Opinión
La propuesta de Rufián y la necesidad de otra unidad
En los últimos días se vuelve a debatir sobre la unidad de la izquierda a raíz de la propuesta de Gabriel Rufián de hacer una candidatura que aúne a las organizaciones independentistas y nacionalistas de izquierdas con “la izquierda a la izquierda” del PSOE de ámbito estatal. Una unidad que podría liderar el propio Gabriel Rufián y que, de momento, solo parece tener las simpatías del sector crítico de Más Madrid liderado por Emilio Delgado y cierta complicidad por parte de Ada Colau, icono de los Comunes catalanes. En paralelo, o arrastrado por esta propuesta, el espacio de Sumar anuncia su nueva reconfiguración con las mismas cartas que ya estaban encima de la mesa.
Sea como fuere, lo que tienen en común todas las propuestas que han aparecido en los últimos años en este sentido es que tienen como única dirección apuntalar un gobierno del PSOE para que no llegue al poder la extrema derecha. Y toda la conversación gira en torno a la suma de siglas y de liderazgos. Nunca gira, eso sí, en torno a una unidad de lucha que, combinando las posiciones institucionales y la movilización en la calle, sea capaz de plantarse ante el PSOE para evitar más promesas incumplidas que solo abonan el desastre.
Hagamos un ejercicio de fantasía por un momento y pensemos que una candidatura liderada por Rufián pudiera llegar a cuajar y que con eso sirviese para reeditar un gobierno de coalición (algo que, si analizamos los datos de corrimiento del voto a la derecha, parece muy difícil). ¿Y luego qué? Otra vez la misma operación que con Yolanda Díaz. Es el día de la marmota: presentar un líder, pero no hablar de un proyecto que pueda plantar batalla realmente a la extrema derecha.
Sin embargo, la realidad es más tozuda y el tiempo pasa para todos. La izquierda gobernista y sus partidos se encuentran en una situación delicada. Por un lado, es evidente que existe una presión objetiva, inspirada por el sistema electoral, hacia la unidad electoral. Subjetivamente, es evidente que existe un sentido común de un sector del pueblo de izquierdas que desea que esta se produzca. Ante la falta de grandes procesos de lucha, el voto se presenta como la única vía de la gente para enfrentar el auge reaccionario.
La apuesta de la izquierda en la última década por construir máquinas de guerra electorales a partir de notables progres y redes clientelares en torno a fuertes liderazgos tiene límites políticos, sociales y humanos evidentes
Un contexto así allanaría el camino hacia una orientación frentepopulista por parte de la izquierda. Algo similar, por ejemplo, ocurrió en Francia en las pasadas elecciones ante la amenaza real de la llegada al poder de la extrema derecha. ¿Cuál es la diferencia? A pesar del afán mayoritario por parte de la izquierda progresista de sostener gobiernos socialiberales, se ven incapaces de cumplimentarlo fundamentalmente por su falta de organicidad. La apuesta de la izquierda en la última década por construir máquinas de guerra electorales a partir de notables progres y redes clientelares en torno a fuertes liderazgos tiene límites políticos, sociales y humanos evidentes. En política, los recursos que exige cualquier clase de operación no son ilimitados; todo lo contrario, suelen ser bastante exiguos. El agotamiento evidente de Podemos, pese a su “giro izquierdista” sin autocrítica, revela también que el problema de la izquierda no se reduce al discurso: tiene que ver con la credibilidad. Es decir, las mismas caras, con las mismas políticas, que han desprestigiado a la izquierda con su política basada en sus intereses personales y en ascender socialmente, que han sido capaces de decir una cosa y la contraria, sin principios de ningún tipo, no van a ser la solución a la crisis en curso.
En ocasiones, la voluntad de unidad es insuficiente cuando tu propia política ha inmolado de forma tan crítica el capital político que la posibilitaría. La propuesta de Rufián, desde esta óptica, parece un ejercicio desesperado que cae en una izquierda yerma, atomizada por su naturaleza gobernista-clientelar. Este tipo de movimientos también tratan de disciplinar a las izquierdas que no se doblegan a la lógica de sumisión al PSOE y al régimen, y evitar que los activistas de los movimientos sociales y sindicales puedan pensar en la posibilidad de otro tipo de alternativa política, más allá de ser la muleta del PSOE.
Esto no es Francia. Allí, el Nuevo Frente Popular, aunque rehabilitó al Partido Socialista (PS) y programáticamente era un movimiento débil sin una orientación anticapitalista, fue posible gracias a que las bases militantes de los distintos partidos se movilizaron para imponérselo a sus direcciones y porque el espacio político a la izquierda del PS cuenta con un partido con influencia de masas que no apostó todo su proyecto político al de un gobierno con el socialiberalismo. La situación aquí, utilizando una analogía histórica propia de los años 30, se parece más a la vivida en 1933 que al Frente Popular, cuando el colapso de la coalición republicano-socialista, tras su desastroso gobierno, abrió el camino a la CEDA.
Más allá de las vicisitudes del progresismo, haya o no haya coalición, el problema de fondo es estratégico. Tras años de orientación gobernista, la izquierda a la izquierda del PSOE no innova y se sumerge más en el lodazal de un Estado que a la vez la expulsa. El gobierno de coalición ha fracasado en sus principales promesas, ha sido incapaz de reformar y redistribuir mínimamente la riqueza, pese a un ciclo de crecimiento económico. Los problemas de asequibilidad, como la vivienda; cuestiones como la ley mordaza, las infraestructuras o la corrupción son problemas que el progresismo no ha querido abordar en serio, apostándolo todo a una política de conciliación con la clase empresarial. Esa es la realidad: pese al duro enfrentamiento con la derecha, el progresismo ha servido de amortiguador del conflicto de clases. La distribución del poder social sigue siendo la misma que hace ocho años y, paradójicamente, la izquierda no ha hecho más que perder posiciones de fuerza en la sociedad mientras conseguía colocar ministros.
Hay que apostar por construir una alternativa anticapitalista en el campo electoral que facilite que todo aquel que quiere luchar contra el capitalismo se organice
En este sentido, tenemos que ser claras: la cogestión del capitalismo es un parteaguas. Quizás, en vez de unidad, necesitamos claridad. Hay que apostar por construir una alternativa anticapitalista en el campo electoral que facilite que todo aquel que quiere luchar contra el capitalismo se organice.
Para ello planteamos alimentar el debate entre la izquierda anticapitalista y los movimientos sociales para construir una alternativa de nuevo tipo. Es cierto que no va a ser fácil a corto plazo, y que las elecciones son un terreno difícil (aunque ineludible) para las izquierdas que no aceptan desligar la lucha por la democracia de la perspectiva de la transformación ecosocialista de la sociedad. Pero debemos romper con un bucle que nos conduce a la resignación, a esperar el desastre y a desarmarnos para la lucha dura en curso contra la extrema derecha. Debemos agruparnos y coaligarnos de otra forma para hacer avanzar nuestras posiciones y las de la clase trabajadora, para construir una alternativa real. En ese sentido, nuestra tarea es abrir otra conversación: cómo unirnos para construir una vía alternativa a un progresismo convaleciente, que inspire un polo político que, aunque sea minoritario al principio, levante otro tipo de alternativa a largo plazo y tenga su eje en la lucha de clases.
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