Opinión
Polifonías iraníes frente al efecto deshumanizador del binarismo geopolítico

Mientras parte de la diáspora iraní ondea banderas estadounidenses e israelíes celebrando el ataque contra Irán, activistas críticos con el régimen iraní, condenan la guerra y piden una solidaridad que reconozca la agencia y la diversidad de su pueblo.
Iran EEUU GB - 4
Protesta "Manos fuera de Irán" en Parliament Square, Londres, 28 de febrero de 2026. CC BY-NC
18 mar 2026 06:00

Es 28 de febrero de 2026, el día ha comenzado con el ataque unilateral de Israel y Estados Unidos contra Irán. Las bombas caen sobre la capital del país y dejan numerosas víctimas. Entre ellas más de cien niñas, alumnas de una escuela primaria, y también el ayatolá Ali Jameiní, quien es asesinando junto a varios miembros de su familia. Desde el principio, la guerra muestra una doble característica que parece distinguir las ofensivas iniciadas tras octubre de 2023: una gran precisión en algunos de sus objetivos, con la ejecución a distancia de líderes políticos y militares rivales, y un gran desprecio por la vida humana y por la infraestructura social y civil del país, con una masacre en un colegio.

Horas después, en respuesta a la agresión, cientos de iraníes se concentran frente al ayuntamiento de los Ángeles, exigiendo que se detenga la guerra contra su pueblo. Mientras, al otro lado de la ciudad, en un barrio del Oeste conocido como “Tehrangeles”, ondean banderas del Irán previas a la revolución de 1979, en las que se distinguen el león y el sol que las caracteriza. Banderas estadounidenses e incluso israelíes se mezclan en las celebraciones ante el ataque a Irán y el asesinato de Jameneí. En este distrito, en el que vive una parte considerable de la diáspora, los múltiples negocios muestran su apoyo al Sha y su repulsa al ya finado líder supremo.

En solo una ciudad, dos manifestaciones muestran dos posturas que genera fuertes tensiones entre una diáspora que comparte su aversión al gobierno iraní pero que difiere notablemente en su actitud ante la guerra y su visión de futuro para el país. Si bien las imágenes de celebraciones a raíz de la intervención han gozado de visibilidad en redes sociales y medios de comunicación, la respuesta de la diáspora y la población en el país es diversa, como recuerdan múltiples activistas, frente a quienes pretenden mostrar a los iraníes del exterior como un bloque monolítico. “Las imágenes de la destrucción y el apoyo tan entusiasta que algunos dan a la idea de la guerra se han convertido en una fuente de tensión mayor de la que solemos tener en la diáspora”, explicaba Abbas Milani, director de estudios iraníes en la Universidad de Stanford, ante un medio local en referencia a las movilizaciones en los Ángeles y otras ciudades.  

Allá donde confluye la deshumanización

Una diversidad que llega mucho más lejos de lo que los medios de comunicación parecen dispuestos a cubrir, o la mirada occidental estaría abierta a comprender, denuncian los movimientos iraníes. En una entrevista a anarquistas del país en enero, cuando ya se intuían los tambores de la guerra, estos se centraban en la transversalidad de las movilizaciones populares que se estaban dando en el país, protestas que, señalaban, habían comenzado como una respuesta ante el coste insostenible de la vida. 

Una sentada pacífica por parte de los comerciantes del bazar, especialmente castigados por la inflación, que fue duramente reprimida, fue la chispa que encendió las movilizaciones. “Estas protestas son completamente espontáneas y autogestionadas, no hay liderazgo, no hay una facción política que las esté dirigiendo, no hay un comando central dando órdenes. Esto es rabia emergiendo directamente desde abajo”, decían los entrevistados, antes de denunciar cómo los monárquicos que apoyan a Reza Pahlavi intentaban aprovechar esas movilizaciones horizontales para capitalizar la situación, dado que la represión del régimen ha aniquilado durante décadas cualquier oposición interna. “Inyectan slogans como ‘Larga vida al Sha’, en un esfuerzo de dirigir las protestas hacia la restauración de otra dictadura autoritaria”, denunciaban, señalando un cambio de método, del uso del sanguinario servicio de inteligencia conocido como el SAVAK, a las “sonrisas diplomáticas y promesas vacías” actuales.

“La exigencia por estabilidad económica evolucionó rápidamente en la exigencia política de emancipación y libertad”

Aún conscientes de la manipulación que algunos elementos de la diáspora hicieron del ciclo de protestas del pasado enero para apuntalar la agenda de restauración monárquica, el Frente Anarquista se unía a muchos otros críticos iraníes ante lo que consideran diagnósticos simplistas, basados en la lógica amigo-enemigo, que para distanciarse de la órbita de Pahlevi acabarían ensalzando al régimen iraní:  Así mostraba un activista su decepción, en un grupo de Telegram del colectivo anarquista, al ver a manifestantes contra la guerra ondear la actual bandera iraní. “Este signo pertenece principalmente a un gobierno chií musulmán que es un sistema teocrático totalitario. Este gobierno suprime y mata a manifestantes por exigir derechos básicos”, se indignaba.

En un análisis publicado en The Conversation, la socióloga Shirin Khayambashi, denunciaba el análisis binario que tachaba a quienes se manifestaron en enero, de funcionar como una herramienta al servicio de intereses extranjeros. Una idea, defiende Khayambashi, que sirvió para justificar el apagón en internet, pues cuando “la exigencia por estabilidad económica evolucionó rápidamente en la exigencia política de emancipación y libertad, el presidente del país, Masoud Pezeshkian acusó al movimiento de ser víctima de la influencia occidental”. 

Esta socióloga señala cómo el cierre de internet no solo dificulta la articulación de movimientos transversales y horizontales, sino que el hecho de no poder acceder a información, ni poder difundirla, contribuye a la expropiación del relato, que se acaba construyendo en el exterior. Y la población iraní tiene una larga experiencia en cuanto a injerencias exteriores en su política: los Palhavi se aliaron ya en 1953 con Estados Unidos para hurtar el primer intento de democracia cuando el primer ministro, Mohammad Mossadegh, decidió nacionalizar el petróleo. Con estas resonancias, la captura de los monárquicos del relato contra el gobierno iraní genera más fricción que cohesión. 

Izquierdas que caen en la trampa

Al afán monárquico por capitalizar las movilizaciones, y la coartada del gobierno descalificando toda crítica como manipulación exterior, se suma el doloroso cortocircuito que muchos críticos perciben en las izquierdas cuando se trata de solidarizarse con el pueblo iraní. Otra investigadora, Taskeen Tauhid, se pregunta en un artículo qué dificultad tienen algunas izquierdas para conciliar en una misma postura el apoyo al pueblo iraní contra su gobierno, y la oposición a una intervención externa. La autora alerta de que negar la agencia de la población israelí atribuyendo sus protestas y acciones a intereses extranjeros, es también una forma de racismo. “La lucha de Irán por la libertad nunca ha necesitado el permiso de potencias extranjeras, ni debe estar sujeta al control extranjero”, reivindica. 

La académica feminista Azadeh Sobout, señala los límites de la lógica anti-imperialista cuando “niegan a los iraníes subjetividad política y el derecho a la autodeterminación”. Mientras Palhavi, visitando Israel en pleno genocidio, abraza la violencia colonial y el militarismo occidental como forma de cambio de poder, convirtiendo a las vidas iraníes, como las palestinas, en existencias desechables, la izquierda, señala Sobout: niega la autodeterminación de la sociedad civil a través del “borrado epistémico”, lo que supone otra forma de racismo. “En este contexto, nunca se permite que el sufrimiento iraní hable por sí mismo; siempre hay que buscarle una explicación”, lamenta. 

Por su parte, el 10 de marzo, ya con la guerra avanzada, el activista Mehran Khalili se interrogaba sobre las resistencias que encontraban los movimientos de izquierda para organizarse en una campaña masiva contra la guerra similar a la que se opuso al genocidio en Gaza.  Para ello apuntaba a una premisa compartida por otros analistas: “Mantener dos ideas a la vez —que el régimen es brutal y que esta guerra es ilegal y catastrófica— es una tensión que los movimientos deben aprender a transmitir. No debería ser difícil, pero en este momento lo es”.

Khalili apunta a varias dificultades, algunas ya señaladas, como el rol de la diáspora, parte de la cual celebra los ataques. Frente al genocidio contra Gaza, al que la diáspora se opone frontalmente, la visibilidad de las manifestaciones a favor de los ataques por parte de personas de origen iraní le restaría “autoridad moral”, a los movimientos contra la guerra.  “No se puede llevar a cabo una campaña a favor de ‘no intervenir en Irán’ cuando la comunidad en la que se esperaría encontrar apoyo está ondeando banderas estadounidenses (y, en ocasiones, israelíes)”.

Una investigación de Al Jazeera revelaba como la campaña en redes: #FreeThePersianPeople, se había originado a partir de cuentas  relacionadas con Israel

Otra de las dificultades tiene que ver con la aceleración de los tiempos impuestos por Estados Unidos e Israel, una aceleración que apenas deja tiempo para la organización. Compara el caso con la guerra de Iraq, que fue precedida de meses de votaciones en el congreso y campañas en los medios, frente a esto: “Los ataques contra Irán se produjeron un sábado por la mañana”. Dos días antes, Estados Unidos e Irán estaban negociando en Omán, cuyo ministro de exteriores celebraba los avances de las conversaciones pocas horas antes de que empezasen los ataques.

Otro de los obstáculos, tiene que ver con el agotamiento que ha supuesto, especialmente en Estados Unidos, la ola de protestas por Gaza, en dos sentidos dolorosos: el primero, que la magnitud de las movilizaciones no se tradujo en un cambio en las políticas. Y en segundo lugar, el costo que las protestas tuvieron para tanta gente, en términos de persecución política, cargas penales, o violencia policial. 

La persecución contra quienes denunciaban Gaza respondía a la agenda sionista, a la que también se acusa de querer capitalizar las protestas de enero de la mano del Sha. El vínculo no se reduce a banderas israelíes en las movilizaciones, durante las protestas de enero, una investigación de Al Jazeera revelaba como la campaña en redes: #FreeThePersianPeople, se había originado a partir de cuentas  relacionadas con Israel, o los círculos pro israelíes. Dicha campaña presentaba a Pahlavi como única alternativa. 

El hecho de enfatizar las conexiones entre una parte de la diáspora iraní y el sionismo, es calificado,  para quienes critican a la izquierda desde el otro lado del tablero ideológico, como una forma de antisemitismo. Es la tesis que defiende en un artículo el autodefinido libertario político Ali Omar Forozish, según el cual, la “alianza roja-verde” —una supuesta concertación entre izquierda e islamismo— estaría traicionando los valores del universalismo,  estando ambos campos políticos “unidos por un odio común hacia el liberalismo occidental, el capitalismo y el sionismo”. Además, afirma, la izquierda mantendría una cruzada contra los judíos por percibirlos blancos y ricos, y por tanto “opresores”, frente a los “oprimidos” musulmanes y no blancos, explica el autor denunciando lo que él llama la “jerarquía interseccional”. 

Raza, género, clase

Extrañamente, el texto del libertario Forozish, aunque achaque lo que llama “traición” de la izquierda al pueblo iraní, a una suerte de “antisemitismo woke”, no saca el comodín de acusar a las feministas de abandonar a las oprimidas mujeres iraníes. Sin embargo, este debate ha estado en el centro de las batallas culturales en torno a un Irán ya asolado por la guerra real, siendo los feminismos tanto un motor central de protesta —como se vio en las manifestaciones de 2022 en torno al lema, Mujer, vida, libertad— como una de las coartadas imperialistas predilectas para justificar la agresión contra el país en nombre de la emancipación de sus mujeres. 

Ante este falso debate, Andrea D’Atri, de la organización socialista Pan y Rosas intenta posicionar una mirada feminista y a la vez anti-imperialista en un breve texto. “Las mujeres iraníes no necesitan la ‘protección’ del velo islámico para defenderse de las miradas lascivas de los hombres, ni tampoco necesitan el paternalismo occidental de los líderes políticos ultraconservadores o incluso de las feministas progresistas que pretenden ‘salvarlas’ de sus opresores”, escribe, pues, considera, es la historia de las mujeres iraníes la que debe inspirar a las feministas en todo el mundo. En este sentido la citada académica feminista, Asadeh Zobout, afirmaba en una entrevista: “Los trabajadores, los movimientos de mujeres, los estudiantes y las organizaciones de base de Irán han subrayado en repetidas ocasiones que la transformación política debe surgir de la lucha interna y no de la intervención externa”.

Mientras la desigualdad de género ha sido repetidamente objeto de discusión y carne de instrumentalización, otros dos factores, la raza y la clase, no han obtenido la misma atención, aunque sí se sacan a relucir en el debate que se mantiene en la diáspora: La activista iraní radicada en Alemania, Ladan Khanoom, acusaba a las personas iraníes que celebraban los bombardeos de “generar consentimiento” para masacrar a los iraníes en el país. 

La activista considera que la proximidad de una parte de la diáspora a la agenda occidental, tiene que ver con que se consideran blancos. Khanoon recuerda que Irán es un país de gran diversidad que incluye más pueblos que el persa, y lamenta la existencia de “un concepto imperialista de ‘pureza’ que ha permeado la psique iraní”, y que, en el presente, genera un malestar identitario en sectores persas de la población, pues aunque ellos se consideren blancos, desde occidente no se les percibe como tales: “Estados Unidos e Israel bombardean Irán porque considera a su población ‘marrón’”, ironiza la activista. 

Esta idea de la blanquitud iraní relacionada con la identidad persa, entronca con la tradición decimonónica europea de la jerarquización racial. Uno de sus referentes, el académico Max Müller, popularizaría el término “ario” para describir a los hablantes de lenguas indoeuropeas, una categoría que incluiría a europeos y persas. El nacionalismo iraní abrazó esta idea en cuanto que les distinguía del mundo árabe y el otomano. Sin embargo, como señalaba Khanoon, la diáspora iraní se ve enfrentada a una “paradoja racial”, pues aunque en Estados Unidos se les considere blancos en términos administrativos, experimentan una racialización cotidiana que les hace compartir experiencias con otras comunidades no blancas. Algunas autoras señalan cómo, frente a la identidad persa como forma de blanquitud desarrollada por las generaciones mayores, las más jóvenes son más conscientes de su racialización y establecen alianzas en este sentido. 

Más allá del debate en torno a la racialización, otra forma en la que se expresa el racismo es la islamofobia. El Centro para el Estudio del Odio Organizado muestra, de hecho, cómo desde el principio del año los discursos de odio contra las personas musulmanas han escalado, siguiendo una tendencia de ascenso desde octubre de 2023. El marco narrativo religioso, asumido por el entorno del presidente Trump desde que arrancara la guerra contra Irán, contribuye a este clima: el Secretario de Guerra Pete Hegseth hablaba recientemente de Irán como un país dirigido por “delirios proféticos islámicos”, mientras que mandos militares han presentado la guerra como parte “de un plan divino”, para causar “un armagedón”, narrativas que encajan en el relato del nacionalismo cristiano, explica el Centro. Estos discursos se han visto acompañados en las redes con términos que “han históricamente precedido y posibilitado las formas más extremas de violencia contra las comunidades señaladas”, como son “ratas”, “gusanos”, “parásitos” o “plagas”. 

La agitación política en Irán “también debe entenderse en el contexto de la crisis social más general del sistema capitalista mundial”

Pero si hay un elemento que no suele estar presente en el análisis es el referente a la clase, y esto a pesar de que la tradición de protestas iraníes se manifiesta con frecuencia en forma de huelgas y movilizaciones obreras, como explica  el informe “La lucha de clases, la autonomía y el Estado en Irán”. Su autora, Arya Zahedi, parte de la revuelta de 2022 para recordar que aquella enorme movilización iba mucho más allá del código de vestimenta: “En Irán se han producido revueltas cada año durante la última década. Aunque gran parte de esta agitación tiene su origen en el sistema específico de Irán, también debe entenderse en el contexto de la crisis social más general del sistema capitalista mundial”, explicaba la autora, quien planteaba el despertar reivindicativo en Irán como una respuesta a la “profunda alienación y desposesión de capas de la población cada vez más grandes”.

Bajo esta perspectiva de clase, se pone en evidencia que, antes y después de la revolución islámica, Irán es una sociedad capitalista dirigida por un estado capitalista, en el que las clases de la burguesía industrial, el clero, los comerciantes, o la guardia revolucionaria han ocupado espacios de poder capitalista preponderantes en distintos momentos de la historia, afirma la autora. Desde la influencia de las ideas marxistas y las revoluciones soviéticas en el proletariado iraní, a las movilizaciones y huelgas protagonizadas por clases populares castigadas por una creciente desigualdad económica, la lucha obrera, recuerda la autora, cuenta con una importante tradición en el país, una realidad invisibilizada por las simplificaciones orientalistas, o las miradas anti-imperialistas incapaces de ver cómo el régimen actual, más allá de su enemistad con Estados Unidos, ha participado en los procesos de acumulación y desposesión propios del capitalismo, recuerda Zahedi.  

Bombardear el futuro

Son múltiples las voces iraníes que cuestionan toda categoría binaria que pretenda adaptar la lucha del pueblo iraní a la lente anti imperialista,  invisibilice sus voces en virtud de abstracciones funcionales a los análisis geopolíticos, o pase por encima de la pluralidad y diversidad (religiosa y cultural, pero también ideológica y de clase) que ostenta un pueblo de 90 millones de habitantes —con una nutrida diáspora— .

En estas simplificación ven trazas de deshumanización complementarias a las que alimentan el nacionalismo cristiano, el sionismo imperialista del Gran Israel, o la perversión de un linaje monárquico que tiene como origen el apoyo extranjero contra la democracia iraní. Una deshumanización que invisibiliza la violencia contra el pueblo iraní por parte de su propio gobierno, y justifica intervenciones militares imperialistas. 

Como explicaba el escritor Mahbod Seraji, en un artículo publicado en El Salto los primeros días de la guerra, mientras la agresión bélica contra el país no dibuja el mejor escenario para que los movimientos que han protagonizado las protestas se articulen en pos de un proyecto político alternativo al régimen, la diversidad de este extenso país no son propicios a soluciones fáciles coordinadas desde el centro: “La complejidad interna de Irán profundiza la incertidumbre sobre el futuro”, alerta el autor. Sus palabras resuenan con las que hace solo unos meses pronunciaba la marxista libanesa, Leila Ghanem, en conversación con este medio: “Lo que quieren, es una guerra civil permanente en Oriente Próximo”, alertaba la pensadora, apuntando a la destrucción y el caos a los que las intervenciones extranjeras han abocado a estados como Iraq, Libia, Líbano o Siria.

Análisis
Mientras Trump bombardea Irán, debemos enfrentarnos a la maquinaria de guerra estadounidense
No podemos permitirnos caer en la desesperación. Debemos oponernos al militarismo en todas partes, a cada paso.
Análisis
Derribos Washington DC, de obras por Irán
Lo llamativo es que toda una Administración estadounidense se haya embarcado en el empeño de hacer de conseguidor impenitente de las ambiciones máximas del sionismo, sin tener en cuenta las prioridades nacionales, como antes, se supone, hacían.
Irán
Entre las protestas y el recuerdo de Pahleví: la solidez del régimen iraní a prueba
El descontento social expone el malestar del pueblo iraní, pero también la capacidad de resistencia del sistema instaurado tras 1979.
Irán
Irán y el ciclo de agresión permanente
Con el transcurso de las semanas, el golpe de efecto pretendido por Estados Unidos e Israel lejos de constituir una medida audaz va camino de convertirse en uno de los errores geopolíticos más grotescos.
Cargando valoraciones...
Comentar
Informar de un error
Es necesario tener cuenta y acceder a ella para poder hacer envíos. Regístrate. Entra en tu cuenta.
Cargando...
Cargando...
Comentarios

Para comentar en este artículo tienes que estar registrado. Si ya tienes una cuenta, inicia sesión. Si todavía no la tienes, puedes crear una aquí en dos minutos sin coste ni números de cuenta.

Si eres socio/a puedes comentar sin moderación previa y valorar comentarios. El resto de comentarios son moderados y aprobados por la Redacción de El Salto. Para comentar sin moderación, ¡suscríbete!

Cargando comentarios...