Opinión
Geopolítica de las comunidades
Israel y Estados Unidos decidieron bombardear Irán. Y desde entonces no vivimos solo una guerra, sino un ejercicio bélico de aniquilación del sentido. Nada lo tiene ya: han perdido el sentido las palabras, circulan anémicas las declaraciones, languidecen los compromisos. Como un mono dando saltos con platillos, Trump ha convertido el lenguaje en un galimatías sin conexión con el mundo. Y mientras, mata niñas, destruye ciudades, se apodera de gobiernos, condena al hambre a poblaciones enteras, instaura la limpieza étnica en su país, y se vuelve cada día más rico. Ya no se esfuerza en proferir posverdades. Él hace la verdad, hace mundo a golpe de orden ejecutiva y posteo. ¿Qué hacer con esta impotencia?
¿Qué hacer con el epílogo interminable de la guerra contra los gazatíes? ¿Con el goteo cotidiano de asesinatos que ya no se hace sitio en las noticias? ¿Y con la pedagogía de la crueldad como forma de gobierno en Cisjordania, la pinza entre colonos salvajes y fríos soldados, determinados para robar la tierra y el futuro? ¿Qué se hace con la destrucción de Líbano crimen a crimen de guerra, obra de un Netanyahu que, como todo castigo, obtiene una reprimenda cada tanto por parte del jefazo de toda esta mierda?
Como un mono dando saltos con platillos, Trump ha convertido el lenguaje en una galimatías sin conexión con el mundo. Y mientras, mata niñas, destruye ciudades, se apodera de gobiernos
No he acabado, el desconcierto es inagotable. Y sigue con la bukelización de la política en América Latina, donde a cada elección parece emerger últimamente un virrey que concentra en sí mismo lo peor del caciquismo colonial y de la prepotencia insolente yanki. Mientras, del continente africano solo nos llega un batiburrillo de guerras que sospechamos enquistadas, de pandemias que solo son soportables si pasan lejos.
Luego está China, el comodín de la gran potencia sensata por contraste, pues al otro solo parecemos poder entenderlo en términos geopolíticos que desdibujan a los pueblos: verlos en relación con Occidente, pensar cómo afectan a Occidente, y sacar diagnósticos sencillos y operativos. Y al final Europa, maldita Europa, con ese discurso sonrojante sobre sus supuestos valores morales, mientras prepara a golpe de normativa una mejor sistematización de la caza y deportación de personas. Europa que ha decidido que la única industria sostenible para el futuro es la del control y la muerte.
El imperio de las últimas horas
Estamos en tiempos en los que la política internacional parece un vodevil en el que líderes variopintos se amigan, se adulan, se enfadan, se dan palmadas los unos a los otros, y vuelta a empezar. En los que el máximo mandatario del mundo pretende, vía Junta de Paz, sustituir los organismos internacionales con algo parecido a un club de campo. En los que la isla de Epstein parece la más literal metáfora sobre cómo funciona el poder: secretitos entre amigos que hacen negocios juntos, fuerzan mujeres, y se van de fiesta. Quizás esta “mememización” de la política internacional sea su retrato más fidedigno, tal vez las costuras del poder sean tan grotescas como nos parecen, y ver lo que había debajo de los trajes azules, y el palabrerío, sea, después de todo, un avance.
La velocidad, la hipérbole y el ruido, son solo una parte de la realidad, un imperio débil, al que le crecen siempre periferias. Vayamos a encontrarnos en ellas
Hace tiempo que las noticias nos ofrecen una narrativa ininteligible, un relato obsceno e imprevisible. O tal vez sea todo lo contrario: que entre las estrambóticas declaraciones del presidente de la primera potencia del mundo y sus dejes imperiales, y toda la caterva de señores vociferantes que se están haciendo con los púlpitos y los mandos del mundo, leemos con demasiado claridad que a este paso, se nos acaba el mundo, sin haber podido hacer mucho más que echarnos las manos a la cabeza.
En las últimas horas, en los directos, en la tormenta de información que siempre nos tiene empapadas, se teje una malla de imposibles que nos hacen rebotar contra lo insoportable. La velocidad es un régimen, la hipérbole es una forma de gobierno, el ruido es un sistema. Que no se pueda hacer nada contra ello es mentira. Porque la velocidad, la hipérbole y el ruido, son solo una parte de la realidad, un imperio débil, al que le crecen siempre periferias. Vayamos a encontrarnos en ellas.
La pulsión comunitaria
Frente a una geopolítica incomprensible, un gobierno de las cosas que nos desorienta y supera, quizás toque balbucear lenguajes nuevos, insurgencias de bolsillo con las que hacer también mundo. Mirar al mundo que sí nos dice cosas que podemos entender, poner el foco en las realidades que sí podemos imaginar cambiar. Citaría aquí a Yasmine, una adolescente que hace unos meses, en un encuentro sobre barrio y filosofía leyó un texto en el que concluía: “Hay que volver a la realidad, hay que volver a los barrios”. Sugería otro espacio para centrar la mirada. Mirando el barrio se entienden las migraciones, la crisis de la vivienda, la crisis ecológica, la crisis de democracia, la gentrificación y el expolio. Problemas que de una manera u otra, tocan a todos los barrios del mundo. Quizás, de la tristeza del internacionalismo, pueda surgir, alegre, el interbarrionalismo.
No se trata de salvaguardar una abstracta idea de la nación, sino de cuidar a las comunidades con las que se vive. Comunidades que nacen de compartir una experiencia y un tiempo
La misma pulsión de comunidad que tiene a la gente sumándose a las iglesias evangélicas, que hace que muchos hombres enfadados ingresen en comunidades virtuales en torno al odio a otros u otras, podría transformarse en pulsión de vida y política del común, si tuviera un horizonte gozoso en el que arraigar, frente a un individualismo que solo está retribuyendo deriva y frío. Lo decía el filósofo Santiago Alba Rico en una charla hace unas semanas: “Estamos hartos de nosotros mismos”. Se siente cuando te alejas de las noticias y las redes y encuentras en las orillas de la urgencia y del trabajo, a gente con ganas de estar con otros, de pensar con otras. Gente que contrapone a la resaca del análisis, el alegre puntillo de la acción.
Quien habla mucho de comunidades es el alcalde de Nueva York Zohran Mamdani, o las personas que se organizan contra las redadas fascistas del ICE. Defender a nuestras comunidades, dicen. Hablan también de comunidades las gentes de Regularización Ya, las comunidades que hacen red, que acompañan. No se trata entonces de salvaguardar una abstracta idea de la nación, sino de cuidar a las comunidades con las que se vive. Comunidades que nacen de compartir una experiencia y un tiempo. Están por todas partes y también hacen mundo. Parecen el único antídoto posible ante nuestra impotencia. Articulemos comunidades ante la geopolítica del descalabro.
Los artículos de opinión no reflejan necesariamente la visión del medio.
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