Opinión
Que la ola de calor no nos distraiga de la ola de fascismo
Hace calor. En el salón de actos de un instituto no climatizado al Sur de Madrid, el alumnado de primero de la ESO presenta un libro con los relatos que han estado escribiendo a lo largo del curso. Muchos de ellos no han nacido aquí, muchas otras son hijas de migrantes. Se ríen y hacen el gamberro. Recitan y se ponen tímidos.
Tienen 12, 13, hasta 14 años, prácticamente la misma edad que tendría Aylan Kurdi, el niño que conocimos ya muerto en la playa, allá por 2015, tras naufragar camino a Europa. Si hubiese sobrevivido a la frontera, ¿reiría hoy en un instituto, quizás en Berlín, tal vez en Copenhague? ¿Leería su relato en un sueco perfecto, entre las bromas de sus compañeros, en un centro educativo de Malmö?
Hace calor. Pero seguro que no hacía tanto calor el pasado 17 de junio en la sede del Parlamento Europeo en Estrasburgo. Allí, hombres y mujeres trajeados al amparo del aire acondicionado gritaban “¡devolvedlos!”, tras votar a favor de encerrar durante meses y meses a los Aylanes que sobrevivan al mar y a sus familias. Tras aprobar con una mayoría de votos deshacerse de las personas a golpe de vuelo de deportación. Y mandarán a la gente a países que denominan “terceros países seguros”, como quien pone el sello de “saludables” a las galletas más procesadas del supermercado. No eran adolescentes en un aula, eran sobre todo hombres blancos hechos y derechos quienes festejaban como chavales malotes la política de la crueldad.
Hace calor, pero no tanto como en los desiertos donde hombres, mujeres y niños extravían su camino hacia Europa. Aquellos que caen desde un pick up y son abandonados a su suerte. Aquellos a quienes la policía a sueldo del frontex manda de vuelta a las dunas, para que la sed y el sol hagan su trabajo. Es el triunfo de las políticas migratorias europeas: impedir que lleguen aunque haya que matarles, mientras que los maten otros en Mauritania, Túnez o Argelia. Va funcionando, en los últimos años, ha descendido el número de personas migrantes que han entrado de manera irregular (no tenían otra forma de hacerlo) en Europa.
Ni las creatividades juveniles más gores alcanzan a imaginar las historias de terror que laten bajo el lenguaje helado de las normativas sobre migración
Hace calor, pero no tanto como en los centros de detención de Libia, marca registrada de las políticas migratorias europeas donde la violencia es la forma más efectiva de control, y la extorsión a las personas que migran, una forma de extracción periférica de valor. Mano de obra si llegan, gente a despojar de lo que les quede, cuando intentan conseguirlo, mientras los blancos y sus elegidos sobrevuelan en avión en pocas horas trayectos que para miles de personas son meses, años de sufrimiento.
“Por años, el Partido Popular Europeo ha luchado por un enfoque común a las migraciones. Hoy, este trabajo se ha hecho realidad”, celebraba este partido con un comunicado el 12 de junio, la entrada en vigor del Pacto Europeo de Migración y Asilo. El enfoque común europeo consiste en fronteras aún más blindadas, controles por perfil racial, expulsión a terceros países, estados de emergencia que permiten no respetar las más mínimas garantías.
Hay que armonizar las políticas migratorias europeas, decían hace años. La “armonía europea” tiende a externalizar la barbarie o a ocultarla. Hace calor en el salón de actos del instituto donde preadolescentes comparten fragmentos de sus relatos. La mayoría hablan de fútbol o misterio. Ni las creatividades juveniles más gores alcanzan a imaginar las historias de terror que laten bajo el lenguaje helado de las normativas sobre migración.
Hace calor y la gente se refugia en parques y estaciones, donde la policía va parando a la gente y pidiendo los papeles, porque una regularización también puede pensarse como un jardín al que no quieren que llegues. Porque la armonización entre lo que celebra el Ministerio de Migraciones, y lo que practica cotidianamente el Ministerio de Interior no debe de ser tan prioritaria.
Hace calor pero no tanto como en los últimos pogromos, esta vez en Belfast, con hordas de hombres blancos incendiando las calles en nombre de la civilización
Regularización Ya pide la comparecencia urgente de Marlaska por la intensificación de las redadas, y yo me pregunto si a estos niños oscuros que leen entre risas sus relatos gamberros, les habrá parado ya la policía por las calles del barrio. Cuánto faltará para que un agente les retenga, frente a sus vecinos, para pedirles la documentación, y se acaben topando con la desarmonización de una narrativa que por un lado te hace pertenecer una recopilación de cuentos, a un instituto, a unas risas, y por otro te convierte en objeto de vigilancia.
Hace calor pero no tanto como en los últimos pogromos, esta vez en Belfast, con hordas de hombres blancos incendiando las calles en nombre de la civilización, después de que una persona migrante cometiera un acto de violencia, y los elon musk de la vida, sin Nurembergs en el horizonte, atizaran las llamas. Pirómanos del odio suministran la misma gasolina en forma de hashtag, año tras año.
Comienza otro verano, arderán los montes y los centros de refugiados, arderán las ciudades bajo las huellas de los turistas. Las temperaturas se levantan, baten récords. ¿Existe un punto de no retorno del que ya no se pueda regresar?, ¿asistiremos a la lenta cocción del planeta, o a una rápida combustión? ¿Será que estamos ya llegando a un punto de no retorno del fascismo que, trajeado y climatizado, celebra la caza de personas migrantes, su encierro y su expulsión? ¿Se podrán remontar estas olas?
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