Cuando termina el encierro: la vida después de las cárceles sirias

Un año después de la caída de al-Asad, las personas encarceladas por el régimen intentan retomar sus vidas. Los problemas psicológicos por el tiempo en la cárcel persisten, pero no se rinden.
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Anna Montraveta Riu En Siria, la población intenta retomar sus vidas tras la caída de al-Asad. Una calle en la capital, Damasco.
Damasco, Siria.
24 ene 2026 06:00

Para Amina la vida ha cambiado mucho en el último año. El 8 de diciembre de 2024 no se imaginaba que saldría de la cárcel donde estaba presa por el régimen de Bashar al-Asad, ni se planteaba que su vida se convertiría en una lucha constante para conseguir justicia después de que uno de sus hijos —uno de los mellizos— fuera torturado hasta la muerte en otra de las cárceles. Más de un año después de la apertura de las prisiones, Amina sigue esperando poder enterrar el cuerpo de su hijo y, aunque ha abierto un caso judicial para denunciar el asesinato, aún no tiene respuesta: “No lo hemos podido enterrar. Es como si no hubiera respeto. Necesitamos recuperar su cuerpo y necesitamos justicia. Estas son las cosas más importantes. Mi salud mental no mejorará del todo a menos que veamos justicia” defiende.

Retornar a la vida y pedir justicia

La justicia restaurativa es la meta que persiguen los que salieron de las prisiones de Bashar al-Asad, abiertas el pasado diciembre de 2024, cuando el régimen cayó después de la ofensiva por parte de los grupos opositores. Justicia para los que murieron en las cárceles. Justicia para los que fueron torturados. Justicia para los que fueron encarcelados sin juicio previo. “Con todo lo que estamos defendiendo, estamos abogando para que la persona responsable de las catástrofes aquí en Siria sea llevada ante el juez. No hablo únicamente a título individual, en mi propio nombre. Hablo en nombre de Siria, que ha sido dañada por este régimen” añade Omar, exprisionero de Sednaya, la cárcel siria que calificada como “matadero humano” por Amnistía Internacional.

 “Estoy empezando a establecerme de nuevo para ser la fuente de sustento de mis hijos y ser el padre ejemplar para ellos”

Para Omar, el día que salió de la prisión fue el día más feliz de su vida. A gritos de Allahu Akbar abrieron la puerta de su celda y pudo regresar a casa, donde se encontró con su madre y su esposa —que se habían esforzado de forma incansable para poder seguir su rastro— y con sus hijos, a quienes casi ni reconocía después de seis años. A causa de los malos tratos que sufrió en la cárcel, ahora trabaja de transportista y, aunque no sea su vocación —antes era carpintero—, ganar dinero para ofrecerles una vida cómoda a sus hijos se ha convertido en su razón de ser: “Estoy empezando a establecerme de nuevo para ser la fuente de sustento de mis hijos y ser el padre ejemplar para ellos. Así que mi esperanza, mi motivación en la vida y mi sueño es trabajar y construir para ellos la vida perfecta”.

Restituir la confianza propia y romper con los estigmas sociales

Hace unos meses que Omar recibe apoyo psicológico en el barrio Kafr Batna, uno de los centros médicos en la zona rural cerca de Damasco que cuenta con un proyecto de Médicos Sin Fronteras (MSF). El pasado mes de mayo, la organización impulsó un servicio de atención a las víctimas de torturas y malos tratos en este barrio, después de analizar la vulnerabilidad de la zona. A día de hoy, cuentan con 93 usuarios de distintos puntos del país y dos centros de atención: uno en Damasco —gestionado íntegramente por MSF— y el otro en Kafr Batna. “El proyecto de Kafr Batna está co-gestionado con el Ministerio de Salud sirio. Nosotros ponemos los recursos y el Gobierno los médicos y los profesionales. La previsión es que cuando funcione del todo no necesiten nuestro apoyo, que sea sostenible por sí mismo” cuenta Laura Guardiola, asesora médica de MSF en Damasco.

Las mejoras psicológicas que ha experimentado Omar van de la mano del acompañamiento familiar y de la buena percepción que la sociedad tiene de él. Forma parte de la Asociación de Detenidos por la Revolución Siria, que recibe ayuda de organizaciones internacionales y ofrece a los ex prisioneros unos carnés de identificación que les dan prioridad en algunos servicios. Para él, la forma como le mira la sociedad —que lo considera un héroe por su estancia en la cárcel— le enorgullece y le motiva a crear una vida en el nuevo orden sirio. “Nos facilitan las interacciones, nos facilitan los trámites, las gestiones, los recados; vaya donde vaya, tengo un estatus de trato especial. Y no solo yo: todos los presos liberados, sea donde sea, reciben facilidades", detalla.

En las sesiones psicológicas grupales  en el centro médico de Kafr Batna, la falta de confianza social en la que se enfrentan los participantes es recurrente

Sin embargo, este sentimiento de privilegio no es compartido entre todos los exinternos. En las sesiones psicológicas grupales que se organizan en el centro médico de Kafr Batna, la falta de confianza social en la que se enfrentan los participantes es recurrente, explica el equipo médico: “Muchos han perdido la confianza en la comunidad, pero a la vez, la comunidad la ha perdido en ellos. Un ejemplo es uno de nuestros pacientes, que es barbero, y cuenta que nadie se quiere cortar el pelo con él porque piensan que en la cárcel ha perdido facultades”. Restituir la falta de confianza en ellos mismos y romper con los estigmas sociales es uno de los retos principales del equipo psicológico.

Desde el centro, proponen tanto sesiones individuales como grupales, muy eficientes para la creación de una red de apoyo, argumenta Rand Nadar, psicóloga de la clínica: “Son útiles porque se comparten experiencias y es una forma de ver que los problemas no son solo de cada uno”. Además de recuperar la confianza en uno mismo y en la comunidad, devolver la dignidad es clave en el proceso psicológico, añade la especialista: “Las personas tienen que sentir que se les respeta, que se les escucha y, lo más relevante, tienen que volverse a sentir valorados”.

El proyecto ofrece un equipo multidisciplinar en el que, además de profesionales médicos y psicológicos, también cuenta con educadores sociales, que velan por satisfacer las necesidades más allá del ámbito de la salud. “La primera visita es siempre conjunta con un médico y un psicólogo. Este enfoque multidisciplinario es muy importante, porque sabemos que existe un tipo de tabú alrededor de la salud mental. Para los hombres es incluso peor. Entonces, con este enfoque, ellos entienden que tienen diferentes necesidades y es más fácil convencerles de la importancia de las sesiones psicológicas” cuenta Laura Guardiola.

Discriminación de género

Hay sin embargo, en esta situación, un factor de género que se tiene que tener en cuenta. Y es que, tal y como cuenta Laura Guardiola, en el caso de las mujeres, el reto principal es acceder a ellas: cuando empezaron a ofrecer los servicios, el 90% de los pacientes eran hombres.

Los motivos son la percepción social que hay de las mujeres exinternas y el control que todavía existe en algunas familias, añade Guardiola: “Aquí en Siria, los hombres que han sido detenidos en prisión, cuando salen, son vistos como héroes. Las mujeres, no tanto. Para ellas es más como un período vergonzoso de sus vidas. Por eso es muy difícil que den un paso al frente y pidan ayuda, debido a este estigma que conlleva haber estado en prisión. Además, la mayoría de las veces las mujeres necesitan el permiso de sus familias para ir al hospital, porque a veces tienen que pedir dinero para el transporte. Y si piden dinero, les preguntan: ‘¿Para qué quieres este dinero?’”.

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Fotografía del cementerio cerca del hospital principal de Damasco, donde ofrecen el servicio de atención para exprisioneros. Anna Montraveta Riu

Amina, que también recibe apoyo psicológico por parte del proyecto de MSF, vive una situación en su día a día como la que describe Laura. “La familia de mi esposo me dice: ‘no menciones frente a nadie que fuiste detenida’. Y yo no siento que esto degrade mi reputación o mi honor. Al contrario, estoy realmente orgullosa. Fui prisionera por defender mi país y mi pueblo. La mirada de la sociedad puede ser dura y difícil a veces para las mujeres”, sostiene. Cuenta también que la mirada se vuelve aún más cruel cuando la mujer ha dado a luz o ha criado a un pequeño en la cárcel.

“Durante el régimen anterior, hubo violaciones a mujeres dentro de la cárcel. Cuando una mujer salía, la miraban con lástima. Como si la situación no dependiera de ella, pero a la vez como si ella misma hubiese roto su honor”, detalla Amina. “Pero no se debe culpar a las mujeres por eso; se necesita trabajar para cambiar la visión de la sociedad y concienciar”, apunta. Sin embargo, a la presión social se le añaden más dificultades, como las complicaciones para obtener un certificado de defunción del marido, en el caso de las mujeres viudas. Esta circunstancia también obstaculiza su regulación administrativa y el acceso que pueden tener a determinados recursos.

La importancia de recuperar la memoria

Con todo, la lucha por una justicia que restaure las atrocidades del régimen se remonta a los años 80, cuando la cárcel de Sednaya abrió sus puertas y se destinó para los presos políticos de izquierdas en la época de Hafiz al-Assad, padre de Bashar al-Assad. SIJNYYIA —un neologismo que nace de cárcel y canción en árabe— es una película grabada el mes pasado en El Konvent, un centro cultural situado en el corazón de Cataluña, en Berga, que recoge la historia de la música clandestina en Sednaya y que está protagonizada por algunos de los primeros internos de la cárcel. “Al final, grabar esta película es un reconocimiento a los internos que estuvieron durante los primeros años en la prisión y que en el transcurso de la historia han quedado olvidados” explica Benjamin Hindrichs, director del largometraje.

Guardar la memoria de lo que ocurrió en las cárceles sirias —y el poder de la música clandestina como entretenimiento y como terapia— es la voluntad del proyecto, que se estrenará en 2027. Los protagonistas son algunos de los mismos internos que, después de tantos años, tampoco han recibido ninguna rendición de cuentas ni acción de justicia restaurativa: “Esta película es un mensaje para transmitir a la próxima generación. Tenemos que contar nuestra historia. Hablamos de los últimos años de Sednaya; es muy popular, pero no sabemos qué pasó antes. No hay espacio para hablar de ello” concluye Bader Zakarya, protagonista, director de teatro y ex preso.

* Los nombres de este reportaje se han cambiado para proteger a las fuentes. 

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