiría en leitmotiv en la España franquista.

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Episodio 2: Francisco Ayala vs. la literatura del exilio

El lugar del exilio en la cultura española siguió siendo objeto de debate durante y después de la Transición, cuando, curiosamente, quien se convirtió en ícono del exilio intelectual fue Francisco Ayala. Digo curiosamente porque durante sus años de destierro en Argentina y Estados Unidos, Ayala se había esforzado, más bien, por desvincularse del exilio como fenómeno político. En su ensayo “Para quién escribimos nosotros” (1949), por ejemplo, había abogado por que el intelectual se mantuviera independiente, desconectado del mundo. También había llamado a un acercamiento entre los intelectuales desterrados y sus compañeros en la España franquista, basado en “un tácito entendimiento de los espíritus más finos” y “una solidaridad en compartidos valores” que debería excluir “cualquier consideración . . . ajena a los propios intereses del espíritu, del pensamiento, de las letras”. Ahora bien, si Ayala, en 1949, se había desconectado del exilio como fenómeno político, en los años 80 también quiso desvincularse del exilio como fenómeno literario, argumentando, en Los cuadernos del Norte, contra la noción de “literatura del exilio” como principio organizador de la historia cultural.

¿Qué es, se pregunta Ayala, la llamada “novela del exilio”? ¿Tienen las novelas españolas escritas en el exilio suficientes rasgos comunes como para agruparlas en una sola categoría? Pues no. En realidad, dice, las únicas características que pueden invocarse para hablar en términos genéricos de la novela del exilio español se basan en “meras circunstancias externas, sin repercusión seria sobre el contenido —y menos aún sobre la forma— de la obra literaria”. El exilio es una experiencia vital, no literaria. Es cierto que la obra de escritores como Max Aub, Ramón J. Sender o el propio Ayala se transformó tras la Guerra Civil, pero esos cambios se debieron más a las circunstancias históricas generales que al desplazamiento en sí. Después de todo, también cambió la obra de los escritores que permanecieron en España. Esto lleva a Ayala a su punto central:

Lo que se llama “novela del exilio” es una categoría literaria formada en virtud de circunstancias sociopolíticas que solo afectan a lo externo de la literatura. Paradójicamente, pudiera afirmarse que solo por vía indirecta se refiere esa categoría a los novelistas exiliados; que de modo inmediato señala más bien a las condiciones de la literatura narrativa escrita dentro de la Península a partir de la guerra civil.

Para Ayala, fueron los escritores que permanecieron en España quienes se vieron más gravemente afectados por la victoria de Franco. Sufrieron al menos tanto como sus homólogos exiliados: dado que la España de la preguerra había desaparecido, ellos también tuvieron que vivir con la punzante nostalgia de una patria ausente. Más importante aún, el franquismo, “que acometió la increíble hazaña de someter culturalmente al integrismo católico un país aislado del resto del mundo”, creó una situación sumamente anómala en lo que respecta al desarrollo literario. Por lo tanto, la obra de aquellos escritores que marcharon al exilio se desarrolló de manera mucho más natural —más libre, más en contacto con el mundo y con su tiempo— que la de quienes permanecieron en España.

Esta insistencia de Ayala en una clara separación entre lo político, lo histórico o lo sociológico, por un lado, y lo estrictamente literario, por otro, tiene un carácter oportunista. En los años sesenta y setenta, le permitió ser liberal al mismo tiempo que suavizaba las consecuencias de la política cultural franquista (la exclusión, la persecución y la censura que padecieron la mayoría de los demás escritores exiliados). Más tarde, le ayudó a ocupar una posición de prestigio en una España posfranquista que no estaba preparada, precisamente, para afrontar los conflictos del pasado. La mejor prueba de ello son los discursos de Ayala y del Rey Juan Carlos cuando el novelista recibió el Premio Cervantes en 1992.

Para Ayala, fueron los escritores que permanecieron en España quienes se vieron más gravemente afectados por la victoria de Franco

Episodio 3: Jordi Gracia vs. el GEXEL

La última polémica que quiero abordar es más reciente: un ensayo de Jordi Gracia, catedrático de la Universitat de Barcelona, incluido en un volumen colectivo: Culture in Exile: Comparative Perspectives on Nazi Germany and Francoist Spain, editado en 2024 por Elisenda Marcer. Más que un ensayo, el texto de Gracia es una larga reseña de Líneas de fuga: Hacia otra historiografía cultural del exilio republicano español, un libro de 800 páginas coordinado en 2017 por Mari Paz Balibrea, y publicado por Siglo XXI, cuyos casi 50 colaboradores intentan presentar una visión alternativa del exilio que cuestione la articulación entre la historia cultural del exilio y la española. Argumentan que la dificultad de esa articulación —y la incomodidad que produce— hace posible dos cosas importantes: cuestionar la versión celebratoria de la España democrática y cuestionar los presupuestos de las narrativas maestras de esa historia literaria española —o incluso la deseabilidad de una historia literaria contada en clave nacional—. (Participé en este proyecto y soy coautor de la introducción.)

Gracia no compra nada de esto. Esto no debe sorprendernos, porque Gracia y los coordinadores del libro pertenecen a dos escuelas de pensamiento muy diferentes sobre el exilio, que además llevan muchos años peleadas. Gracia lleva tiempo argumentando que la democracia española actual la forjaron las y los intelectuales que montaron una resistencia al franquismo dentro de España, que el exilio tuvo un papel relativamente menor, y que solo lo tuvo en la medida en que supo reconocer el protagonismo de la resistencia cultural del interior. Lo interesante de este texto más reciente de Gracia, para mí, no es su desacuerdo con los objetivos del libro que reseña, sino el tono con que lo expresa y la explicación que da para la visión que mueve a quienes participamos en el libro.

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Gracia abre su texto de forma más bien jocosa, identificando Líneas de fuga con el grupo de estudios del exilio de la Universidad Autónoma de Barcelona, el GEXEL, fundado por Manuel Aznar Soler, al que compara con el “Equipo A” de la antigua serie de televisión norteamericanaaunque, eso sí, “sin rastro” del humor que caracterizaba la serie—. Lo que en realidad mueve al grupo GEXEL, explica Gracia, no es el humor sino dos afectos bastante más pesados: la aprensión y la pasión, ambas en exceso.

Pero Gracia tampoco está libre de afectos. Mientras avanza en su análisis, la ironía da paso al sarcasmo, hasta desembocar en una agresividad tan abierta que acaba por desconcertar un poco. Concretamente, acusa a los autores del libro de deshonestidad intelectual, crueldad, puerilidad, maniqueísmo, vejación, hipocresía, falta de profesionalidad, sectarismo, falsedad, revanchismo, inmadurez emocional, resentimiento político, instinto colonizador y “pornopolítica”. ¿Cómo hemos llegado hasta allí?

Desde su fundación hace un cuarto de siglo por Manuel Aznar Soler, la labor del GEXEL parte de la idea de que los legados del exilio no han sido reconocidos o incorporados bien, o lo suficiente, en la política y cultura de la España democrática. Gracia disputa esa idea de raíz. “Las carencias que hoy arrastra el estudio del exilio republicano de 1939”, escribe, “son múltiples y alguna es grave, pero en conjunto no justifica un diagnóstico clínico o apocalíptico. … Temer a día de hoy por el lugar que ocupan los exiliados en la historia de la cultura y en el mismo canon literario parece aprensión un punto excesiva o dictada, quizá, por una pasión desbocada”. Es más:

La pasión misma del exilio lleva a menudo a dramáticas percepciones sobre el lugar de los exiliados en las historias literarias o a una condolida victimización poco justificable con sus obras en la mano.  … [y] tras el victimismo se amparan a menudo extravagantes demandas algo apresuradas.

Además de errar en el diagnóstico del estado actual de la historia literaria y de la democracia española, el libro —según Gracia— no cumple con lo que promete. Su visión no solo es equivocada, sino que tampoco es nueva. Sobre la innovación que sí ofrece —debilitar el marco nacional de las historias literarias—, Gracia afirma que no ve su necesidad. “[S]igo sin adivinar”, escribe, “el daño que pueda causar a una sociedad democrática disponer del relato articulado e interpretativo de los movimientos literarios y culturales que ha vivido esa misma sociedad en su propio Estado cuando precisamente ha sido el control del poder del Estado el centro del debate político”.

Pero Gracia tampoco está libre de afectos, acusa a los autores del libro de deshonestidad intelectual, crueldad, puerilidad, maniqueísmo, vejación, hipocresía, falta de profesionalidad, sectarismo, falsedad, revanchismo, inmadurez emocional, resentimiento político, instinto colonizador y “pornopolítica”

El núcleo del argumento de Gracia puede dividirse en dos partes. Si la primera se ocupa de los defectos de la aproximación del GEXEL, la segunda diagnostica las causas más profundas de dichas deficiencias. Con respecto al primer punto, Gracia formula media docena de quejas sobre los colaboradores del libro:

(1) Confunden el activismo político con la historiografía. Para Gracia, el presente político no debe figurar en las narrativas sobre el pasado.

(2) Al juzgar a autores y textos con base en su posición política, dan muestra de una falta de sensibilidad estética.

(3) Se niegan a aceptar la realidad histórica del exilio, del franquismo y de la Transición.

(4) También se niegan a aceptar la realidad presente, incluido el hecho de que las preferencias de los lectores actuales no se inclinan precisamente hacia la literatura del exilio.

(5) Les falta cierta catadura moral: su posición es intelectualmente deshonesta.

(6) Y, finalmente, son poco colegiales: no solo acusan falsamente a colegas, sino que además pretenden ejercer un monopolio sobre ciertos autores y campos.

Como explicación de estas deficiencias, Gracia ofrece un diagnóstico entre político y psicológico, aduciendo tres elementos principales.

(1) Los miembros del GEXEL son idealistas; es decir, pueriles, ciegos ante la realidad, poco pragmáticos.

(2) Son incapaces de aceptar las derrotas: la de la República en 1939, la del exilio en 1978 y la del PCE un par de años después: “el disgusto que empapa Líneas de fuga”, escribe,“tiene su origen en la vivencia íntima del fracaso político”.

(3) La negación de estas derrotas les mueve, a su vez, a intentar compensarlas mediante la fantasía, que en este caso se manifiesta como un ambicioso proyecto de historiografía literaria. Esta fantasía no solo pretende “rectificar la historia con las armas de la historiografía”, sino que, además, al apropiarse de la cultura del exilio, la tergiversa: “a veces actúan en régimen de monopolio de herederos de una misión trascendente y, en el fondo, desentendida de los deseos, las emociones y las mismas convicciones de muchos de los exiliados”.

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La mayor parte de estos defectos y complejos, para Gracia, son meramente irritantes o incluso graciosos. Pero lo que subleva a Gracia de verdad —y hace que pierda los papeles— es lo que considera la “deshonestidad intelectual” del grupo. Su crítica, por ejemplo, no se basa en demandas concretas: “No estaría de más ayudar a la grey despistada en la que me cuento a explicar qué debía haber hecho la clase política y la ciudadanía en 1978 para contentar a Balibrea y Aznar en el siglo XXI”.

Contra este idealismo anacrónico, Gracia constata que, “a pesar de su lealtad moral a la República, la mayoría de la izquierda entendió que el instrumento capaz de afianzar la democracia en aquel momento y en aquellas condiciones ya no era la República sino la Monarquía constitucional” o que “[e]l grueso de la izquierda entendió que la ruta hacia la democracia se llamó en 1931 República y se llamaba Monarquía constitucional en 1978”. (Nótese cuánto trabajo realiza en estas dos citas el verbo “entender”: representa el análisis adecuado de la realidad histórica y la aceptación de sus resultados.)

Para Gracia, el asunto es personal, dado que algunos miembros del grupo se han expresado en términos poco halagadores sobre sus aportaciones al campo, que incluyen el ensayo A la intemperie (2010)y un ambicioso tomo de 2011, en coautoría con Domingo Ródenas, en la Historia de la literatura española dirigida por José Carlos Mainer. “Lo que a día de hoy persiste”, escribe Gracia, “es un espeso aire de cuarto sin ventilar y un marco interpretativo que reproduce algunas de las carencias que quise señalar hace ya años”; “Lo llamativo es el juicio depreciativo que merecen los intentos vigentes de narrar esa condición dramática de la derrota en el exilio y en el interior, como si el monopolio del dolor vencido perteneciese únicamente al exilio, o como si la valoración de la resistencia del interior estuviese bajo sospecha por haber permanecido o haber nacido en el interior”.

También le duele que algunos estudiosos asociados con el GEXEL señalen la continuidad institucional que marcó la Transición y que, por tanto, crean percibir en la historia literaria actual “inercias ancladas en la historiografía franquista”. Este argumento, de carácter institucional, Gracia se lo toma más bien personal: “No es la primera vez”, escribe Gracia indignado, “que este equipo de trabajo me afilia expresamente al franquismo …, pero seguirá siendo una falsificación grotesca y poco creíble incluso para quienes colaboran de buena fe con el GEXEL”.

La posición de Gracia es otra: “la cultura nacida del interior tuvo un valor equiparable y progresivamente superior, a mi juicio, a la cultura elaborada en el exilio” y “quienes señalamos el fracaso del exilio en la Transición”, dice, “no somos herederos inerciales del franquismo … sino herederos de la memoria moral del exilio y de la resistencia interior efectiva”.

“No es la primera vez”, escribe Gracia indignado, “que este equipo de trabajo me afilia expresamente al franquismo...

Ahora bien, al acusar a los colaboradores de Líneas de fuga de excesos afectivos (prejuicios políticos, falta de rigor, idealismo, pasión y fantasías pueriles), Gracia reclama para sí la posición opuesta: su visión de la historia cultural española la presenta como desinteresada, rigurosa, realista, ecuánime y adulta. En realidad, claro está, a él también le mueve una inversión afectiva que le impulsa a defender, por ejemplo, la grandeza y la superioridad de ciertos autores (un Dionisio Ridruejo) y disminuir la de otros (un Max Aub). Esa inversión afectiva se revela precisamente en los excesos retóricos de su ensayo y en su amarga agresividad (lo que Trapiello llamaría “un pathos impropio en el contexto de una publicación académica especializada”), que no casa bien con sus pretensiones de rigor y ecuanimidad.

¿Qué hay en juego?

Vistos en conjunto, los tres episodios que hemos repasado manifiestan algunas constantes dignas de consideración. Así, llama la atención que las polémicas vuelvan una y otra vez sobre la relación entre literatura y política —empleada para relativizar el impacto del franquismo sobre la producción cultural, por un lado, y desvaluar una cultura del exilio politizada en exceso—. En segundo lugar, hay una clara preocupación por el prestigio mundial de la cultura española producida en España. Tercero, parece estar en juego no solo la legitimidad y el prestigio de los estudiosos de la cultura, sino también su probidad moral. Y finalmente, está muy presente el tema de la hegemonía institucional, incluidos supuestos monopolios y conspiraciones.

Llama la atención que las polémicas vuelvan una y otra vez sobre la relación entre literatura y política

Lo obvio, a estas alturas, sería abogar por que todos nos calmemos un poco y volvamos a formas más civilizadas y menos crispadas de comunicarnos, más apropiadas para nuestros espacios académicos. Pero no estoy tan seguro. La verdad es que polémicas como estas sirven para revelar lo que nos mueve como escritores y pensadores insertos en contextos institucionales muy concretos. A fin de cuentas, me parece saludable, y hasta honesto, que estas fuerzas, incluidas nuestras inversiones afectivas, queden al descubierto.

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