América Latina
Los comunes coloniales y el golpe de Estado en Bolivia

El Alto en plena protesta contra el gobierno de facto de Jeanine Áñez.
El Alto en plena protesta contra el gobierno de facto de Jeanine Áñez. Marta Molina
Daniel Montañez Pico
6 feb 2020 00:08


Escribo este texto con mucha tristeza y decepción. Durante muchos años he sido seguidor apasionado de los debates de los “comunes”, especialmente los dados en América Latina, donde resido. Los aportes de esta corriente teórica y política son muy notables, proponiendo nuevas ideas y aproximaciones analíticas a las luchas y organizaciones sociales de nuestro tiempo, además de refrescar de forma muy creativa viejas ideas de la izquierda. Así como en Europa la corriente es cercana a la genealogía municipalista y la reconstrucción de la vida en el ámbito rural, en América Latina se acomodó a sus realidades fomentando genealogías propias y pensamiento crítico desde y con las comunidades indígenas y afrodescendientes, los feminismos comunitarios latinoamericanos, las experiencias de autonomía obrera, los debates de la educación popular, etc. Mi pasión sobre estos temas me llevó a ir a innumerables eventos relacionados con la cuestión, como el histórico seminario “El pensamiento crítico frente a la hidra capitalista” convocado por el EZLN en Chiapas el verano de 2015, o el “Congreso de la Comunalidad” en Puebla realizado en octubre del mismo año. Además, llegué a impartir durante tres años una materia relacionada con el tema a nivel de posgrado en la UNAM, universidad a la que estoy vinculado desde hace varios años, siendo una experiencia muy gratificante. En un momento de fuerte expansión del despojo territorial y el capitalismo cognitivo esta corriente nos animaba a regresar la mirada sobre los vínculos vitales más cercanos, sobre las redes de cuidados que nutrían, formaban y reproducían las comunidades en las que podíamos habitar de forma más digna el mundo. Así, se mezclaban la recuperación de experiencias de luchas comunitarias históricas con formas tradicionales de vida comunal que habían logrado sobrevivir en medio del mundo capitalista, se ponía en valor la economía de los cuidados y de la vida cotidiana comunitaria sostenible frente al romanticismo patriarcal del héroe revolucionario y muchísimos más elementos que tejían un enfoque plural, abierto, diverso y tremendamente creativo.

Pero, desde hace algunos meses, asistimos a una serie de posicionamientos políticos de las personalidades más visibles relacionadas con el enfoque bastante cuestionables. Me refiero concretamente a sus pronunciamientos sobre la situación de Venezuela en el momento en que Juan Guaidó se autoproclamó presidente del país y, sobre todo, a los más recientes relacionados con el golpe militar en Bolivia. En el primer caso se hicieron varios textos, reflexiones y pronunciamientos sobre la importancia de buscar un camino comunal propio desde los pueblos que fuera más allá de la dicotomía del “autoritarismo de Maduro y el intervencionismo estadounidense encarnado por Guaidó” en la que “habían quedado encerrados los pueblos y organizaciones sociales en Venezuela”. Se proponía así un camino intermedio más cercano a las necesidades cotidianas y las formas de organización de los pueblos y comunidades de Venezuela, el problema es que no se concretaba en ninguna acción práctica clara y que se hacía en medio de una situación de cuasi guerra civil e intervención imperialista, por lo que al final lamentablemente no sólo no contribuían a solucionar el problema sino que hasta lo agravaban sembrando discordia y desorientación en un momento crítico para el país. Este llamado a defender “lo común” frente a la “guerra dicotómica de Maduro-Guaidó” nos hizo sospechar que la corriente de los comunes tenía una lectura poco clara del imperialismo, por lo que nos animamos a intervenir en el debate con un texto que titulamos “Los comunes coloniales y la descolonización de la izquierda” en el que analizábamos esa cuestión en relación a otras críticas constructivas que hacíamos al enfoque relacionadas con la cuestión colonial y racial, haciendo un llamado a la descolonizacion de la corriente y la articulación de la misma de una forma creativa con la crítica imperialista de carácter más macro y estructural.

En el caso de Venezuela finalmente Juan Guaidó fracasó en su intento de hacerse con el poder, por lo que el debate no fue mucho más allá. Sin embargo, con el actual golpe militar en Bolivia asistimos a un episodio similar que en este caso es mucho más dramático debido a que el golpe se ha consumado. En esta ocasión los argumentos de las grandes figuras de los “comunes” son similares a los del caso de Venezuela, volviéndose a posicionar en un espacio neutral donde se ubicarían “las potencias comunales de los pueblos de Bolivia que se alejan y enfrentan a la dicotomía izquierda-derecha que a fin de cuentas son dos caras de la misma moneda del capitalismo patriarcal racista genocida”. Nos referimos concretamente a textos como los de Raúl Zibechi, Raquel Gutiérrez, Raúl Prada o María Galindo y a intervenciones orales como la de Silvia Rivera Cusicanqui, Rita Segato o Luis Tapia, donde se nos presenta un panorama en el que el pueblo, las comunidades y organizaciones sociales de Bolivia realizaron movilizaciones populares masivas que lograron la dimisión del presidente Evo Morales por la realización de un supuesto fraude electoral, pero que luego estas luchas fueron aprovechadas por la extrema derecha para hacerse con el poder. Como podrán comprobar en estos textos e intervenciones, la principal fuente para sostener la tesis del fraude electoral es nada más y nada menos que la OEA, organización históricamente ligada al imperialismo estadounidense que Fidel Castro llegó a denominar “ministerio de las colonias de EEUU”. También podrán observar que se niega la categoría de “golpe de Estado”, restándole importancia a la intervención de los Fuerzas Armadas y la policía de Bolivia en la deposición del presidente Morales. Así, de nuevo nos encontramos ante un caso en el que intelectuales cercanos a los movimientos sociales realizan una crítica al gobierno en un momento delicado en que el país está siendo asediado por una amenaza imperialista, la cual de hecho ya se ha consumado y no hay muchos visos de que exista una reversión del proceso en el corto plazo.

Siendo honesto, desde hace años sigo con alto grado de aprobación las críticas que estos autores y autoras hicieron a los gobiernos “progresistas” de América Latina. En los casos mencionados destacan, por ejemplo, las críticas a los proyectos extractivistas del Arco Minero del Orinoco en Venezuela y del TIPNIS en Bolivia, donde los gobiernos han pasado por encima de autonomías indígenas incluso reprimiendo duramente a organizaciones defensoras del territorio y formas de vida comunitarias y sostenibles. Además, como no es de extrañar, no han faltado los casos de corrupción en gobiernos de ambos países y la conformación de una estructura de burocracia partidista que en muchos casos ha parasitado el Estado inclusive con elementos derechistas infiltrados en su seno. También, como es habitual en los ciclos políticos en los que una fuerza progresista se hacen con el poder, no han faltado los casos de cooptación de líderes y lideresas sociales y, en términos generales, la desestructuración de muchas organizaciones y movimientos civiles que justamente auparon al poder a estos gobiernos en su día. La historia nos da una y mil veces ejemplos de que, por lo general, el poder transforma las mejores intenciones en las peores traiciones, cosa que no podemos negar. De esta forma, entendemos que existe en estos autores y autoras una herida enquistada con los gobiernos progresistas, poniéndose de parte de aquellos sectores y fuerzas sociales que lograron su llegada al poder y luego se sintieron traicionados por algunas de sus acciones, llegando a decir que se habían “adueñado del proceso de lucha”. Herida que, en algunos casos, tiene incluso una raíz más antigua y profunda, relacionada con la decepción histórica de muchos militantes que vivieron en carne propia el autoritarismo de organizaciones de izquierda ortodoxa en la región, especialmente en los años 80, razón por la que comienzan a voltear desde los años 90 hacia otros horizontes más heterodoxos como las reflexiones de los “comunes” y “lo común” a las que estamos haciendo referencia.

El plano y experiencia personal en este debate es evidente y muy respetable, así como es necesaria la crítica de todo gobierno que se autodenomine progresista y que incumpla con postulados básicos de los sectores y movimientos sociales que le auparon al poder. Podemos aceptar que el camino de las comunidades y los pueblos que defienden en los comunes difícilmente sería posible con gobiernos progresistas como el de Evo Morales en el poder y que hay que criticarles y enfrentarles, podemos entender que consideren como insuficientes sus logros en estos años (nacionalización de recursos estratégicos, bajada drástica de la pobreza extrema, entre otros) y que apuesten por una vía más radicalmente democrática y directa basada en lo comunitario y lo comunal. Pero todo esto no tiene porqué conducir a la ceguera política de no vislumbrar el enemigo principal en un momento tan crítico. Me pregunto si es que acaso no consideran todavía más complicado llegar al objetivo de la expansión del horizonte comunitario-popular mientras el gobierno está tomado por fuerzas políticas que promueven la quema de whipalas y el regreso de una interpretación autoritaria de la Biblia. Porque atacando al gobierno de Morales en este momento de esta forma es lo que están promoviendo. Entendemos que quieran distanciarse y no ser “carne de cañón” de un conflicto del que no quieren formar parte, pero lamentablemente forman parte de él quieran o no.

En este sentido, nos gustaría aportar al debate al menos cinco elementos clave que identificamos en la articulación de esta ceguera política:

1. Aplanamiento de experiencias

Este elemento tiene largo aliento y se puede identificar desde hace años en diversos textos de autores como Raúl Zibechi o Huáscar Salazar. En esencia vienen planteando que los gobiernos progresistas como el de Morales o Mujica son igual o más capitalistas y neoliberales que los de Peña Nieto o Macri. Bajo su punto de vista el consenso popular de que son de izquierdas les otorga la capacidad de llevar a cabo reformas estructurales neoliberales y profundizar en los procesos extractivistas de una forma que ni siquiera son capaces de llevar a cabo los gobiernos de derecha cuando están en el poder por temor a una respuesta popular masiva. Aquí les podríamos objetar varias cosas. La primera y más básica es preguntarnos que, si esto fuera cierto, ¿cómo es entonces que la OEA y el imperialismo estadounidense no les dan su apoyo y gastan tanta energía en intervenciones para sacarles del poder? La segunda, igual de básica, es preguntarnos que, si el neoliberalismo es en términos generales una tendencia al adelgazamiento del Estado y la subordinación a las sugerencias financieras del FMI y el Banco Mundial ¿cómo es posible que en este periodo se hayan multiplicado exponencialmente todo tipo de servicios sociales e infraestructuras públicas gracias a la nacionalización de recursos estratégicos desaprobada por los organismos internacionales? En definitiva, aceptamos de buen grado la afirmación de que todos son capitalistas y extractivistas, pero no podemos aceptar que lo sean de una misma forma. Y en este caso los matices marcan una gran diferencia en términos de vida cotidiana de los sectores históricamente excluidos y superexplotados. Estas consecuencias en la vida cotidiana en una perspectiva como los comunes, que quieren recentrar en “la vida” el análisis social, deberían ser tomadas en cuenta, pero en este caso curiosamente prefieren posicionarse como lo haría su tan criticado marxismo ortodoxo clásico, que no distinguiría entre “distintos sectores de una misma burguesía”. Una cosa es criticar los excesos y errores de los gobiernos progresistas y otra igualarlos a experiencias que de partida son mucho más nocivas para la vida cotidiana y alimentan la perpetuación de regímenes racistas y coloniales en la región.

2. Cultivo de la idea racista roussoniana del “buen salvaje”

Aquí inciden, especialmente Luis Tapia en referencia al caso boliviano, que los gobiernos progresistas han introducido el capitalismo en comunidades y regiones indígenas donde predominaban relaciones sociales comunales creando incipientes “burguesías indígenas”, llegando a afirmar en una conferencia en la UNAM el pasado mes de noviembre,  que “el gobierno de Morales es el más anti-indígena de la historia contemporánea de Bolivia”. Obviamente es cierto que han surgido burguesías indígenas, dado que, el vertiginoso crecimiento económico de Bolivia bajo el gobierno del MAS se concentró sobre los pueblos históricamente más desfavorecidos y muchos sectores locales indígenas aprovecharon la coyuntura para hacer negocios y empresas generando empleo y riqueza en términos capitalistas. Nos preguntamos aquí ¿No hay una visión un tanto purista de lo indígena, cercana a la idea racista del “buen salvaje” de Rousseau, que niega la agencia de las comunidades indígenas? ¿es que acaso sólo tienen derecho los sectores sociales de ascendencia occidental a ser capitalistas? Además, no viene mal recordar que lo comunal también tiene su sentido estructural dentro del capitalismo. Desde los marxismos negros de autores como el guyanés Walter Rodney se ha estudiado esta cuestión profusamente para el caso africano. En África los poderes coloniales se aliaron frecuentemente con líderes “tribales” frente a los movimientos anticoloniales panafricanistas, promoviendo que las comunidades mantuvieran formas comunales de vida y fomentando estructuras sociales tradicionales con el objetivo de mantener los territorios en situación de debilidad frente a los despojos industriales, así como para generar ejércitos de reserva de mano de obra barata. Esta lógica de “comunalismo colonial” también funcionó y sigue funcionando en muchas ocasiones en el caso latinoamericano. Si entendemos el capitalismo desde una perspectiva sistémica no todo lo comunal es precisamente anti-sistémico, ni por el contrario toda relación social inmiscuida en valores de cambio es pro-sistémica (véanse tantas experiencias cooperativistas rebeldes a lo largo del mundo).

3. Negación y silenciamiento del imperialismo

Como vemos, para analizar los errores de gobiernos progresistas se ponen muy marxistas, pero para criticar el imperialismo de EEUU se les olvidan las obras de Rosa Luxemburgo y Lenin, que de hecho nos consta que algunos conocen muy bien. Para esta cuestión parece que prefieren abrevar de la lectura de Negri y Hardt, que desde el eurocentrismo posmoderno más provinciano y soez plantearon que el imperialismo había dejado de existir y que ahora sólo existe un “Imperio” transnacional que nos domina cognitiva y biopoliticamente, olvidando que en América Latina la clásica geopolítica centro-periferia imperialista del despojo continúa viva y coleando y se aprovecha de situaciones como esta. En una intervención reciente en la UNAM Luis Tapia llega a decir que el autoritarismo del gobierno de Morales “clausuró la posibilidad de futuro del proyecto plurinacional del pueblo boliviano”, por lo que “sus potencias y movimientos sociales consiguieron que renunciara al poder”, inaugurando así “una nueva posibilidad de futuro para el proyecto plurinacional que Morales había detenido”. En su discurso no aparecen por ningún lado las Fuerzas Armadas, ni la policía, ni las fuerzas fascistas de derecha, ni el imperialismo de la OEA y EEUU colaborando para forzar la renuncia de Morales y tomar el poder a través de la senadora ultraderechista Jeanine Áñez, inaugurando de hecho un futuro poco halagador para los movimientos y sectores sociales de los que habla el mismo Luis Tapia.

Inclusive, en este tema algunos/as llegan a jugar la carta de la “multipolaridad”, presentando un panorama parecido a la Guerra Fría donde la derecha estaría vendida al imperialismo clásico comando por EEUU y los gobiernos progresistas vendidos al imperialismo de los llamados BRICS, especialmente Rusia y China, quedando los “comunes” en una posición intermedia al estilo de los países no-alineados de la Conferencia de Bandung. El actual auge económico e industrial de ciertos países periféricos ha generado la idea de que en el sistema capitalista mundial existen varias potencias que disputan el liderazgo de EEUU. No estamos en condiciones para desarrollar aquí este debate, sólo decir que, incluso en el caso en el que fuera cierta la afirmación (cosa que no creemos), parece preferible el “imperialismo” de Rusia y China que apoya el desarrollo de infraestructuras nacionales y servicios sociales públicos antes que las miserables migajas que a cambio del despojo de los recursos naturales deja el imperialismo de EEUU en la región a través de un sistema contrainsurgente de ONGs (por cierto, implacáblemente bien analizado en el pasado por el mismo Raúl Zibechi en su texto “Contrainsurgencia y miseria”).

3. La justificación desde un feminismo abstracto

En esta ocasión la crítica feminista está siendo un lugar privilegiado desde donde se están sosteniendo parte importante de estas tesis. Así, están planteando con razón que en este conflicto subyace una “pelea de machos” que genera una violencia hacia las mujeres desde los dos bandos. La dimensión patriarcal del conflicto es evidente y me recuerda a las clases que tomé con una fantástica profesora de la UNAM, la geógrafa feminista Verónica Ibarra, que siempre nos transmitió de una forma muy lúcida el patriarcalismo que subyace en los fundamentos del pensamiento geopolítico, donde los cálculos militares y políticos sobre los recursos se sobreponen y arrasan las relaciones sociales de cuidados y reproducción de la vida que construyen cotidianamente los territorios y los espacios. Hay mucha realidad en esta afirmación, claro, pero la percepción de este problema no puede de nuevo aplanar las distintas experiencias. Estos planteamientos deben ser contrapuestos con los de otras feministas descoloniales como Adriana Guzmán, Daniela Ortiz, Angela Davis o Houria Boutldja, que desde feminismos de los pueblos colonizados y racializados muestran que no todas las mujeres son igualmente afectadas ante las distintas coyunturas. Efectivamente, para las mujeres racializadas de Bolivia la vida cotidiana se hará mucho más complicada con la derecha racista en el poder y las formas de vida de sus comunidades serán atacadas con mayor dureza. Estos feminismos problematizan la estrategia política de otras formas sin perder de vista el enemigo principal que verdaderamente odia sus formas de vida. Desde estas perspectivas no se abandona la necesaria crítica al patriarcalismo de los gobiernos progresistas, pero se comprende claramente que no se puede apoyar de ningún modo, ni con omisión, un golpe de Estado militar criollo racista que perpetua el orden colonial en la región.

5. El radicalismo anti-estatal

Por último, está el problema del radicalismo anti-estatal. En un mundo ideal la sociedad comunal podría articularse y desplegarse sin necesidad de los Estados, que son intrínsecamente producto de la sociedad capitalista, racista y patriarcal, pero en la realidad práctica el camino de los pueblos se defiende de muchas formas. Por ejemplo, en la Guerra Civil Española la CNT, de carácter anarquista, llegó a entrar de forma estratégica en el gobierno con ministros. En un contexto de guerra se tuvieron que poner de acuerdo con comunistas y socialistas y formar parte del mismo Estado que querían abolir. Mientras existan los Estados algo habrá que hacer con ellos porque no van a desaparecer de la noche a la mañana, los podemos obviar y criticar pero seguirán ahí estructurando de forma importante las sociedades. En aquel caso los/as anarquistas tuvieron que defender la república, porque era más deseable y posible luchar por la anarquía en la república que luchar por la anarquía en una dictadura fascista que de hecho se terminó imponiendo y les expulsó a todos juntos del país. Y no fue fácil, los/as anarquistas lucharon por la misma república que les había reprimido duramente muchas veces en el pasado, como en 1934 en Asturias, la misma república que provocó el exilió de varios de ellos a Francia y América Latina. Pero, cuando estás dentro de un conflicto hay que tomar parte de alguna forma, quedarse en el medio no es una opción y, si se realiza, al final se decanta hacia uno de los lados aunque no sea lo que se busque. El apoyo podrá ser crítico, autónomo, temporal, como se quiera, pero la toma de partido es indispensable.

En definitiva, consideramos que la falacia del punto medio en momentos de conflicto crítico como el que se vive actualmente en Bolivia puede llegar a ser muy nociva e incluso opacar los fecundos análisis que se han realizado desde estas corrientes de los comunes y la defensa de lo común, los cuales son muy estimulantes y aportan infinidad de elementos interesantes para pensar nuestras sociedades y movimientos en diversos planos. Pero si obvian la estructura de poder imperial en la que, quieran o no, se encuentran las comunidades de América Latina, lamentablemente la potencia de su comunalismo puede quedar atrapada en las garras del fascismo y ser funcional al colonialismo, algo que de hecho ya ha empezado a ocurrir.

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1 Comentario
#47163 16:21 8/2/2020

Mire, es usted un buen intelectual y por eso me atrevo y me animo a decirle algo muy breve. Estudie la realidad y la situación de estos paises y comprenderá que lo que usted llama "comunes", es una resistencia a las formas del poder de la "izquierda progresista", y aunque usted no pueda creerlo, represora de los movimientos sociales que retoricamente dice defender. Y aunque usted le cueste creerlo, hoy el problema no es solo la derecha y el "neoliberalismo", sino también esa "izquierda progresista". Digame, en el caso de México y en relación al "Tren Tranitsmico", ¿de que lado va a estar usted, de del gobierno "progresista" o de las comunidades indígenas? Y le doy una "noticia histórica" que tampoco seguro la va creer: Stalin mato un millon de campesinos ucranianos.

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