Opinión
Impune, posible y ejemplar: la violencia machista como advertencia colectiva
En los últimos años, cada vez que leo una noticia sobre un feminicidio, una violación, una agresión sexual, el arrancamiento de una criatura y demás, algo se me revuelve en el cuerpo. No es solo rabia o tristeza, sino una reacción física inmediata. No lo vivo como algo que le ha ocurrido a otra mujer, sino como una agresión encarnada. Recuerdo, por ejemplo, la protesta de Femen en la que un hombre agarró el pecho de una activista ante las cámaras: mi reacción no fue solo de indignación política, sino de asco, un asco profundo, como si esa mano no estuviera sobre su cuerpo, sino sobre el mío.
Esta sensación no es solo mía. La reconozco en conversaciones con mujeres cercanas y en espacios de activismo feminista. Hay algo que ha cambiado en la forma en que nos atraviesa la violencia machista: ya no se observa a distancia, se vive como una ofensa directa, como algo que nos concierne en primera persona. No porque compartamos la misma experiencia, sino porque hemos dejado de leer estos hechos como excepciones. Entendemos —en el cuerpo antes que en la teoría— que no se trata de errores aislados, ni de excesos puntuales, ni de desviaciones individuales, sino de una lógica que nos incluye.
De los relatos individuales a la comprensión sistémica
Desde ahí nace esta reflexión: desde la experiencia compartida de una violencia que no siempre se ejerce directamente sobre nosotras, pero que se instala como clima, como amenaza y como desgaste. La convicción de que no estamos ante una suma de casos, sino ante un sistema, obliga también a nombrar uno de sus pilares fundamentales: la impunidad.
Durante mucho tiempo, la violencia machista se explicó como una acumulación de historias individuales. Incluso cuando se reconocía su dimensión estructural, la narrativa pública seguía operando bajo una lógica de excepcionalidad: este caso es especialmente grave, aquí hubo un exceso. Ese marco ya no alcanza para explicar lo que ocurre hoy. No porque la violencia machista sea nueva —obviamente no lo es— sino porque estamos asistiendo a una transformación en la forma de comprenderla. Ya no como una sucesión de episodios, sino como un sistema que produce daño de forma continuada, incluso cuando no hay una agresión inmediata en curso.
La violencia machista no opera solo en el momento del golpe o de la violación. Opera en el clima que genera: en la vigilancia constante, en la anticipación del peligro y en la certeza de que el sistema rara vez protege a quienes denuncian
La violencia machista no opera solo en el momento del golpe o de la violación. Opera en el clima que genera: en la vigilancia constante, en la anticipación del peligro y en la certeza, cada vez más extendida, de que el sistema rara vez protege a quienes denuncian y, en cambio, absorbe esta violencia y la reproduce mediante la impunidad de quienes la ejercen.
La socióloga feminista Liz Kelly formuló el concepto de continuum de la violencia sexual —también denominado terrorismo sexual cotidiano— para señalar que la violencia contra las mujeres no puede entenderse como una suma de hechos aislados, sino como una acumulación sostenida de experiencias, advertencias, silencios y castigos que condicionan la vida cotidiana. Desde este marco, la violencia no se limita a la agresión concreta, sino que incluye la expectativa razonable de que puede repetirse. El miedo, por tanto, no es una reacción desproporcionada ni una patología individual, sino una lectura adecuada del contexto social.
Lo que se ha intensificado en los últimos años no es tanto la violencia en sí como su visibilidad como patrón. Casos que antes se leían como excepcionales empiezan a aparecer conectados, y, con ello, se rompe la idea de que el daño pertenece solo a quien lo sufre directamente. Reconocer esa lógica compartida transforma la experiencia del dolor: deja de percibirse como ajena y pasa a entenderse como parte del mismo sistema que atraviesa a todas.
La violencia como producción de poder e impunidad
La antropóloga Rita Segato ha insistido en que la violencia machista no es solo una expresión de odio o de descontrol, sino una demostración de poder. En muchos casos, la agresión no ocurre a pesar de la impunidad, sino como exhibición de la impunidad. El mensaje no va dirigido únicamente a la víctima, sino al conjunto de la sociedad: señala los límites de lo tolerado y de lo permitido. Desde esta perspectiva, la impunidad no es un fallo accidental del sistema, sino uno de sus mecanismos de funcionamiento.
Frente al relato de que la denuncia “le destroza la vida” al agresor, lo habitual es que quienes continúan con su vida sean ellos, mientras las mujeres cargan con el estigma, el desgaste y la salida del espacio público
Cuando hablamos de impunidad, a menudo se piensa únicamente en la falta de castigo penal, pero esa es solo una de sus capas. La impunidad opera en distintos niveles. Existe una impunidad legal, expresada en procesos largos y hostiles, archivos, absoluciones o resoluciones tardías que convierten la denuncia en una nueva forma de violencia. Existe también una impunidad social y reputacional: incluso cuando hay sanción, el reparto de consecuencias suele ser profundamente desigual. Frente al relato de que la denuncia “le destroza la vida” al agresor, lo habitual es que quienes continúan con su vida sean ellos, mientras las mujeres cargan con el estigma, el desgaste y la salida del espacio público.
La filósofa Kate Manne denomina himpathy a esta simpatía estructural hacia los hombres acusados, que desplaza el foco del daño causado al supuesto daño de la denuncia. A ello se suma la impunidad institucional y política, cuando discursos públicos minimizan la violencia o apelan a no “desprestigiar” a hombres poderosos, reforzando la idea de que hablar tiene un coste. Y, finalmente, la impunidad cotidiana, que se expresa en prácticas normalizadas, como compartir imágenes íntimas sin consentimiento o acosar, con la expectativa razonable de que no habrá consecuencias reales.
Casos que muestran el patrón
En el Estado español, los ejemplos son numerosos y reiterados. El caso de Nevenka Fernández mostró de forma temprana cómo, incluso cuando existe una condena judicial, el coste de la violencia se redistribuye de manera profundamente desigual. Años después, Ismael Álvarez pudo volver a presentarse a elecciones municipales y obtener representación política, mientras ella quedaba fijada públicamente al daño sufrido y a la necesidad de rehacer su vida lejos.
Casos más recientes refuerzan esta misma lógica. La trayectoria judicial de Dani Alves, la sanción limitada y el recorrido posterior de Luis Rubiales, o la defensa pública de Julio Iglesias por parte de responsables políticos muestran un esquema recurrente: una penalización puntual, en algunos casos intensa a nivel mediático, seguida de una continuidad vital prácticamente intacta para ellos. La violencia no termina con la sentencia, ni siquiera con la condena. Continúa en el mensaje social que se envía: se puede atravesar una acusación por violencia sexual sin grandes alteraciones estructurales en la propia vida.
El caso de Jeffrey Epstein remite a una lógica de clase y de género en la que hombres con enormes concentraciones de riqueza y poder van desplazando progresivamente los límites de lo admisible
Este esquema no puede leerse como un fenómeno aislado ni circunscrito a un contexto concreto. Cuando se observa en una escala más amplia, se hace especialmente visible en los cruces entre poder económico, poder político y jerarquías de género. El caso de Jeffrey Epstein no es solo el de un individuo concreto, sino el de un entramado social mucho más amplio. Remite a una lógica de clase y de género en la que hombres con enormes concentraciones de riqueza y poder —procedentes de la especulación financiera, de la geopolítica o de la industria de la guerra— van desplazando progresivamente los límites de lo admisible.
En ese proceso, las transgresiones no son accidentales. Los cuerpos de niñas y mujeres pobres aparecen como territorios disponibles precisamente porque ocupan posiciones de vulnerabilidad estructural. No son daños colaterales ni excesos imprevisibles: forman parte de una lógica en la que se asume, de antemano, que no habrá consecuencias reales, que el sistema no activará mecanismos de justicia ni de reparación, y que la violencia quedará absorbida sin afectar a quienes la ejercen.
Los documentos y archivos vinculados a Epstein no describen únicamente conductas delictivas individuales. Permiten observar cómo funcionan las élites en los contextos occidentales: redes de silencio, pactos implícitos, lealtades cruzadas y dispositivos de protección mutua que sostienen un orden social presentado como legítimo y democrático. En ese sentido, la impunidad que se desprende de estos casos no solo actúa retrospectivamente, cubriendo el daño ya producido, sino que opera de forma prospectiva: señala que los límites son franqueables, que la violencia puede probarse, ampliarse y reiterarse, y que el sistema cuenta con la capacidad necesaria para neutralizar sus efectos.
Ahora bien, reducir esta lógica a los excesos de las élites sería un error. La impunidad no nace únicamente en las cúpulas del poder. La masculinidad, en sociedades patriarcales, ya constituye una posición de ventaja estructural. Incluso fuera de los grandes focos mediáticos o internacionales, ser hombre supone un acceso diferencial a la credibilidad, a la presunción de inocencia y a la continuidad de la propia vida social. Desde ahí se despliega una impunidad cotidiana, menos visible pero persistente, que permite transitar la violencia —o sus márgenes— con la expectativa razonable de que las consecuencias serán leves, negociables o desplazadas a otros cuerpos.
Los grandes casos no contradicen esta lógica: la amplifican. Cuanto mayor es el capital económico, político o simbólico, más explícita y obscena resulta la impunidad. Pero el mecanismo es el mismo que opera a escala cotidiana: la certeza de que el daño puede ser absorbido y de que la vida propia continuará. La violencia no se ejerce solo porque el sistema falle, sino porque el sistema ofrece un suelo suficientemente estable para hacerlo.
La violencia machista y la impunidad como sistema producen estrés sostenido, hipervigilancia y una quiebra profunda de la confianza, no solo en los vínculos íntimos, sino también en el espacio público y en las instituciones. No se trata de una percepción subjetiva, sino de una condición estructural de inseguridad que se instala en los cuerpos y condiciona la forma de estar en el mundo.
Violencia sexual
Elisa Mouliaá retira la acusación contra Errejón: “Nadie debería cargar sola con algo así”
Para comentar en este artículo tienes que estar registrado. Si ya tienes una cuenta, inicia sesión. Si todavía no la tienes, puedes crear una aquí en dos minutos sin coste ni números de cuenta.
Si eres socio/a puedes comentar sin moderación previa y valorar comentarios. El resto de comentarios son moderados y aprobados por la Redacción de El Salto. Para comentar sin moderación, ¡suscríbete!