Análisis
Franqueza y falsedades: la guerra simbólica de Trump contra Venezuela

En la variable simbólica y comunicacional de la agresión contra Venezuela, Donald Trump aplica una mezcla diabólica: sinceridad extrema respecto a sus objetivos imperialistas y ramplonas mentiras para desprestigiar a los adversarios.
Nicolás Maduro durante la campaña electoral de mayo de 2018
Nicolás Maduro durante la campaña electoral de mayo de 2018. Foto: Presidencia de Venezuela
Caracas (Venezuela)
6 ene 2026 06:00

El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, luego de bombardear Caracas y otras localidades venezolanas, aterrorizar a la población, matar a varias decenas de personas, secuestrar al presidente Nicolás Maduro y a su esposa, Cilia Flores, ha dicho, con una sinceridad espeluznante, que se propone “tomar el control del país”, desde el punto de vista político y apoderarse del petróleo y otras riquezas minerales. 

Trump parece determinado a demostrar, mediante su invasión a Venezuela, que EEUU, bajo su conducción, volverá a ser la potencia que fue desde finales del siglo XIX y casi todo lo largo del XX, cuando forjó su papel de imperio mediante el saqueo de recursos naturales, el injerencismo político descarado y la alianza con los sectores más oscuros de las oligarquías y los ejércitos de los países sometidos.

Pero esa franqueza brutal va mezclada con las falsedades típicas de una confrontación política o geopolítica. Por ejemplo, no desperdicia oportunidad para afirmar que la ahora presidenta encargada, Delcy Rodríguez, colaboró con la defenestración de Maduro y está dispuesta a cumplir sus órdenes, a ser una especie de títere de EEUU.

Esta intriga tiene varios propósitos. Busca hacer ver que con el fugaz bombardeo y el secuestro de Maduro y Flores se logró el tan cacareado cambio de régimen, porque ya la persona al mando está bajo sus órdenes, lo que dista mucho de la realidad, pues si algo quedó claro luego de este sangriento y bárbaro episodio es que el chavismo sigue teniendo el control institucional civil y militar, así como la organización popular del país.

Quienes pensaron que apresando a Maduro causarían la desintegración inmediata de la Revolución Bolivariana incurrieron en un craso error. La demostración de fuerza y tecnología bélica fue contundente, pero 17 horas después del ataque y el secuestro, ya la vicepresidenta había recibido la instrucción del Tribunal Supremo de Justicia (Poder Judicial) para asumir la jefatura del Estado (Poder Ejecutivo), con el apoyo de los otros tres poderes públicos estipulados en la Constitución venezolana (Legislativo, Ciudadano y Electoral) y de la Fuerza Armada Nacional Bolivariana, factor clave en cualquier maniobra golpista.

Al perfilar a Delcy Rodríguez como traidora, Trump procura romper la unidad del sector revolucionario. Es decir, que con la infamia intenta lograr lo que no consiguió con el terror de las bombas y misiles

El gobierno, en rigor, no ha cambiado. Solo hay una suplente en el palacio presidencial, pero no es una figura de la oposición —como lo habían imaginado los partidarios de la acción armada— sino quien ha sido la vicepresidenta de Maduro desde mediados de 2018. Y ante ese giro, para muchos frustrante de la hostil embestida estadounidense, nadie en Venezuela salió a protestar. Por el contrario, miles de personas han participado en los actos de repudio a la agresión y el secuestro del presidente.

Otro objetivo de las insinuaciones de Trump es sembrar cizaña. Al perfilar a Rodríguez como traidora, procura romper la unidad del sector revolucionario. Es decir, que con la infamia intenta lograr lo que no consiguió con el terror de las bombas y misiles.

El secretario general del Partido Socialista Unido de Venezuela, Diosdado Cabello, alertó el domingo sobre estas estratagemas. “No caigamos en el juego del enemigo, la unidad revolucionaria está más sólida que nunca”, dijo el también ministro de Interior, Justicia y Paz, figura fundamental e histórica del movimiento bolivariano.

Analistas políticos de diversas tendencias han interpretado este atípico desenlace de un capítulo tan violento como la prueba de que EEUU entiende que el chavismo sigue siendo el factor de poder más significativo de Venezuela y que pretender establecer, de entrada, un gobierno a cargo de figuras de la derecha o ultraderecha implicaría desatar el caos. Esa sería la razón principal por la que Trump descartó, en su primera rueda de prensa tras el ataque, que María Corina Machado pudiera ser entronizada como mandataria de facto. “Es simpática, pero no tiene el control ni el respeto del país”, sentenció Trump.

Rodríguez: directa, pero diplomática

En la batalla simbólica, Rodríguez también ha sido directa. Desde su primera intervención, aún en medio de los momentos más críticos, expresó que “el único presidente es Nicolás Maduro” y exigió una fe de vida cuando se supo públicamente que estaba cautivo de EEUU.

Esta línea firme de la presidenta encargada, obviamente, no le gustó a Trump, quien de inmediato procedió a hacer lo que más le gusta: la amenazó. En una entrevista radial dijo que si Rodríguez no acata sus órdenes, le espera un castigo aún peor que el recibido hasta ahora por Maduro. Otra demostración de quien gobierna su país —y pretende gobernar al mundo entero— con el estilo de un gánster.

Ya antes, en la rueda de prensa que realizó él sábado para ufanarse de su victoria, había advertido que si el relevo de Maduro no se comportaba según las aspiraciones de él, habría otra oleada de ataques contra el país. Es la desembozada expresión de su Doctrina Monroe repotenciada: imperar mediante la fuerza de su ejército y al margen del derecho internacional.

La presidenta encargada ha declarado, en tono diplomático, que Venezuela está dispuesta a conversar y establecer negocios con EEUU, siempre dentro del marco del respeto mutuo. 

En las redes sociales, algunos chavistas radicales han considerado esto como una señal de debilidad, teniendo en cuenta que se refiere a un país que acaba de bombardear a Venezuela y llevarse secuestrado al presidente y a la primera dama. Otros partidarios de la revolución, como el escritor y periodista José Roberto Duque, han hecho una observación muy pertinente: Rodríguez habla como lo haría el familiar de un rehén al comunicarse con su secuestrador, o como una persona que tiene una escopeta apuntándole a la nuca.

Antecedentes de Trump sobre el petróleo

Con la invasión, bombardeo y secuestro ejecutados por las fuerzas militares de EEUU, Trump mostró su determinación de llevar a la práctica lo que ha proclamado en estridentes declaraciones previas: apropiarse del petróleo venezolano, bajo el pendenciero argumento de que pertenece a empresas estadounidenses que, según su punto de vista, fueron robadas por el Estado venezolano mediante actos de nacionalización.

Trump dispara así, nuevamente, al núcleo de la soberanía de los Estados-nación del continente americano. Ya lo había hecho al plantear el retorno a manos de Washington del canal de Panamá, alegando que fue construido por empresas estadounidenses. Del mismo modo, sostiene que la industria petrolera existente en Venezuela fue montada por firmas de su país.

Tal enfoque desconoce, arbitrariamente, la legislación nacional de Venezuela, que reserva al Estado la explotación y comercio de los hidrocarburos y establece un sistema de concesiones para permitir el trabajo de empresas extranjeras del ramo.

Trump dispara así, nuevamente, al núcleo de la soberanía de los Estados-nación del continente americano. Ya lo había hecho al plantear el retorno a manos de Washington del canal de Panamá

También criminaliza los procesos de nacionalización que se han llevado a cabo en el país. El primero de ellos hace ya medio siglo, a cargo del presidente socialdemócrata Carlos Andrés Pérez, en el que la República pagó sustanciosas indemnizaciones a las transnacionales. El segundo, liderado por Hugo Chávez, se hizo mediante una reforma sustancial a la Ley Orgánica de Hidrocarburos y constituyó, básicamente, una reconfiguración de la relación con las transnacionales, que ahora solamente pueden operar en Venezuela como socios minoritarios del Estado en empresas mixtas. 

Varias de las firmas extranjeras que ya explotaban petróleo en el país para la fecha de esa reforma, se avinieron a la nueva modalidad y siguieron extrayendo y comercializando crudo, siendo el caso más notable el de Chevron. Otras, como ExxonMobil y Conoco-Phillips, se negaron y demandaron al Estado venezolano ante tribunales internacionales. ExxonMobil, que tienen gigantescas operaciones en la plataforma marítima en disputa entre Venezuela y Guyana, ha sido una de las enemigas más formidables del chavismo y, según se sospecha, ha financiado a los líderes más extremos de la oposición.

Antes del bombardeo y el secuestro del presidente y la primera dama, Trump había ordenado otros actos de fuerza, como el robo en alta mar de tanqueros que transportaban crudo venezolano.

El rol de Maduro

En la batalla simbólica y comunicacional entre el desaforado Trump y la presidenta encargada, Rodríguez, aparece la figura del mandatario secuestrado, quien será juzgado en Nueva York por un cúmulo de temerarias acusaciones. 

Maduro, que había sido un rival indoblegable para Trump, pasó los últimos días de 2025 con un reiterativo llamado a la paz. Utilizando un rudimentario inglés, acuñó la frase: “No war, yes peace”, que fue musicalizada y viralizada en redes sociales.

Durante su traslado a la prisión en EEUU, ha aprovechado los pocos segundos que ha tenido de aparecer ante cámaras de medios de comunicación o de teléfonos particulares para mostrarse sereno, risueño y cordial. Algunos de sus gestos y ademanes también se han viralizado. Por ello no es exagerado afirmar que se ha convertido en el preso más célebre de EEUU y quizá del mundo.

Observadores estadounidenses advierten que Trump se verá obligado a restringir la presencia de Maduro ante cualquier medio de comunicación, incluso durante el írrito juicio al que le someterán. Aseguran que el plan del mandatario estadounidense es utilizar este proceso judicial como pantalla para apaciguar su escándalo personal por el caso de la isla de Epstein. Pero el carisma de Maduro podría convertir ese propósito en un bumerán.

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