Análisis
Nativistas de guardia: lo que Vox y Aliança Catalana comparten aunque finjan odiarse
El 12 de mayo de 2024, al conocerse los resultados de las elecciones al Parlament de Catalunya, las redacciones de todo el país corrieron a buscar el dato más llamativo de la noche: Aliança Catalana había conseguido dos escaños. El partido de Sílvia Orriols, alcaldesa de Ripoll, entraba en la cámara catalana con un discurso que combinaba la independencia de Catalunya con la expulsión de inmigrantes: la ultraderecha independentista había llegado al Parlament. Vox, la otra ultraderecha, ya llevaba tres años instalada allí, y cinco en el Congreso de los Diputados.
Dos partidos de extrema derecha sentados en la misma cámara, con banderas distintas y proyectos nacionales radicalmente opuestos, se miraban desde sus escaños como si fueran los enemigos naturales que sus electorados respectivos esperaban que fueran. Pero un estudio publicado este mes de junio por el Institut de Ciències Polítiques i Socials (ICPS) de la Universitat Autònoma de Barcelona viene a complicar esa imagen. Vox y Aliança Catalana no se parecen tanto a dos adversarios irreconciliables como a dos productos distintos fabricados en la misma cadena de montaje.
La fábrica del nativismo
El nativismo —o la xenofobia—, es el pegamento ideológico que une a todas las formaciones de la llamada cuarta ola de la derecha radical europea, la que arrancó tras los atentados del 11-S, se intensificó con la crisis de refugiados de 2015 y lleva ya una década cosechando resultados electorales históricos en casi todos los países del continente. Su premisa es sencilla: los recursos, los servicios y los derechos deben ser para los “nacionales”, no para los “foráneos”. El Rassemblement National en Francia, el PVV en los Países Bajos, los Fratelli d'Italia: variantes de un mismo discurso adaptadas a cada contexto local.
Durante décadas se habló del “excepcionalismo ibérico”: España y Portugal, con sus dictaduras relativamente recientes, habrían desarrollado una especie de vacuna colectiva contra la extrema derecha. La vacuna empezó a caducar en 2018, cuando Vox obtuvo el 10% de los votos en Andalucía. Y en 2024 quedó definitivamente obsoleta cuando Aliança Catalana demostró que el nativismo —o el racismo—, también podía florecer dentro del independentismo catalán.
El análisis del ICPS, firmado por Javier Martínez Cantó y Julià Tudó Cisquella, disecciona los programas electorales de ambas formaciones para las catalanas de 2024 que se puede resumir así: una misma esencia con un envoltorio distinto.
El mismo argumentario, dos banderas
Empecemos por donde los dos partidos se ponen de acuerdo, que es mucho. En seguridad, tanto Vox como Aliança Catalana articulan exactamente el mismo relato: la inmigración genera delincuencia, los inmigrantes “ilegales” deben ser expulsados, la infancia y adolescencia no acompañada —los MENAs, el sintagma convertido en ariete— representan una amenaza para la seguridad pública y deben ser repatriados con sus familias. Los dos programas electorales podrían intercambiarse los párrafos sobre este tema sin que nadie notara la diferencia. Ambas formaciones proponen también aumentar el presupuesto policial y endurecer el Código Penal. El autoritarismo como política de orden público, idéntico en los dos casos.
En economía, la alineación es igualmente llamativa. Los dos partidos defienden bajadas de impuestos, rechazan los tributos redistributivos —sucesiones, patrimonio— y proponen incentivos fiscales para atraer inversión. Critican el “exceso de gasto público improductivo” y se declaran a favor de un modelo de libre mercado. En materia de vivienda, los dos se oponen a la regulación de los alquileres y utilizan constantemente el miedo al okupa para reafirmar su defensa a la propiedad privada por encima del derecho constitucional a disponer de una vivienda digna. En este punto, coinciden tanto con el Partido Popular que con Junts per Catalunya, una agenda que refleja a modo de espejo los intereses de la patronal.
En educación, los dos se reclaman “meritocráticos”, los dos apoyan una mayor presencia del sector privado, y los dos proponen excluir a las personas migrantes del acceso a los servicios públicos elementales.
Mismo enemigo, distinto blanco
Conviene no confundir, sin embargo, la forma que adopta el nativismo en cada partido, porque ahí también hay una diferencia que merece precisión. Vox practica un nativismo de manual, el clásico de la cuarta ola europea: nacer en España no te hace español si no compartes lo que ellos entienden por cultura, valores o “civilización occidental”; de ahí derogar la nacionalidad por la vía rápida a quienes delinquen, de ahí hablar de “españoles de verdad” frente a quienes solo tienen el papel. Es un nativismo esencialista, casi étnico, que no distingue mucho entre orígenes: lo mismo desconfía del magrebí que del latinoamericano, aunque en la práctica concentre su artillería en el primero.
Orriols presume de un discurso que se disfraza de “progresista” en cuestiones de género, pues su proyecto nunca fue excluir al inmigrante en general, sino específicamente al musulmán
Aliança Catalana, en cambio, dispara con una munición mucho más específica hacia el islam. Su discurso fundacional —forjado en Ripoll, una ciudad que vio crecer a varios autores de los atentados yihadistas de Barcelona de 2017— no es tanto “quién es catalán de verdad” como “el islam es incompatible con Catalunya”. No es casual que el partido normalice a las familias homosexuales o reconozca la violencia machista: su enemigo no es la diversidad en abstracto, sino una religión concreta a la que vincula sistemáticamente con la delincuencia, el machismo importado y la amenaza terrorista.
Es la diferencia entre un nativismo de sangre y uno de mezquita, y explica por qué Orriols puede presumir de un discurso que se disfraza de “progresista” en cuestiones de género, pues su proyecto nunca fue excluir al inmigrante en general, sino específicamente al musulmán.
Neoliberalismo económico y apoyo al sionismo de Israel
Tanto Vox como Aliança Catalana son, en el fondo, dos variantes de un mismo neoliberalismo con acento identitario. Los dos programas prometen rebajar drásticamente el IRPF, eliminar el impuesto de sucesiones y patrimonio, reducir las cuotas de autónomos y recortar lo que llaman “gasto político improductivo”.
El “chauvinismo del bienestar” que ambos predican —los servicios públicos son nuestros, no de los inmigrantes— entroncan con la agenda clásica neoliberal thatcherista, sintetizado en el concepto de “prioridad nacional” que Vox repite a diario. Bajar impuestos a las rentas altas y a los patrimonios mientras se culpa a la inmigración de la saturación de hospitales y escuelas es, exactamente, la misma operación que ha hecho Trump con su “gran ley fiscal” de 2025. Vox y Aliança Catalana, en este sentido, no inventan nada nuevo.
Y el paralelismo con Trump no se agota en la fiscalidad. Los dos partidos comparten, además, una alineación con Israel que linda con la devoción, aunque recientemente en Vox estén surgiendo algunas grietas internas en este sentido. Santiago Abascal se ha reunido en Jerusalén con Netanyahu en más de una ocasión, y Vox ha sido señalado por el lobby European Coalition for Israel como el partido que más respalda las posiciones israelíes de toda la Unión Europea, y su eurodiputado Jorge Buxadé llegó a calificar los bombardeos sobre Gaza de “operaciones antiterroristas” que debían continuar “hasta que no quede ni un solo terrorista”.
Sílvia Orriols, por su parte, ha roto en solitario el consenso catalán de solidaridad con Palestina: ha dicho admirar a Netanyahu “por defender a su pueblo hasta el final”, ha negado que lo ocurrido en Gaza sea un genocidio y se ha presentado en el Parlament con una bandera israelí prendida en la chaqueta. Los independentistas catalanes de Aliança Catalana y los españolistas centralistas de Vox son, como ya apuntaba el estudio del ICPS, decorado sobre la misma estructura.
El ruido que tapa la estructura
Lo que separa a estos dos partidos formalmente es la cuestión nacional. Para Vox, el independentismo catalán es criminal y totalitario; Catalunya es una región de España y así debe seguir siendo. Para Aliança Catalana, el primer punto del programa es “la realización de una declaración unilateral de independencia”. Dos proyectos de país absolutamente incompatibles.
A esto se añaden diferencias significativas en el discurso de género y derechos LGTBI+. Vox quiere derogar las leyes de violencia de género y eliminar las protecciones para el colectivo LGTBI+. Aliança Catalana, en cambio, adopta lo que los investigadores llaman “homonacionalismo” y “femonacionalismo”: reconoce la violencia de género, defiende los derechos LGTBI+ y el aborto —siempre que quienes los disfruten sean “catalanas”—, y utiliza precisamente esa defensa para justificar su rechazo a la inmigración musulmana. Es el mismo mecanismo que usa el PVV de Geert Wilders en los Países Bajos: instrumentalizar la causa feminista y LGTBI+ para legitimar el discurso islamófobo.
En medioambiente, Vox niega el cambio climático de origen humano y se opone a las energías renovables; Aliança Catalana reconoce el fenómeno y apoya la transición energética, aunque los dos defienden la energía nuclear. Y en cultura, los dos partidos promueven sus respectivas tradiciones —la tauromaquia y los símbolos militares en Vox, la lengua catalana y el patrimonio en Aliança Catalana— como eje identitario.
Y, sin embargo, los votantes de Junts y ERC que en 2024 optaron por Aliança Catalana no lo hicieron principalmente por el conflicto territorial, sino por la preocupación por la inmigración. Y los que pasaron del PSC o del PP a Vox combinaron la preocupación migratoria con el conflicto nacional. En otras palabras: el proceso independentista fallido creó las condiciones para que el discurso nativista encontrara anclaje en las dos identidades nacionales en juego. Pero el nativismo, el racismo, la xenofobia, y no el independentismo —ni el nacionalismo centralista—, son el verdadero combustible de ambas.
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Utopía X | Episodio 4: Teoría de la conspiración, “gran reemplazo” y racismo tecnológico
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