Pensamiento
José Luis Villacañas: “Para que Thiel venda Palantir a los gobiernos, la Unión Europea debe desaparecer”
Escribe José Luis Villacañas (Úbeda, 1955) en el prólogo de su libro Senderos que se bifurcan (Arpa, 2026) que la historia no es una maestra ni es grandiosa. Bajo ese punto de partida, indica, el pasado nos aporta algunas señales para entender el presente; y el futuro, dice, “es un libro vacío” y una suma de caminos tomados en las distintas encrucijadas. A medida que se aceleran los tiempos y se disparan las preguntas a las nuevas máquinas de pensar sobre cómo terminará la vida en la Tierra o sobre qué concepto incluirá Rosalía en su próximo álbum, los senderos proponen nuevas bifurcaciones a un ritmo creciente. Villacañas se ha remontado al primero de esos cruces de caminos, el que definió la superación del neandertal por el Homo sapiens, pero no elude ninguna de las preguntas sobre los cruces que vienen, incluidas aquellas que tienen que ver con la posible desaparición del sapiens.
Mi tentación es sugerir otro sendero por el que se puede bifurcar hoy la humanidad y es la separación radical entre los caminos que proponen Peter Thiel, fundador y dueño de Palantir, y la activista climática Greta Thunberg, a la que el propio Thiel considera algo así como el Anticristo.
Sí, es un sendero que se bifurca muy poderoso. Porque es el sendero entre un mundo que tiende a reducirse cada vez más a la virtualidad y un mundo que se propone redescubrir la Tierra como un trascendental de todas las estructuras humanas. Es, por tanto, un sendero antropológico. Se trata de comprender al ser humano como un ser que, respecto a lo que han hecho las máquinas, en el fondo ya es un ser administrado, un entendimiento pasivo, paciente; o bien un ser que redescubre permanentemente la energía de la tierra, la energía del sufrimiento, la energía de los cuerpos, la energía de lo viviente y asume esta dimensión como la condición de cualquier otra dimensión humana. Por lo tanto, estamos ante una bifurcación que implica aceptar que la estructura de la evolución, la estructura que hemos traído después de tres mil millones de años de seres vivientes y dos millones y medio de años de seres humanos, esa estructura evolutiva, tiene que darse sobre el diálogo entre el cuerpo, el organismo y el medioambiente —el organismo y el nosotros— o bien que la evolución tiene que entregarse única y exclusivamente a una reducción cada vez más fuerte de lo ya creado por el ser humano mediante algoritmos. Un algoritmo que identifica lo más deseado por el ser humano y que regule su evolución mental y, en cierto modo corporal, a aquello que define una posibilidad de monetización.
¿Cómo cambia el algoritmo el presente de la humanidad?
El algoritmo define la capacidad de valor de uso y, por lo tanto, está al servicio de la monetización capitalista. Esa bifurcación entre Thiel y Thunberg trata sobre concebir todavía lo viviente al margen de la monetización que sirve a una acumulación acelerada y concentrada de capital como no se ha conocido en la historia, de que estemos en condiciones de ser medianamente autónomos respecto de este proceso de acumulación capitalista concentrada, monopolizada. Ese proceso de acumulación, por supuesto, va a afectar a todas las estructuras de la vida si es que efectivamente logra convencer de que no es una burbuja. La diferencia es clave, porque si es una burbuja será un proceso de acumulación fallido, que disolverá y destruirá lo acumulado, pero si es un proceso de acumulación que logra determinar toda nuestra estructura productiva —cosa para la que no hay evidencias todavía— entonces ciertamente implicará una estructuración completamente radical, diferente y total de nuestra sociedad.
La debilidad de un Estado se ve en su estructura específicamente diplomática. Y aquí, claro, el conjunto de cleptócratas que rodean a Trump tiene intereses a corto plazo
Thiel está expandiendo un tipo de pensamiento milenarista y apocalíptico que tiene más raigambre en Estados Unidos que en Europa. ¿Qué sentido histórico crees que tiene que el propio Thiel esté ahora “predicando” a las puertas de Roma?
Lo que se ha concitado aquí es una convergencia de dos grandes estructuras. Por una parte, una estructura material que es la del mundo de las congregaciones religiosas norteamericanas. Un mundo que es muy desconocido en Europa y muy desconocido en España, que solo es conocido por estas recién llegadas congregaciones pentecostalistas, pero que en Estados Unidos tiene un arraigo centenario. Ellos creían haber perdido la guerra frente al neoliberalismo y al cosmopolitismo, al neoliberalismo progresista o woke, para entendernos. En el fondo creían haber perdido la guerra ya desde la evolución de las congregaciones estadounidenses hacia los derechos humanos por parte de las comunidades negras, y claramente habían perdido la guerra cultural con la emergencia de la contracultura, del mundo hippie, de las comunas, con todo lo que sucede en los años 60. Con Reagan empiezan de nuevo a ver la oportunidad de ganar los espacios de poder y hacer una revolución conservadora.
Que culmina con Donald Trump.
Lo que está haciendo Trump es lo que quiso hacer Reagan y lo que preparó Nixon. Todo esto procede de un universo que durante mucho tiempo se ha visto derrotado, pero que ahora ve una oportunidad de organizar un Estado cristiano. Esa, por cierto, es una de las manifestaciones precisas de cierta forma de comprender la reforma. El anglicanismo no es sino esto. Toma su posición teórica fundamental con Martín Bucero en un libro que se llama De regno cristi, que defiende que tiene que haber un reino cristiano. Creo que es lo que la revolución conservadora intenta llevar a cabo en estos momentos. Ahora bien, el punto de convergencia teórico procede de Europa.
¿De dónde?
Thiel es un lector de la teología austriaca. Esto se ve muy bien en el libro que él mismo edita, Política y Apocalipsis. Se guía por una serie de teóricos austriacos que han venido manteniendo una teoría de la Iglesia como constitutivamente vinculada a la cuestión del Anticristo, por lo tanto, del Apocalipsis. Thiel sigue a esta teología cristiana apocalíptica, austriaca, católica y por eso no renuncia a la catolicidad. Por eso está rodeando Roma. La segunda vía fundamental de su pensamiento es René Girard. Durante mucho tiempo, Girard ha mantenido una teoría de la estructura social como necesitada de chivos expiatorios, una estructura de la mímesis que hace inevitable el conflicto, una estructura de las élites como recambio en la que unos aspiran realmente a desplazar del poder a otros, de un mundo intrínsecamente corrupto, envidioso y conflictivo. Lo cierto es que Girard pensaba mostrar que toda la estructura del chivo expiatorio forma parte del comunitarismo pagano que exige el sacrificio, y que él quería acabar con esto mediante una estructura específicamente cristiana, en el sentido de que Cristo viene a poner fin a esta estructura sacrificial del mundo con su propio sacrificio. Pero, cuando René Girard se mezcla con el apocalipticismo católico austriaco, ya no está pensando en establecer un cristianismo que sea antisacrificial, que sea antimimético, que no requiera del chivo expiatorio. Cuando esto se mezcla con el Anticristo y con el apocalipticismo austríaco, entonces surge Thiel y se regresa a un dualismo básico: Cristo-Anticristo. Pero no nos engañemos, esa necesidad ideológica está diseñada desde la necesidad de que su estructura industrial y tecnológica se pueda aplicar. Se trata de proyectar esa cultura sobre el mundo, generar una sociedad en la que sea inevitable aplicar la estructura del control y la seguridad.
Otra de las figuras de referencia para Thiel y, por extensión, para Palantir es el jurista alemán Carl Schmitt, que fue una referencia en el III Reich, pero cuyo peso teórico sobrevivió a la caída del nazismo. Vemos que sigue vigente la lógica del amigo-enemigo en la que se basa su pensamiento.
Palantir necesita este schmittianismo de amigo y enemigo, de Cristo-Anticristo, porque de otra manera ¿para qué habría que implementar una técnica que es el control identitario de cada una de las subjetividades? Sencillamente porque necesitan saber si están con Cristo o el Anticristo. Si no hay que establecer esa distinción, esa técnica no tiene función. Pero si esa técnica tiene función, entonces se puede convertir en una técnica de acumulación. Y por eso Peter Thiel se está paseando por todos los sitios donde hay aliados que pueden comprarle su técnica. Se instala en Argentina, llega a Chile y se entrevista con el que fuera ministro de Pinochet, José Piñera, que, después de haber organizado con los Chicago Boys el sistema bancario, llegó al Ministerio de Minería. Esto es, alguien que sabe dónde hay tierras raras para la industria tecnológica. En este sentido hacia donde vamos es hacia esas sociedades que modélicamente están construidas según ha construido el Estado de Israel su sociedad. Palestinos que tienen que ser vigilados individualmente porque en un momento determinado pueden tener que ser bombardeados individualmente, etcétera.
El único camino es insistir permanentemente en el proceso federal español. Reivindicar de nuevo a Francesc Pi i Margall, el político más amado de este país en el siglo XIX
¿Hasta qué punto el modelo colonial de Israel define más tendencias de ese dualismo que está en curso?
La nueva mentalidad neocolonial ha definido con toda claridad sus aspiraciones expansivas. Trump quiere Canadá, quiere Groenlandia, quiere Venezuela. Estamos hablando de una mentalidad colonial expansiva que, en el fondo, continúa la aspiración estadounidense de control de América desde comienzos del siglo XIX, desde la Doctrina Monroe. En este sentido, Cisjordania y Gaza, Siria y Libia son la manifestación de una expansión colonial y de la integración de territorios con poblaciones hostiles. Esto es lo que genera el dualismo. Se plantea la expansión, la incorporación de territorios pero, como las poblaciones son hostiles y, por lo tanto, forman parte del Anticristo, tienen que ser controladas. Porque no hay que olvidar que el Anticristo hoy es el Islam. Hay un Estado dual porque la forma de tratar a la población es dual: el trato de esa población que es definida como parte del Anticristo no es el mismo que la forma de tratar a la población que forma parte del Estado.
¿Cómo se conjuga esa dualidad?
Esto lo definieron los grandes tratadistas del totalitarismo nazi, sobre todo Ernst Fraenkel. Ese Estado dual implica que la jurisprudencia puede seguir manteniendo su autonomía en toda una serie de cosas —derecho civil, derecho penal, derecho familiar, hasta cierto punto derecho de corporaciones—, pero que, sin embargo, tiene que someterse al poder político y al poder policial cuando se trata de derechos que conciernen a las poblaciones declaradas como enemigas u hostiles o, en el caso nazi, inferiores. A estas ya no se les aplica el mismo derecho, se les aplica con toda claridad la prioridad de estructuras policiales o, llegado el caso, militares. Por lo tanto estamos hablando de Estados que van a ser estructuralmente duales y que van a perder la estructura de Estado de garantías en favor de un tratamiento discriminatorio permanente informado por estas técnicas de control de las que hablábamos al referirnos a Palantir y que va a escapar a la posibilidad de regulación de garantías jurisdiccionales por parte de los tribunales. Lo hemos visto con el ICE. Cuando un juez está en condiciones de denunciar una actuación de ICE, el FBI investiga al juez. Me parece muy importante porque es la renovación del proyecto político del nazismo sin que la cuestión de la raza sea la central.
¿Cuál es el centro?
Ya no es la cuestión de la raza, es la cuestión de tu estructura de salvación, de en dónde colocas tu propio horizonte de salvación o de obediencia, podemos decir. Y esto es lo que permite que un hispano, como es el secretario de Estado, Marco Rubio, esté en condiciones de gobernar con un gobierno que persigue de un modo radical a los hispanos. Porque no se trata de raza de hispanos, se trata de estructuras culturales. No es una cuestión, podemos decir, de razas inferiores.
¿Qué cambia y qué permanece?
Hay que recordar algo muy importante como es que los nazis tuvieron una serie de debates acerca de cuál era la solución para las razas inferiores, y hubo muchos que proponían la deportación masiva. La solución final forma parte de un dispositivo de escalada propio de un momento de guerra, pero la cuestión inmunológica era previa y tenía muchas soluciones. Y lo que ahora se está tomando como decisión, la deportación masiva, es una de esas decisiones que los nazis, en cierto modo, no tomaron por un problema de economía de escala: era más fácil matar con gas que mandar barcos a Madagascar. Esta segunda solución es la que estamos viendo en el presente.
Hay una cuestión que comentabas en un artículo reciente sobre la visita de Trump a Xi Jinping y lo que se llama la “trampa de Tucídides” en la que dos Estados compiten por la hegemonía. Para explicar la rivalidad y los riesgos de esta recurres a Hegel. ¿Cuál de esos Estados es, hoy día, más fuerte en el sentido que Hegel dio al término?
Si seguimos la doctrina del Estado de Hegel, el Estado fuerte es China. Fundamentalmente, porque está en condiciones de administrar conflictos propios de una sociedad capitalista avanzada de dos maneras. En primer lugar, produciendo una gran clase media ingente y, en segundo, llevando una política de lo que Hegel llamaba el estado de necesidades, una previsión para que continúe la máquina productiva. Esto es, una provisión de materias primas, provisión de mercados, provisión de socios, toda una estructura que implica una burocracia técnica, hegelianamente preparada para servir al Estado en la medida en que el Estado sirve a la nación. Esta base de etnicidad nacional le otorga a la burocracia china y a la dirección del Partido Comunista una cierta representatividad. No estamos hablando de una representatividad democrática, pero hablamos de representatividad y legitimidad en la medida en que es una legitimidad de resultados.
¿En qué consiste esa legitimidad?
Es una estructura construida sobre la disminución, tanto como sea posible, de estructuras oligárquicas, completamente desiguales, y de estructuras populares completamente precarias y sumidas en una lumpenproletarización. Si no tenemos esas dos cosas, el Estado es fuerte. Porque los que queden en medio tienen que agradecer al Estado su capacidad para abandonar esos dos extremos y de producir esa especie de riqueza distribuida nacionalmente. Hegel es un teórico de la representación, pero no es necesariamente un teórico de la representación democrática. Era un teórico de la organización por corporaciones, por sectores industriales, por estamentos. Y esto China en cierto modo lo cumple. Desde el punto de vista hegeliano, el Estado americano va a la deriva.
¿Por qué?
Hegel se refiere al momento en el que el imperio deja de ser el modelo universal de Estado. Él advierte de que esos Estados que han sido imperios mundiales, y que han perdido la oportunidad de seguir ofreciendo un modelo a la humanidad, no van a perder su posición de una manera completamente pasiva. Van a intentar incorporar a su gestión principios que no sean internamente vivientes. Esto es, que no procedan de la propia historia constituyente. Y lo que uno sabe cuando lee a Peter Thiel o a Alexander Karp es que, para ellos, el espíritu de la Constitución de 1787 está muerto. Para ellos es un nudo gordiano que hay que desatar porque está coaccionando la libertad. Lo dicen con toda claridad: fue la expresión de la libertad de los padres fundadores, pero no es expresión de nuestra libertad. Ellos para expresar su libertad necesitan otra cosa. Esto es exactamente lo que quiere decir Hegel cuando dice que un Estado en decadencia va a intentar incorporar principios que no son los internamente vivientes. ¿Y qué está haciendo Trump? Está incorporando principios que proceden de Putin.
La lucha de clases significa que alguien puede poner la vivienda a 5.000 euros el metro cuadrado y alguien tiene que comérselo. Esa es la lucha de clases
¿En qué sentido?
Lo que hizo Putin durante muchos años fue generar una camarilla oligárquica de empresarios tendentes a una acumulación concentrada. Que, en el caso de EEUU, esa camarilla esté en directa relación con el presidente, de tal manera que el presidente en su actividad de enriquecimiento esté decidiendo adónde va la acumulación americana, no tiene nada que ver con el principio viviente del país. Dice Hegel que cuando esto sucede, estos Estados se meterán en guerras indiscriminadas, azarosas, sin ton ni son, que son como sonámbulos y creo que la descripción de Trump como un sonámbulo mental es adecuada. En este libro de Senderos que se bifurcan hablo del momento de degeneración del Imperio Romano. El punto cero de la corrupción del Imperio Romano comienza con Calígula, a quien yo contrapongo a la figura de Filón de Alejandría (siglo I a.C). Esa corrupción vino a través de la indiferenciación radical entre el patrimonio público del Imperio y el patrimonio privado del emperador. El patrimonio de la familia Julia, de la que proceden todos los primeros emperadores, se hace equivaler en ese momento al patrimonio de Roma.
¿Cómo aplica a EEUU?
Esa indiferenciación entre el interés del Estado y el de Trump es lo que permite decir que aquellos que, como Bruce Ackerman habían hablado hace mucho tiempo ya de la corrupción de la República de Estados Unidos estaban en lo cierto. No hay un negocio que hagan los Estados Unidos que al mismo tiempo no sea un negocio que hace la familia Trump. Y por esto sus delegados en todas las estructuras de negociación internacional son su íntimo amigo y socio [Steve Witkoff] y su yerno [Jared Kushner].
Kushner, precisamente, presentó a comienzos de este año el proyecto de la Nueva Gaza, un Estado-corporación en el que desaparecerían buena parte de las estructuras políticas habituales. ¿Cómo crees que puede influir sobre la Gaza real?
Israel, que viene buscando Gaza ya desde antes de los años 50 del siglo pasado, sabe que va a ser quien ponga la materialidad de la construcción en ese territorio, vengan los inversores de donde vengan. Y por supuesto, el problema como siempre es qué contradicciones tendrán los inversores. Va a haber conflicto inevitablemente, porque a Israel le interesan las prospecciones petroleras en la plataforma continental de Gaza, y esto puede entrar en contradicción con lo que les interesa a Omán y a Emiratos Árabes, que lo que quieren es desarrollar allí la industria del ocio. Respecto a Estados Unidos, tener o no tener ahí petróleo puede ser indiferente, pero sí puede ser muy importante en este caso darle entrada a los socios árabes del petrodólar, porque esos socios son muy importantes para la industria informática y las monedas virtuales. Todo esto testimonia el carácter perturbador de la guerra de Irán, porque ese cruce de intereses puede, en un momento determinado, entrar en tensión. Por eso Trump tenía que acabar con el conflicto de Irán de una vez, porque le está poniendo en tela de juicio toda la trama de estructuras, toda la trama de intereses, que está detrás de su plan de Estado corporativo en Gaza. Irán no ha tenido prisa porque evidentemente se da cuenta que lleva ventaja, pues está debilitando ese frente unido de intereses. Si no le garantizan que Irán no tendrá la bomba atómica, Israel será otro foco de tensión. Por lo tanto, aquí nos damos cuenta, siguiendo en cierta manera a Hegel, de que un Estado fuerte es ante todo un estamento comprometido con el Estado que genera una inteligencia colegiada y colectiva y que genera una diplomacia de largo alcance. Y esto es lo que Trump no tiene.
¿Cómo influye la ruptura de la diplomacia que está llevando a cabo Trump?
¿Qué destruyó el Segundo Imperio alemán? Una diplomacia completamente irresponsable en manos del propio emperador, Guillermo II, un psicópata. La debilidad de un Estado se ve en su estructura específicamente diplomática. Y aquí, claro, el conjunto de cleptócratas que rodean a Trump tiene intereses a corto plazo. Y la diplomacia es un asunto de interés a largo plazo. Y ahí las contradicciones van a ser totales.
En Senderos que se bifurcan marcas la importancia de Max Weber para hablar de los procesos que tienen lugar en el siglo XX. ¿Cómo interpretar lo que acontece hoy desde la mirada de este pensador alemán?
Weber siempre aspiró a un capitalismo que tuviera dos cosas claras: una que se basaría en la racionalidad productiva; en atender necesidades materiales y espirituales de las masas. Y dos, que no se confundiera respecto del mercado como estructura regulativa. Porque lo que define el mercado realmente es la lucha de clases. Hoy lo estamos viendo en la vivienda. ¿Qué significa la lucha de clases? La lucha de clases significa que alguien puede poner la vivienda a 5.000 euros el metro cuadrado y alguien tiene que comérselo. Esa es la lucha de clases. Y esto tienen que saberlo los Estados que sean responsables y que sepan lo que tienen entre manos. Para Weber el capitalismo financiero era necesario porque es el colchón de las crisis. Las crisis van a ser necesarias. Las plusvalías existen y deben refugiarse en el capital financiero porque es lo que nos va a permitir vadear la situación de crisis con cierta solvencia pero, si el capitalismo financiero es el que determina la política de precios, entonces estamos en una lucha de clases que inevitablemente va a aspirar a la mayor explotación posible y eso va a tener efecto de burbuja. Y con un efecto de burbuja lo que vamos a hacer es perder la acumulación, es perder las plusvalías, de tal manera que no podamos usarlas para una transición industrial o productiva adecuadas. Mucho cuidado con simplificar a Weber, porque es muy complejo. Él sabía realmente cuáles eran las obligaciones de los Estados que aspiraran a poner la mano en la rueda de la historia y todo lo que estamos viendo desde un punto de vista weberiano y hegeliano, por supuesto, es que aquí alguien ha perdido el rumbo de forma completa.
Volvemos a la crisis del Imperio Romano y la equiparación con el actual momento Trump.
La estructura del Imperio Romano, tal y como se constituye a lo largo de su historia, es declarar socios a los vencidos. Ocurrió con Egipto, con los pueblos de la costa de Turquía, Grecia, etc. Eran falsos socios, eran vencidos. Son pueblos que fueron inicialmente derrotados, pero a los que se les dice “No, tu Dios viene a mi panteón y por lo tanto pasas a ser un socio reconocido en tus propias divinidades”. Esto es lo que hizo Estados Unidos con Europa. Estados Unidos no ha discriminado en Europa entre quién venció a Hitler y quién no. Francia no venció a Hitler. Inglaterra tampoco. Los incorporaron a su proyecto, pero como vencidos de Hitler. Esto es, EEUU hace saber las consecuencias que tiene el ser socios. Y lo hace saber cuando tiene la necesidad de expandirse. Y esto es lo que ha sucedido con Ucrania.
En el libro explicas la importancia que le da Otto von Bismarck, antes de ser defenestrado por Guillermo II, para “dejar dormir a Rusia”. Hoy vemos que se ha despertado a Rusia y las consecuencias que eso está teniendo en el continente.
Las élites alrededor de Biden fueron las que dijeron que Ucrania debía formar parte de la OTAN. Es un sueño muy antiguo de muchísima gente de Estados Unidos que Ucrania no sea Rusia. Y Europa ha tenido que obedecer. Por supuesto, como siempre sucede entre socios, a pesar de ser vencidos, se han impuesto condiciones más o menos leoninas —la compra de armas a EEUU, etc.— y a cambio de eso EEUU dejará que Ucrania esté dentro de la Unión Europea, aunque ya para ese momento todas las tierras raras, todo el petróleo será de EEUU. Entonces, no ha sido Europa la que ha despertado a Rusia, sino que ha sido Estados Unidos. Esto sucede porque Estados Unidos ya no sigue la doctrina del único que conocía realmente la tradición diplomática europea, [Henry] Kissinger. Él hizo su tesis sobre el Congreso de Viena, conoce perfectamente a Bismarck y sabe que hay que dejar dormir a Rusia.
¿Qué caminos se abren ahora?
Europa está cogida entre dos frentes porque, para que las sociedades europeas se organicen al modo de la sociedad norteamericana, la Unión Europea tiene que desaparecer. La reglamentación que exige la Unión Europea en temas como la inteligencia artificial y las políticas migratorias no permiten generar esas sociedades apocalípticas, de Cristo-Anticristo. Para que Thiel venda su Palantir a los gobiernos europeos, la Unión Europea tiene que desaparecer. Al mismo tiempo, en el otro frente, sabemos que cuando Rusia se despierta, su proyección hacia Occidente es inevitable. Se ven amenazados Polonia, los países bálticos, Rumanía, todo el Este de la UE. Yo creo que Europa jugará un doble escenario. Un escenario primero, que será fortalecer la frontera del este con Alemania, como ha desarrollado el socialdemócrata Boris Pistorius [ministro de Defensa alemán], pero al mismo tiempo enviará a Merkel a hablar con Putin.
¿En qué términos?
En primer lugar, Europa no puede entenderse sin Rusia como exterioridad, como no puede entenderse sin Turquía como exterioridad. Esto es así desde el siglo XV. En segundo lugar, Rusia lo necesita, porque está perdiendo todas las oportunidades de futuro con esta maldita guerra. Y en tercer lugar, porque a Rusia tampoco le gusta, ni puede gustarle, tener que entregarse de pies y manos a China. Rusia debería estar en condiciones de estabilizarse y debería dejar de tener la ilusión de que Estados Unidos va a intervenir de forma constructiva. Estados Unidos no va a intervenir de forma constructiva por muy cogido por el pescuezo que tenga Putin a Donald Trump. No lo va a hacer. Porque Estados Unidos lo que quiere realmente es impedir la Ruta de la Seda, esto es, impedir que desde China se pueda hacer un tren que llegue hasta Berlín.
Pero a los europeos, ¿qué nos interesa?
Europa estuvo bien cuando, primero, tenía buenas relaciones con Rusia. Y segundo, cuando por tener buenas relaciones con Rusia estaba en condiciones de intervenir mejorando la democracia rusa. Ha perdido las dos cosas. ¿Y a quién ha beneficiado eso? Entre los europeos, a nadie. Pero Europa no puede pretender tener una capacidad de influir mejorando la democracia rusa si no tiene buenas relaciones generales con Rusia. Cuanto antes enviemos a alguien a hablar allí al máximo nivel, mejor.
España tiene un papel subsidiario en las bifurcaciones históricas que desarrollas en el libro, sin embargo, destacas la figura de Donoso Cortés como alguien que influyó en Carl Schmitt y que sigue influyendo en la visión de la derecha española.
Schmitt escribe un artículo largo, tardío, sobre la relevancia europea de Donoso Cortés, aunque lo conoce desde muy joven. Cortés es muy importante justamente porque es el primero que descubre el papel de Rusia en Europa. Él está en Berlín en el año clave de 1848 y conoce prima facie que Nicolás I le dice al rey de Prusia, que tiene a su disposición el ejército ruso para neutralizar la revolución que dio paso a la II República en Francia. Esto, por supuesto, es recibido por Donoso Cortés con la idea precisa de que Rusia puede ser la potencia que garantice la existencia de las monarquías cristianas en Europa. Él es extraordinariamente consciente de que no es posible restablecer la Santa Alianza con la República parisina y que, por lo tanto, España tiene que tener algún tipo de representación propia del proceso histórico que está teniendo lugar. Ahí es cuando enuncia, en un célebre discurso, que España tiene que decidir entre la dictadura de la navaja o la dictadura de la espada. Cortés, por supuesto, acepta la dictadura de la espada antes que la de la navaja, que es plebeya. Esto, que parece una boutade se basa en un diagnóstico preciso. Rusia es la única potencia que puede impedir el proceso democrático. Donoso se pone de parte de Rusia en el sentido de que entiende que el proceso democrático es per se avanzar hacia el socialismo.
La revolución.
Desde este punto de vista, Donoso es claramente como los austriacos de los que hemos hablado antes, como Peter Thiel: un apocalíptico, un dualista en el sentido de que toda la historia está providencialmente organizada en torno a la confrontación Cristo-Anticristo. En ese momento el Anticristo obviamente es el socialismo. Porque el Anticristo se basa sobre la estructura de la hostilidad del diablo a Dios. Y ese reflejo en la tierra es la hostilidad, la dualidad absoluta entre Dios en la tierra, esto es, la Iglesia, y el Anticristo que va a aspirar a tener la misma forma de Dios. Y esto significa que va a imitar a la a la iglesia en todo. Eso, dice Donoso, son los partidos comunistas, los partidos del manifiesto. Van a tener un culto a la personalidad, van a tener una estructura cardenalicia como el comité central, y van a tener su propio pueblo, no cristiano, un pueblo de demonios que es el pueblo obrero. Y esta es la mentalidad básica de la derecha española hasta la Guerra Civil y después de la Guerra Civil.
Se suele decir que en España la nación es débil, pero el Estado es fuerte. ¿Hasta qué punto eso determina lo que parece una sobrerreacción feroz por parte del Estado contra los que considera sus enemigos, desde los comunistas (o excomunistas) hasta los independentistas?
Ningún Estado se considera fuerte si la nación es frágil. Esto es lo que le ofrece a las élites estatales su proverbial inquietud, inseguridad, fragilidad. Entonces, el problema no es que España sea un Estado fuerte y una nación tardía o frágil. El problema es que nada se construye sobre esa zona pantanosa. Ha sido aspiración permanente del Estado fortalecer el sentido de nación y el Estado ha visto que esta era una oportunidad única. Yo creo que la divisa fundamental del aznarismo es esa. Esto es lo que ha permitido que, por primera vez en la historia de España, tú puedes hacer un chiste malo de catalanes desde Santander a Cádiz y la gente se ríe. Es un sentimiento que podemos llamar protonacional muy débil, muy frágil y que tiene como único contenido el anticatalanismo. Esto la derecha lo ha explotado muy bien, lo ha usado muy bien y creo que en un momento determinado el independentismo aceptó el juego. “A nosotros no nos importa que eso suceda porque cuanto más suceda eso en España, más nos sentiremos discriminados, más podremos autoafirmarnos”. Yo creo que fue un error de perspectiva completo el no darse cuenta de que eso significa el fracaso de lo que durante los años de la Transición y después de la transición fue el gran proceso de integración de la emigración española en Catalunya. Esto, que fue una vía que permitió todas las ventajas del restablecimiento del autonomismo catalán, de los poderes propios catalanes, que fue hecho con el voto positivo de los emigrantes, esto es lo que se ha roto.
¿Cuáles son las posibles salidas en positivo?
El único camino es insistir permanentemente en el proceso federal español. Reivindicar de nuevo a Francesc Pi i Margall, el político más amado de este país en el siglo XIX. ¿Dónde se puede agarrar España? ¿Qué mito político tiene? Pi i Margall. A su entierro fue Madrid entero, porque tenía una estructura de pensamiento para todo el Estado y una política noble, tenía las dos cosas.
Utopía X
Utopía X | Episodio 1: Desde la crisis de 2008 a Trump. La llegada del cisne naranja
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