Reino Unido
Las acusaciones de espionaje contra Jeremy Corbyn y el miedo del ‘establishment’ británico

The Sun destapaba recientemente la “exclusiva”: un exespía checoslovaco afirmaba haber contactado con el líder de la oposición laborista en los 80. Reino Unido tenía así su nueva saga mediática de James Bond.

Jeremy Corbyn
El líder laborista británico, Jeremy Corbyn
3 mar 2018 05:01

Con cada nueva entrega de la saga James Bond en el Reino Unido se preguntan: ¿quién sustituirá a Daniel Craig? ¿Idris Elba? ¿Tom Hiddleston? A mediados de febrero, un nuevo candidato ocupaba todas las portadas de la 'prensa seria': ¡ni más ni menos que el líder de la oposición laborista, el sexagenario Jeremy Corbyn! ¿El motivo? Las escandalosas revelaciones de un exespía checoslovaco que afirmaba haber contactado con Corbyn en los 80.

desde Checoslovaquia con Amor

El periódico The Sun destapaba la “exclusiva”: aparentemente, Corbyn se habría reunido con los agentes checos hasta en tres ocasiones para discutir asuntos de seguridad nacional. Esto le calificaría como “agente”, a los ojos del entonces gobierno del Pacto de Varsovia en Checoslovaquia. El artículo alegaba que incluso habría dado acceso a uno de ellos al Parlamento; y el equipo de Corbyn confirmaba una reunión con un diplomático checo, pero desmentía las acusaciones de espionaje.

Aun así, el tabloide amarillista por excelencia, The Daily Mail, recogía y ampliaba la noticia. Igualmente, The Times, supuestamente el diario “serio” de centro-derecha, y The Guardian, equivalente para el centro-izquierda; publicaban columnas que ni afirmaban ni negaban la evidencia. Todo ello daba credibilidad a las afirmaciones de un individuo que (como la polémica del Russiagate en Estados Unidos) alimenta las paranoias del establishment, la derecha y el centro-liberal. Como era de esperar, la derecha tuitera y las voces más ruidosas del nacionalismo inglés se agarraban a la noticia pidiendo su dimisión, e incluso su procesamiento por “traición a la patria”. 

Los archiveros del antiguo servicio secreto checo, la StB, desmentían completamente las acusaciones. Es cierto que Corbyn pudo reunirse con un agente suyo, pero ni el británico sabía esta información, ni la StB lo consideró un agente o informador. Igualmente, las autoridades alemanas, supervisoras de los archivos de la Stasi (el servicio secreto de la Alemania del Este), confirmaron que no existe ni ha existido nunca ningún informe o información sobre Jeremy Corbyn o su colega Diane Abott. Igualmente, el parlamentario conservador Ben Bradley, que tuiteó que Corbyn había “vendido secretos británicos a espías comunistas”, fue demandado por difamación y forzado a retractarse en Twitter. La demanda obligó a Bradley, además, a hacer una donación a una institución elegida por Corbyn. Corbyn, sin pensárselo dos veces, eligió un banco de alimentos que lucha contra la malnutrición infantil en la circunscripción que representa el conservador Bradley.

El propio Corbyn publicaba un vídeo donde, irónicamente, se sorprendía viendo cómo “algunos periódicos han transformado la política británica en una película de James Bond”

En cualquier caso, si estos intercambios se hubiesen producido… ¿cuál es exactamente la información que Corbyn habría suministrado al enemigo? En 1986, el joven parlamentario era una figura marginal en la extrema izquierda del partido. Los laboristas, enfrentados con Margaret Thatcher y con muy pocas posibilidades de alcanzar el poder, comenzaban su viaje al “centro político” que culminó con Tony Blair. Por lo tanto, Corbyn y los miembros de su actual equipo de oposición no tenían acceso a ninguna información relevante. No es que su partido no estuviese en el poder, ¡es que él no tenía poder dentro de su partido! El (más que probablemente) inexistente espía checo que hubiese compartido una taza de té con el señor Corbyn habría pasado una tarde francamente aburrida.

Sin piedad para el “enemigo interno”

Por supuesto, el entorno laborista se tomó estas “revelaciones” con mofa. El propio Corbyn publicaba un vídeo donde, irónicamente, se sorprendía viendo cómo “algunos periódicos han transformado la política británica en una película de James Bond”. Ya en 2015, cuando fue elegido líder de la oposición, los conservadores al mando de David Cameron le acusaron de simpatizar con el mismísimo Osama Bin Laden. Todo porque había lamentado su asesinato extrajudicial, argumentando que un proceso judicial habría facilitado las investigaciones contra el yihadismo. En las pasadas elecciones, se le acusó de tener amistades con la IRA, Hamás, Assad y (no podían faltar) Chávez, Maduro y los Castro.

Lo más grave del asunto es que Corbyn y muchos de sus conocidos fueron probablemente espiados por su propio país. Es decir, que los mismos que acusan a la izquierda de colusión con regímenes totalitarios callan ante las actividades de represión de las fuerzas de seguridad del Estado contra conciudadanos de un país “libre”. Antiguos trabajadores del MI5, el servicio de contrainteligencia británico, reconocieron en 2015 haber recogido amplios ficheros sobre políticos del principal partido de oposición. Igualmente, el Estado británico tuvo que indemnizar a decenas de mujeres de los movimientos antirracistas, medioambientales y feministas que fueron engañadas por agentes de policía, que se hicieron pasar por sus amantes; ¡algunos incluso formaron familias que después abandonaron!

Las elecciones de 2017 fueron las primeras en que los medios tradicionales perdieron el control sobre la narrativa. Sus múltiples ataques a Corbyn solo lograron aumentar el descrédito

Como reflejan series como House of Cards (la original británica) y A Very British Coup, los movimientos de izquierda han sido siempre para las altas esferas del poder un enemigo interno (“enemy within”). Fuera de España, el famoso “oro de Moscú” (hoy oro de Caracas) se utilizaba en los años 20 y 30 para denominar las supuestas actividades de apoyo estalinista a partidos de izquierda en Europa. En las elecciones de 1924, los servicios secretos británicos fabricaron la famosa “carta Zinoviev” para hacer creer que el primer gobierno laborista de la historia planeaba desmantelar las fuerzas armadas y provocar una guerra civil.

En los años 60 y 70, un grupo de exmilitares, financieros y comerciantes de armas pertenecientes al selecto Club Clermont de Londres idearon un plan de contingencia. Como recoge el documental The Mayfair Set, del celebrado director Adam Curtis, estos conspiradores tomarían el poder por la fuerza en caso de un gobierno laborista. Muchos miembros de este grupo, años más tarde, reevaluaron su estrategia y financiaron los thinktanks neoliberales y grupos mediáticos que auparon a Margaret Thatcher al poder.

Recuperar el control de la narrativa

Como se recogió en artículos anteriores, su pésima decisión de convocar las pasadas elecciones de junio de 2017, y la desastrosa gestión económica del país, han llevado a los conservadores al pánico total. El gobierno dirigido por Theresa May se sostiene por una exigua mayoría de 6 parlamentarios, proporcionados por el partido irlandés unionista. De esta forma tan precaria, el gobierno debe dirigir el país en su mayor crisis constitucional desde la Segunda Guerra Mundial: el Brexit.

La salida de las instituciones europeas implica que numerosos aspectos de la legislación vigente, como por ejemplo la frontera con Irlanda, los tratados comerciales, las subvenciones agrícolas, la inversión científica… deben ahora decidirse en Londres. May mantiene su deuda con un electorado electrizado por la xenofobia y la parálisis económica, lo que le obstaculiza para alcanzar cualquier acuerdo percibido como moderado con la Unión Europea. Al mismo tiempo, la última decisión de los laboristas de rechazar cualquier acuerdo que no incluya la unión aduanera impide a May postularse como la líder populista de un “Brexit duro” que rompa con Europa. La aparición de frikis decimonónicos como Jacob Rees-Mogg como posible sucesor de May no tranquiliza a las élites económicas británicas.

Este es el origen de la campaña mediática. El dueño del medio que la inicia, el periódico The Sun, es el famoso Rupert Murdoch, cuyo consejo de administración también ocupa José María Aznar, el expresidente español. Ambos son conocidos militantes de la derecha global, por lo que está claro que la paranoia soviética es una treta dirigida a minar la popularidad de Corbyn y sus ideas.

Lo que ha cambiado ahora es su efectividad para marcar la agenda. Como analizó Buzzfeed UK, las elecciones de 2017 fueron las primeras en que los medios tradicionales perdieron el control sobre la narrativa. Sus múltiples ataques a Corbyn solo lograron aumentar el descrédito, conforme las terroríficas predicciones y los insultos de los tertulianos se acumulaban y se contradecían unas a otras.

Figuras potentes en las redes sociales, como Owen Jones, o nuevos medios, como Novara Media, hicieron el resto para alzar a Corbyn como única alternativa posible a unas élites en decadencia. Después de tanta paranoia inducida, una historia como la del espía apenas rebota sobre el público, que está más preocupado por la caída en su calidad de vida desde la llegada de los conservadores en el lejano 2010.

En definitiva, como contaba Paul Mason, es una muestra más de que la derecha no teme ni a Rusia ni a Putin: su enemigo real es cualquiera que desee revertir la enorme desigualdad existente entre ricos y pobres. Sería deseoso que, tras este fiasco monumental, el ecosistema británico actual derive en unos medios generalistas más plurales, que ejerciten una oposición real hacia un gobierno en decadencia. Otra opción, como sucede en el Estado Español, es seguir respaldando al poder a toda costa.

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1 Comentario
#9676 13:07 3/3/2018

Enhorabuena por el trabajo que haceis. Muy buen articulo

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