Manuel Delgado: “Sea en nombre de la cultura o del cambio climático, reformar la ciudad es expulsar”

Este antropólogo y experto en urbanismo polemiza sobre la apropiación de las ciudades por parte de una élite que recurre a discursos morales para convertir el espacio urbano en el gran negocio del presente.
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Manuel Delgado lleva cuatro décadas enseñando y divulgando sobre Antropología Urbana. Jaime Pérez Rivero
@MartinCuneo78
@martincuneo.bsky.social
14 oct 2026 06:00

De Buenos Aires a Madrid, pasando por Viena, São Paulo y, por supuesto, su Barcelona, el antropólogo, pensador y escritor Manuel Delgado (1956) ha recorrido ciudades de todo el mundo con “mirada de turista”. Una mirada contaminada, dice con sorna, por el “tono sofisticado, unos pies de página y unas referencias bibliográficas” que dignifican unas conclusiones que cualquier paseante puede sacar. Las ciudades se han convertido en máquinas de expulsión masiva, en productos, y sus habitantes en clientes y, a la vez, en productores de una imagen que excluye a todos aquellos que desentonan con el modelo. Cualquiera que pasee por sus calles puede verlo, pero él lleva cuatro décadas investigando la transformación de las ciudades a través de su trabajo en la universidad, decenas de libros y su participación en observatorios urbanos.

A escasos metros de una Puerta de Sol tomada por más de mil tiendas de campaña, este catedrático emérito de la Universitat de Barcelona, profesor de Antropología Religiosa y Antropología Urbana, analiza la importancia del conflicto como creador de vida en las ciudades y el papel de la esperanza, el pesimismo y la utopía en un mundo donde aceptar la derrota parece ser la única vía para organizar respuestas colectivas. 

Autor de Ciudad líquida, ciudad interrumpida (1999), La ciudad mentirosa (2007) o El espacio público como ideología (2011), entre una larga lista de obras sobre el espacio público y la construcción de identidades colectivas en contextos urbanos, Manuel Delgado acaba de publicar Todas las ciudades están poseídas. Repertorios morales de la apropiación capitalista de los espacios urbanos (Capitán Swing, 2026). En esta obra, Delgado reflexiona sobre los argumentos morales del gran capital para justificar la apropiación de las ciudades.

Has llegado aquí a Madrid en un momento muy especial. ¿Has paseado por Sol?
Sí.

¿Y qué te pareció?
Viví el 15M en Barcelona y estuve acampado. Allí dormía y allí di clases. Incluso acompañé a aquellos que fueron a protestar delante del Parlament. Cuando salimos de aquella especie de feria medieval que habíamos montado, nos cayeron palos. Aquí he visto lo mismo, mucha gente, y he pensado que igual ha servido de alguna cosa, desde luego, más que no hacer nada. Lo que ocurre es que a veces te vuelves escéptico de una forma natural, casi automática, y en este caso, viendo lo que resultó de aquel 15M, el temor es que pase lo mismo.

Una cosa es el pesimismo y otra cosa muy distinta la pasividad. Una cosa es que tengas la impresión de que no hay nada que hacer y otra cosa es que no haya que hacer nada

¿Crees que el 15M no sirvió de mucho?
El 15M fue la culminación de una década de movimientos sociales, en buena parte orientados a la lucha por el derecho a la vivienda. Hay teorías que establecen que aquello fue el principio de algo. Yo pienso más bien que fue el final, en la manera en que acabó con una dinámica de combate social, con los intentos de institucionalización. 

En el libro reivindicas el pesimismo. ¿Qué tiene de bueno?
Una cosa es el pesimismo y otra cosa muy distinta la pasividad. Una cosa es que tengas la impresión de que no hay nada que hacer y otra cosa es que no haya que hacer nada. Son dos cosas muy distintas. El pesimismo es indispensable si quieres ser optimista. 

Has trabajado mucho el tema del conflicto como motor de la ciudad. ¿Lo que está pasando en Sol es el motor de la ciudad?
El conflicto es la sustancia constitutiva de la vida social, que se nutre de lo que la altera. Aplicarlo a los contextos urbanos, en el fondo, es inevitable. El conflicto no es una anomalía. Algunos quisieran que lo fuera, pero hay quienes pensamos que si no hay conflicto no hay vida.

Hablas mucho de las ideas del bien y el mal en torno a la ciudad, y el conflicto está entendido como algo a erradicar. ¿El conflicto es el mal o el bien?
Somos seres morales y, por tanto, tenemos ideas de lo que está bien y de lo que está mal. En este caso, desde el punto de vista de quienes quisieran ver una ciudad planificada, previsible, tranquila y tranquilizante, el conflicto es un problema, un problema en términos incluso mercantiles, porque tú no puedes vender una ciudad que sea conflictiva. 

Una ciudad que está exenta de lucha y de pasión es una ciudad de la que ha sido expulsada lo urbano. Desde el punto de vista de quienes la dirigen, la administran y se benefician de ella, lo urbano es en efecto el mal.

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En ‘Todas las ciudades están poseídas’ (Capitán Swing, 2026), Manuel Delgado explora las justificaciones morales del capital para privatizar las ciudades. Jaime Pérez Rivero

Hablando del mal y otros paralelismos, ¿la acampada de Sol está intentando exorcizar la ciudad o es el demonio?
Depende del el punto de vista que se sostenga. Obviamente, desde mi punto de vista, el conflicto es justamente lo que permite decir que las ciudades están vivas. Desde el punto de vista de quienes administran y obtienen de ella beneficios y plusvalías, es un problema. En el fondo, un toque de mal tampoco hace daño, porque en el fondo le da un cierto prestigio a la ciudad, como una ciudad inquieta, incluso un poco inquietante. Mientras la gente de Sol continúe acampada, la cuestión puede ser digerible. Otra cosa es que se les ocurra salir de Sol e ir por ahí enredando. 

Hoy existe un capitalismo verde que es capaz de llevar a cabo grandes operaciones inmobiliarias y urbanísticas, pero lo hace en nombre del bienestar de la humanidad

¿Qué sentido tiene el paralelismo que haces entre las ciudades, el urbanismo y la religión?
La religión es un fenómeno social, cuya función es legitimar las relaciones de poder, pero también de legitimar las formas de desobedecerlas. La religión tiene mala reputación, es verdad que ha servido para sostener el poder, pero también ha habido grandes movimientos sociales que han estado orientados por ideas místicas. La religión no es, se usa. La ciudad hoy se está vendiendo, se está mercantilizando a través de la inoculación de principios éticos abstractos que legitiman lo que en el fondo son miserables operaciones inmobiliarias, pero que permiten que el producto, nunca mejor dicho, aparezca adornado con esa carga de valores morales que lo hacen incontestable.

Vamos a seguir con este paralelismo. ¿Cuáles serían los dioses de esta ciudad?
Pues mira, no sé, la cultura, la participación, la lucha contra el cambio climático... Hoy por hoy existe un capitalismo verde que es capaz de llevar a cabo grandes operaciones inmobiliarias y urbanísticas, pero lo hace en nombre del bienestar de la humanidad, de salvar al planeta. Pero créeme, iniciativas del tipo de las superilles [manzanas verdes impulsadas por Ada Colau] en Barcelona, tienen esa función. La religión hace muchas más cosas que invocar a dioses. Y de pronto el suelo acaba siendo revalorizado. Y de pronto vivir en esa Arcadia en la que recuperamos el espíritu de la comunidad acaba siendo mucho más caro, y acaba expulsando a quienes vivían en ella. Sea en nombre de la cultura, de la participación o del cambio climático, al final, reformar es expulsar.

¿Y cuáles serían los templos de esta religión?
El papel que juegan en Barcelona el Macba, el Teatro Nacional, el Auditorio, que son grandes mamuts, es básicamente el mismo: imponerse sobre el territorio, elevarlo moralmente, de una forma u otra exorcizar el entorno y mantener a raya el demonio de lo urbano, que es lo que lo rodea, y lo que le da vida. Entras en uno de esos grandes contenedores culturales y ¿cuál es la moraleja? Que tu vida, la vida que transcurre ahí fuera, es una mierda que no vale nada.

¿Cuáles serían los ritos y la liturgia, las misas?
Las grandes exposiciones universales, las capitalidades culturales... En Barcelona hemos tenido este invento del Fórum de las Culturas. A quienes protestábamos en contra nos decían: “Pero ¿estáis en contra de la cultura?, ¿estáis en contra de la diversidad cultural, contra la paz universal?”. Y al final, mira, pues sí, estamos en contra de la paz universal, en contra de la cultura, porque en el fondo es una ficción. Aquello fue una operación inmobiliaria para reformar el litoral. Ese tipo de grandes acontecimientos son litúrgicos, están llenos de ceremonias.

Ahora vengo de La Mercè, la fiesta mayor de Barcelona. Fue un invento de 1902, unos meses después de una revuelta obrera tremenda. Era una forma de exorcizar eso. La fiesta de La Mercè la reinventó [el exalcalde del PSOE Pasqual] Maragall para generar algo que no existía, que es una especie de sentimiento patriótico sobre Barcelona, pensado y concebido para mantener a raya el poder de los barrios.

Antes has dicho que no se puede renovar sin expulsar. ¿Hay alguna forma de mejorar la vida de la gente en un barrio sin expulsarla?
No. Si tú, de pronto, llevas a cabo una actuación de mejora de un barrio, no vas a poder evitar que el espacio urbano acabe siendo más caro. Recuerdo manifestaciones contra la instalación de ascensores en la Barceloneta, víctima de un colosal mecanismo de turistificación, con gente en silla de ruedas, que decían: “¡Oye, no me arregles el barrio!”. 

Si no se puede renovar sin expulsar, ¿cuál es la política urbanística correcta?
Una que no sea inmobiliaria. Si mejoran tu barrio es que te van a echar. Es que es así.

Pero entonces, ¿cuál es la solución?
Yo qué sé. Es que me haces unas preguntas. ¿Cuál es la alternativa? La alternativa, básicamente, es desactivar la sociedad capitalista, pero de una forma inmediata eso no parece viable. 

Lo que habría que hacer es garantizar que la reforma de un barrio no repercute en el precio del suelo. Pero como eso no depende del ayuntamiento, sino del mercado, la cuestión queda automáticamente cortocircuitada. Lo ideal sería que no fuera el mercado quien determine el valor del suelo.

Ojalá hubiera una administración pública con una conciencia social, pero eso no existe. Como no existe, automáticamente, te vas a encontrar con la maldición, con que una reforma en tu barrio muy probablemente acabe con tu expulsión.

La alternativa es otro modelo de sociedad. Si crees que es posible redimir esta especie de máquina de depredar y entristecer que es el capitalismo, lo máximo que puedes obtener es clemencia

Decías en una entrevista que ya no hay políticas de urbanismo sino de marketing. ¿Hubo algún momento en el que hubo políticas urbanísticas al servicio de la gente?
Es posible que en una cierta época, en todos los países del mundo industrializado hubiera una preocupación social. Si fue así, incluso en el caso del franquismo, fue a causa del comunismo, que era percibido como una amenaza. Era indispensable inventar lo que llamamos Estado del bienestar. En cuanto esa amenaza desapareció, la bestia se vio desatada. Ahora estamos experimentando lo que se llama el giro espacial del capitalismo, que ha encontrado en las ciudades su principal fuente de recursos para obtener beneficios. 

¿Cómo se puede volver a hacer urbanismo para la gente?
La alternativa es otro modelo de sociedad. Si crees que es posible redimir esta especie de máquina de depredar y entristecer que es el capitalismo, lo máximo que puedes obtener es clemencia. Cierto tipo de nuevos municipalismos defienden que el capitalismo no es que sea malo, sino que tiene mal carácter, y que, en el fondo, se puede atemperar. Una ciudad al servicio del usuario, del ciudadano, únicamente es posible en otra sociedad. Yo no tengo ningún inconveniente en decirte que yo soy de izquierdas, y por tanto, creo que la alternativa es el socialismo.

Esa sociedad no será justa, ni igualitaria plenamente, siempre habrá algo “por que luchar”, como dice aquella canción de Julio Iglesias. Pero ahora mismo vivimos en una sociedad que no solo produce desigualdad y tristeza, es que vive de ella. 

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Manuel Delgado es fundador del Grup de Recerca sobre Exclusió i Control Socials (GRECS). Jaime Pérez Rivero

En su momento el modelo de Barcelona se presentó como un ejemplo y ahora mismo es una ciudad invivible en múltiples sentidos. ¿En qué momento se fastidió todo?
Barcelona había sido una ciudad popular, y todavía lo es en buena medida. Cuidado, seamos sinceros, todavía hay gente en la calle, aunque sea en un bar, que se reúne, y yo encuentro vida. Mi pesimismo es relativo, continúa habiendo calles. Ayer estuve paseando por Madrid por la noche. Había mucha gente, había vida, y eso para mí ya es una satisfacción, porque es en lo que confío. Había gente que iba a la suya, y que salía a pasear, o a tomar algo, cada uno por su cuenta, y hay gente fusionada en la Puerta del Sol, por tanto, cuidado, hay esperanza, porque hay gente en la calle, y la calle da mucho de sí. 

Ese espacio en que la gente comparte, habla, se comunica, experimenta la lucha y la pasión, ya es una pequeña utopía que se podría extender a nivel planetario. Sería lo deseable, pero es poco probable

Ahora bien, el problema justamente fue ese, cuando de pronto alguien decidió que Barcelona tenía que ser un modelo. Ahí sí que la fastidiamos. Porque si tú haces una ciudad modelo, ¿qué haces con la gente que no está a la altura del modelo? El modelo Barcelona implicó automáticamente la expulsión o el mantenimiento a raya de aquellos que no pudieran contribuir al modelo: no solo aquellos que fueran peligrosos, sino que, esencialmente, fueran feos y que, de una forma u otra, desentonaran con el paisaje de diseño de vanguardia que estaban creando. Tengo tres hijas que se han tenido que ir de su barrio. Aquí no hay ningún misterio teórico ni ninguna especulación filosófica. Es que nos echan, tú; es que nos echan.

En el libro hablas mucho de utopías y cómo muchas veces toman forma de ciudad. ¿Qué nos dice del mundo que las utopías más poderosas del presente estén impulsadas por los hombres más ricos del mundo?
Hay otras utopías. La gente de la Puerta del Sol cree en otra utopía. Esto es una ironía y te pido que la subrayes: son tontos. Seguramente no se dan cuenta hasta qué punto es inútil, pero no puedo hacer sino expresar mi simpatía, porque esa utopía imposible es la que yo comparto. Ahora, esa gente encarna la utopía. La Puerta del Sol ya es una utopía. Ese espacio en que la gente comparte, habla, se comunica, experimenta la lucha y la pasión, ya es una pequeña utopía que se podría extender a nivel planetario. Sería lo deseable, pero es poco probable. Yo creo en esa utopía. Es mentira, no creo en esa utopía, pero eso no hace que deje de perseguirla.

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