Opinión
La izquierda necesita mejores respuestas para la gente asustada

Si se separan las demandas inmediatas de los objetivos finales, la izquierda podría abordar los miedos reales con los que convive la gente hoy en día.
ICE Minnesota - 3
Manifestación contra el ICE en Minnesota. Foto: Lorie Shaull. CC BY-NC
Atenas, Grecia.
1 jul 2026 06:00

Son tiempos de incertidumbre. Mis familiares en Teherán se preparan para que vuelvan a caer bombas. Hace unas semanas, aviones de combate surcaron los cielos de Atenas a toda velocidad; técnicamente era un espectáculo aéreo, pero no lo parecía.

Todas las noches se habla de la guerra en los programas de televisión; los algoritmos me bombardean con imágenes de conflictos. Europa se desliza hacia la militarización sin debate alguno: el temor es la agresión rusa; y la respuesta es más dinero para armamento. Se habla de reactivar el servicio militar obligatorio. Y la zona de guerra más cercana, Ucrania, está a 900 millas de donde vivo. ¿Cómo se sentirán esos tipos? Quizás las amenazas que presiento sean exageradas; quizás sean imaginarias. Pero como padre, ¿me arriesgaré?

La respuesta de la izquierda aborda lo moralmente incorrecto de la guerra, pero no dice nada sobre qué podría protegernos de ella

Y sin embargo, esto es lo que la izquierda me ofrece para afrontar ese temor: marchas bajo el lema “Welfare Not Warfare (estado del bienestar, no estado de guerra), exigencias para que Europa detenga su rearme y críticas a las campañas de propaganda belicista. Llamamientos a desmantelar la OTAN. Artículos que siguen la evolución del precio de las acciones de los fabricantes de armas Rheinmetall y Lockheed Martin.

Todo esto me lo sé, e incluso estoy de acuerdo con parte del argumentario, incluyendo los argumentos a favor de abandonar la OTAN. Pero nada de esto refleja lo que siento: que los míos podrían verse perjudicados muy pronto por una eventual escalada bélica en algún lugar del mundo. Si esto ocurriera, necesito saber que hay alguien que nos defiende. La respuesta de la izquierda aborda lo moralmente incorrecto de la guerra, pero no dice nada sobre qué podría protegernos de ella. Estos temores son reales y compartidos, pero en Occidente, la izquierda muestra una incapacidad crónica para afrontarlos. He asistido a reuniones donde organizaciones de izquierda han hecho llamadas como estas. Yo mismo he hecho algunas. Y tengo varias ideas sobre por qué sigue ocurriendo y qué podemos hacer al respecto.

Demandas máximas = impacto mínimo

Permítanme precisar esto. Nuestro problema en la izquierda es mucho más amplio que nuestra postura contra la militarización. Se trata de que, en temas que generan ansiedad en la opinión pública, hacemos exigencias maximalistas. Y las hacemos precisamente en los momentos en que la gente necesita lo contrario: respuestas concretas.

El lema “Abolición del ICE” surgió en 2018, en un momento en que los estadounidenses estaban preocupados por la migración y una frontera caótica. La ciudadanía interpretó que se estaba pidiendo la abolición de todo tipos de medidas; así que solo una cuarta parte de los demócratas apoyó la eliminación de la agencia cuando se lanzó el eslogan. Esto también es aplicable al eslógan “Open borders” (fronteras abiertas) en Europa.

“Defund the police” llegó en 2020, cuando los estadounidenses estaban preocupados por el aumento de la delincuencia. La ciudadanía estadounidense pensó que esto traería “menos seguridad”: ni 1 de cada 5 estadounidenses apoyaba la idea un año después.

La campaña “Just Stop Oil” surgió en 2022, cuando los británicos se enfrentaban a las facturas de energía más cuantiosas en años. La exigencia política en sí —no otorgar nuevas licencias de petróleo y gas— era defendible, pero para la gente común, preocupada por quién pagaría la transición, se interpretó como algo que empeoraría aún más el coste de las facturas. El 68% de los británicos desaprobó la campaña.

Tres demandas, tres temores, tres fracasos. Cada una presentó una postura que no solo fracasó ante el público, sino también ante los sectores a los que el movimiento decía representar. Una campaña que no logra construir los andamios necesarios para llegar al poder no puede cumplir lo que promete su eslogan. Estos eslóganes generaron conciencia, sí, pero no produjeron ningún cambio. Esto ocurre mientras la derecha identifica los miedos de la gente, los explota y gana elecciones. Una y otra vez.

¿Por qué seguimos haciéndolo?

Existen tres razones.

Creemos que estamos siendo radicales. Tiempos extraordinarios, medidas extraordinarias. En las discusiones sobre cómo afrontar todo esto, a menudo escucho que “hay que enfrentar su radicalidad con la nuestra”. Estoy de acuerdo con el espíritu, y con muchos de los objetivos, pero es el enfoque estratégico el que debería resultar radical. Ser radical significa provocar un cambio radical, no solo hablar de ello. La postura maximalista que prioriza los valores por encima de todo no cambia nada. Se trata de un lujo ideológico.

Gran parte de nuestra comunicación se centra en enviar señales a otros activistas, no a personas que podrían ser persuadidas

Nos decimos a nosotros mismos que la exigencia maximalista es una posición de negociación: pedir la luna, conformarse con la mitad. Sin embargo, no estamos ante una negociación, porque el poder no se mueve cuando ve una pancarta; se mueve cuando se siente amenazado.

Por último, nos estamos dirigiendo al público equivocado. Gran parte de nuestra comunicación se centra en enviar señales a otros activistas, no a personas que podrían ser persuadidas. Con esto, demostramos que somos miembros leales al grupo, lo cual no es lo mismo que ganar.

¿Qué debemos hacer?

Necesitamos tener una visión integral, separar nuestros ambiciosos objetivos finales de nuestras próximas demandas públicas. El objetivo final permanece presente y guía el trabajo, pero la demanda pública responde a los temores actuales de la gente; por lo tanto, debe ser alcanzable ahora y accesible para la mayoría, incluso cuando el objetivo final aún no lo sea.

Empecemos por el miedo. Sea cual sea la propaganda que lo haya sembrado —sobre Rusia, los inmigrantes, la delincuencia o el coste de la sostenibilidad—, debemos aceptar que ya ha arraigado, así que toca darle respuesta. Puede que no estemos de acuerdo en que el miedo esté justificado; puede que pensemos que el sistema lo está fomentando. Sin embargo, existe en la mente de la ciudadanía; así que debemos tomarlo en serio. No podemos erradicarlo con argumentos: hay que ofrecer buenas explicaciones sobre su origen y plantear respuestas.

Una vez se ha identificado el miedo, hay que formular una respuesta que lo aborde directamente

No obstante, no todos los temores merecen respuesta. Los que sí merecen respuesta tienen una forma particular: son materiales, no abstractos —el costo de vida, la guerra, el empleo, la vivienda, la delincuencia—, no se trata de “el miedo al declive” ni “el miedo al cambio cultural”. Son compartidos por la mayoría, no solo por los activistas. Y son algo que el Estado puede resolver a corto plazo, no dentro de una década.

Una vez se ha identificado el miedo, hay que formular una respuesta que lo aborde directamente. Pongamos el caso de las migraciones. En referencia a este tema, el temor se compone de dos partes que suelen confundirse: el temor a que los recién llegados compitan por recursos escasos y el temor a lo desconocido. Por lo tanto, debemos responder a la preocupación de que “nos quiten nuestros trabajos” sin culpar a los trabajadores mal pagados. Debemos exigir que se aplique la legislación laboral a todos los trabajadores, como hace el Sindicato Independiente de Trabajadores de Gran Bretaña en el Reino Unido. Cuando nadie puede cobrar por debajo del salario mínimo, nadie puede ser víctima de la competencia desleal. Debemos exigir la integración de todas las persona que llegan, especialmente a través de cursos de idiomas, como se hace en Alemania (no para preservar la homogeneidad cultural, sino para facilitar la inclusión práctica en las instituciones). Además, se debería tramitar cada solicitud de asilo en un plazo de seis meses. Esto permitiría abordar la ansiedad de un “sistema fallido” que la derecha explota, al tiempo que protegería a las personas de quedar en un limbo legal durante años.

Deberíamos negarnos al reclutamiento obligatorio y al envío de tropas a guerras con las que no estamos de acuerdo

En cuanto a la militarización, el miedo a la guerra es real. Por eso, deberíamos definir qué nos defendería realmente: aquello que mantiene a un país en pie durante una crisis. No se trata solo la preparación militar que la derecha menciona constantemente, sino que también se trata de la seguridad energética, la ciber resiliencia, una democracia sólida y la adaptación al cambio climático. Por otra parte, deberíamos denunciar lo que se vende como defensa pero no lo es. Deberíamos negarnos a poner en riesgo la vida de los soldados sin ningún propósito defensivo; deberíamos negarnos al reclutamiento obligatorio y al envío de tropas a guerras con las que no estamos de acuerdo. Deberíamos negarnos a servir de base para las operaciones estadounidenses en Oriente Medio y exigir que la seguridad europea esté en manos europeas, sea de propiedad pública y rinda cuentas democráticamente, en lugar de estar en manos de los accionistas de empresas armamentísticas estadounidenses y alemanas que se benefician con cada conflicto bélico. Estas son, por supuesto, las primeras demandas. Luego vendrá otro tipo de trabajo, más profundo y paciente, que tenga como objetivo construir una defensa civil no violenta que sea capaz de disuadir la agresión y resistir la ocupación o la represión, sin guerra.

La prueba para cada demanda es la misma: ¿Podría alguien asustado votar a favor de esto sin sentir que está votando en contra de su propia seguridad? Si no, tenemos que encontrar una versión que sí pudiera aceptar.

La derecha nos acusará de ser blandos y ofrecerá su propia versión de seguridad: represión, deportaciones, fronteras más estrictas, más policía. Estas medidas pueden parecer soluciones rápidas que calman los temores. Pero no lo son, ni funcionan. Las deportaciones masivas de Trump no han reducido la delincuencia, ni han bajado los precios, ni han aumentado la seguridad de nadie. La prohibición del velo islámico en Francia no ha reducido el extremismo. Los controles policiales arbitrarios en el Reino Unido no han reducido la delincuencia. La seguridad que se ofrece suele fracasar en la práctica. La izquierda tiene aquí la oportunidad de ofrecer una alternativa real.

Precedentes con dos horizontes

Ya se ha hecho antes. Bayard Rustin, una figura clave en el movimiento por los derechos civiles en Estados Unidos, señaló explícitamente la tensión entre los objetivos finales y las demandas inmediatas. El moderado que solo persigue lo políticamente viable, según Rustin, en la práctica, les dice a las personas que acepten el statu quo. Pero el radical que solo exige el objetivo final, sin un programa para lograrlo, es algo peor: lo que Rustin denominó un ‘moralista’. Alguien que sustituye la estrategia por el impacto y ‘busca cambiar los corazones traumatizándolos’.

Rustin también comprendió que las causas minoritarias solo se ganan conectándolas con las mayoritarias. Sostuvo que los derechos civiles no podían ser conquistados únicamente por los afroamericanos; necesitaban ‘una coalición de fuerzas progresistas que se convirtiera en la mayoría política efectiva en Estados Unidos’. Por eso, la marcha de 1963, la mayor manifestación por los derechos civiles en la historia de Estados Unidos, se denominó oficialmente Marcha sobre Washington por el Trabajo y la Libertad. Priorizó el empleo. El movimiento por los derechos civiles triunfó porque mantuvo dos objetivos en mente. Su meta final de plena igualdad racial era evidente, pero las demandas públicas reflejaban los temores económicos que compartía la mayoría de los estadounidenses.

Si la izquierda quiere ser escuchada, debe responder al miedo. Con una demanda que responda al momento, no al objetivo final subyacente

Zohran Mamdani está haciendo algo similar ahora mismo. En algunas reuniones ha hablado de expropiar los medios de producción, pero sus demandas y sus mítines no lo proponen. En cambio, ganó las elecciones a la alcaldía de Nueva York basando su campaña casi exclusivamente en la asequibilidad: congelación de alquileres en apartamentos regulados, autobuses urbanos gratuitos, guarderías universales y supermercados públicos. Dejó clara esta distinción en un discurso en 2021: “También hay temas en los que creemos firmemente —ya sea el BDS o el objetivo final de apoderarse de los medios de producción— para los que no contamos con el mismo nivel de apoyo en este momento. Es fundamental que no dejemos de lado un tema por otro… que nos acerquemos a la gente, a su postura, que nos organicemos en torno a lo que es justo y que, con el tiempo, logremos que la gente se sume a esa causa”. Dos horizontes: uno para las exigencias inmediatas del momento, otro para el objetivo final.

Esto no significa que las demandas más radicales no puedan tener un altavoz. La consigna “Abolir el ICE” goza hoy de mayor popularidad que en años anteriores, porque los excesos de Trump finalmente le han dado eco. La cuestión no es que la demanda fuera errónea cuando se lanzó por primera vez en 2018, sino que aún no había llegado su momento, y la izquierda no puede forzarlo a base de gritos. Solo podemos luchar en el terreno que tenemos: el aquí y el ahora. Volvamos al punto de partida: mi familia en Teherán. Los aviones sobre Atenas. El miedo compartido, real o imaginario, de que algo se avecina.

Si la izquierda quiere ser escuchada, debe responder al miedo. Con una demanda que responda al momento, no al objetivo final subyacente. El objetivo es importante, pero puede esperar. El miedo no.

*Artículo originalmente publicado en inglés en Waging non violence

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