Opinión
Más grises que en los 80
En la primavera de 1987 me apuntaron con una pistola en dos ocasiones distintas. La primera vez es la que me ha dejado un recuerdo más duradero y no es por todas esas mandangas que se dicen sobre las primeras veces: La primera vez es especial si es especial, y no todas lo son. Menos mal. A veces solamente es la primera vez. La primera vez nos apuntaron a boleo, a un montón de gente, mientras que la segunda me la pusieron en la cara a mi solito. Pero esta primera vez sí que fue especial, porque fue un disparate.
En la primavera de 1987 yo tenía 16 años y estaba cumpliendo con mi deber, que en ese momento era estudiar y nada más. Ah no, espera. Era construir mis convicciones basándome en experiencias reales, seguir mis escasas pero muy intensas certezas, tirarme de cabeza a todas las oportunidades y personas y acciones y peligros que esas certezas me ofrecieran, entender las cosas o no, respirar con bocanadas gigantescas y vivirlo todo a toda costa. Si con 16 años no eres inmortal, a ver cuándo lo vas a ser.
En poco tiempo me había encontrado con el punk rock, el animalismo como ideología y de ahí acabé con muchísima pasión, pero enterándome lo justito (porque, una vez más, a los 16 uno es inmortal y enterarse bien, lo que se dice bien de las cosas, es opcional y con frecuencia innecesario) envuelto en la segunda okupación de un edificio en Madrid.
Todavía no habíamos llegado a la objeción de conciencia (de la que ya se hablaba) ni muchísimo menos a la insumisión que desató aquella bochornosa ley que la reguló y la lió parda. Faltan décadas para que “los okupas” sean lo que digan ciertos programas de televisión, vender alarmas domésticas con suscripción mensual sea un negocio de los buenos y los fachas superciclados encuentren trabajo en empresas más o menos legales echando a gente de sitios. A finales de los 80 el término “okupación” y los “okupas” (con k) era una novedad y se relacionaba casi por completo con la reapropiación de edificios abandonados de propiedad pública o en algún tipo de proceso que lo mantenía en el limbo. En esos edificios se montaban centros de cultura popular, siempre dependiendo del tiempo que se pudiera aguantar en ellos. En aquellos años en Madrid y hasta la entrada en Arregui y Aruej, era cosa de pocos días, que en Minuesa pasó a ser años.
En este caso hablo de Pacisa, en la Ronda de Atocha 35. Ahí se aguantó unos días. No dio tiempo ni a limpiar de verdad, aunque limpiar limpiamos. Es en la manifestación de protesta por el desalojo cuando llegamos al evento del inicio de este texto. Después de un recorrido por Lavapiés con un dispositivo policial notable pero que mantenía la distancia, llegamos a la puerta del edificio. No me explico por qué razón, pero bien cerca de la puerta había un palet vacío, que la gente convirtió en ariete y con el que acabó reventando la cerradura nueva que habían puesto en aquel portalón inmenso que daba acceso a un pasaje apto para camiones.
En un vídeo de la época puede verse desde el otro lado de la calle (el camarógrafo no se chupaba el dedo) cómo la puerta se abre de sopetón y se estampa contra la pared, el júbilo de quienes se agolpaban frente a la puerta y cómo uno de ellos sale corriendo a través del tráfico, hacia la acera donde estaba el cámara. Años después supe que el que corría había sido herido de bala por la policía con anterioridad y no se quiso quedar a ver el desenlace de lo que voy a relatar.
Cuando una de las hojas del portalón quedó abierta de golpe y nos pusimos todos locos de contentos, se podría uno preguntar por qué no entramos en tromba los veinte o treinta que éramos y retomamos el edificio. Y sería buena pregunta. A menos de diez metros de la puerta, en aquel pasaje apto para el paso de camiones como ya he dicho, había dos vigilantes jurados, uno de ellos rodilla en tierra, empuñando sendos revólveres. Y esa sería la respuesta. El que estaba rodilla en tierra lo empuñaba con una sola mano, porque con la otra sujetaba un perrazo que ladraba como loco, erguido sobre sus patas traseras, deseoso de correr hacia nosotros, soltando espumarajos por la boca y con los ojos desorbitados. Tan deseoso estaba que así lo hizo, salió corriendo hacia nosotros y aquí viene el momento clave. El tipo corrió a agarrar al perro no sin antes dejar el revólver con mucho cuidado en el suelo. Ni qué decir tiene que de allí salimos como alma que lleva Fraga. De todas las cosas que podrían haber pasado, ninguna lo hizo y nadie resultó mordido, nadie fue tiroteado y ningún edificio fue retomado. Al menos ese día. Pero esa es otra historia.
Cuántas veces me habré acordado de aquél vigilante. De si su compañero daría parte de aquel despropósito. Tanto si lo dio como si no, de cuánto duró en ese trabajo aquél vigilante que se tomó la protección de la integridad humana (el evitar abrir agujeros adicionales en otras personas, podríamos decir) tan al pie de la letra cuando, seguramente, nadie se lo hubiera exigido.
En el mundo que a mí me gustaría que fuese, este tipo hubiera seguido trabajando en eso, hubiera ido ascendiendo y ahora quizás dirigiera el entrenamiento de nuevas generaciones de “seguratas”. Y esta historia se la irían contando los veteranos a los novatos para prevenirles de que todo en él es una pregunta trampa, porque de casta le viene al galgo, ahí le duele al rey faraón o alguna otra farfulla pseudo-refranera que usaran en aquellos ambientes de ese mundo que me he inventado. Que tiene el colmillo más retorcido que una babirusa. Que hace preguntas para pillar y que, con él, hay que pensar antes de hacer. Que las manos, los palos y los tiros, una vez que se sueltan no se pueden recoger. Que, si se cumple la misión sin hacer un bochinche, puntúa doble.
Pero como vivo en el mundo en el que vivo, con más grises y menos certezas, con muchas preguntas, con la mortalidad riéndose a carcajadas, pues me hago todas las ilusiones que puedo, pero no sé si tantas.
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