Análisis
Palantir, Anduril, etc: cómo una panda de tecnooptimistas desquiciados está poniendo en riesgo a la humanidad

La humanidad merece más que esta carrera armamentista interminable dirigida por hombres (porque la mayoría de ellos son hombres) que creen que ellos y nadie más que ellos están capacitados para decidir qué vidas son prescindibles.
Son investigadores del Quincy Institute for Responsible Statecraft.
2 abr 2026 05:39

“Me encanta la idea de coger un dron y rociar con orina mezclada con fentanilo a los analistas que han intentado jodernos”, ha dicho Alex Karp, director ejecutivo de Palantir, la empresa de tecnología militar en auge. Lejos de ser un exabrupto, esta afirmación refleja una ética más amplia que está asentándose en el sector tecnológico-militar de Silicon Valley, una que trata la coerción como innovación, la crueldad como candor y la aplicación incontrolada del poder tecnológico como algo inevitable y deseable a un mismo tiempo.

A Karp le gusta un forcejeo verbal tanto como dirigir una empresa que fabrica armamento de tecnología punta. Su compañía ha ayudado a Israel a incrementar el ritmo con el que ha bombardeado y masacrado a palestinos en Gaza, y su tecnología asiste al ICE a la hora de acelerar las deportaciones, mientras también ayuda a localizar e identificar a los manifestantes en Mineápolis.

No sólo Karp carece de reparos sobre el daño cometido por los productos de su empresa, sino que se regodea abiertamente en ello. En febrero explicó a un periodista de la CNBC que lo entrevistaba que “si eres crítico con el ICE deberíar estar protestando en las calles pidiendo más Palantir, es más, nuestro producto, en esencia, requiere que los usuarios acepten las protecciones de datos de la Cuarta Enmienda”. (Esta enmienda es la que protege a los ciudadanos de “registros y confiscaciones injustificados”). Con todo, la reflexión de Karp no le ha llevado a pedirle a ICE que deje de usar su software en su guerra contra las protestas pacíficas ni le ha disuadido de aceptar un contrato de mil millones de dólares, ampliable, con la agencia matriz del ICE, el Departmento de Seguridad Nacional (Department of Homeland Security, DHS).

Mientras mantenía su pleno apoyo a la represión en el país y fuera de él, en el momento más crudo de la guerra contra Gaza Karp celebró una reunión de la junta de Palantir en Tel Aviv, proclamando que “nuestro trabajo en la región nunca ha sido más importante, y continuará.”

En una entrevista con Maureen Dowd para The New York Times, resumió su filosofía del siguiente modo: “Soy, en verdad, un progresista. Quiero que haya menos guerra. Sólo detienes la guerra teniendo la mejor tecnología y dando un susto de muerte –estoy intentando ser aquí amable– a nuestros adversarios. Si no tienen miedo, si no se levantan con miedo, si no se van a dormir con miedo, si no temen que la ira de América caerá sobre ellos, nos atacaraán. Nos atacarán en todas partes”.

Piénsese en el nuevo complejo militar industrial como un grupo de individualistas rudos, una versión high-tech de la “guerra de todos contra todos” del filósofo Thomas Hobbes

La realidad, sin embargo, está lejos de ser tan simple. Se ha empleado la tecnología de Palantir para matar a miles de personas en Gaza y más allá, incluyendo a muchos que nada tenían que ver con Hamás, no tenían ningún control sobre sus acciones y con frecuencia ni siquiera habían nacido cuando ganó las elecciones locales en 2006 y comenzó a administrar la Franja.

Nadie tendría que cuestionar que el ataque de Hamás a Israel el 7 de octubre de 2023 fue desmedido. Con todo, que Israel reaccionase asesinando a más de 70.000 palestinos en Gaza, una cifra relativamente conservadora que incluso el gobierno israelí reconoce ahora, constituye una respuesta extremadamente desproporcionada que la mayoría de expertos independientes define como genocidio. La idea de que una masacre puede justificarse como una manera de meter miedo a los malos y reducir la violencia es insoportable intelectualmente y obscena moralmente.

Bienvenidos al mundo de Alex Karp, uno de los líderes de la nueva ola de tecno-militaristas en Silicon Valley.

Militarizando la IA, o el tecnooptimismo sin riendas

Éste no es el complejo militar industrial (MIC, por sus siglas inglesas) que conocieron nuestros padres. Los actuales administradores del MIC –los ejecutivos que dirigen gigantes industriales como Lockheed Martin, RTX (la antigua Raytheon), Boeing, General Dynamics, y Northrop Grumman– son mucho más circunspectos a la hora de hablar que Karp. Sus responsables ocasionalmente publican una declaración sobre como el aumento de las tensiones en Oriente Medio o Asia puede generar una demanda para sus productos entre los aliados estadounidenses en aquellas regiones, pero nunca emplearían el tipo de retórica crudamente orwelliana en la que Karp parece haberse especializado.

A pesar de todo, el MIC del futuro augura no sólo un cambio en la tecnología o las prácticas empresariales, sino –como Karp sugiere– un potencial desplazamiento cultural en el que el militarismo es celebrado abiertamente, sin la necesidad de un lenguaje que lo encubra hablando de promover la estabilidad mundial o defender un “orden internacional basado en normas”. Piénsese en el nuevo complejo militar industrial como un grupo de individualistas rudos, una versión high-tech de la “guerra de todos contra todos” del filósofo Thomas Hobbes. Y quienes lo dirigen quieren hacernos creer que la única manera de “ganar” una futura guerra es entregándole las llaves de nuestro mundo político a una panda de sujetos que se autodefinen como superiores y que está encabezada por gente como Alex Karp, el fundador de Palantir, Peter Thiel, el director de Anduril, Palmer Luckey, y el inimitable Elon Musk.

Esta retórica cansada comienza a sonar como una broma cruel, o más bien como bocanadas de aire de los representantes de un imperio en declive

Alex Karp es el coautor de un libro, The Technological Republic: Hard Power, Soft Belief, and the Future of the West [La república tecnológica: poder duro, creencias blandas y el futuro de Occidente], en el que articula su visión de lo que supuestamente haría falta para que EEUU fuese de nuevo globalmente dominante. El libro es una larga lamentación sobre cómo la mayoría de estadounidenses han perdido su sentido de objetivo y patriotismo, malgastando su tiempo en preocupaciones como los programas de telerrealidad y los videojuegos. Él y su coautor, Nicholas W. Zamiska, hacen una llamada a una nueva misión nacional unificadora que sacuda a esta nación de perezosos, los ponga en forma y restaure a EEUU en el lugar que le corresponde, como una potencia política y militar mundial sin rival.

La respuesta de Karp a lo que se necesita es un nuevo Proyecto Manhattan (que, en caso de que el lector no se acuerde, dio como resultado la bomba atómica para poner fin a la Segunda Guerra Mundial.) En esta ocasión el foco no sería el desarrollo de armas nucleares, sino acelerar las aplicaciones militares de la Inteligencia Artificial (IA) y proporcionar a EEUU una ventaja tecnológica permanente sobre China. Resulta difícil imaginarse una visión más pobre o errada del futuro de EEUU, o más vacía de la humanidad más elemental.


Los halcones, los realistas tradicionales y los tecno-militaristas, por supuesto, ridiculizarán cualquier aproximación humanista a la política nacional y exterior como algo ingenuo, pero en realidad es la nueva ola de militaristas quienes son los ingenuos. Después de malgastar billones de dólares y cientos de miles de vidas en las guerras de este siglo –guerras que han fracasado a la hora de alcanzar sus objetivos declarados muy de largo (como ocurrirá seguramente con la más reciente en Irán), mientras hacen que el mundo sea un lugar significativamente más peligroso– todavía van soltando lugares comunes sobre lograr “la paz mediante la fuerza” y usar el poder militar estadounidense para apuntalar “un orden internacional basado en normas”. Teniendo en cuenta las pérdidas estadounidenses este siglo contra adversarios mucho peor financiados y menos sofisticados tecnológicamente en Iraq y en Afganistán, esta retórica cansada comienza a sonar como una broma cruel, o más bien como bocanadas de aire de los representantes de un imperio en declive.

La tecnoguerra, ¿será más barata? ¿Nos protegerá?

Dejando la ideología de lado, hay una pregunta más ceñida a la realidad, sobre si las emergentes empresas tecnológicas pueden realmente producir mejores sistemas bélicos por menos dinero. Las declaraciones de Palmer Luckey, de Anduril –un protegido del fundador de Palantir, Peter Thiel–, han terminado en los titulares cuando recientemente aseguró a un periodista que lo entrevistaba para la CNBC que EEUU podría gasterse quizá la mitad del presupuesto actual del Pentágono, de un billón de dólares, y tener aún un sistema de defensa más efectivo si simplemente dejase de comprar las “cosas equivocadas”.

La idea de que un contratista de defensa ofrecería más por menos casi parece revolucionaria en una época en la que la codicia y la corrupción del MIC campan a sus anchas. La filosofía detrás de las declaraciones de Luckey a la CNBC puede encontrarse concentrada en un notable documento de Anduril titulado ‘Reiniciando el arsenal de la democracia’, una feroz crítica a las prácticas comerciales actuales del Pentágono y de contratistas militares ciclópeos como Lockheed Martin.

Silicon Valley lo ha fiado todo ahora a la corrupción legalizada: desde donaciones a campañas políticas hasta contratar a antiguos funcionarios gubernamentales para que les hagan el trabajo

El manifiesto de Lucky debería considerarse un ataque frontal a los cinco principales conglomerados de defensa –encabezados por Lockheed Martin y RTX (la antigua Raytheon)–, que actualmente reciben uno de cada tres dólares en los contratos adjudicados por el Pentágono. Estas grandes empresas tuvieron su papel, sugiere este ensayo, haciendo un trabajo necesario y útil en los años de la guerra fría del siglo pasado, largamente pasados. “¿Por qué no pueden las compañías de defensa existentes simplemente hacerlo mejor?”, se pregunta, “estas compañías trabajan despacio, mientras que los mejores ingenieros aprecian trabajar con rapidez… Estas compañías construyeron las herramientas que nos mantuvieron seguros en el pasado, pero no son el futuro de nuestra defensa.”

El documento no sugiere otra cosa que a empresas como Lockheed Martin debería dárseles un premio por su trayectoria repleta de méritos y luego ser apartadas para que los Thiel, Karp, Luckey y Musk puedan ponerse al timón de la industria armamentística.

Pero gastar menos en armas –por útil que sea, teniendo en cuenta otras urgentes prioridades nacionales– no puede ser el único objetivo de una política de defensa. La cuestión más importante es si los sistemas guiados por IA, supuestamente más baratos, más ágiles y más precisos, pueden a la hora de la verdad desplegarse de una manera que promueva la paz y la estabilidad en vez de todavía más guerra. En realidad existe el riesgo de que si EEUU puede usar este tipo de sistemas para intervenir militarmente de manera regular y a un mismo tiempo sufrir menos bajas, la tentación de ir a la guerra se incremente.


Incluso teniendo en cuenta todo lo de arriba, la idea de romper el dominio de los grandes contratistas en el desarrollo y la producción del arsenal estadounidense es una idea atractiva. Las afirmaciones del sector tecnológico de que pueden hacer mejor el trabajo por menos dinero, no obstante, todavía están por demostrar. Un dron es más barato que un F-35, desde luego, ¿pero qué pasa con los enjambres de drones que se están usando en oleadas y se reabastecen rápidamente en medio de la guerra, o las embarcaciones sin piloto y vehículos armados que funcionan con un software complejo y que aún no se ha probado, y que podría fallar en momentos cruciales? ¿Y si, como el sector tecnológico y su creciente cuadro de lobistas preferiría, se permite a los nuevos militaristas hacer su trabajo con muy poco o ningún escrutinio, con un debilitamiento de las salvaguardas como las pruebas independientes y medidas contra la especulación, salvaguardas que ya son demasiado débiles como para que el trabajo se lleve a cabo por completo?

Cuando el presidente Ronald Reagan negoció los acuerdos de control de armamento con el dirigente soviético Mijaíl Gorbachov en el siglo pasado su lema era “confía, pero verifica”. En el caso de Palantir y los de su especie, quizás el lema debería ser “desconfía y verifica”. Necesitamos ir más allá de los eslóganes publicitarios y hacerlos demostrar que su nueva tecnología puede funcionar tal y como la publicitan, y que es en verdad mejor que la que hubo antes. Si es así, entonces Palantir y Anduril deberían ser tratadas como vendedores y remuneradas por sus servicios, pero sin tener ningún derecho a la hora de dar forma a nuestro presupuesto de defensa o nuestra política exterior, y todavía menos al funcionamiento básico de nuestra trastabilleante democracia.

El lobby tecnológico-militar: disruptores en esteroides

Antes del actual auge de desarrollo armamentístico en el sector tecnológico hubo una época en la que las empresas de Silicon Valley actuaban como si sus productos fuesen tan superiores y asequibles que no necesitasen mancharse las manos con el cabildeo tradicional. Escasamente realista como pudiera ser, Silicon Valley lo ha fiado todo ahora a la corrupción legalizada: desde donaciones a campañas políticas cuidadosamente seleccionadas a contratar a antiguos funcionarios gubernamentales para que les hagan el trabajo. El ejemplo palmario es, por supuesto, el del vicepresidente JD Vance, que fue empleado, tutelado y financiado por, sí, una vez más, el fundador de Palantir, Peter Thiel, durante su ascenso al Senado y luego a la vicepresidencia. Cuando fue seleccionado por Donald Trump en su ticket electoral en 2024, un nuevo río de dinero fluyó a la campaña desde el sector tecnológico-militar, incluyendo decenas de miles de millones de Elon Musk. Una vez se formalizó la candidatura, uno de los principales trabajos de Vance fue extraer todavía más donaciones de los militaristas de Silicon Valley.

A cada generación se le promete que esta tecnología, la que sea, finalmente hará que la guerra sea, a la manera estadounidense, limpia, precisa y decisiva. Y en todas las ocasiones los cadáveres se apilan

Luego vino el Departamento de Eficiencia Gubermamental (DOGE) de Musk, la organización que dio a la eficiencia una mala reputación recortando programas federales y plantilla aparentemente al azar y eviscerando herramientas esenciales como la Agencia para el Desarrollo Internacional (USAID) mientras dejaban al Pentaǵono virtualmente intacto. Aunque USAID no carecía de problemas, también financiaba programas para el desarrollo y la sanidad pública esenciales a escala mundial que sostenían a millones de personas. Un auténtico impulso a la eficacia habría estudiado lo que funcionaba y lo que no en la agencia, pero, en vez de eso, los acólitos de Musk, que nada sabían de asistencia económica, simplemente la desmantelaron.


Ahora hay un número significativo de ejecutivos de Silicon Valley en posiciones clave en la administración Trump, encabezados por Vance, pero que incluye a decenas de otros en posiciones clave en el ejército, la dirección del Pentágono y a lo largo y ancho de todo un abanico de agencias de políticas nacionales y de política exterior.

Peter Thiel y Alex Karp claramente piensan que lo que es bueno para Palantir es bueno para los Estados Unidos, pero la visión de EEUU que promueven es peligrosa y deshumanizadora.

Cómo embridar a los tecnófilos y volver al sentido común

El problema con los nuevos tecnomilitaristas no es que estén equivocados sobre el poder de la tecnología, sino que están terriblemente equivocados sobre quién debería usarlo, con qué fines y bajo qué condiciones. El poder sin límites no es ninguna novedad. Es una imprudencia camuflada como una inevitabilidad. Un creciente porcentaje de las herramientas que dan forma a la política de seguridad nacional e internacional estadounidense está siendo diseñado, desplegado y promovido por un pequeño grupo de actores privados cuyos incentivos son agresivamente financieros, cuyos puntos de vista están profundamente militarizados y cuya rendición de cuentas a la ciudadanía es, en el mejor de los casos, mínima.

Lo que este país necesita es cualquier cosa menos un nuevo clero de ingenieros multimillonarios que nos digan que la guerra es inevitable, que el miedo es el único camino a la paz y que la democracia debe hincar la rodilla ante el conocimiento superior de quienes escriben código y algoritmos y construyen armamento. En realidad, esta historia ya la hemos oído antes: desde los estrategas nucleares de la guerra fría y los entusiastas del recuento de cadáveres de la época de Vietnam hasta los arquitectos de la doctrina de ‘shock and awe’ que ayudó a destruir Irak. A cada generación se le promete que esta tecnología, la que sea, finalmente hará que la guerra sea, a la manera estadounidense, limpia, precisa y decisiva. Y en todas las ocasiones los cadáveres se apilan.

Lo que hace que este momento sea especialmente peligroso es la velocidad y la opacidad con la que estos sistemas están siendo desarrollados y desplegados. Herramientas para marcar objetivos por inteligencia artificial, plataformas de vigilancia predictivas, armamento autónomo y sistemas que fusionan datos, todo ello está siendo integrado en las estructuras militares y de seguridad interior sin apenas debate público, una rendición de cuentas muy pobre y virtualmente ningún consentimiento digno de ese nombre por parte de las personas que viviremos –y moriremos– con sus consecuencias. La retórica de la disrupción impulsada por la inteligencia artificial se ha convertido en una excusa conveniente para pasar por encima de cualquier proceso democrático.


La premisa subyacente de los tecnomilitaristas es que la guerra permanente es el estado natural de nuestro mundo y que nuestra única elección es cuán eficazmente decidimos librarla. En realidad la seguridad nunca viene de aterrorizar al resto del planeta para someterlo: se alcanza mediante la diplomacia, la contención y adhiriéndose a la legislación internacional y la justicia económica, y al trabajo lento y sin glamour de crear instituciones que hagan que la violencia a gran escala sea algo menos posible en vez de algo más automatizado.

Puede que Alex Karp y sus socios se vean a sí mismos como realistas, con el coraje de declarar lo que otros no se atreven a decir. Pero a la hora de la verdad, su manera de ver el mundo, frágil, nihilista, confunde el dominio con la fuerza y la innovación con la sabiduría. La humanidad merece más que esta carrera armamentista interminable dirigida por hombres (porque la mayoría de ellos son hombres) que creen que ellos y nadie más que ellos están capacitados para decidir qué vidas son prescindibles. La nueva maquinaria militar de este mundo feliz a lo Aldous Huxley debería aterrorizarnos a todos.

Si la tecnología ha de modelar el futuro de la guerra (y lo hará), entonces la sociedad debe modelar las normas con las que opera. La alternativa es rendir nuestra agencia moral a un puñado de autoproclamados visionarios y esperar a que acierten. La historia sugiere que ésta es una apuesta que no podemos permitirnos hacer.

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