Opinión
No pienses en la privatización de la sanidad
Existe un truco psicológico que los spin doctor en comunicación política manejan con la precisión de un cirujano: si te piden que no pienses en un elefante, lo primero que aparecerá en tu mente, desees o no, con sus colmillos y su demoledor peso, será precisamente dicho animal en formato gigante. George Lakoff lo explicó magistralmente en su célebre ensayo No pienses en un elefante: Lenguaje y debate político para advertirnos de que, al negar un marco, lo acabamos reforzando. Sin embargo, en Andalucía, Juan Manuel Moreno Bonilla está ensayando una versión inversa —y perversa— de la teoría del filósofo estadounidense: el silencio administrativo y el bombardeo comunicativo institucional como técnica de anestesia social.
Si la izquierda se moviliza, si consigue poner la sanidad y la educación en el centro del tablero, si martillea con constancia y con propuestas tangibles en sentido inverso, el disfraz de la moderación de Bonilla comenzará a resquebrajarse.
El presidente de la Junta de Andalucía y su equipo no quieren que pensemos en la privatización de la sanidad. Tampoco de la educación. Prefiere que pensemos en la cabalgata de Reyes Magos, en si saldrán las cofradías, en Trancas y Barrancas, en el sol de nuestra tierra o en una impostada estabilidad que solo llega, desafortunadamente, en los índices de pobreza de la región, líder desde hace décadas en los rankings europeos. Pero mientras nos pide que miremos hacia otro lado, el elefante de la sanidad privada ya no cabe en nuestro salón. Está devorando, ansioso, los recursos de los servicios públicos, engordando a costa de los derivados de las listas de espera, abandonando a nuestras enfermas de cáncer cuando más lo necesitan y ocupando el espacio que antes pertenecía a la salud universal, ese tesoro que estamos perdiendo paulatinamente cada curso político.
La estrategia de Moreno Bonilla es tan sutil como antigua; ignora ese “asuntillo” de la sanidad pública con otros grandes titulares, dejándola morir por inanición. Cada vez que un médico de familia se ve desbordado, cada vez que una intervención se deriva a Serman, Quirón o algún sucedáneo, siempre con fondos públicos, cada vez que aparece la amenaza del copago o que hay una riña en los centros de salud públicos, el Gobierno andaluz está moviendo el tablero a favor del mercado turbocapitalista; vende nuestra salud al mejor postor mientras sus colegas plutócratas se llevan a casa parte del pastel.
Y no es un asunto (solo) de incompetencia, sino una estrategia privatizadora perfectamente diseñada. Intentarán que no se hable de nuestro elefante en la campaña electoral que se nos viene encima; que no sea el tema de conversación en el bar ni en la comida empresarial de la Feria; que no pienses en la privatización de la sanidad pública ni en qué sería, pobrecito de ti, si el día de mañana tuvieras cáncer.
Aparecerá, a buen seguro, el despiste, la voz de los que todo lo miden con dinero; el ruido y la furia. Y utilizarán sin pudor a un niño con discapacidad para lavar su deteriorada imagen. Presenciaremos con toda certeza discursos que desviarán el centro del debate. Pero si la izquierda se moviliza, si consigue poner la sanidad y la educación en el centro del tablero, si martillea con constancia y con propuestas tangibles en sentido inverso, el disfraz de la moderación de Bonilla comenzará a resquebrajarse; porque no hay nada menos moderado que dejar que la salud de un pueblo dependa del grosor de una billetera.
Pensar en el elefante es, en última instancia, el primer acto de resistencia, y nombrar la privatización de lo público la única forma de evitar que el futuro de las clases populares se subaste entre una élite codiciosa.
Antonio Gramsci insinuaba que el privilegio es la negación del derecho. Las clases populares andaluzas deben entender que lo que hoy se nos arrebata bajo eufemismos de libertad y “colaboración público-privada” es, en realidad, nuestro gran derecho, nuestro mejor patrimonio. A los que no tenemos apellidos ilustres, grandes herencias ni formamos parte de consejos de administración solo nos queda la red de lo público para no caer al vacío.
Y no hay moderación posible en el desmantelamiento de nuestra dignidad; la estrategia del Partido Popular andaluz pasa por que la ciudadanía sea una espectadora pasiva de su propio desahucio sanitario, una masa que no piense en el elefante que devora nuestro bienestar.
Sin embargo, en la historia de Andalucía siempre hubo quienes se negaron a ser figurantes en un tablero ajeno; pensar en el elefante es, en última instancia, el primer acto de resistencia, y nombrar la privatización de lo público la única forma de evitar que el futuro de las clases populares se subaste entre una élite codiciosa. En otras palabras; hay que hacerles pensar en el elefante, mencionándolo constante y empecinadamente durante los próximos dos meses.
Andalucía
La caída al abismo del Doctor Muerte
Los artículos de opinión no reflejan necesariamente la visión del medio.
Para comentar en este artículo tienes que estar registrado. Si ya tienes una cuenta, inicia sesión. Si todavía no la tienes, puedes crear una aquí en dos minutos sin coste ni números de cuenta.
Si eres socio/a puedes comentar sin moderación previa y valorar comentarios. El resto de comentarios son moderados y aprobados por la Redacción de El Salto. Para comentar sin moderación, ¡suscríbete!