Enrique Díaz Álvarez: “Hemos ampliado nuestro umbral de tolerancia a niveles alarmantes”

El escritor y profesor mexicano publica su nuevo libro, ‘Lo intolerable. Repulsión, vergüenza y responsabilidad colectiva ante la crueldad contemporánea’; una mirada hacia una época presente marcada por el autoritarismo creciente y la anestesia social.
Enrique Díaz Álvarez - 1 Recortada
Enrique Díaz Álvarez. Crédito Oswaldo Ruiz.
21 jul 2026 06:00 | Actualizado: 21 jul 2026 08:44
Enrique Díaz Álvarez ( (Ciudad de México, 1976) ha escrito un libro corto, urgente y necesario. El ensayo, publicado en Anagrama, lleva como título un adjetivo hecho sustantivo: Lo intolerable. Repulsión, vergüenza y responsabilidad colectiva ante la crueldad contemporánea; y en él Díaz Álvarez mira hacia el presente y se pregunta por lo común, la empatía, la solidaridad, las redes, la interdependencia. Se pregunta dónde están las izquierdas y cómo o porqué hemos llegado a estos niveles de anestesia colectiva. “La falta de reflejos de la izquierda, incapaz de desplegar una narrativa política internacionalista en torno a viejos principios como la solidaridad, la hospitalidad y lo común, resulta abrumadora”, escribe.

Lo intolerable es un texto que señala hacia donde no queremos mirar; hacia una degradación política y ética propia de nuestra época y que se ha convertido en un patrón al que nos hemos aclimatado. El autoritarismo cruel y omnipotente ya vive entre nosotros, y ni nos sorprende. Escribe el autor sobre la pasividad ante lo que ocurre en Gaza, ante lo que les ocurre a las personas migrantes en Estados Unidos y dispara: “En una época que cultiva la complacencia ante lo cruento, sentirse afectado representa un acto de resistencia” e insiste en “construir” más solidaridad, más interdependencia, más responsabilidad colectiva; salir del ensimismamiento, poner en guardia a la opinión pública y frenar así la deriva autoritaria.

Para ello, hay que construir contranarrativas y transitar del sentimentalismo efímero y superficial a un sentido de la responsabilidad ante situaciones políticas complejas; porque citando a Sontag —citada por Díaz Álvarez en su ensayo—: “La compasión es vacua y se marchita si no se traduce en acciones”.

El libro es un pequeño tratado del mundo actual. Escribes sobre la degradación política y ética de nuestra época, de la aclimatación a un autoritarismo cruel y omnipotente o de la importancia y necesidad de sentirse afectado como modo de resistencia. Citas a Foucault, a Berger, a Davis, a Arendt, a Sontag. ¿Qué más necesitamos para poner en guardia a la opinión pública ante la debacle del mundo?
El libro nace de la incomodidad, del mal cuerpo a causa de lo que [nuestros dirigentes] nos están mostrando, ni siquiera es lo que nos ocultan. Creo que hay hoy en día una exhibición y una política de la crueldad; y obviamente debemos apuntar hacia los perpetradores, hacia los que abusan, pero también debemos pensar sobre nuestra indolencia, sobre nuestra complacencia ante estos abusos.

En el libro empiezo escribiendo sobre las redadas brutales del ICE; con la imagen de un niño siendo arrancado de los brazos de su madre. Es justo no bajar la guardia y pensar en todo esto. ¿Qué tiene que continuar pasando para que continuemos anestesiados? Por eso digo que nos hemos aclimatado a lo intolerable. Creo que no solo tenemos que pensar en razones y en principios, sino poner nuestras propias emociones, sentirnos afectados en el primer plano. Creo que la extrema derecha se toma muy en serio esta forma de movilizar las pasiones tristes como el odio, el resentimiento, la nostalgia. Creo que la izquierda debe tomar conciencia y poner sobre la mesa no solo razones y principios, sino otra clase de afectos comunes. Por eso en el libro intento recuperar la idea de fraternidad.

De hecho, hablas mucho de la interdependencia y la responsabilidad común en el ensayo.
Hay que poner en el espacio de lo público otra clase de emociones, de efectos, que contrarresten todo lo que está movilizando e instrumentalizado la derecha.

Enrique Díaz Álvarez
Enrique Díaz Álvarez, premio Anagrama de ensayo. Foto: Johanna Marghella.

Sobre la izquierda, escribes: “La falta de reflejos de la izquierda incapaz de desplegar una narrativa política internacionalista en torno a los viejos principios como la solidaridad, la hospitalidad y lo común resulta abrumadora”.

Estamos lejos de ser autocríticos. Hemos abandonado una serie de principios, como la libertad, la igualdad y sí, la fraternidad, que es un afecto revolucionario. Y esto tiene que ver con la solidaridad, con la cooperación, con las cuestiones que atraviesan las fronteras. Ha habido muchos logros ligados a cuestiones relacionadas con el reconocimiento del derecho a la diversidad, a la identidad; pero tenemos que trabajar para poner en el centro temas ligados a lo común, a lo que nos atraviesa; al margen de lo que somos o lo que creemos que ser. Hablo de derechos sociales, de salud, de vivienda… Hay que apelar a lo que nos enseña que estamos más cerca los unos de los otros de lo que parece. Y sobre todo, hay que apelar a la acción.

Todas esas narrativas que nos desvinculan hay que contrarrestarlas con narrativas que nos vinculen, y ahí volvemos al concepto de interdependencia, porque cada uno de nosotros está afectado por él

Vivimos en una sociedad anestesiada por el píxel y las imágenes. ¿Qué necesitamos para salir del ensimismamiento?
Sí, estamos anestesiados, pasmados. Y creo que eso tiene que ver por la acumulación y la sobreexposición a imágenes que nos colapsan y nos entumecen. Esto también tiene que ver con el hecho de que la mayoría de la gente se informa a través de las redes sociales. Por otra parte, está ese relato de la narrativa neoliberal que nos quiere hacer creer que todos somos homo economicus, empresarios de nosotros mismos, y de que hay distinguirnos, separarnos del resto, pasar por encima de los demás. Esta idea ha cuajado.

Todas esas narrativas que nos desvinculan hay que contrarrestarlas con narrativas que nos vinculen, y ahí volvemos al concepto de interdependencia, porque cada uno de nosotros está afectado por él. En el libro pongo los ejemplos de John Berger y cómo trabajó con las comunidades migrantes en los años 70. En esas historias, uno se reconoce y se siente afectado por la historia del otro. No se trata de sentir culpa, que es un sentimiento personal, sino de asumir esa responsabilidad colectiva. De esto también habla Hannah Arendt, una filósofa que siempre arroja mucha luz en tiempos oscuros como este. Que seamos inocentes en ciertas acciones concretas no significa que no debamos responsabilizarnos colectivamente de ciertos asuntos, porque vivimos en comunidades políticas, así que tenemos que responder por lo que se hace en nuestro nombre; por ejemplo por cómo se trata a las personas migrantes en los centros de detención.

En el libro pones en contraposición dos realidades: una insensibilidad procedente de una adaptación sensorial al sufrimiento y a lo atroz; y por otra parte, hablas de un “sentimentalismo efímero”. Para ello recuperas la imagen del niño Aylan Kurdi, ahogado en la playa. En este dualismo introduces también el paternalismo con el que miramos hacia ciertos temas.
Lo que mueve el libro es esta idea de que hemos ampliado nuestro umbral de tolerancia a niveles alarmantes. Hemos dejado de reconocer lo que está podrido. Vemos imágenes crueles y brutales que duran 40 segundos; luego deslizamos el dedo y vemos de repente cómo un gatito arrastra una pelota. Parte de nuestra insensibilidad tiene que ver con eso. Nos hemos aclimatado a esas imágenes y hemos dejado de reconocer lo podrido, lo que daña nuestro cuerpo social. Creo que este entumecimiento es natural; como cuando una entra en un bus y apesta pero al cabo de varios minutos deja de oler el tufo. Es adaptativo.

No obstante, hay que combatir esa insensibilidad de cualquier forma y escuchar el cuerpo, sentir las arcadas y pensar con las entrañas, como decía María Zambrano. Porque no solo la extrema derecha puede mover la repulsión, nosotros también podemos reconocer la repugnancia, ¿no? La brutalidad, el abuso de poder, la asimetría, el alarde de la fuerza bruta…Hay que avergonzarse por lo que hacen los desvergonzados que nos gobiernan, como dice Sara Ahmed.

Justo en el momento en el que reina el insulto y la mentira, cuidar las palabras, contar las historias y honrar el lenguaje es importante

También vemos destellos para la esperanza. En enero vimos cómo la gente de Minnesota se movilizaba contra el ICE y se organizaban una serie de redes vecinales para defender a las personas migrantes. En 2015, la ola de solidaridad para con las personas que llegaban a Lesbos, en Grecia, también fue increíble.
Justo en el momento en el que reina el insulto y la mentira, cuidar las palabras, contar las historias y honrar el lenguaje es importante. Me gusta el periodismo narrativo, la investigación, las historias que se hacen a fuego lento; a diferencia de todos esos reels que son efímeros e inmediatos. Hay muchos escritores, periodistas y artistas contemporáneos que cuentan historias de esperanza y nos ponen en guardia. El ejemplo de Minneapolis es justamente eso: una sociedad entera sintiendo vergüenza colectiva. La vergüenza colectiva es prima hermana de la responsabilidad colectiva. Es la que hace que la gente salga a la calle y grite: “No, en nuestro nombre”.

Eso es lo que hace Forensic Architecture, ¿no?
Sí, me gustan estas prácticas estético-políticas; precisamente porque justamente hoy en día buena parte de la política se juega en el campo de la percepción de los afectos. Por eso tenemos que echar manos de escritores, artistas o colectivos como Forensic. Sus investigaciones se han usado como pruebas en tribunales internacionales. Ellos nos acercan a los testimonios de las víctimas. Eso sí: hay que alejarnos de las perspectivas lacrimógenas o paternalistas, aquellas que hipervulnerabilizan a las personas migrantes, por ejemplo. La vulnerabilidad puede ser combativa, y a los testimonios hay que reconocerles su capacidad de agencia y su persistencia.

¿Cómo elevar todo esto que estamos comentando al ámbito de la política institucional?
Es la gran pregunta y el gran reto. Cuando hablamos de esta idea de hacernos sentir esa responsabilidad colectiva, que siempre es política, y cuando nos manifestamos, cuando hacemos escuchar nuestra propia voz, en cierta manera estamos nombrando. El simple hecho de nombrar, de tomar posición, hoy en día, es muy importante.

Ante la organización comunal, el poder se revuelve y endurece la criminalización y la persecución.
En el caso de Minneapolis es muy claro, ¿no? Con los asesinatos de René Good y Alex Pretti.

Los represores son conscientes del poder que tiene el hecho de narrar una historia que importa, son conscientes de ello y por eso persiguen a quienes las cuentan, por eso censuran, acosan, asesinan

En el libro también mencionas el caso de la criminalización de las protestas por Palestina.
Se criminaliza la solidaridad, ahí vemos las decenas de ONG perseguidas y acosadas. Por eso es importante que nos preguntemos sobre ello; sobre las políticas de silenciamiento y de crueldad; quieren que tengamos miedo y ampliar nuestro umbral de tolerancia hasta que lo soportemos todo.

Los represores son conscientes del poder que tiene el hecho de narrar una historia que importa, son conscientes de ello y por eso persiguen a quienes las cuentan, por eso censuran, acosan, asesinan. Me fastidia que desde la perspectiva llamada crítica, emancipatoria, democrática, de izquierda, llámemosle como queramos, no seamos conscientes y no valoremos el poder que tiene contar historias que importan. Por eso hay que proteger a los periodistas, en países como México, por ejemplo. Si se asesinan es porque estas personas tienen una importancia dentro de la vida pública; y nosotros no somos conscientes de ese poder. Tenemos que sentar las condiciones para que esto no pase por alto. Hay que estar alerta, en guardia.

Hay muchísima vigilancia ahora.
Ante el acoso y la persecución, es entendible que la gente caiga en la autocensura, por un tema de supervivencia; pero paralelamente toman protagonismo otras palabras como “compromiso” o “responsabilidad colectiva”.

Y también hay mucha gente trabajando en red alrededor de esto que comentas.
La ideología desvinculante ha sido muy efectiva para el relato neoliberal —la autorrealización irresponsable—; la lógica de “ser empresario de ti mismo”. Ante esto debemos reivindicar la red, la comunidad, los lazos, los vínculos y los afectos, que se encuentran en el origen de los principios ligados a la izquierda. Hay que recuperar la idea de lo común y ponerlo en el centro; y hacerlo de manera que resulte atractivo no rancio o cursi. Ese es el gran reto: poner en el centro un discurso que nos atraviese, al margen de las múltiples diferencias que nos separan.

Enrique Díaz Álvarez 2 Recortada
Foto: Oswaldo Ruiz

“Gaza ha ocurrido demasiado cerca y demasiado pronto”, escribes en tu libro. Veníamos del No a la guerra de Irak, de la experiencia atroz de las guerras en los Balcanes en los 90. ¿Qué ha pasado en estos últimos 30 años?
A veces pareciera que los periodos de paz son una excepción. Hay que pensar en nuestra falta de reflejos; y hay cierto aletargamiento ante lo que pasó en Gaza. El libro nace de esa incomodidad. Los perpetradores tendrán que responder ante la justicia internacional, pero nosotros también hemos sido testigos de toda esa crueldad y brutalidad. ¿Cómo hemos caído en esa indolencia? ¿Cómo hemos caído en ese en esa especie de anestesia ante lo que nos parecía que iba a ser imposible?

Cuando salieron las fotos de Abu Ghraib, hubo un gran escándalo porque los soldados sonreían a la cámara. El gobierno de Estados Unidos intentó por todos los medios apaciguar y vender que eso lo hacían cuatro soldados descarriados. Hoy en día ni siquiera existe este recato; estamos ante una crueldad abierta y mostrada en forma de reels. El relato se exhibe incluso en redes oficiales, de la Casa Blanca, en las de Bukele. En este último caso incluso como una producción; no se trata de imágenes arrancadas clandestinamente. Nos lo están mostrando, y eso es lo que descoloca. Tenemos que ver cómo diablos hemos llegado a esto, a este despliegue de prácticas y gestos fascistas que hasta hace poco eran inimaginables. En esta época en la que la derecha moviliza las pasiones tristes, conviene escuchar a pensadores como María Zambrano, quien ponía en el centro la interdependencia y la necesidad de superar la vida platónica y poner en contacto una razón que no renunciara a la emoción y los afectos, sino que fuera sensible, incluso poética.

 Hay que apelar a la imaginación, que es transgresora por naturaleza

Vivimos una época en la que incluso se maltrata el lenguaje, por eso hay que apelar a esas palabras, a esas historias, a estas imágenes que nos entrelazan, que nos hacen reconocer lo común, que nos permiten encontrar resonancias entre nosotros. Hay que apelar a la imaginación, que es transgresora por naturaleza; y también al sentido del humor, que puede convertirse en un acto de resistencia. No hace falta caer en lo solemne. Movilizar la risa y el sentido del humor crítico también es una forma de encontrar lo común. Los fanáticos no tienen la posibilidad de reírse de sí mismos, son incapaces de sentir vergüenza. Y en todo esto, merece la pena buscar historias a fuego lento y publicar sobre aquellos testimonios que merecen ser revelados. Puede parecer una trinchera modesta, pero es insustituible, y puede motivar la acción.

Palestina
Júlia Nueno: “Entre octubre y noviembre de 2023 Israel bombardeó 17 panaderías”
Esta ingeniera ha llevado a cabo dentro de Forensic Architecture una investigación sobre el genocidio de Gaza a partir de metodologías forenses que han puesto al servicio del juicio por genocidio contra Israel en la Corte Internacional de Justicia.
Estados Unidos
La izquierda necesita mejores respuestas para la gente asustada
Si se separan las demandas inmediatas de los objetivos finales, la izquierda podría abordar los miedos reales con los que convive la gente hoy en día.
Cargando valoraciones...
Comentar
Informar de un error
Es necesario tener cuenta y acceder a ella para poder hacer envíos. Regístrate. Entra en tu cuenta.
Cargando...
Cargando...
Comentarios

Para comentar en este artículo tienes que estar registrado. Si ya tienes una cuenta, inicia sesión. Si todavía no la tienes, puedes crear una aquí en dos minutos sin coste ni números de cuenta.

Si eres socio/a puedes comentar sin moderación previa y valorar comentarios. El resto de comentarios son moderados y aprobados por la Redacción de El Salto. Para comentar sin moderación, ¡suscríbete!

Cargando comentarios...