Exposición ‘Las ingenieras domésticas y la revolución de la cocina’, en el Museo de Artes Decorativas
Una de las imágenes de la exposición ‘Las ingenieras domésticas y la revolución de la cocina’, en el Museo de Artes Decorativas.

Entre la casa y la ciudad: ingenieras domésticas, riders y de quién es el trabajo de alimentarnos

Dos exposiciones en Madrid muestran el lugar sociocultural que ocupan la cocina y el acto de alimentarse en nuestras vidas, quién hace ese trabajo y cómo transforma tanto nuestras casas como nuestras ciudades.
28 sep 2026 06:00

Cuenta el mito que la arquitectura no nació al dibujar un plano ni al apilar unas piedras, sino del chispazo fortuito que congregó por primera vez a los seres humanos para calentarse, comunicarse y alimentarse. Según Vitruvio, hubo alguien que, en vez de coger unos troncos para levantar un muro, los amontonó y les prendió fuego. Ese fuego, sin necesidad de elementos constructivos, inauguró un espacio común. Una vez encendido, el reto fue conservarlo: aprender a transformar el ignis, el fuego salvaje, en focus, el fuego domesticado, para garantizar la subsistencia. De ese focus deriva nuestra palabra hogar que, metonimia mediante, terminó nombrando tanto al lugar donde se cocina como a aquel en el que se vive.

Que la acción social preceda al recinto arquitectónico no es una curiosidad histórica. Tampoco lo es su pervivencia en el lenguaje. Ambas son más bien huellas que revelan que alimentar y cuidar son prácticas cargadas de densidad social y simbólica que desbordan las estructuras físicas. La cocina jamás ha sido un lugar estático ni neutral, sino un territorio en constante disputa y transformación. Conviene no perderlo de vista, cuando más de dos años después de sus primeras declaraciones, Juan Roig sigue aprovechando cada comparecencia para reafirmarse en su profecía (¿deseo?) de que las cocinas domésticas desaparecerán en 2050. Una estrategia, comercial y discursiva, que repite con insistencia, a golpe de cuenta de resultados, quién sabe si con la intención de disciplinar nuestra imaginación y convertir su interés económico en un inevitable destino histórico.

La coincidencia en Madrid de dos exposiciones, Las ingenieras domésticas y la revolución de la cocina, en el Museo de Artes Decorativas y Uneasy riders. La ciudad en ruta, en el Museo Nacional de Antropología, muestra, desde perspectivas muy diferentes, el lugar sociocultural que ocupan la cocina y el acto de alimentarse en nuestras vidas, quién hace ese trabajo y cómo transforma tanto nuestras casas como nuestras ciudades. Mientras que la primera recorre las innovaciones de mujeres que fueron fundamentales en la configuración de la cocina moderna, la segunda explora cómo el algoritmo invisible de las aplicaciones controla el trabajo de los repartidores de comida a domicilio.

Si la retórica del amor ha sido la argucia patriarcal para justificar la gratuidad del trabajo reproductivo en el hogar, las llamadas ingenieras domésticas comenzaron a abordar la cocina como lo que realmente era: un puesto de trabajo técnico y físico

“Ellos dicen que se trata de amor. Nosotras que es trabajo no remunerado”, escribió Silvia Federici en 1975. Si la retórica del amor ha sido la argucia patriarcal para justificar la gratuidad del trabajo reproductivo en el hogar, las llamadas ingenieras domésticas comenzaron a abordar la cocina como lo que realmente era: un puesto de trabajo técnico y físico. Como explica la comisaria de la exposición, Remedios Samper, hasta 1850 las cocinas estaban en “lugares oscuros y sin ventilación. Ni arquitectos ni ingenieros se preocuparon en mejorar un espacio que ocupaba la mujer”. Para profesionalizarlo, las pioneras estadounidenses Catharine Beecher, Christine Frederick y Lillian Gilbrethpartieron de su propia experiencia para sistematizar y organizar las tareas que las mujeres realizaban a diario con una mirada analítica hasta entonces reservada a las fábricas. Aplicaron a la cocina la organización científica del trabajo del taylorismo y la optimización espacial de barcos y trenes. Su objetivo no era solo diseñar una cocina más eficiente, sino dignificar las condiciones de la trabajadora.

Esa búsqueda de eficiencia se tradujo en innovaciones como el célebre “triángulo de trabajo” de Frederick,quien estudió los desplazamientos entre fuegos, fregadero y despensa para ahorrar tiempo, o en la introducción de Gilbreth de la ergonomía y las pausas, situando el bienestar físico en el centro del diseño.

En su afán por agilizar las tareas cotidianas, abogaron por el uso de los electrodomésticos (de los que se exhibe una nutrida selección procedente en su mayoría de la Colección Alfaro Hofmann), pero la aportación tecnológica no se limitó a ellos. Gilbreth usó, además, la fotografía para analizar en detalle los movimientos corporales, llegando a identificar 17 básicos, los therbligs.Aunque su propósito era la eficiencia técnica y no la denuncia política, este registro visibilizó la carga física del trabajo doméstico.

La exposición Uneasy riders, comisariada por Monserrat Cañedo y Diego Allen-Perkins, también usa la fotografía para mostrarnos otra realidad opaca: la del algoritmo. Desde la pandemia, el auge de la comida a domicilio ha hecho que la figura del rider, ya sea pedaleando o manifestándose para exigir mejoras laborales en un trabajo condicionado por métricas invisibles, resulte habitual en el paisaje cotidiano de las grandes ciudades. “En esta exposición, que forma parte de un proyecto de investigación sobre la precariedad en la gig economy —explica Cañedo—, nos interesaba explorar cómo se articula un modo de trabajo y de vida mediado constantemente por estas aplicaciones digitales”.

Para desvelar la opacidad del algoritmo, los comisarios usaron la técnica antropológica de la foto elicitación, pidiéndoles a Adrián, Carlos, Fer, Gledis y Juan, los cinco riders en los que se centra la muestra, que retrataran lo más significativo de su día a día y que, además, trataran de plasmar en imágenes conceptos abstractos como el control o la figura del jefe. Sus fotos y capturas de pantalla, discutidas y seleccionadas en común, integran las seis paradas de un itinerario que nos invita a acompañarlos en su ruta.

Al asomarnos directamente a la pantalla del rider, la exposición saca a la luz esa infraestructura invisible que evalúa, premia o penaliza el trabajo (“estás en el nivel seis”), pero también se materializa en los objetos cotidianos del reparto, bicicletas y mochilas isotérmicas, y en el suelo donde un trazado que imita el lenguaje del código nos da datos sobre la dimensión humana que hay detrás de la plataforma. “Por estas vías hemos tratado derepresentar la experiencia encarnadade lo que significa el reparto”, añade Cañedo.

La opacidad de las plataformas plantea una pregunta que, para Allen-Perkins, atraviesa la relación entre personas y tecnología: “La atribución de agencia, quién hace qué y, por tanto, quién es responsable de qué”. La pregunta nos devuelve a la cocina y a quién asume materialmente el trabajo de alimentarnos.

La modernización de la cocina se concentró en mejorar el espacio y en hacer ese trabajo más fácil, rápido y eficiente, sin cuestionar apenas quién debía hacerlo. “Ninguna se planteó que ese lugar lo ocupara un hombre —señala Samper—, incluso ya en 1926, cuando Margarete Schütte-Lihotzkydiseñó la cocina de Frankfurt, el primer modelo modular producido en serie, lo hizo para una sola usuaria”.

Un siglo después, parte de ese trabajo sale del hogar y pasa a otras manos. Según los datos de Cañedo y Allen-Perkins, el 90 % de los riders son hombres e inmigrantes. La tarea se externaliza y el trabajo se precariza, sin que hayamos resuelto cómo repartirlo.

Tampoco ha desaparecido la promesa de tener más tiempo. Las ingenieras domésticas querían ahorrarlo, la comida preparada y a domicilio ofrecen al consumidor no gastarlo. Cabe preguntarse entonces por qué, todavía hoy, la queja por la falta de tiempo no solo no ha desaparecido, sino que parece haberse intensificado. Quizá habría que problematizar esa promesa y preguntarse a quién se le ahorra y quién tiene que emplear el suyo para hacerlo posible.

¿Hay que abolir la cocina, mejorar las condiciones de quienes trabajan o imaginar otra tecnología más justa? La pregunta ha atravesado buena parte del pensamiento feminista sobre el trabajo reproductivo.

Helen Hester, enContra el realismo doméstico (Bartlebooth, 2025) lleva la cuestión al terreno del deseo. Inspirándose en Mark Fisher, plantea que hemos naturalizado un modelo en el que cada hogar resuelve individualmente sus necesidades cotidianas hasta considerarlo no solo inevitable, sino también el único deseable. Frente a él, propone imaginar formas colectivas de organizar la infraestructura doméstica, empezando por la cocina, mediante espacios y servicios compartidos. No se trata de sacar las tareas de casa para que otros las hagan por nosotros, sino de dejar de concebirlas como una responsabilidad privada y recuperar su dimensión colectiva.

Desear otras alternativas exige entonces mirar más allá de la cocina y de sus tecnologías: imaginar otras formas de habitar y preguntarnos cómo, entre quiénes y en qué condiciones queremos sostener la vida.

Alternativas
¿Sabes que puedes pedir comida a domicilio o enviar un paquete de una forma ética y sin explotar a nadie?
Existen repartidores que se han unido para formar cooperativas de trabajo que escapan a las lógicas del capitalismo de plataforma, con valores ecológicos y feministas, y en el que los riders gozan de los derechos laborales.
Filosofía
Valeria Campos
“Comer es incorporarse el mundo, nuestra relación con la comida define cómo vivimos”
La filósofa chilena y autora de ‘Pensar/comer: una aproximación filosófica a la alimentación’, con una mezcla inusitada de pasión y rigor intelectual, nos recuerda la importancia de aquello que, por cotidiano, suele quedar relegado a la superficie.
Alimentación
La Revolución Francesa inventó el restaurante
El final del Antiguo Régimen hizo que el privilegio de ser servido en la mesa se popularizara. Comer alimentos cocinados facilitó la moderna división sexual del trabajo.
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