Opinión
Por una grieta entre lo insostenible y lo inevitable

¿De verdad que solo podemos aspirar a que un Rufián de la vida, o un esotérico pacto aritmético entre organizaciones políticas que cada vez nos resultan más lejanas, nos endulce un poco la ingesta de cianuro?
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La edad de jubilación ha aumentado tras la última reforma de las pensiones llevada a cabo en 2013. David F. Sabadell
31 jul 2026 06:00

Hace unas semanas, nos preguntaba un socio, muy pertinentemente, cómo a pocos meses de un 2027 de tinte electoral, no estábamos dedicando más tiempo a capturar los movimientos que se estarían dando a la izquierda del PSOE. Ciertamente es algo que, cada tanto, también atraviesa nuestras reuniones de redacción: si toca reflejar acusaciones, bailes de nombres, propuestas de alineaciones para la próxima competición electoral. En este sentido, mi compañero y responsable de política, Pablo Elorduy, escribió un artículo en respuesta dando cuenta del efecto plomizo que nos causa la contemplación de un paisaje que oscila entre la sequía y el incendio.

Ilustra el clima emocional los emoticonos que muchas veces emergen cuando aparece una noticia sobre el tema “espacio a la izquierda del PSOE”, en el Telegram de El Salto. El emoticono de la boca torcida, o el del aburrimiento, condensan muy bien la pulsión de cianuro con la que recibimos los últimos partes de guerra o de desidia del frente electoral. En la balanza de la impotencia hace tablas la angustia que genera la perspectiva de nuevos y renovados gobiernos de la derecha, con el tedio que provocan los últimos y cansados cartuchos de la nueva política. Sin embargo, el artículo de Elorduy, fue recibido con una buena cadena de comentarios de gente que —como constató el mismo socio que motivó el artículo en su propia aportación— quería conversar sobre lo que viene.

El show debe parar

“The show must go on”, decía esa canción tan famosa, cuya letra, reconozco, no me sé, pero cuyo título ha quedado impregnado como un mandato inamovible en la psique de un escenario político que nunca se detiene. Hay que seguir: detenerse y replantearse el rumbo, incluso ponderar y desandar parte del camino, suena a fracaso. Y nadie quiere fracasar, porque sería como reconocer que igual no tomó la mejor decisión, que igual se pasó de listo. Lo que pasa, es que a veces, la gente se cansa del show, cambia de canal, resopla y dice: yo esta ya me la he visto. 

Ya nos hemos visto la peli de la ventana de oportunidad, nos hemos visto la peli de las primarias que pasaron de ser una herramienta de aparente democratización, al mismo centro de la contienda política, para convertirse primero en farsa y luego en tragedia. Ya hemos visto numerosos rostros mirándonos desde los carteles apelando a la ilusión, ya hemos seguido esas trepidantes horas en la que en los despachos se hacen o rompen posibles alianzas entre gente que lleva demasiados años acumulando agravios, ya hemos visto desfilar puñaladas, personajes que acaban comiéndose a las personas, acusaciones de narcisismo o traición. ¿Cómo no cansarse de mirar?

Aunque no he probado el cianuro, me lo imagino amargo, como amargo es votar por descarte, sin ganas, eso lo hemos probado muchas y tampoco parece muy sostenible

Quizás justamente es cuando el show se detiene cuando podemos emancipar la mirada de los espacios que no dependen de nosotras para mirarnos y pensar, ¿qué tenemos?, y con lo que tenemos, ¿qué podemos hacer? Porque tener, tenemos muchas cosas. Para empezar, un diagnóstico compartido por mucha gente, un mapa de lo insostenible: son insostenibles nuestras vidas con este régimen inmobiliario y esta dictadura del interés turístico. Es insostenible ver cada verano cómo se quema una riqueza irreparable, son insostenibles la educación, la sanidad, si se les concibe como objeto de negocio y latrocinio, es insostenible ser feliz, estar sereno, mientras las malvadas Ayusos se agencian con chulería un nuevo ático. 

Pero también, frente a la cantinela de la dejadez: “es que la gente no vota”, “es que la gente pasa de todo y luego gana quien gana”, “es que la gente es idiota”, hay miles de personas en movimiento, por la vivienda, por Palestina, por la educación y la sanidad pública, por sus derechos laborales. Hay —y sé que esto sonará ingenuo— un programa político de mínimos, común, en muchas muchas de nuestras cabezas. 

¿Por qué no hablar de ello, centrar esta conversación en ello, usar espacios como este para retomar esa agenda, en lugar de concentrarnos en el show de la estéril espera de la fumata blanca previa a toda cita electoral? ¿De verdad que solo podemos aspirar a que un Rufián de la vida, o un esotérico pacto aritmético entre organizaciones políticas que cada vez nos resultan más lejanas, nos endulce un poco la ingesta de cianuro? Aunque no he probado el cianuro, me lo imagino amargo, como amargo es votar por descarte, sin ganas, eso lo hemos probado muchas y tampoco parece muy sostenible. 

Sobre los liderazgos

A estas alturas del artículo, si no te has aburrido ya, probablemente estarás pensando, qué coñazo, el mismo rollo de siempre. Lo mismo debió de pensar Elorduy cuando le dije, “voy a contestar tu artículo”, y me respondió:  “ya, vas a decir que lo importante son los procesos colectivos, el largo plazo y bla, bla, bla…”. Pues sí, aquí cada cual con sus ingenuidades y sus cansancios. Lo importante es escucharse desde la humildad de saber que nos hemos equivocado todas y todos tantas veces, que ir de listas, visionarios, o afilados estrategas, tampoco nos ha sacado de aquí. 

No, no somos tan listos, pero somos inteligentes, hay una inteligencia colectiva que toma forma y fuerza cuando se la escucha, cuando se la pone en común, y, como la cabeza de Elorduy, vale para mucho más que para barruntar estrategias sobre cómo salvar los muebles, hacer quinielas sobre la reconfiguración de la reconfiguración del espacio a la izquierda del PSOE, o defender desapasionadamente una salida de emergencia u otra a este embrollo. Lo que pasa, y es normal, es que estamos cansadas de este aroma a inevitabilidad que nada quiere saber de nuestra inteligencia. Tan cansados estamos que en los infiernos de la inevitabilidad hasta las ateas del liderazgo últimamente le rezamos a un tal Zohran Mamdani.

A Mamdani la derecha le presentó como la alteridad: musulmán, inmigrante, racializado, “el otro” enemigo al que hay que temer, y sin embargo su figura le ha dado la vuelta al concepto de alteridad: ¿no será que “el otro”, el verdadero otro, es el multimillonario que te explota, el casero que te saca al sangre, el político que responde al dinero del sionismo y no a las necesidades de su pueblo? La gente habla mucho de Mamdani, pero Mamdani habla mucho de comunidad, de hecho es de ahí de donde viene, de trabajar con comunidades. 

El alcalde de Nueva York acapara los medios, asusta un posible hiperliderazgo, pero también tiene detrás una organización fuerte como la asociación de socialistas democráticos. No llegó solo, le antecede un programa que apela a las necesidades de la gente, pues apunta, ni más ni menos, que a los derechos sociales. En una entrevista a Grace Mausser, copresidenta de la DSA de Nueva York publicada en Pikara hace unas semanas, esta abogaba por la universalidad, por pelear y materializar cambios para todas y todos, por dos razones fundamentales: las medidas que mejoran la vida de todos benefician especialmente a los grupos más vulnerabilizados. Y además, las conquistas que se hacen para todas, son más difíciles de revertir. Mausser añadía otra cuestión importante: la importancia de que los espacios políticos sean también un lugar de comunidad, de estar con otros y otras, de vencer el aislamiento, y por qué no, disfrutar. 

No, no se trata de fliparse y querer emular el modelo neoyorkino, tampoco se han inventado la rueda. Aquí hubo un aroma político similar, todo esto resulta familiar sí, ya estamos con el rollo de siempre. La cuestión es: si están los movimientos y las comunidades, si está la sensibilidad colectiva de que hay que luchar por los derechos sociales, si todas queremos una vida mejor, ¿no nos podría valer cualquier líder que, como Zohran Mamdani, aparezca en los últimos meses antes de la contienda, con tal de que abrace y defienda a muerte un programa compartido? 

A mi, personalmente, cualquier maestra de educación infantil surgida de la lucha del cero a tres, cualquier señora del movimiento de vivienda, profe de menos lectivas, o educador social bregado en los barrios, me valdría. Nadie es tan especial, tiene tanto carisma, ni sabe tanto, para que el hecho de que encabece o no una lista a las elecciones sea central, prácticamente el centro del debate político en los últimos años. Nadie es tan necesario para tener que pasar de candidata a comunidad autónoma a candidato al gobierno central a eurodiputado y después a concejal.

El reciclaje está bien, pero no hay que abusar. Puede uno echarse a un lado, y sumar todo lo aprendido a base de intentarlo y fracasar a un esfuerzo común. Puede ser más digno remar con los otros que empeñarse en ser capitán de un barco que se hunde.  Lo decía uno de los comentarios al artículo de Elorduy: más que líderes, necesitamos portavoces, así, en plural. Y entonces me viene otro flashback: este debate ya se dio, era una de las propuestas del primer Vistalegre apostaba por las portavocías rotatorias. Sí, hablo de ese Vistalegre en el que se selló un Podemos en el que la participación y el debate colectivo se vieron defenestrados a los pies de la estrategia, la vanguardia, y la ventana de oportunidad. Así que sí, el show igual doesn’t must go on, sin echar la vista atrás y recapitular.

Nadie es tan especial, tiene tanto carisma, ni sabe tanto, para que el hecho de que encabece o no una lista a las elecciones sea central, prácticamente el centro del debate político en los últimos años


Sobre los territorios

Recapitulando, creo que hay una cuestión de escala que cabría considerar: la idea de territorializar la batalla política. Pues seamos honestas, no se trata de soltar el gobierno de la nación, pero en un programa de Derechos Sociales, Moncloa confronta límites que nos llevan a la frustración y generan desidia: la sanidad, la vivienda, la educación, la gestión forestal, los transportes son, en gran medida, competencias autonómicas, una realidad que reduce muchas veces las medidas que se toman desde los ministerios a la performatividad, y que facilitan una forma de entender la política que es batalla cultural, presidencialismo, y el Pedro Sanchismo (para bien o para mal) como núcleo irradiador del odio o del malmenorismo.

Con los límites también se toparon quienes quisieron cambiar las cosas desde los ayuntamientos. No es que no se pudiera hacer nada, siempre es posible pelear más y mejor desde lo local, pero las competencias autonómicas ponían siempre fronteras a la escala. Mi sensación es que es desde las comunidades autónomas desde donde más daño irreparable se puede hacer, décadas de saqueo de lo público dan fe de ello. Con sus competencias en todo aquello que tiene que ver con nuestra cotidianeidad, con lo material, con los derechos sociales, las comunidades autónomas parecen un espacio prioritario a disputar, más ahora que vemos cómo el dopaje fascista de los gobiernos de la derecha tapan con chovinismo social (y su ocurrencia de la prioridad nacional), los estragos del neoliberalismo.

Yo tampoco me estoy inventando nada, de federalismo hablan las últimas alegrías o ventanillas de oportunidad en este tren que insiste en dirigirse de cabeza a lo inevitable. De descentralizar la mirada y territorializar las contiendas. Y aquí, a estas alturas del viaje, quizás se trata de hacer inventario sobre lo que ya existe, recuperar lo que se quedó por el camino, saber leer y potenciar las grietas que se van abriendo y tejer con todo ello algo distinto, que nos sea familiar y querido, pero también transgresor e imaginativo. Construir sobre lo que ya existe, en lugar de esperar a la vanguardia estratega que se saque la nueva fórmula mágica de la manga para que el show no se detenga y confabular en la retaguardia contra la inevitabilidad.

Ya sabemos del empuje de la derecha nutrida por los medios del odio y el cultivo del malestar. Ya sabemos de las tretas de un PSOE neoliberal y corrupto, para convencernos de que quizás sí, pero el PP más. Ya sabemos de las heridas y sin sabores de la izquierda que querría ser transfomadora. Pero también sabemos que a veces vienen sorpresas, giros de guion aparentemente impredecibles, pero que nunca vienen solos, que hay que invocarlos en común. 

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Los artículos de opinión no reflejan necesariamente la visión del medio.

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