Andalucía
De Andalucía a Suiza: la ruta laboral de una generación
El primer invierno en Suiza no empieza con la nieve: empieza con una puerta que no es la tuya. Una habitación prestada, una maleta que aún huele a casa y un móvil que vibra con mensajes que llegan desde el sur, donde el sol sigue haciendo lo suyo, como si nada.
En el país de los relojes, el tiempo no se pierde: se gestiona. El tiempo late con precisión de engranaje, pero el recién llegado descubre pronto que existe otro mecanismo —más lento, más frío—: citas, trámites, cartas oficiales que dictan cuándo empezar a existir. Y es que, irónicamente, en el lugar donde nacen los Rolex los segundos parecen pasar de manera distinta para aquellos que llegan con la vida en una maleta, pues el tiempo se distorsiona en el instante exacto en el que entiendes que emigrar no es solo irse, sino aprender a vivir en otra lengua, en otra forma de silencio.
El avión acaba de aterrizar. No entiendo muy bien dónde estoy pese a llevar cerca de un año fantaseando con la misma tierra que ahora piso. La gente se quita el cinturón en cuanto la lucecita de seguridad se apaga. Rápidamente se levantan y empiezan a agolparse en el pasillo. Parecen tener mucha prisa. Cojo el equipaje de mano y la maleta de cabina que gratuitamente me dejaba incluir la compañía aérea. Siento que me falta vida en todo lo que mis manos recogen. No hay espacio suficiente en una maleta de 23 kilos para guardar todo lo que me gustaría llevar conmigo. No hay espacio para los álbumes de fotos que tanto me gusta ver, ni para el oso de peluche con el que duermo desde que tengo conciencia . Tampoco hay espacio para mamá, ni para papá o abuela. Al menos tengo a mi hermano conmigo, pienso. Miro a mi alrededor intentando adivinar cuántos de los que me rodean serán españoles y cuántos suizos, cuántos irán de vacaciones y cuántos, como yo, no tendrán billete de retorno.
Escapando de la precariedad
Han pasado 2 meses y muchas cosas desde ese momento. Para Antonio, Toni para los amigos, sin embargo, hace ya 12 años desde el día en que dejase atrás El Carpio, un pueblecito cordobés a las orillas del Guadalquivir, y aterrizase en Suiza con apenas 23 años. Ingeniero civil de obras públicas formado en Córdoba, Toni trabajó durante dos años en el campo antes de llegar a Suiza. Como él mismo explica, “en Andalucía había por aquel entonces un 40% de desempleo” y él “tuvo la suerte” de poder trabajar con un sueldo al que define como “bastante discreto”, siendo este trabajo “lo único” que pudo encontrar siendo ya ingeniero.
En 2024, la tasa de paro en Andalucía se cerró con el 15,8%. Entre los menores de 25 años, el paro alcanzó el 36,9%.
Toni no es un caso aislado. La popularmente conocida como fuga de cerebros , esto es, la emigración de profesionales altamente cualificados de su país o empresa a otro lugar que ofrece mejores oportunidades laborales, salarios, desarrollo profesional, o calidad de vida, es, desgraciadamente, sigue siendo una tónica España. Esto resulta en una pérdida de capital humano para el país de origen. Pero no se trata de una fuga: es un movimiento de supervivencia.
En 2024, la tasa de paro en Andalucía se cerró con el 15,8%. Una cifra que, si bien el Informe Económico de Andalucía define como “la más baja en diecisiete años” no deja de volverse áspera cuando se mira la edad: entre los menores de 25 años, el paro alcanzó el 36,9%. Asimismo, la temporalidad en la región se situó en torno al 20,4%, siendo la más baja desde que hay registro (1987), lo que se traduce en uno de cada cinco asalariados con contrato temporal.
Si lo comparamos con la tasa de temporalidad de asalariados en España en 2025, la Encuesta de Población Activa (EPA) la estima entre el 15 y 16%. Lo mismo pasa si comparamos con datos de la Unión Europea, donde el porcentaje de empleo temporal se situaba de media en el 11,6% en 2023. Aunque Toni afirma que su situación laboral le ayudó a tomar la decisión, especifica que el amor también tuvo mucho que ver. “Me enamoré de una cordobesa que tenía familia en Suiza y ella tenía muy claro que se quería venir”, y prosigue “creo que interiormente siempre pensé que también era una oportunidad para conocer el mundo y para desarrollarme como persona”.
Si bien la decisión de emigrar para Antonio fue algo más espontánea, Emilio parecía tener claro desde bien joven que su futuro se encontraba lejos de España. Natural de Algeciras, se fue con 18 años para estudiar Derecho en Madrid. Al acabar la carrera realizó un LLM en Derecho Internacional, además del Máster de Acceso a la Abogacía. Nunca llegó a trabajar en Andalucía. Tal y como él mismo explica “no hubo ningún clic concreto” pues él siempre quiso “enfocar su carrera para poder tener una experiencia laboral en el extranjero”. Actualmente trabaja en Basilea, en el departamento jurídico de Jet Aviation. Salir de su zona de confort, aprender de otros profesionales, mejorar su formación y aprender idiomas fueron, por tanto, los “motivos reales” de su salida. Todo ello le ha “obligado a espabilar y a aprender cada día, tanto a nivel profesional como personal”.
Pese a años de formación, muchos jóvenes se encuentran con una puerta que solo se abre desde dentro: la experiencia. Las ofertas piden trayectorias consolidadas para puestos de entrada, años acumulados para empezar a sumar años, y un listado de requisitos que convierte el primer paso en una carrera de obstáculos. La consecuencia es una sensación de trampa: no te contratan porque no tienes experiencia, pero no puedes adquirirla si no te contratan. Así, la búsqueda se vuelve la pescadilla que se muerde la cola, un bucle que obliga a aceptar prácticas mal pagadas, contratos temporales encadenados o trabajos por debajo de la cualificación con tal de “hacer currículum”. En ese camino, el talento se desgasta y la vocación se enfría: no por falta de capacidad, sino por un sistema que convierte la juventud en un período de espera interminable, donde el futuro se aplaza a base de requisitos que, para muchos, resultan inalcanzables justo cuando más necesitan una oportunidad.
Hugo es muy joven, pero ya es muy consciente de esto. Con tan solo 18 años, Hugo cogió sus maletas y partió en julio del pasado año a Suiza. Dos meses le bastaron para saber que su futuro no estaba en Jerez de la Frontera, y en noviembre, tras su vuelta a España al finalizar el verano, se mudó oficialmente a Lucerna. Fueron muchos los pensamientos que pasaron por su cabeza antes de decantarse por abandonar el país: “El terminar de estudiar y no saber lo que vas a hacer, o terminar de estudiar y saber lo que quieres hacer, pero no poder hacerlo porque no tienes la experiencia suficiente. Trabajar en sitios que no están relacionados con ‘lo tuyo’, incluso después de haber estudiado tres, cuatro, cinco años... y de los sueldos ni te hablo”. Actualmente Hugo trabaja en un concesionario lavando coches en el cantón de Zug. “Tengo contrato indefinido y trabajo al 100%, de media 42 horas a la semana. Si algún día no lo trabajo, pues ese día no lo cobro. El turno siempre es el mismo: de siete y media a cinco y media, con una pausa larga en medio y luego dos pausas cortas de 10 a 15 minutos.”.
Vivir con incertidumbre
Al acabar el bachillerato tecnológico, el jerezano comenzó a cursar sus estudios universitarios en España mientras lo compaginaba trabajando como árbitro deportivo en “días sueltos”, pero pronto se dio cuenta de que no era feliz y de que esa vida no era para él. Y no es el único. Ángela, procedente de Málaga, llegó a Suiza hace algo más de año y medio, cuando tenía 23 años. “Estudié Criminología en la Universidad de Alicante, así que cuando llegué aquí, en realidad, era estudiante”, comenta la joven. De manera similar a Antonio, el amor fue en gran parte lo que la trajo a Suiza: “Quise venir para aprender francés. Mi novio es francés y, aunque hablamos en español, también quería hablar su lengua para poder comunicarme con su familia y sus amigos”.
“Mi situación laboral era pésima en Andalucía tenía un salario como fisioterapeuta de 900 euros al mes. Trabajaba de lunes a viernes desde las 8 de la mañana a las 9 de la tarde, no se contaban todas las horas que echaba”, explica Carolina, que ahora trabaja en Suiza.
En España, la malagueña dedicaba la mayor parte de su tiempo a estudiar. Aun así, compaginaba el grado con un trabajo de camarera en un bar donde no tenía contrato y le pagaban siete euros la hora. “A veces me llamaban para que fuera y, al final, momentos antes no me necesitaban. O viceversa, no trabajaba y a última hora recibía una llamada preguntando si podía trabajar. En fin, estabilidad evidentemente cero”.
Lo que describe Ángela no es solo un horario roto: es una vida en suspenso. La precariedad no se mide únicamente en salario, sino en esa incertidumbre diaria, esa que te obliga a estar disponible como si el tiempo propio no contara. La jornada se convierte en una negociación constante y el futuro —hacer planes, pagar un alquiler, incluso descansar— queda subordinado a una llamada.
“Para mí, precariedad es vivir con lo justo: no poder comprar una vivienda, no poder formar una familia ni tener hijos, que los salarios no estén a la par del coste de vida y no poder ahorrar. Es vivir asfixiado, sin margen para imprevistos ni para planificar el futuro”, explica Emilio. “En Suiza, en cambio, se favorecen cosas básicas como la natalidad, la educación y el estudio; los salarios están a la par del coste de vida y, si te organizas, puedes ahorrar y planificar tu vida con más tranquilidad”, cuenta.
Carolina, originaria de Pulpí, Almería, describe una situación similar a la de Ángela. La joven, quien emigró a Suiza con 22 años, estudió Fisioterapia y llegó a ejercer como tal en España. “Mi situación laboral era pésima en Andalucía, es decir, tenía un salario como fisioterapeuta de quizás 900 euros al mes. Trabajaba de lunes a viernes desde las 8 de la mañana a las 9 de la tarde, con 2 horas o 3 horas de descanso, pero no se contaban todas las horas que echaba”.
Según estimaciones elaboradas a partir de datos de la Agencia Estatal de Administración Tributaria (AEAT) y recopiladas por CCOO, los ingresos salariales brutos medios en Andalucía alcanzaron los 20.439 euros anuales en 2024, apenas un 4,2% más que el año anterior. Sin embargo, esta cifra queda muy lejos de la media estatal, que se situó en 27.558 euros según el INE y la Fundación Adecco, evidenciando una brecha salarial significativa.
Carolina trabajaba en el municipio almeriense de Vera. Lo hacía en una clínica deportiva con contrato cerrado fijo, pero no era suficiente. “Luego me iba al fútbol a entrenar, donde cobraba unos 100 euros más, y los sábados y los domingos también tenía partido. En mi casa, de forma ilegal, también hacia algunos pacientes”. Así, el contrato —que sobre el papel prometía estabilidad— se quedaba en una falsa promesa: para llegar a fin de mes Carolina tenía que estirar las horas que no tenía hasta ocupar su semana entera. Y cuando el trabajo invade incluso el descanso, el cuerpo termina poniendo el límite.
“El momento concreto en que me hizo clic fue con la COVID: a nivel laboral ya no podía más; me dio un burnout, exploté. No tenía tiempo para mí, nada más que me dedicaba a trabajar de lunes a lunes y dije, ‘tengo que cambiar, me tengo que ir’”, explica afligida. “Un domingo que llegué a mi casa del trabajo me dio un pequeño ataque de ansiedad y dije, ‘no puedo más’. Tenía un piso de alquiler y no llegaba a final de mes”. Desde ese domingo, la joven almeriense supo que no podía seguir esclavizada a aquellas condiciones y estableció el que sería su no negociable: la estabilidad. “Yo solo quería tener un trabajo y tiempo para mí. Quería estabilidad mental, porque solo me dedicaba a trabajar y no tenía tiempo para mí, ni para mi familia y amigos”, cuenta. Lo dice casi en voz baja, como quien pide permiso. Como si desear una vida habitable —y no solo una vida productiva— fuese un capricho que necesita explicación.
La joven almeriense enumera lo básico con el cuidado de quien teme sonar exigente: tiempo para respirar, para querer, para volver a casa sin la cabeza todavía en la consulta, sin el cuerpo funcionando por inercia. Y, sin embargo, la frase trae una culpa extraña pegada a las palabras, esa costumbre de justificarse por querer lo mínimo, como si alguien hubiese logrado convencerla de que el descanso no es un derecho. En su “yo solo quería” hay una renuncia anticipada, una manera de achicar el deseo para que quepa en un mundo que responde con jornadas interminables. Por eso Carolina se explica, se protege, se corrige. Y aun así, en medio de esa necesidad de justificarse, hay una grieta por la que entra la verdad: que nadie debería tener que marcharse para poder vivir con calma. Que nadie debería negociar con su salud mental para pagar un alquiler.
Carolina lo tiene claro: “La precariedad, en mi caso, está en el sistema sanitario que, en general, no es sostenible. Los sueldos no son acordes a lo que se trabaja. Los horarios son una brutalidad. No hay tiempo de descanso. La sanidad no es solo enfermería, medicina y administración. Sanidad también es fisioterapia; sanidad también es odontología; sanidad también es oftalmología, psicología… Y, sin embargo, hay mucho de eso que el sistema sanitario español no contempla. Esto está quemando a los profesionales sanitarios como yo”.
Gracias a su valentía, Carolina hoy conoce en primera persona la estabilidad laboral y todo lo que esta implica y agradece enormemente “la oportunidad que le dio la vida de integrarse tan rápidamente y poder conseguir, con un salario, poder vivir y poder ahorrar teniéndolo todo en el mismo sitio”. Y es que, “las casualidades de la vida” quisieron que, tras un curso de punción seca en Murcia, Carolina viese en el grupo de WhatsApp un anuncio en el que buscaban “fisioterapeuta para Basilea con un salario de 5.200”. No dudó y contactó con Edu, un chico español que ya trabajaba en Suiza, envió su documentación y se postuló, a través de LinkedIn, a la oferta de trabajo, lo que culminó en dos entrevistas con el jefe de la empresa. Pero antes de irse, la pulpileña “lo intentó prácticamente todo”.
“Me presenté a unas oposiciones cuando, por el COVID, no nos dejaron trabajar. Después del COVID me preparé y me presenté a las oposiciones en la región de Murcia. Había solo dos plazas para fisio. Me planteé cambiar de sector, pero era volver a estudiar. Y, claro, también trabajaba de camarera y demás. Hice un máster deportivo, más cursos, más formación. Y dentro de España no me quería mudar, porque iba a ser más o menos lo mismo, entonces decidí venir a Suiza”.
“Creo que la precariedad no afecta por igual a toda España: se concentra más en Andalucía eso quiere decir que las empresas se pueden aprovechar de esto para putear más a los trabajadores. En Suiza es todo lo contrario, se necesitan trabajadores, entonces la película es muy distinta”, sostiene Toni.
Quien también intentó “casi todo” fue Priscila, hermana de Carolina y también originaria de Pulpí. Con 22 años partió en busca de oportunidades a Alemania y, este pasado verano, con 31 años, decidió mudarse a Suiza junto a su hermana. Priscila estudió Magisterio Infantil en la Universidad de Granada y, antes de emigrar, trabajaba como maestra de prácticas en una guardería. “Intenté las oposiciones y no me salieron bien. Me quedé con un cuatro y pico y no aprobé”. Antes de marchar también estuvo trabajando en un par de empresas del sector hortofrutícola y agroalimentario: “El tipo de contrato que tenía era una mierda. Echaba horas por un tubo y el salario era muy bajo. No llegaba ni a los 1000 euros. Un mes a lo mejor rondaba los 800 o 900 euros”.
Un patrón colectivo
Como vemos, lo que relatan estos jóvenes no es una anécdota ni un tropiezo individual: es un patrón que se repite con distintos nombres y en distintos sectores. Así, más que historias sueltas, estos testimonios dibujan un problema colectivo: una generación empujada a sobrevivir en lugar de construirse una vida. Toni comenta a este respecto: “Creo que la precariedad no afecta por igual a toda España: se concentra más en Andalucía, y tiene que ver con que hay mucha gente en paro y pocos puestos de trabajo. Por lo tanto, eso quiere decir que las empresas se pueden aprovechar de esto para hacer o putear más a los trabajadores. En Suiza es todo lo contrario, se necesitan trabajadores, entonces la película es muy distinta”.
En este contexto, Hugo compara su situación actual con la vivida en España: “La precariedad desaparece en Suiza cuando ves todo más regulado. Son mucho más estrictos, no son tan laxos como en España. Hay gente y gente, pero ves que te dan los contratos del tirón, te mandan las cartas a tu casa con el contrato y con toda la información de lo que debes saber, te mandan los permisos por correo o te mandan una carta diciendo que tienes que recogerla en tal sitio. Está todo mejor informado”.
Pese a que los comienzos suelen ser complicados, Toni encontró trabajo en una temporera en apenas quince días, pero tardó casi tres meses en conseguir su “primer contrato como ingeniero, aunque fuera en prácticas”. Actualmente trabaja en Basilea como trabajador social, con contrato indefinido (42 horas semanales) y turnos “variables, de 7:00 a 16:30”. “Los primeros 30 días fueron sobre todo de adaptación: buscar piso, hacer gestiones administrativas y empezar a entender cómo funcionaba el trabajo”, comenta. Y es que los comienzos nunca son fáciles, o eso dicen. Priscila parece confirmar la teoría: “Los primeros 30 días en Suiza fueron de estrés total y adaptación. Amigos de mi hermana me ayudaron muchísimo a llevar cosas a mi piso y el primer trabajo lo conseguí como Au Pair también gracias a ellos”, explica visiblemente agradecida a la red de apoyo a la que optó desde el principio. Ahora Priscila espera con ansias a que llegue el martes 13 de febrero, día en el que comenzará como maestra en una guardería de la ciudad de Basilea.
Al igual que Priscila, Ángela comenzó como Au Pair, lo cual le facilitó bastante todos los trámites burocráticos a realizar. “Ahora me he mudado de ciudad y trabajo en Zara, donde me pagan unos 24 francos suizos la hora. Eso se traduce en un sueldo de aproximadamente 2.700 francos y, como solo trabajo al 60 %, me queda un 40 % libre para buscar otro empleo, estudiar el idioma o lo que haga falta”. Ángela también notó un incremento en su calidad de vida tras su salida del país. “La vida en Suiza me sorprendió para bien, cosa que hizo que decidiese quedarme. Me di cuenta de que, aunque no tuviera un trabajo top relacionado con mi materia, la criminología, mi calidad de vida era mucho más alta”. Parece tenerlo claro, “la calidad de vida va en función del salario que tengas” y, en su caso, pese a trabajar de AuPair y camarera en sus inicios, podía ahorrar bastante.
“Me daba posibilidad de viajar a España, de hacer viajes que no hacía antes, de guardar dinero que no era capaz de ahorrar en España… Entonces tus sueños empiezan a ser un poco más grandes. Por lo menos los míos”.
Ya instalada y estabilizada en Suiza, fue cuando por primera vez el “sueño” de comprarse una casa se volvió más palpable y dejó de ser una mera ilusión. “En España es un poco surrealista pensar en que te puedas comprar una casa sin la ayuda de tus padres puesto que la capacidad de ahorro es muy baja o, en algunos casos, nula”. Su testimonio esconde una normalización inquietante: que acceder a una vivienda se haya convertido en un “sueño”.
No obstante, el problema de la vivienda no parece limitarse al ámbito estatal. Carolina, pese a gozar de un buen sueldo como fisioterapeuta explica como el alquiler de un piso para ella sola en Suiza sigue siendo “un lujo que no se puede permitir”. Y es que, no compartir gastos implicaría reducir considerablemente su capacidad mensual de ahorro y limitar su ocio. La vida adulta, entonces, se aplaza.
En España, solo el 15,2% de la juventud (16–29) vivía fuera del hogar familiar al cierre del segundo semestre de 2024, el peor dato para un segundo semestre desde que hay registros, según el Observatorio de Emancipación del Consejo de la Juventud de España. Asimismo, a mediados de 2024, solo el 12,6% de la población joven andaluza estaba emancipada, siendo Andalucía la segunda comunidad autónoma con menor tasa de emancipación, sólo por debajo de Castilla-La Mancha.
Si bien, como señalaban estos jóvenes, su calidad de vida ha mejorado notablemente desde que salieron del país, tampoco conviene caer en el error de romantizar la migración como un éxito seguro, una promesa de “vida perfecta” nada más llegar. No todo es fácil, y esto va mucho más allá del laberinto burocrático al que te enfrentas. Carolina, por ejemplo, encontró parte de esa dificultad en el idioma. “Aquí se habla alemán suizo y lo pasé fatal. Me acuerdo los primeros días de trabajo que no sabía ni dar una cita. Me decían Määntig en vez de Montag (lunes), o Ziischtig en vez de Dienstag (martes), y yo decía, ‘pero ¿qué me está hablando?’”, explica. Además, como profesional sanitaria, tuvo que enfrentarse a un papeleo especialmente difícil durante algo más de dos años. “Para trabajar aquí en el sistema sanitario necesitas el B2 del idioma que hable tu cantón, es decir, el alemán”. El papeleo lo hizo a través de la SRK, el organismo que reconoce ciertos títulos sanitarios extranjeros para poder ejercer profesiones sanitarias reguladas. “Yo tardé en tener estabilidad, te podría decir, siete u ocho meses. El contrato de trabajo me lo dieron al momento y, por esa parte, no fue difícil, porque obtuve rápido mi permiso B (el permiso de residencia suizo que autoriza a vivir y trabajar en Suiza durante 5 años a aquellos ciudadanos que dispongan de contrato de trabajo de 12 meses o indefinido). Pero no fue hasta que tuve mi piso cuando me sentí más segura. Ahí ya tenía mi rutina: mi trabajo, mis clases de alemán, mis clases de baile…”.
La diferencia de precios con España también es algo a lo que te tienes que acostumbrar y, si bien los sueldos están acordes al coste de la vida en el país, no deja de sorprender para quiénes venimos de fuera. “Lo que más me impactó fue el alquiler. Yo venía de Alemania y aquí es súper caro, pero carísimo. La comida también, pero bueno estamos en la frontera y vamos a comprar a Alemania o Francia”, explica Priscila. Por otro lado, Hugo explica que, entre sus gastos fijos están el alquiler, “en torno a 600 francos suizos en un piso compartido”, el seguro médico “alrededor de unos 220” y el transporte. “Como vivo en Lucerna y tengo que ir todos los días a trabajar a otro cantón, he optado por comprarme el GA (Abono General de transporte público en Suiza): por 260 francos al mes tengo viajes ilimitados por toda Suiza”, comenta el benjamín. “¿Cuánto me queda para ahorrar? Bueno, suponiendo que tengo esos 3.500 de media, pues me daría para ahorrar unos 1.500, 2.000 francos, depende también del mes”.
La dificultad de la lengua parece haber sido un problema común entre varios de los jóvenes entrevistados. “Lo más complicado del primer mes fue adaptarme a lo que pedía la empresa, al idioma y a una ciudad completamente diferente, donde todo funciona en un idioma que no es el tuyo. Eso hace que tengas que estar mucho más concentrado y pendiente de hacer las cosas bien”, detalla Emilio. “Yo ya vine, entre comillas, con cierta estabilidad porque llegué con contrato, y eso hizo que todos los trámites —alquiler, permiso de residencia, etc.— fueran mucho más rápidos. Aún así, el piso tardé unos tres meses en encontrarlo, así que diría que la estabilidad real llegó entre los cuatro y seis meses, cuando hice la mudanza al piso y empecé a asentarme en la ciudad y a saber más o menos cómo iba a ser mi día a día”, explica. Hugo, no obstante, encuentra esa dificultad en la soledad. “Quizás te diría que lo más complicado puede ser la soledad. Para mí al menos. El ritmo de trabajo no es tan complicado, al final es eso o estar en España haciendo algo que no me gusta”, cuenta. “Estabilidad aún no tengo. Justo ahora tengo que mudarme porque termina mi otro contrato. Seguro médico tampoco tengo. Lo solicité hace más de un mes y todavía me tiene que llegar la confirmación y demás”.
Otra de las dificultades en las que podemos pensar a la hora de migrar a otro país es en la discriminación de la población local. Según datos del Padrón de Españoles Residentes en el Extranjero (PERE), a 1 de enero de 2024 residían en Suiza 136.225 españoles. A este respecto, Ángela dice: “Nunca me he sentido discriminada aquí, en Suiza, pero creo que influye mucho que más del 40 % de la población (en Lausana) somos inmigrantes. Tampoco discriminan por no hablar bien el idioma, puesto que tienen cuatro lenguas oficiales”. Emilio tampoco ha experimentado esa discriminación: “En ningún momento me he sentido discriminado ni tratado como mano de obra extranjera. La mayoría aquí somos extranjeros y venimos a ganarnos la vida, a trabajar duro y a luchar por nuestro futuro”.
Si bien Ángela o Emilio nunca se han sentido discriminados como extranjeros en Suiza, existen otras realidades. “Sí que me sentí un poco discriminada. Mis compañeros alemanes, en mi primer trabajo en el que estuve dos años, cobraban muchísimo más que yo y acababan de salir de la formación”, explica Carolina. “La secretaria, por ejemplo, cobraba más y trabajaba solo tres días a la semana, mientras que yo, con mucha más formación, trabajaba de lunes a viernes a jornada completa y cobraba menos”, comenta. Todo esto la llevó a sentirse como una profesional de “segunda” en más de una ocasión. Toni, por su parte, también llegó a sentir cierto rechazo. “Sobre todo al principio, pero creo que forma parte del proceso y que también existe en otros países”, explica. Sin embargo, no considera que exista una discriminación real en el extranjero a la hora de promocionar, sino que la dificultad para ascender está más ligada a una barrera comunicativa. “Diría que, más que ser extranjero, lo que te dificulta tener un mayor salario es el idioma”.
Hugo habla acerca del choque de realidad que sufre mucha gente al llegar al país y explica que, en su caso, este no llegó a producirse. “No puedes llegar y pretender cobrar 6.000 -7.000 francos al mes. Si vienes con estudios o llevas ya bastante tiempo aquí y has ido escalando puestos pues sí, pero, si no es tu caso, tienes idealizado Suiza y ese es el error”. Además de tener los pies en la tierra, Hugo permanece muy seguro de su decisión: “Perder, no he perdido nada, simplemente he perdido esa vergüenza de acercarme a un local y preguntar: ‘¿buscáis a alguien?’. He perdido, bueno, más bien he ganado esa soltura”.
Toni tampoco se arrepiente de su decisión: “Con mis compañeros de trabajo la relación es maravillosa. Nos ayudamos mucho y eso facilita todo”. En su balanza, el peso también parece inclinarse más hacia lo positivo: “He ganado bastantes cosas. La primera es la evolución personal. Mudarte a un nuevo país hace que te enfrentes a una nueva cultura y, al final, evoluciones y crezcas. He ganado estabilidad económica y mucha cultura”. No obstante, siempre se echan cosas de menos: “He perdido quizás mucho sol, muchos chistes andaluces, mucho cante. Eso no lo tienen los suizos”, y matiza: “No significa ni que sea mejor ni peor, solo que sí que es diferente”.
A nivel general, Carolina también afirma estar contenta con su decisión: “Suiza me ha ayudado a entenderme como persona. Me sorprendieron para bien los valores culturales y personales que tienen los suizos de puntualidad, de limpieza y de organización. Son muy serviciales. Si tú te quieres integrar y eres buen trabajador, ellos te van a ayudar a que te adaptes”. En lo laboral la vida también le sonríe: “La relación con mis compañeros siempre ha sido muy buena. A los jefes les cuesta un poco más abrirse, pero la relación también es muy buena. Allí en España les tienes que estar agradeciendo todo el rato por ‘haberte dado el trabajo’. Aquí, sin embargo, existe una ley que obliga a las empresas a subir cada año un porcentaje del salario a sus trabajadores. Además, hay otra ley que obliga a las empresas a garantizar formación continua. De hecho, a mí me dan seis días de formación remunerada”.
Añorar la tierra
Pese a todo lo bueno, y como cada uno de los jóvenes de este reportaje, Carolina no puede evitar echar de menos sus raíces: “Vuelvo como mínimo tres veces al año… incluso cinco”. A veces, estas visitas le generan un conflicto de identidad que afronta con humor.: “En Suiza soy la española y en España soy la suiza”. Pese a que la nostalgia a veces pesa demasiado y Carolina mantiene la idea de volver a Andalucía, la joven tiene claras las condiciones mínimas a las que no renunciaría: “La estabilidad mental, es decir, el tiempo y el salario. Si vuelvo sería para montar mi clínica con mis propias condiciones laborales”.
Priscila, por su parte, confiesa sentirse muy emocionada tras su mudanza a Suiza y está expectante por este nuevo capítulo de la vida que compartirá con su hermana: “He ganado mucho más que he perdido. Perder no he perdido nada. Bueno, sí, dejar a mi familia allí, pero tampoco lo considero perdido. Estamos en contacto y hoy día podemos comunicarnos con ellos a través del móvil”.
Mientras, Emilio compara su situación con la que tenía en Madrid: “Todo cambia: el sueldo, la estabilidad, el trato, la organización y la carga de trabajo. En mi opinión, todo es para mejor en ese sentido, y además cuidan más al trabajador. No hay una imposición tan marcada de jerarquías como en España, al menos en el ámbito del derecho y la abogacía. Hay respeto, pero el trato es mucho más cercano y directo; son más accesibles”. Tal y como explicaba Carolina, él también se beneficia del presupuesto de su empresa para la formación de los empleados.
Sin embargo, Emilio tiene muy claro los aspectos más negativos de su vida en Suiza: “Lo que menos me gusta es tener que adaptarme a las horas de sol y a los horarios”. A la pregunta de qué ha perdido tras su salida de España, Emilio no duda: para él todo es una balanza en la que “siempre hay cosas que ganas y cosas que pierdes”. Entre las pérdidas más importantes, destaca “no estar cerca de sus amigos y su familia”.
Y cuando le preguntó por su tierra… “de Andalucía echo de menos a su gente, el mar y la comida. Echo de menos todo, la forma de ser y de sentir. Andalucía lo es todo para mí: es donde me he criado, donde he sido feliz y lo que soy es gracias a ella. Volveré cuando haya hecho bien las cosas aquí y pueda disfrutarla como se merece”.
Se deja mucho, porque Andalucía es mucho: una tierra llena de gente de piel, una forma de hablar que te salva, una mesa que siempre tiene sitio, una luz que te acompaña incluso cuando no estás. Y no siempre se la deja queriendo; a veces se la deja porque no queda otra, porque vivir se vuelve demasiado caro para quien solo quería trabajar y tener vida. Irse, entonces, no es una aventura: es una renuncia que, con el tiempo, también te hace crecer, sí, pero a costa de aprender lejos lo que debería aprenderse en casa: que la dignidad no es un premio, es el suelo. Dignidad y futuro. Es todo lo que piden para poder volver. Vivir y no sobrevivir. Al fin y al cabo, entre la precariedad y la emigración hay una delgada línea —la esperanza—, y una pregunta que regresa en cada testimonio, como una espina, sí, pero también como un faro: ¿volverías si aquí, en casa, pudieras vivir sin miedo al futuro?Vacunas
La ingeniería fiscal de Moderna llega a la Comisión Europea
Migración
La emigración andaluza, un relato vivo
El número de personas que abandona su residencia en Andalucía crece cada año. Una dinámica en ascenso casi ininterrumpido que culmina en las 127.035 del último registro.
Para comentar en este artículo tienes que estar registrado. Si ya tienes una cuenta, inicia sesión. Si todavía no la tienes, puedes crear una aquí en dos minutos sin coste ni números de cuenta.
Si eres socio/a puedes comentar sin moderación previa y valorar comentarios. El resto de comentarios son moderados y aprobados por la Redacción de El Salto. Para comentar sin moderación, ¡suscríbete!