Opinión
Heterofatalismo para todos

El desplome de la fertilidad no vendrá de la guerra, las enfermedades o el cambio climático, sino de hombres jóvenes que optan por masturbarse a sí mismos hasta la extinción mientras las compañías tecnológicas se benefician de cada movimiento de sus muñecas.
Varios autovía A3 - 15 Suicidios Soledad Depresión
David F. Sabadell Una persona cruzando un puente.
17 ene 2026 06:33

El relativamente reciente y muy viral artículo de Jean Garnett para The New York Times Magazine, “The Trouble With Wanting Men” (El problema con querer hombres), ofrece a los lectores una clase magistral en lo que Nietzsche llamó ressentiment –la peculiar alquimia de la fortaleza-de-la-debilidad (strength-of-weakness) que transforma la decepción personal en un marco teorético–. Garnett, que trabaja como editora en Little, Brown, despliega el concepto de 'heteropesimismo' de la académica especializada en sexualidad Asa Seresin de la Universidad de Pensilvania para diseccionar sus penas en sus citas: los hombres inestables, los que tienen ansiedad al compromiso, quienes sufren lo que un psicólogo ha denominado “alexitimia masculina normativa”, un rimbombante término clínico para referirse a los hombres que no pueden articular sus sentimientos.

La pieza de Garnett dio los resultados esperados, generó más de 1,200 comentarios y desató más artículos de respuesta a lo largo del espectro político que buques griegos zarparon por el rostro de Helena. La mayoría de estas respuestas destacaban la confesión de Garnett de que había abandonado su matrimonio por un hombre que explícitamente le dijo que no podía mantener relaciones y luego se llevó consigo a su hija en las citas que tuvo con él, lo que algunos dirían que socava la tesis de que los hombres son los únicos responsables por el desajuste romántico contemporáneo.


Pero aceptemos la premisa de Garnett por un momento. Aceptemos que las mujeres heterosexuales se enfrentan a frustraciones genuinas por hombres emocionalmente indispuestos y con fobia al compromiso, que han sido feminizados hasta hacerlos inútiles por el capitalismo tardío o el aparato teórico del que toque hacer uso esta semana. La cuestión que nadie parece preguntar es: ¿Por qué deberían los hombres preocuparse?

No digo esto como una provocación. Lo planteo como una pregunta honesta de lo que puede ser el hecho social definitorio de nuestra época: el abandono de los hombres jóvenes del mercado sentimental. Como George Trow observó sobre la televisión en 1980 (y me gusta mencionar por aquí en 2025), vivimos en el “contexto del no contexto”, en el que el consenso demográfico ha sustituido a la historia y a la experiencia directa. Las redes sociales han acelerado este fenómeno en mercados predictivos en los que cada acto comunicativo deviene una apuesta sobre qué tendrá una respuesta y cada pensamiento está filtrado previamente por la anticipación de su recepción. Nos hemos entrenado para convertirnos en loros estocásticos y luego nos sorprendemos porque una generación que se ha criado en este loop de feedback recursivo trata la conexión humana como si fuese otro stream de contenido por el que hacer scroll.

El análisis del Institute for Family Studies (Instituto para el Estudio de las Familias) muestra que el 35% de los hombres jóvenes no ha tenido sexo en los últimos tres meses

Los datos nos cuentan una historia mejor que la que cualquier marco teorético que Garnett pueda desplegar. De acuerdo con el National Survey of Family Growth's de 2022-2023 (Encuesta Nacional sobre el Crecimiento de las Familias), la virginidad entre varones de entre 22 y 34 años pasó del 4% al 10% en aproximadamente unos diez años. La falta de sexo entre varones el año pasado aumentó del 9% al 24% en el mismo período. El análisis del Institute for Family Studies (Instituto para el Estudio de las Familias) muestra que el 35% de los hombres jóvenes no ha tenido sexo en los últimos tres meses.

Los hombres jóvenes comunes, y no los incels que despotrican en foros de Reddit, simplemente... han parado. El Informe Social General de la Universidad de Chicago encontró que los jóvenes de entre 18 y 29 años que afirmaban no haber tenido sexo en el último año se duplicó del 12% en 2010 al 24% en 2024. Pew Research ha documentado que el 63% de los hombres de menos de 30 años son solteros, un aumento desde el 50% en esa situación en 2019. Quizá más elocuentemente, un 59% de los varones jóvenes de entre 18 y 25 años ni siquiera se ha aproximado a alguien en quienes estaban interesados en el último año, y un 45% no se ha acercado nunca a nadie.

Éste es el aspecto que tiene una renuncia completa. Y si fueses un joven que alcanza la madurez hoy –moldeado por el tuit más que por la calle, socializado por los algoritmos más que por la torpeza de las relaciones interpersonales, tu conciencia deformada por la pseudoconciencia probabilística que persigue la viralidad y que las plataformas de redes sociales nos han entrenado a poner en obra, ¿a qué estarías renunciando exactamente?

El 'goonstate' y la muerte del deseo

En noviembre de 2025 Harpers’ Magazine publicó la investigación etnográfica de Daniel Kolitz ‘The Goon Squad’, examinando lo que puede ser la manifestación más visceral de retirada masculina de la sexualidad tradicional. El gooning —sesiones de onanismo prolongadas que implican la práctica reiterada del edging para alcanzar estados cercanos al trance, que con frecuencia duran de 15 minutos a 14 horas en elaboradas gooncaves con múltiples pantallas— ha pasado de ser una práctica marginal a una lo suficientemente corriente, tanto que una encuesta de ZipHealth encontró que un 25% de los estadounidenses y prácticamente un 50% de los hombres la ha realizado.


En ausencia de una teoría de la que partir (¡aquí debería haber dicho “yo soy vuestro tipo”!), Kolitz teoriza que el gooning es “el destino, sombrío y virtualmente inevitable, de una generación marcada por la covid, solitaria y pobremente socializada, que se ha destetado con el internet moderno”. Esta práctica implica la búsqueda del 'goonstate', una zona que los practicantes comparan a la meditación avanzada o la muerte total del ego. Como proto-gooner de los días de mi juventud malgastada de dibujos animados de Bugs Bunny y Bluto en drag, habría prestado el título del escritor de Deadwood Kem Nunn para la novela que sirvió de material para la película Le llaman Bodhi como “aprovechando la fuente” (tapping the source) (énfasis en la fuente). Como el terapeuta Sylvester Merrit ha observado en Men's Health,  los estímulos sostenidos y la manifestación repetitiva crean asociaciones de tipo pavloviano, un tipo de práctica secular tántrica desprovista de dimensión espiritual y reemplazada por manipulación neuroquímica pura.

Cuando la gente no necesita ya articular deseos específicos y simplemente acepta lo que quiera que genere su feed de notificaciones, entonces pierden la capacidad de desear cosas

Es algo más extraño y terminal que la tradicional adicción a la pornografía: el reemplazo total de la conexión humana intersubjectiva por estímulos diseñados y optimizados por los algoritmos. Cuando la revista Vice entrevistó a varios practicantes, un 16% afirmó que sentía urgencias inesperadas para masturbarse, un 13% se esforzaba por detenerse una vez había comenzado y un 14% describió la experiencia como meditativa. La práctica crea su propio ciclo, uno que se sostiene por sí mismo: la soledad conduce al uso de pornografía, que lleva a un alivio temporal mientras profundiza la soledad, que incrementa el uso de pornografía, que atrofia más la capacidad para una intimidad humana real. Cada iteración hace que el estado anterior sea más irrecuperable.

Las investigaciones muestran consistentemente esta relación bidireccional entre pornografía y soledad, cada una alimentando a la otra en lo que un estudio ha calificado de “interrelacionada y que atrapa a los usuarios en un círculo vicioso y un vacío adictivo”. El cerebro es engañado para pensar que está teniendo una relación real, luego confronta la soledad profunda que le sigue, haciendo que la conexión emocional sea cada vez más difícil. Cuando la gente no necesita ya articular deseos específicos y simplemente acepta lo que quiera que genere su feed de notificaciones, entonces pierden la capacidad de desear cosas. Lo mismo aplica a la sexualidad: cuando el deseo puede ser satisfecho a través de la entrega libre de problemas algorítmica, el trabajo, complicado e incierto, de perseguir a otro ser humano —con toda la ansiedad por la atención y el rechazo de la que se queja Garnett— se convierte en algo no solamente difícil, sino funcionalmente sin sentido.

Considérese el ejemplo del joven criado por las pantallas desde que iba en pañales (ahora también los lleva, si alguien tenía curiosidad por saberlo), su atención sistemáticamente destruida por plataformas diseñadas para captar su atención a través de la manipulación de dopamina. Ha crecido en la época de la crisis de la atención, que es el problema central que debe ser resuelto antes de que puedan alcanzarse otros acuerdos sociales y compromisos políticos. Excepto que no se resolverá, porque los incentivos económicos van exactamente en la dirección opuesta. El discurso en las plataformas es esencialmente una empresa en búsqueda de beneficio que cosecha el trabajo no remunerado de sus usuarios mientras daña gradualmente sus habilidades cognitivas. Ninguna persona rica se beneficia de arreglar este problema. Un puñado de ricos se beneficia de que continúe.

Este hombre joven ha sido entrenado desde la pubertad para tratar su propia conciencia como un mercado predictivo. Ha aprendido a suponer cómo reaccionarán los demás basado en lo que previamente ganó likes y shares, creando patrones recursivos que los LLM ahora devuelven como un reflejo de “inteligencia”. Su capacidad para una curiosidad genuina se ha atrofiado, reemplazada por la aceptación pasiva del contenido seleccionado para él por los algoritmos. Nunca ha desarrollado lo que las generaciones anteriores daban por hecho: la habilidad para tolerar el aburrimiento, cargar con la incertidumbre, perseguir algo que puede que no proporcione una gratificación inmediata. Estas capacidades se han perdido y no van a regresar.

Ahora imaginemos a esta persona intentando navegar por lo que Garnett describe como el mundo del dating heterosexual moderno. Un mundo que requiere aproximarse a las mujeres en persona. Que exige tolerar la ansiedad del rechazo cuando las aplicaciones de citas presentan un espejismo de posibilidades románticas sin fin que impiden el compromiso. Exige simular disponibilidad emocional al mismo tiempo que navegar por demandas contradictorias: Garnett se burla de los hombres con ansiedad y, a la vez, rechaza a los que son transparentes. Supone participar de lo que la filósofa Ellie Anderson ha llamado “trabajo hermenéutico”: comprender y expresar sentimientos, discernir las intenciones de los otros, crear soluciones paras las tensiones relacionales. Todo esto mientras compiten contra un scroll infinito de teóricas alternativas en las aplicaciones de citas y gestionando la precariedad económica que hace que características tradicionales de una relación como una casa propia y un salario estable sean cada vez más inaccesibles.


El cálculo es simple: ¿Para qué preocuparse? Las mismas plataformas que han destruido su capacidad de atención y lo han entrenado para optimizar la búsqueda de indicadores de actuación clave en redes sociales (key performance indicators, KPIs) ahora le ofrecen alternativas libres de problemas que proporcionan una satisfacción neuroquímica sin requerir vulnerabilidad, riesgo emocional o tener que tratar con la complejidad de otra persona. El sustituto es inferior a lo que reemplaza, pero este joven nunca experimentó lo que reemplaza, así que no tiene una base para realizar una comparación. Ésta es la manera en la que vivimos ahora, así de simple.

El problema con querer mujeres (o a cualquiera)

La pieza de Garnett revela inadvertidamente algo más inquietante que la tesis, conmovedora pero en última instancia trivial, sobre la incompetencia masculina: el edificio entero se está viniendo abajo, para todos.

Garnett escribe sobre cómo quiere un deseo urgente o nada, rechazando a una cita con ansiedad por mostrar insuficiente pasión. Ahora bien, cuando encuentra a una pareja comunicativa y transparente que ofrece todo lo que ella afirma querer, le repulsa su disponibilidad. Admite experimentar “deseo en los términos de una lucha que alguien debe perder” y confiesa “cierto masoquismo inconsciente en este punto.” Cuando pasa junto a una pareja abrazada se atraganta de manera audible.

Todo esto está bien, pero hemos de darle el nombre de lo que es: el fatalismo de toda la vida. El agotamiento que surge de tratar de mantener la conexión humana en un ambiente diseñado para prevenirlo sistemáticamente.

Los datos respaldan esta conclusión en todos los segmentos. La virginidad femenina entre jóvenes adultos creció del 5% al 7% y la ausencia de sexo en el último año aumentó del 8% al 13% entre el período de 2013-15 y 2022-23. Investigaciones publicadas en los Archivos del Comportamiento Sexual encontraron que el deseo sexual femenino declina a lo largo de las relaciones a largo plazo mientras que el de los hombres se mantiene. Estudios sobre “la muerte del lecho lésbico” muestran que las parejas lesbianas informan de una actividad sexual menos frecuente que las parejas heterosexuales o de hombres gays. La revista Sex & Culture ha publicado una investigación sobre la reducción del deseo sexual entre las jóvenes noruegas. Aproximadamente un 10% de las mujeres de entre 18 y 44 años se quejaron de un deseo sexual bajo, enumerando entre los factores que contribuían a ello la medicación contra el embarazo, los antidepresivos, el estrés y la depresión. La testosterona podría ayudar a combatirlo, por lo que parece, pero presenta efectos secundarios.

Hemos modelado nuestra conciencia a partir de la optimización en redes sociales y ahora nos sorprende que la conexión humana se ha vuelto algo casi imposible

El estudio South & Lei en Socius examinó el declive del sexo casual entre adultos jóvenes de 2007 a 2017 y encontró que el porcentaje de los hombres de entre 18 y 23 años que tuvieron sexo casual el mes anterior había caído del 38% al 24%, mientras que el de las mujeres lo había hecho del 31% al 22%. Los factores detrás ayudaban a explicar la historia: un descenso en el consumo de alcohol (un 33% entre los hombres, puesto que la mayoría de especímenes varones necesitan “ponerse a tono”, como diría mi padre, antes de que puedan reunir el coraje de enseñar sus genitales cada vez más disfuncionales), un aumento del tiempo dedicado a los videojuegos (25%), compartir casa con los padres (10%). Entre las mujeres, el descenso del consumo de alcohol explicaba en torno al 25% del declive. Adaptaciones a medios que hacen que las alternativas sean prohibitivamente costosas.

De manera muy parecida a cómo los automóviles transformaron la manera en cómo nos relacionamos con el espacio y entre nosotros, haciendo que los trayectos a pie sean obsoletos excepto para ir de un aparcamiento de un supermercado al propio supermercado para canjear los bonos de comida, las redes sociales han hecho lo suyo con la conciencia misma. El “contexto de no contexto” que la televisión ha creado ha metastatizado en un medio en el que hemos enseñado a la IA a graznar trabajando voluntaria y asiduamente para convertirnos a nosotros mismos en máquinas predictivas. Hemos modelado nuestra conciencia a partir de la optimización en redes sociales y ahora nos sorprende que la conexión humana –que requiere precisamente lo opuesto a la optimización, que pide tolerancia por la ineficacia y la falta de predicción– se ha vuelto algo casi imposible.

La sexualidad heterosexual ha sido socavada por el gooning, las aplicaciones de citas, la precariedad económica, expectativas contradictorias y una retirada mutua. La sexualidad femenina sube y baja según el uso de antidepresivos y el estrés, y el agotamiento de Garnett es un ejemplo del deseo primero patologizado, luego medicado y finalmente ausente. La sexualidad masculina entre hombres está tan agotada en la concupisciencia y la cosificación como la heterosexual, y las aplicaciones de citas reducen la conexión a la eficiencia de un mercado de la carne en la que los incesantes anuncios de tratamientos por VIH ofrecen la ilusión de una seguridad a prueba de todo durante la transferencia de secreciones seminales y la pretensión de un encuentro humano se evapora tan rápido como el líquido preseminal. Las relaciones entre mujeres siguen estando plagadas por el mismo fenómeno de “muerte del lecho lésbico” que los investigadores han registrado durante décadas, sugiriendo que el problema trasciende la configuración de género. Género e identidad han sido consumidos por tanto foco en el yo mutable, el espectáculo identitario de las biografías encapsuladas que se repiten sin fin en las redes sociales y que las plataformas alimentan, en las que el yo se convierte en otra marca que ha de ser optimizada y mercantilizada, y la cuestión de con quién quieres conectar se subordina a la de a quién interpretas en esa red y cómo los otros han de acomodarse a ello.

La infraestructura de la soledad

Ahora piénsese qué ocurre cuando una IA integrada puede generar contenido erótico personalizado sin fin, sin costes de servidor o moderación de contenido. El último neural engine de Apple puede procesar tres mil millones de modelos de parámetros a nivel local. En dos años cualquier smartphone será capaz de generar una pornografía fotorrealista para satisfacer las patologías concretas de su usuario. Sin supervisión de la compañía, sin directrices de la comunidad, sólo gratificación algorítmica pura. La gooncave se vuelve portátil, invisible, omnipresente.

La pornografía tradicional, del tipo que coleccionó el jugador de béisbol japonés Hideki Matsui en su videoteca, requería infraestructuras: estudios, actores, redes de distribución. Incluso el contenido amateur necesitaba humanos dispuestos a participar. El contenido erótico generado por inteligencia artificial no necesita nada más allá de potencia de procesamiento y espacio para el almacenamiento. Los costes marginales se acercan a cero. Cualquier fantasía sexual, sin importar cuán barroca o destructiva, está instantáneamente disponible. El concepto de escasez sexual, que ha impulsado el emparejamiento humano durante milenios, se evapora, simplemente.

El gobierno japonés tiene ahora en marcha programas para tratar de convencer a los hombres que abandonen sus habitaciones y mantengan relaciones

Los resultados del estudio de Massachusetts sobre el envejecimiento masculino han documentado un declive en los niveles de testosterona en los hombres estadounidenses, con cada generación mostrando en las mediciones niveles más bajos que en la anterior en los mismos grupos de edad. El número de espermatozoides ha caído un 51,6% mundialmente desde 1973, de acuerdo con un extenso metaanálisis publicado en Human Reproduction Update. Estas tendencias se han acelerado durante los confinamientos. El establishment médico lo atribuye a las toxinas en el medio ambiente y la obesidad. Pero se olvidan de lo obvio: la masturbación crónica, la adicción a la pornografía y la completa ausencia de competición sexual. ¿Por qué competir con el esperma de otros cuando puedes retirarte a tu gooncave y comenzar a almacenarlo como si fuese jalea real?

Los estudios de Japón, donde este futuro parcialmente ya ha llegado, muestran las tasas de matrimonio en mínimos históricos. El fenómeno de los hikikomori, que en su día fue despachado como una peculiaridad cultural, se difundió mundialmente durante los confinamientos. Los jóvenes descubrieron que podían sobrevivir indefinidamente en dormitorios del tamaño de un armario, sustentados por aplicaciones de delivery con sobrecostes, el fraccionamiento de las facturas estilo Klarna y micropréstamos, y subsidios por desempleo, masturbándose con una pornografía cada vez más barroca. El gobierno japonés tiene ahora en marcha programas para tratar de convencer a los hombres que abandonen sus habitaciones y mantengan relaciones. Los porcentajes de éxito se encuentran en torno al 15%.

La economía de la extinción

Aquí es donde el modelo de negocio de OpenAI, ingenioso y constantemente fracasando, entra en escena. Operando con unas pérdidas de 5 mil millones de dólares con sólo 20 millones de suscriptores de pago, la compañía anunció en octubre que ChatGPT permitirá contenido erótico para adultos verificados a partir de diciembre de 2025, presentándolo como una manera de tratar “a los usuarios adultos como adultos”. Lo que está realmente en juego es obvio: asegurarse esos hombres jóvenes, el sector demográfico que ya usa IA ante todo “para tener compañía y como terapia”, de acuerdo con Harvard Business Review, y que se pasen a una versión premium para tener porno generado con inteligencia artificial de mayor calidad. Las páginas para adultos centradas en IA ya capturaron el 14,5% del mercado de OnlyFans el año pasado habiendo arrancado en el 1,5%. OpenAI quiere un trozo de ese pastel de dimensiones pantagruélicas.

¿Se acuerda el lector de cuando la IA supuestamente había de revolucionar la medicina, el derecho y la educación? OpenAI se presentaba como una empresa que construía una inteligencia artificial general que “energizaría la economía”. En vez de eso hemos tenido a abogados a los que se ha descubierto in fraganti usando ChatGPT para generar precedentes legales, a médicos que alertaron de diagnósticos gravemente peligrosos y a profesores que han visto cómo sus alumnos enviaban trabajos hechos con IA sin retocar que hacían que la Encyclopedia Dramatica pareciese la Summa Theologica de Tomás de Aquino. La prometida revolución empresarial se ha convertido en empresas dándose cuenta de que podían despedir a los trabajadores de sus departamentos de servicio al cliente y reemplazarlos con chatbots que todo el mundo odia. ¿Las ganancias en la productividad? Insignificantes. ¿Los precios de las acciones? Completamente dependientes de los explosivos ciclos bursátiles. ¿El único caso consistente de uso con métricas en los medios sociales demostradas y disposición a pagar? El de hombres jóvenes hablando con novias generadas por IA y masturbándose con pornografía generada con IA. El interés de Altman en diciembre por el contenido erótico es su rendición a la fría y dura (o “no-tan-dura-pero-lo-suficientemente-dura”) realidad del mercado.


Los resultados económicos hacen que intervenir sea imposible. OnlyFans generó 6,6 mil millones de dólares en 2023. Pornhub tiene 130 mil millones de usuarios diarios. Meta hace miles de millones ofreciendo contenido softcore a través del algoritmo de Instagram. Todas y cada una de las grandes compañías tecnológicas se aprovechan de este sistema, bien directamente, a través de los pagos por suscripción, o indirectamente, a través de la publicidad de los botones de 'me gusta' o notificaciones. Cuando Apple permita generar contenido erótico en el propio dispositivo, no será un error (bug), será una característica del sistema (feature) presentada como “creación de contenido personal que preserva la privacidad.”

Un reino de nada

Por regresar a la cuestión planteada mil palabras antes: si hubiese llegado a la edad adulta hoy en vez de haberme casado hace quince años y encontrarme ahora criando a un hijo, ¿que me quedaría? Para recapitular y desarrollar por la vía de la peroración: habría crecido con la conciencia moldeada por plataformas que transforman todo discurso en mercados predictivos, en los que cada post se convierte en una apuesta sobre qué funcionará y cada pensamiento es filtrado previamente por la anticipación a su recepción. Mis habilidades cognitivas habrían sido sistemáticamente degradadas por sistemas diseñados para cosechar el trabajo no remunerado mientras dañan la capacidad de sus usuarios para sostener la atención. Quizá habría aprendido en algún lugar que la creatividad muere en ausencia de límites, pero carecería de los límites que las generaciones previas daban por hechos no tanto por la liberación como porque las estructuras sociales y económicas que los proporcionaban han sido explotadas hasta el tuétano para extraer de ellas valor bursátil.

En ausencia de algún ejercicio liberador de capacidad humana del que ahora parecemos incapaces, nada reemplazará lo que se ha perdido porque el reemplazo ya está aquí

El mercado de citas representaría un problema de datos antes que una empresa humana. ¿Para qué acercarse a alguien en persona cuando las aplicaciones de citas proporcionan la ilusión de una elección infinita? ¿Para qué tolerar la ansiedad y la incertidumbre del cortejo cuando la pornografía ofrece una satisfacción aproblemática? ¿Para qué desarrollar un alfabetismo emocional cuando las plataformas premian más la expresión performativa que la genuina? ¿Para qué arriesgarse a ser vulnerable si el algoritmo proporciona estímulos perfectamente calibrados que esquivan por completo la necesidad de otro ser humano? Y sobre todo, ¿para qué desear algo, sin más, cuando desear algo por ti mismo ha sido algo sistemáticamente instruido para que no exista desde la infancia?


Cuando la gente deja de necesitar articular deseos y simplemente acepta lo que sea que aparece en sus timelines, pierde la capacidad de querer cosas de otras personas de carne y hueso. El conflicto mimético de Girard continúa, pero los algoritmos monetizan y luego gestionan ese trabajo. Todo ello se aplica a la sexualidad y las relaciones con particular fuerza. El hombre joven que pasa el tiempo haciendo scroll en las aplicaciones de citas, la mujer joven exhausta por el trabajo hermenéutico, la persona de cualquier género u orientación que se enfrenta al vacío de la conexión mediada por una plataforma, todos ellos están experimentando el mismo problema fundamental: la erosión del deseo mismo, reemplazado por el consumo pasivo o los estímulos optimizados por los algoritmos. Aún pueden experimentar un cierto grado de excitación, la erección poco consistente (“morcillona”, como acostumbrábamos a decir) ansiada por el gooner, pero esa excitación no es deseo. Pueden sentir todavía la soledad, pero la soledad no es lo que anhelaban. Pueden registrar la ausencia, pero no pueden articular qué es lo que está ausente porque nunca experimentaron su presencia.

Garnett cita a una persona cercana que dice que “la vieja forma de emparejarse ha muerto y la nueva aún está por nacer.” Esto es estúpido, porque asume que algo nuevo nacerá. El escenario más probable es que estamos siendo testimonios de lo que ocurre cuando las tecnologías sociales destruyen sistemáticamente las capacidades cognitivas y relacionales requeridas para establecer conexiones humanas. En ausencia de algún ejercicio liberador de capacidad humana del que ahora parecemos incapaces, nada reemplazará lo que se ha perdido porque el reemplazo ya está aquí, y funciona lo suficientemente bien como para prevenir una revuelta mientras, al mismo tiempo, asegura que nada que se asemeje a una conexión humana genuina pueda formarse.

Hemos conducido un gigantesco experimento sin control en la conciencia y socialización humanas, y los resultados son buenos para el negocio en este 2025 (construidos sobre el principio de “contrata poco a poco y despide rápido”): la actividad sexual semanal entre adultos de 18 a 64 años ha caído del 50% al 37%. La cohabitación entre jóvenes ha pasado del 42% al 32%. Más de tres de cada cinco hombres de menos de 30 años son solteros. El tiempo que se pasa con amigos se ha desplomado de las 12,8 horas semanales a las 5,1 horas, una caída de casi el 50% en la interacción social cara a cara.

El estudio PNAS 2025 que examinaba la ausencia de vida sexual en 400.000 residentes de Reino Unido encontró que aproximadamente un 1% nunca había tenido sexo, siendo los factores genéticos sólo el motivo en el 17% de los hombres y el 14% de las mujeres. Estas personas que no tenían relaciones sexuales tenían una mejor educación, eran menos proclives a beber alcohol o fumar, más nerviosas, más solitarias y más infelices. Los hombres vivían en regiones en las que vivían menos mujeres y había más desigualdades salariales. Colapso estructural. Y las estructuras que han colapsado no están siendo reconstruidas. Están siendo desguazadas de lo que queda y luego abandonadas.

Fatalismo para todos

Lo que estamos experimentando es un escenario de no future para el primer mundo que ahora está en su fase terminal, no en el sentido de la destrucción jovial del punk rock, sino en el sentido burocrático de declive gestionado. Las plataformas continuarán extrayendo valor de nuestra atención degradada. Las aplicaciones de citas continuarán presentando una miríada de elecciones infinitas mientras nuestras relaciones declinan. La pornografía continuará ofreciendo una satisfacción aproblemática mientras la intimidad se atrofia. Los teóricos de la academia continuarán generando nuevos marcos teóricos –heteropesimismo, heterofatalismo, lo que sea que venga a continuación y facilite sus opiniones candentes (hot takes) para describir dinámicas que no pueden alterar porque los incentivos económicos están por completo en contra de su modificación.

El colapso va más allá de la sexualidad y afecta a la amistad, la comunidad y la capacidad de atención sostenida requerida para cualquier forma de conexión humana profunda

Todos los implicados lo comprenden en lo más profundo de su ser (“en tu corazón, sabes que tiene razón” era el eslogan de la campaña de 1964 de Goldwater y, no oficialmente, el de este blog) porque este fenómeno afecta a todos los segmentos demográficos aunque las cifras sean mayores entre heterosexuales simplemente por el tamaño de la población. El colapso va más allá de la sexualidad y afecta a la amistad, la comunidad (la epidemia de soledad que afecta a todos los grupos de población) y la capacidad de atención sostenida requerida para cualquier forma de conexión humana profunda.

Y los hombres jóvenes, habiendo crecido por completo en este sistema, continuarán su retirada completa no porque sean incompetentes o estén dañados, sino porque están respondiendo racionalmente a su entorno. Cuando las investigaciones muestran que el 59% de los hombres jóvenes no se han acercado a alguien por el que estaban interesados durante el año pasado, lo llaman adaptación a un sistema en el que acercarse a alguien requiere capacidades cognitivas y emocionales que han sido socavadas desde su infancia. La búsqueda de valor en el mundo post-Bretton Woods ha producido precisamente los sujetos que requiere: aislados, manejables, maleables, demasiado exhaustos para imaginar una alternativa.

Garnett escribe sobre “el problema con querer hombres”, pero el problema real es querer cualquier cosa en un entorno diseñado para reemplazar el deseo genuino que antaño movía montañas con sugerencias ofrecidas por algoritmos que anestesian a la especie. La generación que entra en la edad adulta ahora no recuperarán estas capacidades después, porque “después” significa más de los mismos inputs que han destruido las capacidades en primer lugar.

El amargo final

En un santiamén, el contenido erótico generado por IA estará tan precisamente calibrado para el daño psicológico de cada usuario que la realidad parecerá deficiente en comparación. ¿Por qué perseguir a mujeres reales si tu teléfono puede generarlas imposibles? ¿Por qué arriesgarse al rechazo cuando los algoritmos garantizan la satisfacción? ¿Por qué abandonar la cueva si la cueva te lo da todo menos lo que realmente importa?

Los incentivos económicos están alineados para la catástrofe. Apple necesita ingresos por prestación de servicios. Google necesita ingresos publicitarios. Meta necesita usuarios activos diarios. Cada compañía tecnológica se beneficia de usuarios adictos que nunca abandonen sus plataformas. La generación de contenido erótico por IA en el propio dispositivo resuelve sus problemas de moderación de contenidos (un asunto muy caro a gran escala) mientras maximiza el tiempo en sus aplicaciones. No hay actores humanos a los que explotar, contenido ilegal que censurar, sólo adicción, pura y entregada directamente al sistema límbico. Cuando OpenAI permite a sus usuarios generar contenido erótico, cuando Apple lo incorpora a su sistema operativo, cuando todas las compañías tecnológicas compiten por capturar el mercado de gooners, la goonercueva deja de ser una subcultura y se convierte eventualmente en la infraestructura que da apoyo al resto de días de nuestras vidas.

Los confinamientos nos mostraron lo que sucede cuando la gente se retira de la sociedad. El contenido erótico generado por IA hará que esa retirada sea permanente, rentable y placentera

El desplome de la fertilidad no vendrá de la guerra, las enfermedades o el cambio climático, sino de hombres jóvenes que optan por masturbarse a sí mismos hasta la extinción mientras las compañías tecnológicas se benefician de cada movimiento de sus muñecas. La pieza de Kolitz para Harper trata el gooning como una fascinante antropología público-intelectual apocalíptica. Yo lo caracterizaría como un apacible suicidio generacional presentado publicitariamente como una elección de consumo. Los confinamientos nos mostraron lo que sucede cuando la gente se retira de la sociedad. El contenido erótico generado por IA hará que esa retirada sea permanente, rentable, y, lo peor de todo, tan placentera que nadie querrá abandonarla.

Es el reino de la nada, poblado por personas que han olvidado lo que era desear antes de que las plataformas le enseñasen a aceptar los impulsos que mueven los engranajes. Excepto que los más jóvenes no han olvidado, porque para olvidar ha de haber un conocimiento previo. Nunca lograrán saberlo. No tienen ningún recuerdo que olvidar, ningún punto de referencia al que volver, ningún lenguaje para describir de lo que carecen porque el lenguaje era obsoleto antes de que lo aprendiesen a hablar. Pero, hey, al menos los KPIs, OKRs y nuestros Q3 EBITDA están todos en verde. El futuro es tan brillante que quizá yo también deba tintar los cristales y ponerme manos a la obra con el gooning.

Sobre el autor
Oliver Bateman es periodista e historiador. Este texto fue publicado en su página personal de Substack:The Work of Heterofatalism for All y ha sido traducido por Àngel Ferrero para El Salto con permiso del autor.
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