Patricio Guzmán y el trabajo de filmar la lucha de clases como un paisaje

No sabemos si quizá su plan era haber sido otro tipo de cineasta, pero el tiempo que le tocó vivir le llevó a volver una y otra vez sobre Chile y su traumático pasado.
Patricio Guzman
Patricio Guzmán, director de cine, durante una intervención en Casa de América en 2016. Foto: Casa de América.

Historiador y redactor de Nortes.me
BSK: @diegodiaz1981.bsky.social

17 sep 2026 09:00 | Actualizado: 17 sep 2026 10:09

El 11 de septiembre de 1973 la democracia se detuvo en Chile, y también el rodaje del documental que el cineasta Patricio Guzmán y el camarógrafo Jorge Müller llevaban rodando desde 1972. Con los tanques en la calle, tocaba salvar los rollos de película y ponerse a salvo de los militares.

Ni Guzmán ni Müller lo conseguirían. El cineasta cayó preso en los primeros días del golpe de Estado. Detenido durante 15 días en el Estado Nacional de Chile, Guzmán logró salvar la vida y marchar a Francia. Peor suerte tuvieron, en cambio, su operador de cámara y su pareja, la cineasta Carmen Bueno Cifuentes. Militantes ambos del Movimiento de Izquierda Revolucionaria, fueron detenidos y “desaparecidos” en 1974.

Mientras los responsables de La batalla de Chile luchaban por sobrevivir, los rollos de la película, puestos a buen recaudo, viajaban clandestinamente a Europa gracias a una red de amigos y colaboradores sin cuyo concurso jamás habría existido esa obra maestra del cine.

Una vez en libertad, Guzmán logró montar la película en La Habana gracias al apoyo del cineasta francés Chris Marker y del Instituto Cubano de Cinematografía. El resultado, tres episodios estrenados entre 1975 y 1979 —“La insurrección de la burguesía”, “El golpe de Estado” y “El poder popular”—, es deslumbrante. Una de las mejores películas documentales de la historia del cine, un fresco impresionante sobre la historia de Chile entre 1972 y 1973, y una clase de política en movimiento sobre la dificultad de llevar a cabo una revolución socialista por medios legales y pacíficos. Todo ello con la Guerra Fría y el imperialismo norteamericano como telón de fondo.

Una cámara ligera y un cineasta que sale a la calle a preguntar al país lo que le está pasando, nos cuentan desde abajo, desde los protagonistas anónimos, la epopeya del Chile de Salvador Allende y su fallida revolución democrática, la “vía chilena al socialismo”. “Fue filmar la lucha de clases como paisaje”, resumió Guzmán sobre un trabajo que 50 años después de su realización sigue impresionando por su frescura.

Monumental, vibrante, y filmada en un poderoso blanco y negro, Guzmán nos sumerge en los movimientos sociales que sacuden el país, en los debates que se dan en las asambleas de obreros, campesinos y estudiantes. Recorremos con él los barrios pobres y también los ricos. Asistimos a la confrontación entre las diferentes líneas estratégicas de las izquierdas chilenas. Ponemos cara a la reacción derechista y el terrorismo de la ultraderecha. Vivimos las operaciones de la burguesía para derribar al Gobierno de la Unidad Popular, y también la formidable movilización social para cortocircuitarlas. Conocemos los cordones industriales y el poder popular, y también las huelgas financiadas por la CIA y la patronal para dañar la economía del país. Nos metemos de lleno en un parlamento dividido, con una derecha golpista y una Democracia Cristiana debatiéndose entre su oposición a Allende y su fidelidad al orden constitucional. Escuchamos de fondo, por todas partes, el ruido de sables en los cuarteles.

Con una obra tan deslumbrante, Guzmán, que estudió cine en Madrid en los años 60, quedó para siempre marcado por ser el de La batalla de Chile. No sabemos si quizá su plan era haber sido otro tipo de cineasta, pero el tiempo que le tocó vivir le llevó a volver una y otra vez sobre Chile y su traumático pasado.

Exiliado primero en Francia, y posteriormente afincado allí por voluntad propia, en 1997 estrenó Chile, la mirada obstinada, una película en la que vuelve dos décadas después a La batalla de Chile y a sus circunstancias. Tras siete años de una democracia muy condicionada por la sombra del dictador, el cineasta se entrevista con algunos de los supervivientes del documental y proyecta la película, prohibida hasta entonces, a jóvenes nacidos y educados durante el pinochetismo.

Tras dos películas interesantes, pero menores dentro de su filmografía, El caso Pinochet (2001) y Salvador Allende (2004), Patricio Guzmán podía parecer un cineasta venerable pero que ya había contado todo lo que tenía que contar. Sus dos obras posterior lo desmentirían.

Nostalgia de la luz (2010) y El botón de nacar (2015) se encuentran entre lo más alto y lo más poético de su cine. En la primera establece un diálogo entre los astrónomos que rastrean el cielo desde los potentes observatorios del desierto de Atacama, y los arqueólogos y las familias que buscan a los desaparecidos en ese mismo desierto. En la segunda, la relación está entre el exterminio de los pueblos originarios de la Tierra de Fuego, a principios del siglo XX, y la represión de la dictadura en los años 70. En ambos casos la violencia a gran escala es la condición para el despliegue del capital.

Guzmán no solo fue cineasta, sino también maestro de cineastas y un destacado teórico sobre el cine, sobre todo del documental, un cine que consideraba a contracorriente del mercado

Como cierre perfecto a una vida y una obra entregada a contar la revolución democrática chilena de 1970-1973, su última película, Mi país imaginario (2022), se centró en el “Estallido de 2019”. La gran revuelta contra el sistema conformista y neoliberal salido de la transición democrática chilena. Se cerraba así perfectamente el círculo iniciado en 1972 con El primer año, historia de los primeros días del gobierno de Salvador Allende.

Guzmán no solo fue cineasta, sino también maestro de cineastas y un destacado teórico sobre el cine, sobre todo del documental, un cine que consideraba a contracorriente del mercado, y que comparaba con hacer coches de madera.

Dejó un puñado de libros y algunas frases memorables. Estos días recordamos sobre todo una: “Un país sin cine documental es como una familia sin álbum de fotografías”. A nutrir ese álbum dedicó Guzmán medio siglo de una vida que el martes 15 de septiembre de 2026 concluyó en París a los 85 años de edad.

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