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Los nuevos ropajes del capitalismo (Parte II)

En esta segunda entrega de la crítica del libro de Shoshana Zuboff The Age of Surveillance Capitalism, Evgeny Morozov también salda cuentas con Toni Negri y las concepciones de los autonomistas italianos sobre el tecnocapitalismo.

Traducción de Ekaitz Cancela

publicado
2019-03-10 07:00:00

VIII. ¿Qué ha sido de estas teorías en 2019? El mayor desafío para los italianos ha resultado ser la dificultad de implementar su utopía de autoempoderamiento colectivo a través de instituciones horizontales, descentralizadas y no estatales. Si bien las policlínicas o escuelas autogestionadas resultaron fáciles de imaginar, especialmente en 1970, ¿cómo se supone que podría existir una inteligencia artificial o una infraestructura de computación en la nube autodirigida, especialmente en ausencia de un impulso prolongado por parte del Estado que durante tanto tiempo ha sido despreciado? Y, en ausencia de una infraestructura informática dirigida por los ciudadanos, ¿de qué serviría una escuela autogestionada que dependiera totalmente de Google?

La premisa clave en la teoría de los autonomistas italianos —que el capital se estaba convirtiendo en algo externo al trabajo, permitiendo a los trabajadores cognitivos empoderados, ahora dispersos a través de la fábrica social, valorizarse a sí mismos— parece cada vez más cuestionable. La concepción sobre los tecno-capitalistas de los autonomistas, quienes los muestran como rentistas pasivos y gorrones, es difícil de conciliar con las grandes inversiones multimillonarias de capital llevadas a cabo por los gigantes tecnológicos de la actualidad. Si estos son los rentistas, ¿quiénes son los capitalistas?

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Los nuevos ropajes del capitalismo (Parte I)

Evgeny Morozov realiza en este texto, publicado en dos entregas, una extensa e implacable crítica del libro de Shoshana Zuboff Surveillance Capitalism, el intento más reciente por conceptualizar el régimen social imperante. El intelectual bielorruso exige fijarse en las lógicas del capitalismo más que en las de la vigilancia.

No obstante, los autonomistas proporcionaron una visión utópica de proporciones casi bíblicas: el capital, en su transición hacia la economía de servicios, libera involuntariamente a los trabajadores y convierte a los capitalistas en parásitos menores dentro de redes globales más amplias de cooperación social. Dado que algunos medios de producción inmaterial —por ejemplo, el software libre o Wikipedia— ahora se encuentra más allá del control capitalista, la multitud, a diferencia de los trabajadores en la producción en masa, puede escapar de sus prisiones y prosperar de manera autónoma. La fábrica social se convierte en una gran y feliz casa ocupa. 

Como la mayoría de las instituciones alternativas de la sociedad emancipada cuya aparición fracasó, la visión italiana, reducida a lemas vulgares, ahora sobrevive bajo la idea de que los usuarios de las plataformas tecnológicas producen valor y deben ser pagados por ello a través de un ingreso básico garantizado o de cualquier otra manera. Algunas propuestas europeas recientes para establecer un nuevo tipo de impuesto a los servicios digitales hacen uso de disquisiciones similares, insistiendo en que los datos proporcionados por los usuarios son lo que explica su inmenso éxito comercial y, por lo tanto, deben ser gravados en consecuencia. 

Al contrario, ubicada mucho más cerca de la sede administrativa de la fábrica social mundial, Zuboff, no vio a los capitalistas volverse superfluos. Tampoco ha querido hacerlo, a juzgar por sus trabajos previos a The Age of Surveillance Capitalism. Sería mucho mejor para la sociedad moderar a los capitalistas, argumentaba, exigiéndoles un poco de humanismo corporativo a precio bajo. Además, no existe ninguna razón para insistir en que los datos u otros tipos de intangibles proporcionados por los consumidores requieran acuerdos fiscales únicos, y mucho menos esquemas de redistribución nuevos, como la renta básica. Argumentar esto implicaría hacer retroceder al capitalismo distribuido: la realización a gran escala de las necesidades de los consumidores no sería posible sin la apropiación de dichos datos. En el capitalismo distribuido, los consumidores satisfacen la mayoría de sus complejas necesidades; en todo caso, son ellos quienes deberían pagar. 

Pero en 2013, cuando Zuboff publicó aquel artículo en el Frankfurter Allgemeine Zeitung que finalmente culminó en su teoría del capitalismo de vigilancia, los motivos de su optimismo inicial se habían esfumado. El capitalismo distribuido no había llegado. Más bien, la peor cara del capitalismo gerencial —el método taylorista de extraer conocimiento tácito para controlar a los trabajadores— llegó a racionalizar toda la fábrica social, no solo sus sectores productivos. Ahora ha invadido y superado una parte clave de la economía capitalista, el consumo, que anteriormente entusiasmaba a Zuboff. Por novedosa que en 2019 pueda parecer la revolución neo-taylorista de Zuboff, vale la pena señalar que algunos de los observadores más radicales del capitalismo de alta tecnología, como el sociólogo británico Frank Webster, ya plantearon la llegada del “taylorismo social” impulsado por la vigilancia a finales de los 80. 

Si el taylorismo extrajo y racionalizó el conocimiento tácito del trabajador, el capitalismo de vigilancia hace lo mismo con el conocimiento tácito del consumidor supuestamente emancipado. Como señala Zuboff, “el enfoque ha pasado de máquinas que superan los límites de los cuerpos a máquinas que aprovechan todo conocimiento para modificar el comportamiento de los individuos, grupos y poblaciones al servicio de los objetivos del mercado”. El “capitalismo gerencial” persiguió y automatizó el cuerpo; el “capitalismo de vigilancia” caza y automatiza la mente. 

El “capitalismo gerencial” persiguió y automatizó el cuerpo; el “capitalismo de vigilancia” caza y automatiza la mente

Mientras que el poder del taylorismo era bruto y sus métodos visibles, el nuevo régimen oculta sus huellas, creando una ilusión de autonomía genuina. Pero bajo la fábrica social de hoy se erige una compleja red de procesos algorítmicos y de extracción de datos que convierten nuestra existencia cotidiana mundana en otra materia prima. Por lo tanto, la temerosa predicción del primer libro de Zuboff, de que la tecnología podría aumentar el “poder panóptico” de los gerentes, no solo se cumplió sino que se realizó en una escala mucho mayor —y en el espacio individual, muy lejos de esas compañías que su segundo libro secunda como un lugar potencial para la liberación—. Entonces, la tarea de la que se ocupa en su reciente libro es documentar la naturaleza destructiva de esta expansión, así como insistir en que aún es posible un retorno al capitalismo más humano y orientado a la ayuda: la fábrica social puede informatizar, no solo automatizar. 

Observada desde la perspectiva del capitalismo de vigilancia, la utopía italiana de los trabajadores cognitivos que huyen de las cadenas del capitalismo es declarada muerta a su llegada: nuestras instituciones digitales son sordas a las demandas de la multitud, al contrario, marchan al ritmo del capitalismo de vigilancia. Esta última es una pérfida fuerza que estructura cada una de nuestras interacciones sociales con un solo objetivo: extraer más datos, vender anuncios, empujarnos hacia resultados sociales más “positivos”, pero ¿para quién? A medida que los capitalistas inteligentes digitalizaron la fábrica social, esta se transformó nuevamente en la verdadera fábrica que siempre había sido. En esta, el valor se genera no a través de la extracción de rentas, como los italianos todavía discuten hoy cuando, por ejemplo, discuten las finanzas o el algoritmo PageRank de Google. No, en lugar de la figura casi precapitalista del arrendatario que aprovecha los derechos de propiedad para apropiarse de la plusvalía social, estamos tratando con empresas capitalistas normales sujetas a leyes e imperativos estándar. 

Pese a las similitudes, hay una diferencia clave entre Zuboff y los italianos: donde estos tienden a pensar en términos de la multitud, por más ambiguo y engañoso que sea este concepto, Zuboff piensa en términos de la singularidad —la del consumidor soberano—. Su versión digital de la fábrica social se parece a Go, el supermercado automatizado y sin cajero que Amazon está lanzando en todo Estados Unidos: el único actor social visible es el consumidor. Todos los movimientos sociales que ella invoca cumplen el papel secundario de ayudar a dicho consumidor en la búsqueda de la autorrealización; las escasas referencias al Estado en The Age of Surveillance Capitalism también caminan en esta dirección. Por lo tanto, predeciblemente las opciones son pocas: dejar que el consumidor aproveche el capitalismo orientado a la ayuda con el propósito de autorrealizarse o rendirse al saqueo de los capitalistas de vigilancia, quienes secuestrarán la mente del consumidor en la búsqueda de sus propios objetivos.

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En su libro, Aznar reconoce una cuestión que aún no ha entendido la izquierda patria, que sigue creyendo que Amazon tiene tanto poder por ser solo un gigante del comercio electrónico: entre los sectores tecnológicos de mas rápido crecimiento, la computación en la nube se lleva la palma.

IX. Después de este largo preludio de ocho capítulos —esta reseña aspira a rivalizar con el libro en prolijidad—, es hora de examinar en qué medida la explicación de Zuboff sobre el capitalismo de vigilancia se sostiene como teoría. Una de las ventajas no declaradas de operar dentro del marco chandleriano es que, si Zuboff tiene éxito en la tarea que ella misma se ha propuesto tácitamente, su libro producirá un modelo analítico sólido que inspirará todas las interpretaciones posteriores sobre la economía digital. Después de todo, esto es lo que sucedió con Chandler: su encuadre se convirtió en el modelo dominante, aunque ocasionalmente cuestionado, para pensar en la era de la producción en masa.

Zuboff, sin embargo, no afirma explícitamente estar ofreciendo un modelo analítico de una ambición intelectual semejante; y apenas menciona al propio Chandler. De hecho, siempre deja la puerta abierta a una interpretación diferente: solo quiere ilustrar la destructiva batalla por los datos mundiales que está teniendo lugar en la actualidad entre compañías como Google y Facebook, siendo la autonomía de los consumidores un efecto colateral. Una explicación detallada de los movimientos y las consideraciones tácticas que modelan esta batalla la llevan a describir un fenómeno llamado capitalismo de la vigilancia, pero las ambiciones teóricas de este concepto, según la interpretación actual, son muy modestas.

Zuboff solo quiere ilustrar la destructiva batalla por los datos mundiales que está teniendo lugar en la actualidad entre compañías como Google y Facebook
Para mayor claridad, llamemos a esta interpretación Tesis I. Al ofrecer nada más que una descripción, la Tesis I dice muy poco sobre la durabilidad, la importancia general y el impacto del capitalismo de vigilancia en el capitalismo mismo. En definitiva, hay muchos efectos sociales negativos en ella, pero la Tesis I no los considera peores que los de otros modelos alternativos.

Zuboff se despoja demasiadas veces de su responsabilidad sugiriendo que ilustrar la Tesis I —un conjunto de observaciones, no una hipótesis— es todo lo que pretende hacer. Justo cuando el capitalismo de vigilancia parece revolucionario —¿por qué si no lo iba a llamar un “nuevo orden económico” que afecta incluso a las botellas de vodka y a los termómetros rectales?— Zuboff admite que las leyes de movimiento del capitalismo se mantienen, simplemente complementadas en este momento por los nuevos imperativos centrados en los datos. Este libro, leído como una exposición meticulosa de la Tesis I, es un misterio: ¿por qué hacer tantos esfuerzos para revelar el daño ocasional de Google y Facebook —no es una novedad en 2019— sin sacar conclusiones más amplias y audaces?

Entonces, el argumento que aparece en el libro de Zuboff, el cual podríamos apodar la Tesis II, tal vez encaje mejor. Primero, esta es una hipótesis adecuada: postula que el capitalismo de vigilancia no solo produce efectos inequívocamente peores que los de los regímenes digitales alternativos, sino que también se está convirtiendo en la forma hegemónica del capitalismo. Las leyes más antiguas del capitalismo se aplican, pero solo formalmente; la clase, el capital y los medios de producción reciben atención analítica. Para adaptarse a un entorno rápidamente cambiante, los capitalistas de hoy deben seguir los imperativos de la nueva lógica basada en la vigilancia; deben preocuparse por los medios de modificación del comportamiento, no por los medios de producción.

La Tesis II tiene implicaciones innovadoras. Identifica la extracción de datos y la modificación del comportamiento no como consecuencias ocasionales de la competencia capitalista, sino como las causas subyacentes que impulsan el surgimiento del nuevo orden económico, mientras que sus imperativos, a su vez, superan a los del propio capitalismo. La Tesis II presagia una revolución copernicana en nuestra manera de entender la economía digital. Pero esta revolución se basa en fundamentos bastante frágiles, ya que Zuboff debiera demostrar, y no solo afirmar, la inversión subyacente de la causalidad. Si esto falla, volvemos a la Tesis I: los datos están siendo apropiados — extensivamente, racionalmente, de manera perversa— y en ocasiones los esfuerzos para monetizarlos tienen efectos sociales perjudiciales, un argumento que seguramente es correcto, pero algo banal.

Sin embargo, la prueba crítica y determinante para demostrar la Tesis II nunca llega —difícilmente una sorpresa para aquellos familiarizados con la teoría empresarial chandleriana—. En cambio, la simplicidad de la Tesis I y la ambición de la Tesis II se combinan para producir la tautología de la Tesis III, igualmente conocida por los aficionados de Chandler: los capitalistas de vigilancia participan en el capitalismo de vigilancia porque esto es lo que exigen los imperativos del capitalismo de vigilancia. Zuboff hace un uso regular de esta tesis auxiliar, pues le sirve para postular con facilidad lo que de otra manera necesitaría probar.

Sin embargo, la tesis III no es una hipótesis que se pueda demostrar, sino un axioma imposible de falsear: cualquier ejemplo que no se ajuste a la teoría siempre puede descartarse como algo que queda fuera del capitalismo de vigilancia tal como lo define la teoría y, por lo tanto, no estar sujeto a su imperativos. Lo que se puede falsificar es la Tesis II, ya que postula mecanismos causales actuales.

Antes de que usted, querido lector, se maree, sospechando, no incorrectamente, que está por desarrollarse un ejercicio aburrido y cruel de filosofía analítica, seamos claros acerca de su lógica: sin una repetición clara de la tesis de Zuboff en un lenguaje lúcido y verificable, siempre correremos el riesgo de ahogarnos en los pantanos tautológicos de la Tesis III. Con esta salvedad, podemos proceder con nuestro propio Tractatus Logico-Philosophicus en miniatura.

  1. La Tesis II es una amalgama de varias proposiciones:
  2. La civilización de la información podría elegir entre el capitalismo de vigilancia y el capitalismo orientado a la ayuda.
  3. Ambos aprovechan la extracción de datos: sea para obtener un excedente conductual o para mejorar los servicios.
  4. Ciertas características de la civilización de la información han hecho que el capitalismo de vigilancia se convierta en hegemónico.
  5. A medida que se vuelve hegemónico, también lo hacen sus imperativos. 
  6. En relación a sus efectos sociales, el capitalismo de vigilancia es peor que sus alternativas.

La evidencia proporcionada para probar cada una de las afirmaciones de la Tesis II es a menudo incompleta y no descarta explicaciones alternativas. En tales casos, la Tesis III llena los vacíos. Abordemos cada una de esas proposiciones en sus propios términos.

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X. La proposición 1 parece indiscutible; Zuboff puede cortar el pastel intelectual del modo que quiera (como ya hizo con la información y la automatización, por ejemplo). Sin embargo, podríamos preguntarnos por qué la “civilización de la información” solo se enfrenta a una elección entre dos capitalismos. Esta disyuntiva le fue perdonada a las especulaciones de Francis Fukuyama en 1989; tal vez, 2019 requiera algunos matices más. Sin duda, esto tiene que ver con el papel sacrosanto que tiene el consumo a lo largo de la teoría de Zuboff. Abordaremos esto en detalle más adelante.

La proposición 2 es crucial, ya que postula relaciones causales entre la extracción de datos y los imperativos de los dos órdenes económicos: en la civilización de la información, los datos se recopilan, ya sea porque constituyen un excedente conductual (proporcionándonos el capitalismo de vigilancia), o porque mejoran los servicios (dándonos el capitalismo orientado hacia la ayuda). La proposición podría sostenerse en casos ideales, como Google y Apple. Pero, ¿qué pasa con otros casos limítrofes? ¿En qué medida el enfoque de no hay vida más allá de los datos del usuario explica la dinámica del “capitalismo de la información” en sí mismo?

Fijémonos en Amazon. Los lectores electrónicos de Kindle recopilan datos constantemente —libros leídos, páginas giradas, párrafos subrayados— que ayudan a Amazon a decidir qué libros publicar en su propia imprenta. Esto encaja con el resumen del capitalismo orientado a la ayuda: los consumidores obtienen libros más relevantes. Sin embargo, Amazon también fabrica dispositivos Kindle más baratos que contienen publicidad. Si la publicidad es personalizada, nos encontramos ante un capitalismo de vigilancia en todo su esplendor. Si es genérica, en la tierra de nadie del capitalismo digital, atrapado entre la ayuda y la vigilancia. Si el capitalismo de vigilancia es, de hecho, diagnosticado, entonces debiera surgir un doble movimiento de algún tipo y garantizar que todos pagáramos un precio total por los lectores electrónicos; de lo contrario, nuestra autonomía se encontraría en peligro.

Tengan en cuenta que esta prescripción normativa, así como la explicación de por qué existe la publicidad personalizada, proviene de los poderes milagrosamente persuasivos de la Tesis III. ¿Pero no habíamos postulado simplemente que los datos mejoran los servicios o modifican el comportamiento en lugar de mostrar que estos resultados ocurren? ¿Qué sucede si esos anuncios Kindle, personalizados o no, existen simplemente para que Amazon atraiga a consumidores sensibles a los precios? Después de todo, los hechos de que los leviathanes de la tecnología recolectan datos y desembolsan publicidad también se ajustan a otras explicaciones. ¿Qué pasa si Amazon simplemente quiere inundar el mercado con dispositivos más baratos, asegurándose así su posición? ¿Por qué es más importante la monopolización del suministro de datos que la monopolización del mercado?

Asimismo, consideremos la expansión de Amazon hacia nuestros hogares. Amazon podría estar cultivando nuestras conversaciones en los dispositivos habilitados por Alexa para modificar nuestro comportamiento; además, incluso podría estar modificando nuestro comportamiento para extraer más datos. Pero también es posible que Amazon simplemente quiera mejorar su capacidad de reconocimiento de voz, la cual luego se monetiza a través de Amazon Web Services, la fuente principal de sus beneficios. Amazon, como la mayoría de las grandes empresas de tecnología, esconde su extracción de datos. Pero la invisibilización de sus operaciones demuestra, a lo sumo, que son deshonestos. La definición que realiza Zuboff del capitalismo de vigilancia depende de si el excedente conductual se usa para modificar el comportamiento, no de si la extracción de datos es visible. Después de todo, los procesos de extracción de datos intrínsecos a la alternativa positiva de Zuboff (cuando los datos entran en el ciclo de reinversión conductual) son tan opacos como esos mismos procesos bajo el capitalismo de vigilancia, cuando los datos producen un excedente conductual.

Entonces, ¿qué impulsa a Amazon, la rentabilidad y la supervivencia o la extracción de datos y la modificación del comportamiento? La revolución copernicana de Zuboff dice que esta última agenda ha superado el espíritu del capitalismo digital. “Amazon busca un excedente conductual”, escribe. “Esto explica por qué la compañía se ha unido a Apple y Google en la pugna por diseñar el dashboard de su automóvil y está forjando alianzas con Ford y BMW”. Esta es la hipótesis que probablemente hubiera sido formulada antes de la revolución copernicana de Zuboff: “Amazon se ha unido a Apple y Google en la pugna por diseñar el dashboard de su automóvil y está forjando alianzas con Ford y BMW. Como resultado, está buscando la forma de conseguir un excedente conductual”. 

La razón que lleva a Amazon a unirse a Apple y Google es algo que debiera investigarse e incluso tengamos que dejar de centrarnos en las operaciones orientadas al consumidor y examinar cómo interactúan con empresas y gobiernos

La razón que lleva a Amazon a unirse a Apple y Google en esa misión es algo que debiera investigarse, no asumirse. Para hacerlo correctamente es probable que incluso tengamos que dejar de centrarnos en las operaciones orientadas al consumidor de dichas empresas y examinar cómo interactúan en sus operaciones comerciales con empresas y gobiernos. Dado que estos últimos no involucran a los consumidores, raramente son invocados por Zuboff —a pesar de que a menudo proporcionan márgenes de ganancia mucho más altos que los brazos publicitarios de los gigantes tecnológicos—.

En cualquier caso, Zuboff no tiene que investigar por qué Amazon se uniría a Apple (¡¿Apple ?!) y Google en dicha misión, ya que la Tesis III proporciona todas las respuestas de manera conveniente. Por lo tanto, la búsqueda de un excedente conductual se convierte en la causa, no en el efecto, de lo que mueve a las empresas tecnológicas. Y aunque Zuboff admite que los imperativos más amplios de la competencia de mercado determinan su lucha, estas empresas se enfrentan solo una vez que el objetivo de recolección de datos haya sido establecido, de manera ajena, por la Tesis III. Como era de esperar, el capitalismo de vigilancia tiene más de “vigilancia” que de “capitalismo”.

El criterio por el cual la proposición 2 clasifica a las empresas —¿extraen datos para modificar el comportamiento o para mejorar los servicios?— también produce algunos resultados extraños. Consideremos a Uber, que apenas se menciona en el libro, tal vez por una buena razón. Al no depender de los ingresos por publicidad, Uber tiene incentivos diferentes a los de Google o Facebook. ¿Practica el capitalismo orientado a la ayuda? Sus ejecutivos lo afirmarían: las tácticas agresivas de Uber aseguran que los pasajeros obtengan servicios mejores y más baratos. Esto cumple con la definición de Zuboff: “Si una empresa recopila datos de conducta con su permiso y únicamente como un medio para mejorar los productos o servicios sirve al capitalismo, pero no al capitalismo de vigilancia”. 

Sin embargo, Uber también hace muchas otras cosas odiosas con los datos. Consideremos el escándalo Greyball, descubierto por el New York Times en 2017. Greyball fue el sistema de espionaje interno de Uber que hacía invisibles sus vehículos a ojos de los usuarios de la plataforma cuando estos se encontraban cerca de edificios gubernamentales al tiempo que inspeccionaba datos, como los detalles de las tarjetas de crédito, para saber si estos eran funcionarios gubernamentales haciéndose pasar por pasajeros. En este caso, el objetivo de la extracción de datos, por más vil e invisible que fuera, no fue la modificación del comportamiento del usuario ni la mejora del servicio. Más bien, la creación de una clase marginal permanente de no-usuarios para escapar a la regulación en determinadas localidades y mantener sus servicio a bajo coste.

Hay una teoría mucho más simple y general para explicar la extracción de datos y la modificación del comportamiento que pasa por alto Zuboff, atrapada en el marco chandleriano y en su ardiente necesidad por encontrar un sucesor al capitalismo gerencial. Esta teoría es la siguiente: las firmas tecnológicas, como cualquier otra empresa, se encuentran guiadas por la necesidad de asegurar la rentabilidad a largo plazo. Lo logran dominando a sus competidores a través de un crecimiento más rápido, externalizando los costos de sus operaciones y aprovechando su poder político. La extracción de datos y la consiguiente modificación del comportamiento —claramente, más relevante para firmas en industrias como la publicidad en internet— surgen, donde lo hacen, en ese contexto.

En otras palabras, son solo un efecto local de la causa global. Es esa causa —la necesidad de garantizar la rentabilidad a largo plazo frente a la competencia— lo que impulsa su estrategia de datos. Esta parsimoniosa explicación sirve para ilustrar los casos de Google y de Uber sin ninguna necesidad de postular “regímenes” nuevos e híbridos como, por ejemplo, el “capitalismo orientado a la ayuda”. De hecho, el régimen es el de siempre—el capitalismo— y usarlo como una categoría analítica ayuda a evitar las numerosas deficiencias que surgen con las aproximaciones al capitalismo gerencial y al capitalismo de vigilancia.

Las revelaciones recientes sobre las controvertidas prácticas de intercambio de datos de Facebook confirman que los imperativos del “capitalismo de vigilancia”, si existen, son solo secundarios a los del propio capitalismo. La empresa, preocupada por el crecimiento, manejó los datos como un activo estratégico: ahí donde los imperativos de expansión sugirieron que debían compartirse con otras compañías tecnológicas, lo hicieron sin dudar, dando acceso a Microsoft, Amazon, Yahoo e incluso a Apple (aunque Apple negó su participación). Bajo el capitalismo, quien obtiene un excedente conductual apropiado es de importancia secundaria; lo que importa es quién consigue apropiarse la plusvalía propiamente dicha —y, por lo tanto, quien permanece en la posición de seguir haciéndolo a largo plazo—.

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XI. La proposición 3, que la coyuntura actual favorece el capitalismo de la vigilancia en detrimento del capitalismo orientado a la ayuda, parece plausible. Como he señalado anteriormente, Zuboff evoca algunas “afinidades selectivas” entre los imperativos del capitalismo de vigilancia, los que moldearon las operaciones militares posteriores al 11 de septiembre y las iniciativas de desregulación neoliberal. Sin embargo, esto solo explica por qué el capitalismo de vigilancia ha prosperado, y no por qué ha prosperado a expensas del capitalismo orientado a la ayuda. Para llevar a cabo esta afirmación tendríamos que mostrar que las afinidades selectivas que favorecieron al capitalismo de vigilancia no fueron tan amables con el capitalismo orientado a la ayuda.

¿Es eso cierto? Apple, difícilmente una víctima del neoliberalismo, canaliza dinero a través de Braeburn Capital, un gigantesco fondo de cobertura. Amazon, con sus 600.00 empleados, es un importante beneficiario de leyes laborales débiles. Amazon registra a la CIA como un cliente importante. El Siri de Apple procede del antiguo Instituto de Investigación de Stanford (RSI), un beneficiario de la financiación para Defensa. Tales afinidades selectivas se convierten en legión tras una investigación más profunda. Pero aquí es donde la Tesis III vuelve a hacer su magia, alterando la proposición original: el capitalismo de vigilancia ha demostrado ser hegemónico en entornos donde ha demostrado ser hegemónico.

Sin embargo, incluso esta hegemonía es propuesta, no probada. ¿No han empujado las dinámicas de competencia a Google y Facebook a seguir el camino de Amazon y Microsoft y vender servicios de computación en la nube e inteligencia artificial? Dado que tales proyectos informáticos prometen lucrativos márgenes de ganancias y la publicidad conlleva costos cada vez más altos, solo puede responderse a dicha pregunta con una teoría que considere que los capitalistas persiguen la rentabilidad (no la eficiencia o el excedente conductual). ¿No podrían tales servicios superar a la publicidad y la modificación del comportamiento como modelo principal sobre el que se asienta la economía digital? Por supuesto, podrían hacerlo, pero no es un problema para Zuboff, ya que la Tesis III le permite colocar esas dinámicas en la búsqueda del excedente conductual. Paradójicamente, incluso el triunfo de otras lógicas sólo confirma que el capitalismo de vigilancia aún impera respecto a cualquier otro régimen.

Ya se han discutido algunas deficiencias de la Proposición 4, la que estipula que los imperativos del capitalismo de vigilancia superan a los del capitalismo en sí. Recordemos que la Tesis II explica la estrategia de los capitalistas de vigilancia por el imperativo principal de monopolizar el abastecimientos de excedente conductual. Desde 2001, Alphabet, la empresa matriz de Google, adquirió más de 220 empresas; Facebook se hizo con más de setenta. ¿La búsqueda de datos impulsó estas adquisiciones? ¿O fueron algunas de estas, incluida la adquisición de Instagram por Facebook, promovidas por una búsqueda de poder de mercado? Al observar simplemente lo que sucedió con los datos de dos empresas que se fusionan no podemos responder a esta pregunta. Sin embargo, la tesis III sí que puede.

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Volvamos a Uber. ¿Extrae datos, y debemos preocuparnos por ello? Sin duda. ¿Deberíamos aceptar la revolución copernicana de Zuboff y reinventar la economía digital al colocar la extracción de datos en su eje?

En el caso de Uber, la narrativa pre-copernicana explica mucho más. En 2017, Uber perdió 4.500 millones de dólares; su pérdida esperada para 2018 es de una magnitud similar. La compañía se mantiene a flote en un océano de deudas, a la espera de una oferta pública de venta (IPO) que podría inyectar nuevos fondos de inversionistas externos, quemando el efectivo de Arabia Saudita y la compañía japonesa SoftBank, esta última tiene una deuda de más de 150.000 millones de dólares. ¿Por qué una empresa tan fuertemente endeudada invierte en una compañía que genera pérdidas? ¿Por qué la financiación de la deuda de SoftBank ha sido tan barata? ¿Y por qué Arabia Saudita vierte efectivo en empresas tecnológicas? Las respuestas a estas preguntas no iluminarán lo que Uber hace con los datos, pero revelarán el principal imperativo de la compañía: aplastar a la competencia. Sin lugar a dudas, esta máxima a veces implica la extracción de datos. Pero lo contrario no se sostiene.

Por supuesto, debiéramos aspirar a equilibrar explicaciones micro y macro. Pero en el intento de Zuboff siempre intercede la lógica interna de la Tesis III. “La tecnología es una expresión de otros intereses”, escribe. “En los tiempos modernos, estos eran los intereses del capital, y en nuestro tiempo, es el capital de vigilancia el que domina el entorno digital y determina nuestro futuro”. La conclusión de que el capital de vigilancia, y no el simple y viejo capital, dicta el desarrollo presente de la tecnología se encuentra meramente defendida. Las categorías anteriores no chandlerianas pierden por decreto su importancia analítica. Las pruebas de esta irrelevancia son verdaderas: la explicación de Zuboff comienza suponiendo que no importan. También operó de este modo en su primer libro, donde el enfoque elegido para tratar los conflictos entre gerentes y trabajadores no dejaba espacio para un análisis de clase. Sin embargo, en aquel entonces Zuboff no reunió el valor suficiente para afirmar que sus propias y peculiares elecciones analíticas invalidaban los marcos que había elegido anteriormente.

Semejante visión de túnel es común en gran parte de la teoría empresarial chandleriana; sus practicantes, además, rara vez lo mantienen en secreto. El propio Chandler fue bastante explícito acerca de su enfoque en las primeras páginas de su obra La mano visible: “trato con desarrollos políticos, demográficos y sociales más amplios solo en tanto que afectan directamente a las formas gracias a la empresa lleva a cabo los procesos de producción y distribución”. Podemos tolerar, no sin un esfuerzo considerable, un enfoque tan estrecho en la historia empresarial, aunque solo sea porque gran parte de esta hagiografía es consumida por las propias empresas. Sin embargo, cuando se convierte en el fundamento de la teoría, como lo fue la historia de Chandler para las teorías posteriores de la empresa o la de Zuboff para las teorías de la empresa digital, corremos el riesgo de sustituir el solipsismo corporativo por la visión teórica.

Esto nos deja con la Proposición 5: la idea de que los daños del capitalismo de vigilancia son peores que los de las lógicas alternativas. Llegados a este punto, la proposición que se apoya es esta: ¿por qué gastar tantas páginas en lo que Zuboff llama “poder instrumentario” si es solo uno de los muchos poderes del capitalismo digital, y posiblemente ni siquiera sea el peor de todos. Tristemente, Zuboff va siempre sobre seguro y reconoce que las “prácticas monopolísticas y anticompetitivas, en el caso de Amazon” y las “políticas de precios, impuestos y políticas de empleo [en el caso de] Apple” también son problemáticas.

En ausencia de un marco para comparar los daños del capitalismo de vigilancia con los de otras alternativas, solo hay una solución: pedir al lector que asuma, siguiendo la Proposición III, que es hegemónico, y por ello sus problemas merecen más atención. Si no es así, ¿por qué preocuparse más de los consumidores que viven en los hogares inteligentes administrados por Alexa que de los trabajadores de los almacenes inteligentes neo-tayloristas de Amazon?

Al carecer de una explicación sobre cómo opera el poder anónimo bajo el capitalismo, Zuboff termina comparando el “poder instrumentario” del capitalismo de vigilancia con el “poder totalitario” de las dictaduras. Donde “el totalitarismo operaba a través de los medios de violencia… el poder instrumentario opera a través de los medios de modificación del comportamiento” y además “no tiene interés en nuestras almas o ningún principio que instruir”.

Tal vez, ¿pero qué hay de “la coacción muda de las relaciones económicas sella el dominio de los capitalistas sobre los obreros” de Marx? ¿No representaba ningún poder en absoluto? Aquí está Friedrich Hayek, el anti-Marx, quien escribió en la década de 1970: “La competencia produce… una especie de coerción impersonal que hace necesario que numerosos individuos ajusten su estilo de vida de una manera que ninguna instrucción u órdenes deliberada pueda emerger ”. ¿Mandatos totalitarios? ¿No se está refiriendo Hayek aquí a la modificación del comportamiento emprendida por fuerzas impersonales del capitalismo? Ver el capitalismo de vigilancia como nuestro nuevo Leviatán invisible es pasar por alto cómo el poder, bajo el capitalismo, ha estado operando durante varios siglos: el Leviatán invisible lleva con nosotros bastante tiempo.

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XII. Las deficiencias más pronunciadas de The Age of Surveillance Capitalism tienen que ver con la relación que establece entre el capitalismo y el capitalismo de vigilancia, así como la forma en que prioriza los problemas de esta nueva forma de mercado respecto a las del capitalismo en sí. Vamos a profundizar un poco más en cómo se supone que operan estas dinámicas.

¿Por qué el capitalismo de vigilancia es capitalista? Porque, al parecer, hay una apropiación privada de excedente conductual. Este último término guarda cierta semejanza con la noción de Marx de “plustrabajo” —la idea de que, debido a la propiedad de los medios de producción, los capitalistas pueden conseguir que los trabajadores entreguen parte de su trabajo de manera gratuita—. Pero Zuboff también sostiene que el comportamiento y la experiencia humana son materias primas, no trabajo, sin explicar las diferencias. Por supuesto, siempre existen nuevas y emocionantes formas de expandir la teoría del valor de los marxistas al incorporar otros factores además del trabajo (por ejemplo, la naturaleza). Sin embargo, Zuboff no sigue ese camino. Su propia teoría del valor es la que se usaba en The Support Economy: todo el valor es creado por consumidores emancipados.

Pero el rompecabezas aún no está resuelto. El capitalismo orientado a la ayuda, la alternativa preferida de Zuboff, es tan capitalista como lo es el que lleva vigilancia como marca; también se distingue por la apropiación privada del feedback de los usuarios, incluso si las empresas dicen perseguir tales apropiaciones bajo el mandato de mejorar el servicio. ¿Entonces por qué el capitalismo orientado a la ayuda es preferible al capitalismo de vigilancia? En ausencia de la publicidad, se considera que está libre de los desequilibrios de poder que surgen del intercambio desigual, lo cual provoca que la relación entre empresas y consumidores sea “reciproca”. Bajo el capitalismo de vigilancia, los consumidores se ven subyugados por imperativos que no son le son propios, su autonomía se ve socavada, y así sucesivamente.

El capitalismo orientado a la ayuda, la alternativa preferida de Zuboff, es tan capitalista como lo es el que lleva vigilancia como marca

Parece un argumento extraño que enarbolar. El hecho de afirmar que la ausencia de un excedente conductual significa que la relación entre Apple y sus clientes se encuentra libre de la dinámica del intercambio desigual es ignorar todas las formas en que Apple zarandea a sus clientes, incluso evitando que utilicen servicios de reparación de terceros. ¿Ese modelo prosaico para lograr un dominio sobre el mercado no socava también la autonomía del consumidor? Sin embargo, dado que las firmas “orientadas a la ayuda” se definen solo por su negativa a apropiarse de un excedente conductual, estas manifestaciones habituales del poder corporativo no tienen cabida en su teoría.

Nótese que toda comprensión de Zuboff sobre el capitalismo se apoya en su comprensión del consumo. Elimine al consumidor y no hay capitalismo de vigilancia, al igual que no hay “capitalismo” sin “trabajo” en Marx. Entre otras cosas, esto significa que el excedente conductual (y, por ende, el capitalismo de vigilancia) solo puede existir si hay un sujeto humano autónomo cuya voluntad puede ser modificada por las leyes del comercio. Por lo tanto, un fondo de riesgo que despliega satélites para estudiar el movimiento de vehículos cerca de los supermercados o almacenes —una práctica común para medir el nivel de la actividad comercial de un local— se encuentra fuera del capitalismo de vigilancia, al menos como este ha sido interpretado de manera estricta.

Para que ello importara, también debiera hacerlo gran parte de la vigilancia comercial y rentable sobre la actividad social y económica que no está directamente vinculada a la modificación del comportamiento. Recordemos que el ciclo de reinversión conductual solamente se convierte en excedente conductual cuando se excede algún límite objetivo de monitoreo necesario para mejorar el servicio del usuario. La verdadera preocupación de Zuboff, entonces, no es la vigilancia, sino la manipulación del comportamiento que la sigue —al igual que hace treinta años su preocupación no era la escritura del “texto electrónico” en sí, sino su uso para dominar, no para empoderar—. ¿Entonces por qué hablamos de “capitalismo de vigilancia” y no de “capitalismo de modificación conductual” cuando está claro que este último es el verdadero objeto de preocupación de Zuboff?

Además de lamentarse porque emplea a pocos trabajadores, Zuboff no identifica las dinámicas que socavan el capitalismo de vigilancia desde dentro. Extraña la ausencia de las tendencias que lo contrarrestan. Incluso Marx, convencido del inevitable declive del capitalismo, identificó algunas, por ejemplo, que la automatización reduce el plustrabajo apropiado, lo cual empuja la tasa de ganancia a la baja, aun cuando esta tendencia también sirve para impulsar esa misma tasa de ganancia al abaratar los gastos de producción.

¿Por qué hablamos de “capitalismo de vigilancia” y no de “capitalismo de modificación conductual” cuando está claro que este último es el verdadero objeto de preocupación de Zuboff?

¿Están interesados los capitalistas de vigilancia descritos por Zuboff ​​en convertirnos en una masa gris uniforme, como ella postula? Tal vez, pero también parecen interesados ​​en que seamos diversos y excéntricos. ¿De qué otra manera podrían obtener nuevo contenido viral que monetizar? Según Zuboff, pareciera como si también el capitalismo de vigilancia perjudicara a todos por igual. Y, sin embargo, ¿no serán más propensos a desear este sistema los jubilados de Oslo, cuyas pensiones se invierten en las acciones de los capitalistas de vigilancia a través del fondo de riqueza soberana de Noruega, que los trabajadores sin tierra de São Paulo?

¿Qué hay de la relación entre las leyes del capitalismo de vigilancia y las leyes propias del capitalismo? Como he sugerido anteriormente, Zuboff postula que el capitalismo de vigilancia tiene sus propias leyes de movimiento, pero que las leyes de movimiento más genéricas del capitalismo también se sostienen: las empresas compiten, reducen costos, persiguen la rentabilidad. Los marxistas también enfatizarían la centralidad de la clase en la distribución del poder, la propiedad privada de los medios de producción y los corrosivos efectos sociales de la forma mercantil.

Al describir las características más importantes del capitalismo de vigilancia, Zuboff insiste en que este régimen se alimenta de algo más que del trabajo tal y como los marxistas lo entendían, reconociendo indirectamente la validez de un marco interpretativo marxista. Por qué sintió la necesidad de hacerlo, eso es un misterio, ya que inmediatamente hace que su propio argumento sea vulnerable a los ataques del flanco más radical. Ella escribe: “la lucha por el poder y el control en la sociedad ya no está asociada con los hechos ocultos en la clase y su relación con la producción, sino más bien por los hechos ocultos [sic] de la modificación automatizada de la conducta”.

Muchas cosas dependen de este “ya no” —básicamente se afirma que la clase tuvo un gran poder explicativo en alguna ocasión, pero ya no lo tiene; en su lugar, debemos fijarnos en la modificación conductual—. Además, bajo el capitalismo de vigilancia, “los medios de producción están subordinados a nuevos y elaborados medios de modificación conductual”. Todas estas son afirmaciones audaces que tienen vastas implicaciones políticas y teóricas. Siendo meramente postuladas, no se les da realmente la atención que merecen, y mucho menos se las somete a pruebas empíricas.

No obstante, podemos intentar comprenderlas. Para Zuboff, el ciclo económico de Google comienza con la obtención de excedentes conductuales, los cuales, después de pasar por los “medios de modificación conductual”, se transforman en “productos de predicción”; y estos se venden a clientes, como los anunciantes. Los medios de producción convencionales parecen irrelevantes para este argumento: en el mejor de los casos ayudan a extraer el excedente conductual de los usuarios-consumidores, pero son las poderosas subastas de anuncios de Google las que realizan la mayor parte del trabajo. Sin embargo, el argumento de Zuboff es bastante parcial. La supuesta irrelevancia de la producción es la consecuencia natural del enfoque exclusivo en el consumo, típico de la profecía postfordista. Si tratamos a los consumidores como la principal fuente de valor es lógico que perdamos de vista el valor producido en otros lugares.

Los medios de producción detrás del motor de búsqueda de Google incluyen en su índice “toda la información del mundo” actualizada constantemente, basado en trillones de páginas rastreadas previamente que los usuarios consultan en tiempo real en busca de respuestas a sus preguntas. A su vez, la inmensa utilidad y confiabilidad del índice genera un tráfico enorme que luego, pero solo entonces, crea oportunidades para la monetización a través de la publicidad. La personalización de los resultados de búsqueda, habilitada por la extracción de datos del usuario vinculada a las consultas de búsqueda, la ubicación del usuario y otros puntos de datos aumentan la utilidad del servicio. Ahora bien, el excedente conductual de Google no es la única plusvalía que incrementa su balance.

Para testar la afirmación de Zuboff de que en la actualidad los medios de producción se encuentran subordinados a los medios de modificación conductual, simplemente debemos desactivar el crawler [rastreador] de Google y esperar cuánto dura su negocio de publicidad. ¿Qué hace que el motor de búsqueda siga funcionando? Bueno, muchos ingenieros e informáticos. ¿Se han agotado sus excedentes de mano de obra? Quizás, incluso si parecen estar demasiado ocupados como para darse cuenta. Pero lo más probable es que exista algún otro truco. Y de hecho lo hay: Google no paga prácticamente nada por indexar el contenido procedente de otros sitios. Así es como gana tanto dinero vinculando las búsquedas con publicidad dirigida; sus costos de producción son mínimos, ya que el contenido indexado llega casi gratis.

¿Quién llena los índices de Google con contenido útil? Los sospechosos habituales: bots, aficionados, académicos, adolescentes. Pero también muchos profesionales precarios de los medios de comunicación que construyen su reputación online con la única esperanza de producir contenido viral. Este último grupo se parecería realmente a una clase, y una que no se encuentra tan oculta. Google se aprovecha del contenido producido en otros lugares y le es completamente indiferente cómo se produzca —a través del trabajo o la pasión, la risa o las lágrimas—. Aquellos que tienen datos valiosos para indexar —por ejemplo, Twitter— consiguieron que Google les pagara enormes tarifas de licencias de datos; a Google le cuesta indexar y sacar provecho de su contenido. Sin embargo, la mayoría de los proveedores de contenido no tuvieron tanta suerte, ya que carecían del poder de negociación o incluso de la conciencia de lo que estaba sucediendo.

Zuboff no tiene mucho que decir sobre la indexación, a pesar de mencionarlo vagamente a lo largo del libro. En su lugar, recurre a términos marxistas como “acumulación por desposesión” para argumentar que las apropiaciones violentas de materias primas son endémicas al capitalismo y no se limitan a su etapa temprana de “acumulación originaria”. La nueva fase neoliberal, argumenta, intensifica tales prácticas colocando a Google como el maestro de lo que Zuboff llama “desposesión digital”: están saqueando experiencias humanas aquí y allá.

La nueva fase neoliberal, argumenta, intensifica tales prácticas colocando a Google como el maestro de lo que Zuboff llama “desposesión digital”: están saqueando experiencias humanas aquí y allá

Términos como “desposesión”, aplicados al reino intangible, a menudo confunden tanto como revelan. Después de todo, existe un aspecto importante por el cual los datos son distintos del petróleo: no son escasos. El hecho de que Google, tras una consulta al buscador, sepa que me gustan las tostadas de aguacate no significa que me olvide al instante de que me gustan. Plantear que este es el mismo tipo de “desposesión” que uno que involucra que alguien venga y elimine físicamente la tostada de aguacate de mi plato es simplemente incorrecto. No se trata de argumentar que mi búsqueda sobre “tostadas de aguacate” no produce ningún valor para Google, solo que tratarlo como “desposesión” es erróneo.

Examinadas más de cerca, las quejas de Zuboff sobre la “desposesión” y la “acumulación primitiva” permiten golpear a desalmados capitalistas individuales, pero también sirven para evitar criticar la mercantilización, el corrosivo imperativo sistémico en el corazón del capitalismo que en su trabajo anterior se describe como una fuente de emancipación, no de esclavitud. En la única ocasión que Zuboff critica realmente la mercantilización (en dos párrafos de redacción casi idéntica separados por doscientas páginas) es para quejarse de la mercantilización de la “conducta humana”, el bien supremo en el centro de su universo.

En su lugar, prefiere agrupar los ejemplos más banales de mercantilización bajo la rúbrica de “acumulación primitiva” y “desposesión”. Zuboff escribe que “en nuestro tiempo de ideología y práctica pro-mercado, este ciclo [de continua acumulación primitiva] se ha vuelto tan generalizado que habitualmente ni siquiera notamos cuan atrevido es o impugnamos sus afirmaciones. Por ejemplo, ahora se puede ‘comprar’ sangre, órganos humanos, a alguien para tener un bebé o hacer la fila por usted en un parking público, a una persona para que lo consuele en su dolor e incluso el derecho de matar a un animal en peligro de extinción”. Nada con lo que estar en desacuerdo, pero estos son ejemplos de mercantilización de manual, no de esa “acumulación por desposesión” descrita por David Harvey (a quien ella cita con aprobación). Esto último a menudo conlleva la mercantilización, pero no es simplemente lo mismo. Y, en cualquier caso, ¿no son en sí mismas la mayoría de actividades que forman parte de la economía del apoyo profesada por Zuboff poderosas licencias para la mercantilización en su estado más avanzado?

Dejando de lado estos inconvenientes teóricos, un enfoque analítico adecuado (esto es, centrado en la producción) revelaría que, incluso si Google hubiera adoptado el modelo orientado a la ayuda de Zuboff, hubiera estado sujeto a la misma dinámica que Zuboff reserva para el capitalismo de vigilancia. ¿Por qué el parasitismo de Google cuando muestra publicidad dirigida a usuarios tras una búsqueda es un problema mayor que el parasitismo de Google a la hora de indexar contenido producido por los no usuarios, incluso si es para ofrecerles a sus usuarios un servicio superior y de pago que esté libre de publicidad? Para Zuboff, lo primero es un problema más importante porque la segunda opción no implica modificar la conducta. El hecho de que su provisión suponga continuas extorsiones a la fábrica social para conseguir contenido indexable ni siquiera se registra como un problema en los argumentos centrados en el consumo de The Age of Surveillance Capitalism, principalmente porque dichas intimidaciones se vuelven invisibles para el usuario-consumidor final y se presentan como el inevitable subproducto de la búsqueda online.

El concepto de capitalismo de vigilancia desplaza el epicentro de la investigación, y por tanto las luchas de las que da cuenta

Teniendo esto en cuenta podemos contemplar una de las principales consecuencias de la revolución copernicana de Zuboff. El concepto de capitalismo de vigilancia desplaza el epicentro de la investigación, y por tanto las luchas de las que da cuenta. En lugar de centrarse en la justicia de las relaciones de producción y distribución dentro de la fábrica social digitalizada pone el foco en la ética del intercambio entre las empresas y sus usuarios. Que el excedente conductual de los usuarios —los consumidores emancipados en la obra anterior de Zuboff— sea tan crucial para esta teoría supone concluir que la extracción del excedente de todos los demás lugares no importa, o tal vez que ni siquiera existe.

Es como decir que, bajo el capitalismo gerencial, las luchas entre el capital y el trabajo por la propiedad del equipo de las fábricas se subordinaron a las luchas entre los gerentes y los trabajadores por el acceso al “texto electrónico”. Zuboff nunca hizo esa afirmación en su primer libro, ya que no estaba ofreciendo una teoría del valor, marxista o de otro tipo, sino que, más bien, documentaba las luchas institucionales que surgieron debido a la tecnología de la información.

Este último libro busca hacer ambas cosas, pero el aparato teórico de Zuboff no es particularmente adecuado para dicho propósito. The Age of Surveillance Capitalism ofrece un examen exhaustivo de cómo las firmas guiadas hacia la publicidad tienen incentivos para extraer cada vez más datos, perjudicando a los usuarios, la democracia y a muchos más en el proceso. Lo que Zuboff no ofrece es una explicación de cómo se produce el valor en la economía digital —todo él, no solo las partes acumuladas por el excedente conductual—. Dada esta ausencia, la suposición de base de Zuboff acerca de que el capitalismo de vigilancia es el peor de todos los capitalismos de información posibles es difícil de evaluar, y mucho menos de justificar.

XIII. Existen pocas dudas de que la revolución copernicana de Zuboff supone un retroceso en nuestra comprensión de las dinámicas de la economía digital. Pero incluso los marcos analíticos erróneos pueden producir efectos sociales beneficiosos. Sin duda, Google y Facebook se expondrán a un escrutinio mayor por parte de cualquiera que lea este libro, lo cual no es un logro trivial. ¿Debemos aceptar la utilidad política del marco de Zuboff mientras rechazamos su validez analítica? Argumentaré que solo podemos avanzar por ese camino si entendemos el precio de hacerlo: una mayor confusión con respecto a los orígenes, las operaciones y las vulnerabilidades del capitalismo digital.

Como buena seguidora de Chandler, Zuboff deduce, a menudo tras examinar los discursos y documentos de los principales ejecutivos tecnológicos, algunos de los imperativos que guían a estas empresas. Un problema con los análisis basados en el discurso es que tienden a detectar la novedad donde esta no existe realmente. Por lo tanto, al enmarcar el excedente conductual como un nuevo lugar donde se produce la apropiación capitalista, Zuboff simplemente redescubre los mecanismos de retroalimentación debatidos por la cibernética desde la década de los cuarenta. Allá por 1974, el cibernético británico Stafford Beer —quien dirigió el Proyecto Cybseryn, el breve experimento de Chile con el socialismo cibernético— describió los peligros de dejar que la industria de la publicidad entendiera la tecnología para apropiarse del feedback de los usuarios:

Usaremos el poder de las computadoras para llevar a cabo un proceso de edición en nombre del único editor que ya cuenta —el propio cliente—… si logramos codificar los intereses y las susceptibilidades de un individuo sobre la base del feedback que nos proporciona… el personal de marketing utilizará esta técnica para aumentar la respuesta a un correo, relativamente pequeña hoy en día, en un 90 por ciento… el condicionamiento circular que se ejerce sobre el individuo se cerrará. Entonces habremos creado un sistema fisiológico perfecto para la comercialización de cualquier cosa que nos guste —no solo el conocimiento genuino, sino también la “verdad política” o “la ineludible necesidad de actuar contra el gobierno electo”—.

El hecho de que Zuboff date el “descubrimiento” del excedente conductual en la incursión de Google con la publicidad oculta las bases geopolíticas que hicieron posible esa incursión. ¿Por qué emergieron Google y Facebook en América y conquistaron el resto del mundo? Una explicación histórica no funcional indicaría los esfuerzos cuidadosamente planeados —iniciados durante la Guerra Fría y emprendidos en Washington, Wall Street, Hollywood y, solo más tarde, en Silicon Valley— para facilitar el “libre flujo de información global”, un eufemismo para la expansión global de las empresas estadounidenses que usaban intensivamente los datos para sus negocios. Todo desafío a este régimen procedente de los países del Sur Global fue aplastado.

La historia del dominio de EEUU sobre las telecomunicaciones globales no comenzó el 11 de septiembre, sino que esta es mucho más larga y fea

La historia del dominio de EEUU sobre las telecomunicaciones globales no comenzó el 11 de septiembre, sino que esta es mucho más larga y fea. Es importante identificar y fechar correctamente a sus víctimas —e importa conocer si estas se remontan a 2003 o a 1973, cuando se reprimió el experimento chileno de Beer de un socialismo cibernético—. Afirmar que “el capitalismo de vigilancia fue inventado por un grupo específico de seres humanos en un tiempo y lugar específicos” es borrar gran parte de una historia anónima. Al tratar de explicar y denunciar las nuevas dinámicas del capitalismo de vigilancia, Zuboff normaliza el capitalismo mismo.

Relacionado con ello se encuentra la estructura de la elección (al estilo de Fukuyama) que contempla la civilización de la información: elija entre el capitalismo de vigilancia y el capitalismo orientado a la ayuda. ¿No deberíamos preguntarnos primero por qué, en torno a la década de los noventa, nuestras necesidades de información dejaron de ser satisfechas por las instituciones públicas, como las bibliotecas, las universidades o las oficinas de correos en detrimento de las corporaciones? ¿Se limitó el neoliberalismo a incrementar el valor de los accionistas y a promover la desregulación, como señala Zuboff al observarlo desde la perspectiva de la empresa? ¿O existen otras dimensiones más relevantes que inspeccionar?

Por ejemplo, uno de los factores clave que contribuyeron al éxito de la agenda neoliberal fue la retórica generalizada sobre la “soberanía del consumidor”, la cual Zuboff parece apoyar. Esta ideología reimaginó a la sociedad como un ente compuesto de consumidores oportunistas, en lugar de uno con miembros procedentes de instituciones, como los sindicatos, donde imperaba la solidaridad. El crédito y los instrumentos políticos orientados a la modificación conductual fueron abrazados por quienes diseñaron las políticas neoliberales porque su trabajo era convertir esa noción en realidad. Como dijo Margaret Thatcher, “la economía es el método; el objetivo es cambiar el alma ”. ¿Surgirá por sí sola una identidad posneoliberal, receptiva a las ideas de solidaridad, sin un esfuerzo similar de modificación de la conducta? Del mismo modo, ¿debiéramos renunciar categóricamente a la modificación del comportamiento para luchar contra el calentamiento global o el machismo?

Más allá de exigir nuevas leyes y derechos, Zuboff —una reformista, no una revolucionaria— no ofrece ninguna agenda concreta. Esta laguna política podría surgir de cómo se define el capitalismo de vigilancia y su principal producto ficticio, la experiencia humana. Claramente, nadie defiende la socialización de la experiencia humana. Pero si definiéramos el producto ficticio con la palabra datos, entonces parece posible realizar demandas políticas razonables, como la de nuevos regímenes de propiedad de los datos. Al descartar tales demandas mostrándolas simplemente como un refuerzo del status quo, Zuboff hace referencia a planes, como los del Foro Económico Mundial, para tratar los datos como una clase de activos. Pero, ¿qué hay de las propuestas de regímenes más igualitarios de propiedad de datos que, trascendiendo la propiedad privada, no aparecen en el radar corporativo?

Sin embargo, atacar a Zuboff por la ausencia de una agenda política propias es pasar por alto sus propias restricciones en relación a la escala del problema tratado. Al presuponer que este es la modificación del comportamiento humano, también lleva a nuevos horizontes el esquema analítico que promociona la teoría liberal de los derechos individuales —al “santuario” y a “el tiempo futuro”—. Esta respuesta es una lógica dentro del marco de Zuboff: las nuevas formas de capitalismo violan los derechos individuales; en tales casos, la sociedad acostumbra a crea nuevos derechos; eso es lo que debemos hacer ahora.

Si abandonamos las trabas epistemológicas de la Tesis tautológica del capitalismo en la era de la vigilancia y los mitos chandlerianos sobre la naturaleza idílica del capitalismo gerencial, descubrimos que los problemas iniciales del capitalismo eran de un mayor alcance y que se resolvían —cuando lo hacían— de manera diferente. Esto no significa abandonar la lucha por los derechos, sino más bien reconocer que también existen luchas de otro tipo. ¿Qué ocurre, por ejemplo, con los nuevos derechos sociales y económicos, como el derecho al uso incondicional e ilimitado de la infraestructura computacional, a su vez respaldado por el derecho universal a métodos de encriptación sólidos cuando sean necesarios, los cuales podrían conducir a nuevas formas de coordinación basadas en la solidaridad y no en la búsqueda del beneficio?

El principal obstáculo que se interpone en el camino hacia tales derechos es que el usuario-consumidor emancipado de Zuboff es casi incapaz de hacer demandas colectivas por la vía constitucional, a menos que estas se encuentren destinadas a generar más y mejor consumo. Por lo tanto, escribe con aprobación, “la primera modernidad suprimió el crecimiento y la expresión del yo en favor de las soluciones colectivas… en la segunda modernidad, el yo es todo lo que tenemos.” Es mediante esta concepción sombría de la socialización que el consumo emerge como la institución por excelencia de una modernidad poblada por individuos, no por colectivos.

Economía colaborativa
"Las cooperativas pueden cambiar la economía digital"

El profesor de la New School de Nueva York, Trebor Scholz, ha presentado batalla a la mal llamada economía colaborativa. Con su platform cooperativism [cooperativismo de plataforma] pretende ofrecer una alternativa a la explotación laboral de empresas como Uber o Deliveroo.


XIV. Contrariamente a las expectativas de los teóricos autonomistas italianos —quienes predijeron la llegada de un feudalismo emancipador futurista bajo el cual los trabajadores cognitivos recuperaban los medios de producción mientras asistían a la pérdida del control colectivo de los capitalistas sobre la extracción de valor—, los capitalistas no desaparecieron. Solo se tomaron un breve período sabático para inventar formas más ingeniosas de taylorismo. Steve Jobs nos prometió computadoras que servirían de “bicicletas para la mente”; lo que obtuvimos a cambio son líneas de ensamblaje para el espíritu.

¿Vale la pena rehacer estas líneas de montaje en talleres artesanales? Escribiendo sobre la “mutación” en el “capitalismo de información” y la aplicación de una “vacuna” contra el capitalismo de vigilancia, Zuboff cree claramente que es posible una alternativa capitalista más humana. Para ello, solo necesitaríamos desprendernos de la modificación del comportamiento. ¿Podría ser un sistema de atención médica proporcionado por Apple —costoso pero manteniendo a salvo los datos— mejor que un sistema de atención médica suministrado por Google —gratuito pero con fugas de datos? Tal vez, ¿pero realmente debemos elegir entre uno de los dos? ¿O puede nuestra imaginación institucional trazar otras alternativas?

La elección entre Google y Apple procede de una elección anterior entre capitalismo y no capitalismo que la mirada chandleriana de Zuboff no suele registrar. Dado que la empresa es la unidad básica del análisis, ver más allá del capitalismo es difícil, incluso si se permiten movimientos para modificar el funcionamiento del capitalismo. Aparte, Zuboff hace tiempo que ha llegado a la conclusión de que no existe nada más allá de la forma mercantil. La mercancía, como argumentaba en The Support Economy, ya no es algo que debamos temer; “todo lo que puede ser mercantilizado”, proclamó, “será mercantilizado”.

Podríamos domesticar la mercancía a través de uno de estos movimientos dobles, ¿pero qué hay de una vida más allá de las mercancías? Olvídelo. La sociedad postindustrial ha experimentado su propio “fin de la historia” antes de lo planeado. No necesitamos recurrir al pesimismo elitista de la Escuela de Frankfurt —extrañamente, una inspiración para Zuboff— para contemplar que una teoría sin nada externo al consumo es de poca ayuda para contrarrestar a los Facebook y Google. La paradoja central del pensamiento de Zuboff permanece: la experiencia humana debe ser protegida para que no se convierta en un producto ficticio, y de este modo pueda emanciparse y enriquecerse con otras mercancías.

La sociedad postindustrial ha experimentado su propio “fin de la historia” antes de lo planeado

Los autonomistas, a pesar de rendirse de una manera muy similar a las explicaciones funcionalistas y su lectura casi teológica del capitalismo moderno, sugieren acertadamente que una existencia social más descentralizada y no mercantilizada es posible y deseable. Su propia versión de la segunda modernidad, al igual que la de Zuboff, contempla a individuos separándose de las celdas suburbanas estandarizadas que les ha asignado la modernidad incompleta de la producción en masa. Pero, a diferencia de ella, argumentan que la verdadera emancipación —incluso de las instituciones burocráticas masivas, no solo de los mercados— no llegará con el consumo individual de servicios de ayuda, sino con la producción colectiva de nuevas instituciones democráticas. Rechazan la idea anterior de Zuboff de un “espacio individual” e insisten en que el espacio de la verdadera autorrealización es siempre social.

Al carecer de una teoría acerca de qué instituciones y prácticas deberían estar fuera de la lógica del capitalismo, a Zuboff sólo le queda recurrir a los derechos individuales y al consumo. Definido de manera tan pobre, su doble movimiento preferido seguramente sea secuestrado por Tim Cook, el CEO de Apple. ¿Deberíamos darle una oportunidad a Apple solo porque su “ayuda” [advocacy] involucre un dispositivo con un precio excesivo que, al tiempo que ofrece un ápice de privacidad, conduce a su inevitable mercantilización? ¿No nos importa si el encriptado sólido es un derecho universal o un servicio comercial? ¿Es la modificación conductual provocada por los imperativos monetarios menos mala que la opresión derivada de los datos? Si es así, nuestro problema es con el “dataismo de vigilancia”, no con el capitalismo de vigilancia.

Sorprendentemente, Zuboff deja esta puerta abierta a la interpretación. Redefinido como una advertencia contra el “dataismo de vigilancia”, el libro se sostiene bastante bien. La profecía anti-data-ista permite a Zuboff desviar las acusaciones de tautología reduciendo las explicaciones sobre los imperativos capitalistas. En su lugar, puede afirmar que el “poder instrumentario” en realidad consolida una lógica política más amplia —tal vez, la “gubernamentalidad” de Foucault— que convierte a las empresas capitalistas en meros peones en el juego de disciplinar el comportamiento humano. A los capitalistas no les queda otra opción que participar en el proyecto anónimo de dominar los infinitos del devenir humano; ahí donde pueden, también obtienen ganancias, pero esos imperativos vulgares son solo secundarios, y no su misión general. Sin embargo, tal reformulación le roba al libro su propia razón de ser: se supone que es una teoría del capitalismo, Chandlerianismo 2.0, escrita por una profesora de negocios, no un tratado sobre la sociedad disciplinaria del “dataismo”. Sin mencionar que gran parte de la teoría social que Zuboff invoca para hablar de una “tercera modernidad” está directamente en contra de la oscura interpretación foucaultiana de dicha época.

La revolución copernicana de Zuboff es mucho más fácil de explicar por su deuda con Chandler que con Foucault. Generalmente, las propias recetas de Chandler se limitaban a exigir que los gerentes fueran más responsables. Zuboff trasciende tal derrotismo. Pero su doble movimiento no ganará a menos que tanto el capitalismo gerencial como el capitalismo de vigilancia sean teorizados como “capitalismo” —un conjunto complejo de relaciones históricas y sociales entre el capital y el trabajo, el Estado y el sistema monetario, la metrópoli y la periferia— y no solo como un agregado de empresas individuales que responden a los imperativos del cambio tecnológico y social. Que esta última explicación, una miniatura de la empresa competitiva, sea la definición del “capitalismo” con la que trabajan las escuelas de negocios estadounidenses no es una razón para empobrecer una discusión más amplia sobre los fundamentos y deficiencias del sistema.

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