Mario Candeias: “En cierta medida, las políticas del miedo del Gobierno de Merz están surtiendo efecto”

La crisis del sistema de partidos alemán ha puesto a la extrema derecha de Alternativa por Alemania (AfD) en cabeza de las encuestas. En esta entrevista, Candeias analiza las razones y las formas de contrarrestar ese auge.
Mario Candeias
Mario Candeias, Berlín (1969), dirigió el Instituto de Análisis Social de la Fundación Rosa Luxemburgo en Berlín entre 2013 y 2023..
8 jun 2026 05:21

Desde el 6 de mayo de 2025 Friedrich Merz lidera el quinto Gobierno federal de coalición entre conservadores y socialdemócratas. De estas elecciones, la Unión (CDU/CSU) salió como el partido más votado, con un 28,6 por ciento, y la AfD (Alternativa para Alemania), de extrema derecha, como la segunda fuerza política, con un 20,60 por ciento. El partido socialdemócrata SPD, que alcanzó el 16,4 por ciento, se convirtió en el nuevo socio de coalición. El balance de este primer año de gobierno es sombrío, incluso desde las expectativas de aquellas personas que lo habían apoyado con sus votos.

En la presente entrevista con Mario Candeias, investigador de la Fundación Rosa Luxemburgo (Berlín), cercana al partido La Izquierda (Die Linke), se analizan las causas profundas de la crisis múltiple en que está sumergido el país. En la segunda parte, este especialista en materia de transformación socialista, estrategias de izquierda y partidos políticos, delinea las perspectivas de Die Linke y el proyecto de crear una gran alianza de antifascismo social y una política de clase ecológica.

¿En qué consiste el dilema del CDU/CSU, que por un lado mantiene verbalmente la gran coalición multipartidista contra el AfD, mientras que, por otro lado, va asumiendo cada vez más los discursos y políticas populistas de ultraderecha? ¿Qué pasará si el SPD se debilita cada vez más?
Se trata realmente de un dilema político para ambos socios de coalición, ya que la coyuntura política en Alemania es frágil. Como mucho, la Unión (CDU/CSU) sólo resulta atractiva para una cuarta parte del electorado. En las elecciones al Bundestag de 2017, de las que surgió el último Gobierno de Angela Merkel, aún era un tercio. Según recientes previsiones electorales, se producirá ahora una carrera reñida con la AfD, que ha ganado fuerza. Y aún más dramática es la situación del SPD que según las últimas encuestas alcanzaría hoy en día solo un 12 por ciento, es decir, apenas por encima del partido Die Linke.

El modelo exportador alemán ha llegado realmente a sus límites. Solo en 2025 se eliminaron 174.000 puestos de trabajo, 50.000 de ellos en la industria automovilística

¿Cuál es tu primera valoración general tras un año de gobierno de Merz?
En materia de política económica y social, este Gobierno apenas tiene elementos de consenso que ofrecer. Como ya has dicho, cada semana presenta nuevas propuestas e iniciativas para recortar las prestaciones sociales y reducir los derechos laborales; a ello se suman las políticas del miedo y la presión a favor del rearme. Además, el Gobierno no tiene ningún nuevo proyecto global que resulte atractivo para sus votantes, solo sirve para las partes altamente privilegiadas de la sociedad. Se obstina en la radicalización de su antiguo proyecto de neoliberalismo autoritario.

¿Cómo ves la situación social también desde un punto de vista subjetivo, colectivo?
Es cierto que, en parte, las políticas del miedo están surtiendo efecto. El miedo a perder el empleo, por ejemplo, hace que ahora no haya protestas sociales ni nada por el estilo. Y, de hecho, mucha gente piensa que, por ejemplo, la modernización ecológica, que ya se había encallado en el Gobierno de coalición, es ahora completamente inviable. Al mismo tiempo, ocurre que mucha gente está totalmente decepcionada, se aleja por completo de la política establecida o se inclina fuertemente hacia la extrema derecha, entre ella muchos miembros de sindicatos. Con la modernización ecológica en declive, en la actualidad, se puede hablar incluso de una cohesión societal que se plasma en un conservadurismo radicalizado.


¿Donde están los límites del “neoliberalismo de austeridad radical”? Hará que el modelo económico alemán se quiebre todavía más?
No existe un compromiso real con la conservación y renovación de la base productiva. Las inversiones han alcanzado un mínimo histórico, cayendo a un nivel nunca visto en la Alemania de la posguerra, lo que debilita cada vez más la posición de la economía alemana en los mercados internacionales. Los EEUU se van cerrando cada vez más aumentando sus aranceles. China, cuya economía ha superado ampliamente a las grandes empresas alemanas en sectores clave y ha tomado la delantera tecnológica a nivel mundial, por ejemplo en el campo de la energía eólica y solar e inteligencia artificial. Frente a ellos, Alemania va completamente a la zaga. El modelo exportador alemán ha llegado realmente a sus límites. Solo en 2025 se eliminaron 174.000 puestos de trabajo, 50.000 de ellos en la industria automovilística. Las grandes empresas del sector han anunciado recientemente la supresión de otros 100.000 puestos de trabajo. El ritmo de la crisis afecta también gravemente a elemento claves a los sectores de las de fabricación de máquinas, así como las de los sectores químico y siderúrgico.

¿Qué está fallando?
Alemania y Europa quizá habrían tenido una oportunidad si hubieran abordado realmente como su proyecto el capitalismo verde y el Green Deal de la UE. Prometían ciertamente un proyecto de acumulación en escala ampliada, es decir, un aumento del capital a medio y largo plazo. Pero la transición hacia una modernización ecológica realmente consecuente hubiera significado que el capital fijo invertido en las industrias fósiles se hubiera visto amenazado. Y eso que este capital sigue siendo rentable.

¿Entonces reinan los beneficios a corto plazo como prioridad absoluta y en detrimento de las mayorías, en vez de una planificación a largo plazo?
Exacto. A diferencia de China, donde también cuentan las inversiones a largo plazo, durante las últimas décadas los grandes consorcios de Alemania y otros lugares, orientados hacia la financiarización y la mentalidad de los accionistas, apostaron sobre todo por los beneficios a corto plazo. Dieron preferencia a la conservación del capital fijo, que seguía generando altas tasas de beneficio, antes que invertir en el futuro. Por eso, las tasas de inversión en Alemania han caído tanto. Tampoco se logró implementar un modelo de crecimiento “verde” del que se beneficiaran también las mayorías. Al proyecto previsto de modernización ecológica le faltaba el componente social para que ambas partes se fortalecieran. Pero esto último no lo querían las élites, ni aquí ni en EEUU, lo que ha llevado a que gran parte de la población considerara la modernización ecológica como “impuesta desde arriba”. La campaña de la derecha pudo entonces aprovechar la situación: surgió, por así decirlo, una amplia coalición de la derecha contra la modernización ecológica o el “capitalismo verde”. Además del hecho fundamental de que el capital no la respaldaba realmente, esto condujo a que el proyecto fuera efectivamente derrocado en Occidente.


¿Cómo crees que se sitúa Alemania hoy en día en la política internacional? Piensa, por ejemplo, en la guerra de Ucrania, que sin duda va a continuar, y también en la relación ambivalente con EEUU.
Europa, y especialmente Alemania, se encuentra entre dos aguas. No sabe cómo actuar, porque, naturalmente, sigue formando parte de la coalición de la OTAN y de una gran alianza con su socio de larga data, EEUU. Y cuando éste dice que China es ahora el gran competidor, primero, Europa le sigue la corriente y dirige las mismas opiniones reacias contra China. Al mismo tiempo, depende enormemente de las exportaciones hacia el gigante asiático. Esta es la razón estructural de la actual indecisión en la política.

¿Cómo se debe actuar?
Alemania debería reconocer que, aunque China no es todavía la nueva potencia hegemónica, realmente es la nueva potencia económica líder mundial, con la que debería mantener, como mínimo, una buena relación de cooperación. En vez de reflexionar y asimilar el declive objetivo, se sigue intentando restablecer de alguna manera la competitividad, pero sin recurrir a las llamadas viejas virtudes, es decir, una alta productividad mediante salarios elevados e innovaciones tecnológicas de vanguardia, sino simplemente a través de la competitividad en los precios (reducir los salarios, eliminar barreras, rebajar estándares).

Inyectar miles y miles de millones en la industria armamentística no tiene precisamente un efecto enorme en la economía, ni siquiera en lo que respecta al empleo

¿Cuáles son los retos para que el país salga de su depresión colectiva?
Hay una enorme polarización en la sociedad. Muchos sectores activos de la sociedad civil se ven paralizados, también porque, de repente, se cuestionan masivamente los logros de las últimas décadas. Es cierto que todos estos retrocesos también movilizan a una parte de la sociedad en un sentido progresista, lo que también beneficia al partido Die Linke, que se ha estabilizado entre el 10 y el 11 por ciento. Sin embargo, para muchos en este país, las crisis perpetuas, los constantes pasos hacia atrás, la falta de legitimidad y la ausencia de perspectivas desembocan subjetivamente en un clima de fascistización que intimida masivamente y que ha causado que la extrema derecha experimenta un auge.

La crisis de la acumulación y la rentabilidad del capital está llevando a que la clase dirigente alemana apueste por un capitalismo “verde-militar” ¿En qué medida este paso, fundamentalmente desastroso, agrava la crisis también desde la lógica del capital?
Es ambiguo, porque, en primer lugar, tiene sentido no aferrarse tan servilmente al freno al endeudamiento, sino movilizar fondos públicos e invertirlos en la economía. Ahora bien, centrar esto en el rearme militar es totalmente erróneo desde el punto de vista de la izquierda y de la política de paz, ya solo por el objetivo, porque por principio no estamos a favor de la guerra y no queremos preparativos bélicos. Estos gastos provocan daños ecológicos inmediatos, así como también sufrimiento, destrucción, y muerte cuando se utilizan estas armas. Pero también desde el punto de vista económico, inyectar miles y miles de millones en la industria armamentística no tiene precisamente un efecto enorme, ni siquiera en lo que respecta al empleo. No puede compensar en absoluto la pérdida de puestos de trabajo causados por el estancamiento de la industria productiva.

¿Por qué?
A medio plazo, tales inversiones en belicismo no se traducen en absoluto en productividad para la economía. Debido a la fijación monopolística de precios, este sector industrial puede exigir precios mucho más elevados, que, naturalmente, paga el Estado, es decir, los y las contribuyentes. Aquí se fabrican bienes improductivos que solo pueden ser “rentables” si se consumen. “Consumirlos” significa exportarlos para las guerras de otros o librar guerras uno mismo. Así se pueden producir otros nuevos y se crea una especie de ciclo. La estrategia del rendimiento económico mediante el rearme únicamente se cumple realmente si se está dispuesto a librar el número correspondiente de guerras.


Hoy en día existe una Internacional fascista que se coordina activamente. Estamos en una situación como en los años 30.
Existe una gran diferencia. Siempre duele decirlo, pero los nazis tenían un proyecto de modernización. En ese sentido, si lo expresamos en términos gramscianos, tenían una orientación mucho más hegemónica, a través de una especie de modernización brutal del capitalismo con inversiones estatales, ampliación de infraestructuras, incorporación de las mujeres a la fuerza de trabajo, etc. Nada agradable, pero un proyecto de modernización. La actual derecha radical en el mundo es, por el contrario, un proyecto distópico, el intento de una apropiación cleptocrática del Estado, en parte directamente por parte de la lumpenburguesía, como se decía antes. Se trata de facciones del capital que ya no buscan llevar a cabo la acumulación en una escala ampliada, sino expropiar lo más ampliamente posible la riqueza que aún queda en el mundo, sin ser productivas ellas mismas. La derecha global es un proyecto a corto plazo para apropiarse en los próximos 10 o 15 años de la riqueza societal y de lo que la naturaleza aún tiene por ofrecer al sistema. Al hacerlo, aceptan conscientemente que gran parte del mundo, sobre todo en lo que respecta a los fundamentos naturales de la vida, quede completamente destruido y que se produzca un colapso en determinados sectores de la sociedad. El derrumbe de ciertas infraestructuras y la destrucción masivas de estructuras sociales son procesos pretendidos deliberadamente, porque la “guerra civil desde arriba” forma parte de su programa para crear un mundo diferente, que será todo menos digno de ser vivido. Así de distópico es ya todo esto.

Respecto a Alemania: ¿Tiene el AfD un programa realmente propio? ¿Qué consecuencia tendrá cuando este partido llegue al poder?
Frente a lo dicho anteriormente, el AfD aún no lo tiene tan claro. Por supuesto, quiere llegar a los comederos del poder, pero sigue siendo un partido de composición muy heterogénea, a diferencia de Italia, por ejemplo, donde Meloni se ha encargado de que las facciones más radicales, antiestatistas y, en su discurso, anticapitalistas y antiimperialistas de derechas, quedaran totalmente marginadas. En el AfD, en cambio, todavía hay de todo: pro-Putin, anti-OTAN, pro-Trump, pro-Milei, ni hablar de gobernar o, por el contrario, gobernar a toda costa. Pero la presión para gobernar aumentará y entonces ciertas corrientes quedarán marginadas.Está claro que el AfD apuesta por dividir a la Unión y por formar luego un gobierno conjunto con la parte radicalizada, que ya existe. Por ejemplo, en este país, esto significaría seguir el camino que Milei ha trazado en Argentina.

¿Cuál es la posible estrategia del AfD cuando tenga una participación gubernamental?
Por un lado, mucho clientelismo estatal en beneficio propio; por otro, destruir todo lo que aún existe en Alemania de democracia social en un sentido estricto. Y esto no es poco, incluso destruir los propios procedimientos democráticos, que este partido solo aplica con desprecio. Así que está en juego todo, no solo cuestiones de redistribución social, sino también el modo de vida solidario y democrático al que se intenta atacar. Creo que en Alemania y en Europa nos encontramos ante una encrucijada decisiva.

Eso ya no existe en muchos lugares. En muchos barrios predomina una enorme soledad, la sensación de estar desbordado/a y de que te abandonan. Y ahí es donde la izquierda puede actuar

El partido Die Linke se fundó con el objetivo de unir todas las tendencias políticas a la izquierda del SPD. ¿Acaso ahora su cometido principal resulte ser algo bastante diferente, a saber, defender la democracia parlamentaria como tal?
En cuanto al resto de Europa, Francia es otro caso en el que probablemente sea solo cuestión de tiempo que el Agrupación Nacional llegue al poder. Y entonces imaginemos por un momento que tenemos a los tres países europeos más grandes, Italia, Francia y Alemania, con gobiernos que se han radicalizado desde el conservadurismo hasta el fascismo y que están armados hasta los dientes, porque ahora se supone que todos debemos estar a favor del rearme contra los rusos, que supuestamente mañana ya estarán a las puertas. ¿Qué tipo de política cabe esperar? Es tremendamente peligroso. Por eso, en Alemania hay que poner en marcha todo para impedir que incluso aquellas fuerzas de la Unión que aún defienden ideas democráticas den ese paso.

¿Tiene la izquierda societal y partidista alemana el potencial para abordar abiertamente todos los temas realmente relevantes que no aparecen en el discurso político oficial del país?
Se trata de volver a hacer llegar a la gente lo que acabo de esbozar. ¿No les parecería bien a las personas que alguien dijera por fin la verdad abiertamente? Estoy convencido de que este debate libre y abierto es el primer requisito para poder siquiera vislumbrar juntos y juntas soluciones que sean lo más constructivas posible. Bueno, digamos que hay una oportunidad. El partido Die Linke tuvo mucha suerte. Seis semanas antes de las elecciones nacionales de 2025, parecía que iba a quedar destruido. Si el partido no hubiera logrado entrar en el Bundestag, habría desaparecido del mapa. Hubo muchas circunstancias afortunadas, sobre todo el aumento de personas afiliadas, la campaña puerta a puerta y demás, que lo hicieron posible. Pero, en última instancia, nuestro mejor ayudante electoral fue el propio Friedrich Merz, quien —días antes del 6 de mayo de 2025— como jefe de la bancada conservadora en el antiguo Bundestag, había promovido una votación para endurecer la política migratoria, teniendo el pleno apoyo del AfD. Esto provocó enormes protestas en la sociedad, en las que Die Linke pudo perfilarse como polo antifascista consiguiendo así el éxito sorprendente en las elecciones. Este viento a favor nos impulsará todavía un rato, pero no es ningún automatismo.

¿En qué sentido?
El partido se ha renovado por completo: en varias oleadas más de 70.000 nuevos miembros se han incorporado en el mismo, es decir, dos terceras partes del total. Ahora falta por forjar una nueva cohesión intergeneracional. Por eso, ahora también se ha lanzado un proceso de elaboración de un programa orientado a una amplia participación, para que, en primer lugar, todos y todas puedan partir de la misma base. Y, por supuesto, hay mucha actividad, mucha más que antes: volver a salir a la calle, a la gente, llamar a las puertas, ahora también a las empresas. En tiempos tan tensos y polarizados como estos, existe la oportunidad de que nos convirtamos en un verdadero contrapeso al AfD, como durante mucho tiempo lo fue el partido Bündnis 90/Die Grünen.

Entonces, ¿a qué retos se enfrenta el partido Die Linke? ¿Qué corrientes hay en el partido? ¿Qué debate estratégico se está llevando a cabo allí?
Nuestro afán consiste en comunicarnos de verdad con la ciudadanía. Por lo tanto, no somos un partido puramente parlamentario ni nada por el estilo, sino que salimos a la calle, a los barrios desfavorecidos, incluso también a todas las personas a las que queremos atraer. Aún hay muchas personas indecisas, vacilantes, y ahora se trata de evitar que muchas de ellas se inclinen hacia la extrema derecha e integrarlas en un proyecto de esperanza. Y esta idea despierta interés, porque normalmente nadie habla directamente con la gente, ya que los otros partidos suelen actuar únicamente a través de los medios de comunicación. Quien nunca es consultado directamente tiene la impresión de que la política no tiene nada que ver con él o ella, excepto en un sentido negativo, es decir, que la política vaya incluso en su contra. Se trata de protesta y resistencia, de enfoques positivos de cambio, pero también de volver a vivir en comunidad, de reunirse e intercambiar ideas, de organizar fiestas y jugar con los niños. Eso ya no existe en muchos lugares. En muchos barrios predomina una enorme soledad, la sensación de estar desbordado/a y de que te abandonan. Y ahí es donde la izquierda puede actuar.

Rechazamos las cooperaciones en materia de investigación y producción de armamento con Israel, tal y como se están ampliando en la actualidad

A finales de 2025 y principios de 2026, en un artículo titulado “Desplazar el campo político hacia la izquierda”, relacionaste las cuestiones sociales y ecológicas con la propuesta de una “alianza del antifascismo social”.
Se trata de formar una especie de frente popular social, porque de lo contrario somos demasiado pequeños. Esto significa que también hay que entrar en contacto con todo este entorno progresista, no necesariamente directamente con el SPD y Bündnis 90/Die Grünen, sino con muchos que provienen del ámbito ecologista, de movimientos sociales y ecológicos, de asociaciones y grupos cercanos a la socialdemocracia, organizados en el ámbito de la sociedad civil. Impulsar y desarrollar juntos y juntas la idea de un antifascismo social que se enfrenta también al conservadurismo radicalizado y al neoliberalismo tardío, igual que a las causas estructurales: treinta años de capitalismo neoliberal. Es necesario volver a vincular el antifascismo con la cuestión social para que vuelva a resultar atractivo. Debemos convencer a las fuerzas democráticas de la necesidad de nuestro enfoque forjando alianzas con fuerzas de quienes, al mismo tiempo, tendemos a distanciarnos en otras cuestiones. Se trata de una especie de doble estrategia.


La cuestión de Palestina e Israel es muy controvertida en el partido Die Linke. Casi cien mil personas se reunieron el 27 de septiembre de 2025 en Berlín en la mayor manifestación de solidaridad con Palestina celebrada hasta la fecha. Allí, Ines Schwerdtner, copresidenta del partido junto con Jan van Aken, anunció que el partido había guardado silencio durante demasiado tiempo sobre el genocidio en Gaza. ¿Es esa también tu postura?
Exacto. Por tres razones de peso, en la medida de lo posible el partido ha intentado eludir el tema. A nivel interno, supone una prueba de fuego para la estabilidad del partido, porque no solo se trata de formular posiciones que sean correctas en cuanto al contenido y que intenten intermediar, sino de afrontar debates cargados de identidad y emotividad. Nuestros adversarios en la política y en los medios de comunicación han envenenado el clima del debate público con un “anti-antisemitismo” autoritario, ejercen presión, amenazan con retirar fondos, etc., y aprovechan cada oportunidad para tachar a la izquierda de antisemita, lo que, debido a la historia, tiene en Alemania un peso diferente al de la mayoría de los países. Y, por último, durante la preparación de la gran manifestación resultó muy difícil y llevó mucho tiempo negociar con los socios cómo se podría excluir de la alianza tanto a los grupos que son realmente antisemitas. como a los que glorifican a Hamás. Al final, sin embargo, fue una señal importante de que la izquierda haya conseguido dar mayor visibilidad a su solidaridad con el pueblo palestino y a su crítica al genocidio en Gaza.

Frente a los desarrollos actuales, ¿crees realmente en la solución de los dos Estados, que como fórmula de compromiso pretende conciliar el derecho a la existencia de Israel con el derecho a la autodeterminación de una nación palestina?
No, pero hasta ahora no tenemos ninguna otra alternativa viable. La solución de un solo Estado, defendida por algunos sectores de la sociedad, es también, por muchas razones, más que irrealista. A lo sumo, sería concebir teóricamente una confederación. El problema es que, en la actualidad, ninguno de estos modelos tiene base alguna. Por eso, lo más urgente es apoyar a aquellas fuerzas en Israel y Palestina que promueven un futuro común y luchan contra las fuerzas fascistas de Hamás y del Gobierno de Israel y a favor de los derechos socioeconómicos y democráticos para toda la sociedad. El partido Die Linke siempre se ha opuesto a la exportación de armas, incluyendo a las que van al ejército israelí. Aboga, además, por sanciones específicas contra aquellas personas, organizaciones y empresas que participen en el genocidio o violen el Derecho Internacional, lo que incluye la expansión constante de los asentamientos en Cisjordania o, como se prevé, en Gaza y el Líbano. Incluso, por supuesto, se debería presentar una denuncia contra Netanyahu y otros miembros del Gobierno ante la Corte Penal Internacional. Rechazamos las cooperaciones en materia de investigación y producción de armamento, tal y como se están ampliando en la actualidad.

¿Soluciones?
En última instancia, distinguimos, por un lado, entre la política fascista y genocida del Gobierno israelí y las fuerzas que la respaldan y, por otro, el derecho a la existencia de un Estado en el que las personas judías puedan vivir sin ser perseguidas. Pero, como ya se ha dicho, el ambiente está comprensiblemente cargado debido a los crímenes y al sufrimiento de las personas en ambos bandos. Estos sentimientos y las heridas infligidas necesitan el espacio y el tiempo necesarios para ser expresados y superados.

En Berlín, tras las elecciones de septiembre, quizá podamos tener por primera vez una alcaldesa de izquierdas. Esto convertiría a Berlín en un faro, tal y como lo es ahora Nueva York

Volvemos a Alemania. ¿En la Fundación Rosa Luxemburg se ha acuñado el concepto de «proyectos de entrada» (Einstiegsprojekte) como primer paso hacia un cambio social fundamental? ¿De qué se trata?
Me gustaría ilustrar este concepto con el ejemplo del movimiento de inquilinos en Berlín. Intentamos combatir de forma muy práctica la especulación inmobiliaria y, al mismo tiempo, encontrar formas de abordar y criticar cuestiones estructurales de distribución y propiedad. Empezamos con una aplicación desarrollada por la Fundación Rosa Luxemburg y el grupo parlamentario del Bundestag, en la que puedes introducir tus condiciones de alquiler. La aplicación te indica si hay especulación inmobiliaria o no, y te pone en contacto directamente con la oficina de vivienda. Funciona de maravilla. Luego, en el ámbito de los alquileres, se trata de demandar y aplicar una regulación más estricta: la obligación de que los grandes arrendadores destinen un porcentaje determinado de sus viviendas a viviendas de protección oficial. Esto es conforme a la Constitución y no cuesta nada.

¿Qué más se ha puesto en marcha?
Otro aspecto es la instauración inmediata del límite de alquileres para las empresas de vivienda de propiedad estatal, esto no resuelve el problema de raíz, pero reduce considerablemente la presión sobre los alquileres. Y, por último, se trata de conseguir que se haga cumplir el referéndum de Berlín sobre la expropiación de la empresa de viviendas Deutsche Wohnen & Co. Son medidas iniciales que suponen mejoras concretas e inmediatas para la mayoría y, al mismo tiempo, allanan el camino hacia cambios estructurales sociales más profundos.

En septiembre de este año hay elecciones regionales en los Estados federados de Sajonia-Anhalt y de Berlín. ¿Cuáles son los retos para Die Linke en este contexto?
En Sajonia-Anhalt, donde el presidente regional del AfD aspira a gobernar en solitario, somos el contrapunto a la CDU, actualmente en el poder, y al AfD. Todavía no creo que este vaya a obtener la mayoría absoluta, ya que, según las encuestas, la mayoría de la población del Estado federado no quiere al AfD en el Gobierno. Por cierto, esto también se aplica a la mayoría de la base de miembros del AfD. Por otro lado, la CDU de Sajonia-Anhalt se caracteriza por su conservadurismo a ultranza. Hay fuerzas poderosas que llevan mucho tiempo abogando en pro de una colaboración con el AfD. Aunque el actual presidente regional, Schulze (CDU) se pronuncia en contra de la misma, ya ha dejado una puerta abierta, debido a que, según él, no se puede impedir que “los democráticamente falsos” voten a favor de una buena propuesta de ley. Oficialmente, sigue vigente la resolución de doble incompatibilidad tanto con Die Linke como con el AfD. Sin embargo, previsiblemente las dos fuerzas serán las únicas con las que se podrán forjar mayorías en el futuro parlamento de este Estado federado. Así que el CDU tendrá que decidirse.

¿Y qué oportunidades ofrece Berlín?
En Berlín, tras las elecciones de septiembre, quizá podamos tener por primera vez una alcaldesa de izquierdas. Esto convertiría a Berlín en un faro, tal y como lo es ahora Nueva York. Para ello, Die Linke necesita mucho apoyo por parte de los movimientos sociales y del sector progresista, el acercamiento a la gente en el día a día y la participación de cientos de miles de personas en la campaña electoral. El reto consiste en demostrar fehacientemente que es posible una forma de política totalmente diferente y, sobre todo, en hacer visibles alternativas concretas. Muchas personas encuentran nuestras ideas muy simpáticas, pero no creen que podamos llevarlas a cabo. De ahí que debemos demostrar que podemos marcar la diferencia realmente. Si pudiéramos difundir y reforzar nuestro concepto de una amplia alianza social como baluarte contra el fascismo y el neoliberalismo tardío, entonces podríamos atraer tanto al electorado indeciso como a aquellas personas que hasta ahora han votado al SPD o al Bündnis 90/Die Grünen. Se trata de formar un polo que quizá resulte atractivo también para los otros dos partidos mencionados, los cuales están un poco desorientados en este momento.

¿Por qué?
No lo digo con malicia, sino que realmente es un problema que el SPD se está derrumbando lentamente y que el partido verde no sepa si ahora deben gobernar lo antes posible con la CDU y renunciar a todo lo que alguna vez quisieron, o si deben intentar dar un giro a la izquierda. Nuestro partido opta por otro gobierno rojo-rojo-verde el Berlín, es decir una coalición entre SPD, Die Linke y Bündnis90/Die Grünen, esta vez bajo el liderazgo del partido La Izquierda. La gran pregunta es, por supuesto, ¿qué hará el SPD? ¿Será capaz de recomponerse? Hay muchos problemas en Berlín cuyas soluciones pueden contar con un amplio consenso.

Los precios de la energía deben subir para que exista un incentivo a consumir menos, pero la satisfacción de las necesidades básicas debe ser gratuita o muy barata

Mario, te defines a ti mismo como ecosocialista. Explícanos lo qué para tí se entiende por “política de clase ecológica” (ökologische Klassenpolitik).
En este ámbito, Alemania fue pionera durante años. Basta con pensar en la fundación del partido Los Verdes al comienzo de los años 1980, que ya entonces reunía en sus estatutos fundacionales la ecología, el socialismo y el antimilitarismo. Toda Europa tenía los ojos puestos en ello. Y hasta hoy sigue existiendo en este país una amplia conciencia en materia de ecología y, desde hace algunos años, también en relación con las repercusiones (también sociales) de la catástrofe climática, y ello independientemente de la estrategia de las fuerzas dominantes de relegar o instrumentalizar estas cuestiones. Esta conciencia no desaparece de la noche a la mañana. Hoy Die Linke aspira elaborar una política de clase amplia que integra todos estas temáticas cruciales para el futuro de la sociedad y del planeta. No el centralismo de la vieja contradicción principal, sino como un enfoque atractivo que, por un lado, analiza cada tema también desde una perspectiva de clase y que, por otro lado, hace que ésta última constituya precisamente el elemento aglutinador con respecto a los demás ámbitos temáticos.

¿Nos das un ejemplo de ello?
Tomemos, por ejemplo, la necesaria superación de las estructuras patriarcales. Nuestro enfoque va más allá de las luchas por el reconocimiento que muchas veces terminaron con la integración de los movimientos sociales en el neoliberalismo —aunque somos conscientes de que la igualdad de derechos también se ha conquistado y no es una mera concesión por parte del capital. Pero en nuestro enfoque de plantear la cuestión de género desde una perspectiva de política de clase no es nuestro principal interés que haya el mayor número posible de mujeres en los consejos de administración corporativos. En cambio, queremos dejar claro que es el ámbito de la reproducción social el que está sufriendo más las actuales luchas de clases desde arriba: las mujeres en profesiones tradicionalmente femeninas, las familias monoparentales, los y las menores de edad, etc. Esta disyuntiva concierne también a la ecología, ya que se puede estar a favor de una modernización ecológica sin ninguna política social, sin tener en cuenta la reproducción social. Allí queremos, por el contrario, que la política ecológica apunte al mismo tiempo a una mejora social. Esto empieza con la reconversión de la industria. Toda transformación socioecológica real requiere una enorme ampliación de las infraestructuras societales, también porque el trabajo de cuidados es mucho menos perjudicial que el consumo de bienes que desperdicia recursos. Su ampliación proporcionaría al mismo tiempo una base social para que las personas reduzcan su ansiedad, ya que se garantizaría la satisfacción de las necesidades básicas y se crearía más soberanía en el uso del propio tiempo vital.

¿Bienestar en el tiempo? ¿Lo puedes explicar con más detalle?
Se trata de aumentar el “tiempo propio” reduciendo la presión de tener que compensarlo todo constantemente mediante el consumo, porque si existiera una infraestructura social pública, nadie tendría que temer costes desorbitados en alquiler, salud, educación o energía; la reducción de la jornada laboral daría más tiempo para el cuidado no remunerado de los demás y de uno mismo, o para el compromiso con la comunidad. Estas orientaciones deben ir acompañadas de reformas concretas, por ejemplo, en materia de energía. Por supuesto, los precios de la energía deben subir para que exista un incentivo a consumir menos, pero la satisfacción de las necesidades básicas debe ser gratuita o muy barata; sin embargo, quienes consumen mucho —y nunca es la gente con menores recursos— lógicamente deberán pagar el recargo correspondiente. Esto sí sería una “política de clase ecológica”, en la que se elimine el miedo de las grandes mayorías mediante una agenda de política social con un enfoque socio-ecológico.

Dada la enorme magnitud de la crisis, ¿existe aún tiempo para políticas de reforma o debería haber algo completamente diferente?
Hemos visto que las reformas incrementales dentro del capitalismo ya no son suficientes. Lo comprueban las numerosas reformas aprobadas por los variados gobiernos de coalición en Alemania. Ahora se precisan respuestas más abarcadoras si queremos afrontar la profunda crisis de la reproducción social y aliviar el enorme agotamiento de la gente, esa rueda de hámster que los individuos llegan al límite de sus propias capacidades y aún así ya no pueden pagarse la vida. A esto se suman las catástrofes ecológicas en ciernes. Todos estos retos exigen dar un paso audaz en otra dirección.

Por lo tanto, necesitamos una alternativa socialista que plantee la cuestión del poder en lo que respecta a la distribución de la riqueza y el control de los recursos: ¿es posible transmitir esto hoy en día?
Personas como Corbyn en Gran Bretaña y Sanders en EEUU han conseguido que el término “socialismo” sea otra vez aceptable. Precisamente en Alemania esto resultaba difícil, pero últimamente se ha puesto de moda hablar de socialismo, sobre todo entre las personas jóvenes. Prueba de ello es el interés que suscita todo lo que publicamos sobre el tema. De alguna manera, la gente se está dando cuenta de que ya no se puede seguir con el business as usual. Aquellos que no se inclinan hacia la extrema derecha buscan una alternativa que sea más que unas cuantas buenas propuestas de reforma social. Y eso puede ser precisamente un socialismo verde inclusivo o un ecosocialismo, da igual cómo se llame. Se trata de una política que une, que plantea cuestiones de propiedad, cuestiones sobre el género humano en la naturaleza y las de una economía verdaderamente orientada a las necesidades. Todo esto requiere desmantelar los mecanismos de funcionamiento de la sociedad accionados casi exclusivamente por el interés del capital, poner en primer plano la planificación societal y ampliar la democracia formal parlamentaria y política hacia una democracia económica real que abarca tanto el ámbito cercano como por ejemplo el control real de las grandes corporaciones.

¿Y con respecto a la crisis climática?
En lo que respecta a la transformación ecológica, esto significa no solo reorientar las estrategias de ganancia empresariales, sino orientar la producción hacia valores de uso socioecológicos determinados por la sociedad, y quitarle a la gente el miedo al cambio, e incluso despertar en ella el deseo de un cambio emancipador. 

Ahí llegamos también al cuestionamiento del modo de vida imperial y a la estrategia de un modo de vida solidario, en el que las capas privilegiadas del mundo ya no vivan en perjuicio de los demás y de la naturaleza.
Sí, en última instancia, se trata también de la abolición de los privilegios, de la transformación de una Europa que sigue basándose en el neocolonialismo; una Europa que ahora, bajo un manto verde, explota los recursos mundiales restantes a través del neoextractivismo. Ese es el problema del capitalismo verde. Estos temas son igual de importantes e imprescindibles para un ecosocialismo que se tome en serio. Ahora bien, representan un enorme desafío, ya que fácilmente abruman a las mayorías que primero piensan en cómo arreglárselas en el día a día. Esto no quita el hecho de que queremos y debemos cambiar el modo de vida dominante, que carece de solidaridad y es hostil a la vida en muchos aspectos.

Entonces, ¿tenemos que llegar a una especie de socialismo de decrecimiento?
En esencia es eso. Para la transformación socioecológica, algunos sectores productivos deben reducirse y otros crecer. En general, se trata de reorientar toda la economía hacia las relaciones humanas, para lo cual se necesita no solo el mencionado “bienestar en el tiempo”, sino también una infraestructura societal basada en materiales y recursos lo más renovables posible. Para construir viviendas de protección oficial habría que evitar el cemento, uno de los productos más perjudiciales para el medio ambiente que existen en el mundo. Todo ello significaría que, en términos absolutos, consumiríamos muchos menos recursos y materiales, y que estos se obtendrían o se producirían sobre la base de un orden económico y comercial internacional justo. Hace tiempo que existen conceptos y propuestas inteligentes al respecto, tanto en lo que se refiere a la extracción de materias primas como a la mano de obra del Sur Global. Todo lo contrario a lo que hace la UE en este momento. Con sus directivas ómnibus quiere eliminar lo logrado hasta ahora en materia de ley de cadenas de suministro, control, participación social de las comunidades indígenas y, por supuesto, precios justos. La actual estrategia del capital en Europa y en otros lugares se resume en lo siguiente: la eliminación de todos los estándares sociales, ecológicos y democráticos a nivel mundial.

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