Un Brexit, muchos brexits: la autodestrucción de un sistema de gobierno

El retorno de la política de masas con los varios populismos, la profunda crisis económica y el auge de terceros países (particularmente China) han hecho pedazos todos los consensos. El Brexit no es pues una causa, sino un síntoma temprano de este cambio de época.

Contra el Brexit
Protesta contra el Brexit en Liverpool. Foto de Tim Jokl.

publicado
2018-12-16 06:00:00

Existe una cuenta en Twitter, @KarlSharro, que parodia los comentarios de la prensa internacional sobre los países del Sur Global, aplicándolos a Europa. La treta actúa como una reedición contemporánea de las Cartas Persas de Montesquieu, permitiendo al habitante del Viejo Continente descubrir que ni sus democracias son tan estables ni sus gobiernos tan efectivos.

Es decir, en ambos casos se elimina el filtro “orientalista” (como describió el desaparecido Edward Said) que vicia el entendimiento occidental con tópicos supremacistas heredados del periodo colonial.

Para la mayoría de observadores europeos (o europeístas), el análisis del Brexit ha estado viciado por una suerte de orientalismo, un sentimiento burlón de superioridad. “Los ingleses han votado lo que se merecen”, parecen afirmar, con el desdén de una pareja despechada. Ante cada contrariedad y revés de los negociadores, los corresponsales londinenses de RTVE, France Télévisions o RTL parecían conectar en directo con un compartido sentimiento de schadenfreude.

Para entender de verdad el Brexit, sin embargo, hay que eliminar este sentimiento de superioridad. ¿Qué revela este tono burlón sobre el estado de nuestras democracias?

En realidad, lo que obvian estos reportajes superficiales es que la crisis británica evidencia un colapso generalizado. La configuración de los sistemas liberal-parlamentarios que surgieron del final de la Guerra Fría ya no es sostenible. Sus cimientos (concretamente el momento postpolítico de reducida participación ciudadana; el abandono de la socialdemocracia de postguerra en favor del neoliberalismo; y la creación de un polo hegemónico en torno al europeísmo y el atlantismo) son ahora azucarillos.

El retorno de la política de masas con los varios populismos, la profunda crisis económica y el auge de terceros países (particularmente China) han hecho pedazos todos estos consensos. Estas crisis han afectado a todos los países europeos por igual, pero se han materializado en las Islas Británicas con mayor claridad. El Brexit no es pues una causa, sino un síntoma temprano de este cambio de época.

El euroescepticismo: el pozo envenenado de la política británica

A los ojos de un habitante de nuestra península, para quien la UE fue la salvación tras años de aislamiento y represión, es difícil entender la extraña ascendencia del euroescepticismo británico. Para ello, hay que examinar la evolución de las dos familias (una moderada, otra radical) constituyentes en ambos partidos mayoritarios británicas: el Laborista y el Conservador.

El euroescepticismo conservador tiene, paradójicamente, mucho menos arraigo que el laborista. Antes del thatcherismo, era la izquierda laborista la que veía con desdén la unificación europea. La columna vertebral del partido, los sindicatos, sostenían un movimiento transversal similar al del PCI italiano: de los pubs nacionalizados, a las cooperativas de consumo o a la medicina socializada, su implantación de “la cuna a la tumba” era envidiable. ¿Qué necesidad había de meterse en una organización continental de libre comercio, dirigida por élites extranjeras?

Ese proyecto impulsado por notables contrarrevolucionarios como De Gaulle o Erhard (el inflexible banquero central alemán) era, por el contrario, el sueño dorado de los conservadores. Sería Europa, con sus impenetrables acuerdos entre los grandes oligopolios nacionales, la que salvaría a Reino Unido de convertirse en la Cuba del Atlántico Norte.

Hubo un thatcherismo antes de Thatcher. En realidad, cuando esta figura legendaria de la derecha neoliberal llegó al poder, el pueblo ya estaba preparado para sus políticas. Como hoy en día, el conflicto determinante de los años 70 no fue entre el Partido Laborista y el Conservador, sino entre las almas dentro de cada partido. El que sería último gobierno laborista hasta Tony Blair, el gabinete de Callaghan, mantuvo un pulso con el ala izquierda del partido, representada por Tony Benn, como narra el documental Contra la Marea.


Este conflicto entre personalidades resumía las opciones futuras para la izquierda local: o bien aceptar la solución conservadora, asumir un préstamo del FMI condicionado a reducir el tamaño del Estado; o luchar por profundizar en la revolución socialista, facilitando la cooperativización de empresas decadentes y la inversión masiva estatal en tecnologías de información y comunicación. Como es bien sabido, ganó el primer bloque y, como hiciese el socialismo solchaguista respecto al aznarismo, preparó la victoria absoluta de Thatcher durante los años 80.

Más que dividir al país, lo que logró Thatcher fue dividir a los partidos. El laborismo moderado, con su escisión liberal, comenzó a mirar a la Europa “regulada” como el antídoto al Big Bang financiero. El izquierdista seguía convencido de que aquello no era más que la expresión continental del thatcherismo.

El conservadurismo radical, por otro lado, empezó a sentirse receloso de las prerrogativas políticas de Bruselas. Al fin y al cabo, los nobles antepasados de estos diputados educados en Eton y Oxford (de Wellington a Churchill) habían luchado por una Gran Bretaña libre de injerencias continentales. Su doctrina: abran paso al capital británico; pero dejen de meterse con nuestra particular (y limitada) visión de los derechos sindicales o la regulación medioambiental.

Como le pasase a Callaghan, esta división acabó con Thatcher, dando paso al relativamente eurófilo Major y al decididamente enamorado de la bandera azul con estrellas Blair. Esto inauguró un incómodo consenso respecto a la Unión: para los moderados de ambos partidos, una combinación suficientemente satisfactoria de liberalismo económico y social.

Todo se hizo pedazos cuando las bases económicas de los 90 demostraron ser una farsa. Es entonces cuando las cuatro almas de ambos partidos volvieron a enfrentarse.

Dos años haciendo mucho haciendo nada: conservadores divididos

Como demuestra un estudio reciente, el voto al Brexit fue el resultado de la austeridad promovida por gobiernos laboristas y conservadores tras la crisis de 2007. Una década después, todo parecía sonreír a los euroescépticos de derechas que lideraron el referéndum, en el lejano verano de 2016.

Ganaron. Se libraron del “acomplejado” David Cameron, que apenas había arrancado unas pocas concesiones a Bruselas. La oposición estaba enfrentada, y el izquierdista Corbyn tuvo que lidiar con una rebelión interna por su poco entusiasta europeísmo.

Sobre el período posterior a esta victoria, uno de los consensos infundados respecto al gobierno de Theresa May es que ha desperdiciado los dos años que preveía el Artículo 50 para negociar un buen “trato” para Reino Unido.
En realidad, la historia de estos dos años es del conflicto intra-élites que han hecho mucho para que nada se moviese.

Theresa May tuvo un otoño dulce, arropado por su partido. Su siguiente paso: convocar elecciones en invierno de 2017 para aplastar el laborismo y convertir Reino Unido en sistema político de partido único, de paso eliminando el poder de los diputados eurófilos de la coalición conservadora. ¿El objetivo? Sin duda, establecer la Singapur del Mar del Norte, con casi inexistentes impuestos de sociedades, condiciones laborales dignas o controles de capitales. Una forma de competir, a la baja, con el decadente continente europeo.

Por supuesto, aquellos que no hacen una lectura materialista de la historia, tienden a subestimar el poder de las ideas propias.

Carta desde Europa
Ilusiones útiles que han dejado de serlo

Los mandatarios europeos juegan en una especie de esquema de Ponzi, que finalmente está a punto de derrumbarse primero en Roma y en Londres, después, en Berlín, París y Bruselas.

Pero con un país en largo declive económico, el manifiesto socialista de los corbynistas ilusionó tanto a la población que solo un sistema electoral muy poco proporcional pudo impedir la victoria izquierdista. May perdió su mayoría, dependiendo todavía más de los brexiters propios y de los del partido Unionista de Irlanda del Norte. Corbyn, justamente al revés, reforzó su poder sobre el partido y tomó prestado algo del confuciano arte de gobernar rajoyano: no interrumpas a tus enemigos cuando estén cometiendo un error.

Desde ese verano de 2017, ha habido un hiperactivo fracaso tras fracaso conforme se acercaba la fecha fatídica de abandono de la UE: marzo de 2019. Los primeros intentos amistosos y asertivos de librarse de lo malo (contribuir al presupuesto) y quedarse con lo bueno (unión aduanera); o de negociar con los países por separado; se estrellaron ante la misma voluntad de hierro que hiciese caer a Tsipras y Varoufakis. Mientras, el gobierno May sobrevivía como podía como un doble rehén de los brexiters y los moderados.

Brexit
La desastrosa gestión del Brexit constata el fracaso del Estado neoliberal

Todavía es incierto lo que durará el gobierno actual, pero está claro que pasará a la historia como uno de los más incapaces en la historia parlamentaria de Reino Unido.

Finalmente, llegó el escueto “Acuerdo de Chequers” que, como era previsible, no satisfizo a nadie. Como última oportunidad, May se subió de nuevo al avión para alcanzar el acuerdo mínimo posible: algo cercano a la situación Noruega; es decir, acceso al mercado común pero aceptación en la práctica de sus regulaciones, sin posibilidad de voz ni voto. Y el mantenimiento de la frontera abierta entre Irlanda del Norte y la República.

Temiendo un rechazo total de su propuesta, May retrasó tanto el voto sobre esta propuesta que recibió la primera sanción por desacato en la historia moderna del Parlamento. Es entonces cuando los brexiters provocaron una moción de censura interna; es decir, para sustituirla por otro líder conservador.

May, como era previsible, ganó y obtuvo un año más como líder. ¡Pero sin haber solucionado ninguno de los problemas ni generado ningún consenso hacia su acuerdo de abandono de la UE! La creación de esta trampa perfecta es el resultado de una astuta estrategia laborista, que también ha resultado de múltiples conflictos internos.

Ni el Brexit ni el colapso de la UE: el verdadero peligro es Jeremy Corbyn

Como hemos dicho, la estrategia corbynista fue, en apariencia (y como le achacan sus críticos) la de “no hacer nada”. Como sucede con May, estos observadores ignoran los movimientos tectónicos que el septuagenario líder y su movimiento han provocado en la sociedad británica.

Al contrario que los conservadores, que contaban con la “opción Singapur” de la derecha dura neoliberal para un país post-Brexit, no existía una visión estratégica dentro del laborismo en 2016. El ala más asertiva del partido eran los blairistas asociados al grupo Progress, que consideraban necesaria la repetición del referéndum y el rechazo al Brexit por todos los medios.

No hace falta decir que esta visión iba en contra del apetito anti-EU de numerosos votantes laboristas en Gales y el Noreste de Inglaterra: el corazón postindustrial del apoyo laborista.

Estos centristas eligieron al anodino diputado galés Owen Smith para retar el liderazgo de Corbyn; ese intento fracasó estrepitosamente y se tradujo en entregar el partido a los socialistas. La idea era resignarse y esperar: ya que los conservadores convocarán elecciones, dejemos que Corbyn pierda en sus propios términos y luego ya nos haremos con el control del partido.

Reino Unido
Corbyn y el miedo del poder británico

The Sun destapaba recientemente la “exclusiva”: un exespía checoslovaco afirmaba haber contactado con el líder de la oposición laborista en los 80. Reino Unido tenía así su nueva saga mediática de James Bond.

El objetivo final: convocar un segundo referéndum para ganarlo y permanecer en la UE.

Las elecciones de 2017 lo cambiaron todo. Corbyn consiguió un aumento del voto similar a la apisonadora laborista de 1945, cuando se estableció el Estado del Bienestar con Attlee. ¿La clave de la victoria? Paradójicamente, mantenerse al margen del debate sobre Europa y centrarse en el programa de transformación más ambicioso desde los años 70.

Es decir, al no prometer la repetición del referéndum o el bloqueo del Brexit desde Westminster, los corbynistas evitaron que los conservadores acusaran al laborismo de bloquear la voluntad nacional. El mejor contraejemplo son los liberales, el partido pro-europeo más asertivo, que colapsó en las urnas.

Quedó patente que el proyecto europeo solo convencía, al menos en ese momento, a los blairistas cuyas políticas económicas neoliberales habían incubado la crisis. Si bien es cierto que la actual situación de bloqueo ha hecho que los izquierdistas, de Owen Jones a Paul Mason, apoyen ahora una repetición del voto, la habilidad corbynista de navegar esta crisis ha permitido no solo mantener sino aumentar la simpatía social generada durante las elecciones. De este modo, el líder es una suerte de espejo que refleja los anhelos progresistas de una coalición heterogénea.

May, que habría preferido a unos oponentes obsesionados con el retorno Europa para ser la única representante posible del voto brexiter; quedó atrapada en la situación descrita arriba. ¿Su única solución? Una llamada desesperada al espíritu contrarrevolucionario que la Comunidad Económica de los años 70 había representado para los conservadores. De hecho, los últimos acuerdos alcanzados con Bruselas establecen claramente los límites a la intervención estatal, que evitarían el retorno del socialismo estatal post-Brexit.

Al final del camino, el Brexit ha dejado paso a una estrategia desesperada para evitar a toda costa que la “larga marcha” del socialismo laborista llegue al poder. Esta situación inesperada es mucho más peligrosa para las élites europeas que el abandono de la Unión por uno de sus miembros o su misma desolución. Es decir, la falsa crisis oculta una crisis mayor: el terror del establishment a un nuevo horizonte de transformación social.

El futuro de Europa y sus familias políticas divididas

Como hemos visto, lejos de ser un movimiento racista o simplemente antieuropeo, el Brexit es una crisis de gobernabilidad sin signo político definido. La depauperada población británica rechazó de un plumazo el modelo económico financiarizado de los años 90

Si bien es cierto que la extrema derecha supo canalizar el descontento inicial, la fuerza insurgente en ascenso ha resultado ser el socialismo de Corbyn, el movimiento Momentum y la visión económica del lugarteniente McDonell.

En el resto de Europa, todos los países fuera del núcleo alemán se enfrentan a desafíos similares. Si bien por el momento es la derecha racista la que se beneficia del euroescepticismo, la Francia Insumisa o el movimiento de Varoufakis DIEM 25 están planteando un ultimátum: o se reforma la Unión, o se destruye. El gatillazo italiano, que ha acabado cediendo a Bruselas, demuestra que hay espacio para un euroescepticismo valiente que unifique a las izquierdas.

Como muestra el ejemplo británico, la bandera azul con estrellas solo invoca la afiliación de las élites económicas. El fracaso del leve reformismo macronista es un ejemplo más de este reducido entusiasmo.

En Reino Unido, todavía habrá que ver si se repite el voto, se produce el Brexit o se unen otros países al movimiento; la clave, como siempre, es el pulso entre las distintas almas de los partidos. En juego, cuestiones tan dispares y vitales como la reunificación irlandesa, Gibraltar, el destino de los migrantes europeos y los británicos en el Sur de Europa… Se podría decir que jamás una clase política tan incapaz tuvo en sus manos los destinos de tantos.

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