Santa Úrsula, el pueblo que resiste a la sombra del Estadio Azteca y ante los agravios del Mundial de Fútbol

A menos de una semana del inicio del Mundial de Fútbol 2026 en Ciudad de México, miles de habitantes de una zona humilde y populosa han estado resistiendo las obras de remodelación del “Coloso de Santa Úrsula”, y que han significado escasez de agua, una movilidad limitada y una grave afección al comercio local y la vida cotidiana. La vecindad de Santa Úrsula Coapa considera que el Mundial no ha traído beneficios para su colonia.

A pocos metros del Estadio Azteca, recién rebautizado para el Mundial de Fútbol 2026 como Estadio Ciudad de México, el pueblo originario de Santa Úrsula sobrevive entre obras, especulación inmobiliaria y problemas de acceso al agua. Mientras el histórico recinto se prepara para recibir por tercera vez una Copa del Mundo, los vecinos de Santa Úrsula denuncian unas condiciones de vida que aseguran, llevan décadas deteriorándose y que ahora se han agravado con la llegada del torneo. Una situación que, recuerdan, comenzó desde la construcción del estadio impuesta en 1962.

Las calles estrechas del pueblo, decoradas con murales de Emiliano Zapata y motivos prehispánicos, contrastan con el coloso deportivo que domina el paisaje desde hace más de sesenta años. “Ese ojo de agua está en medio de la cancha de futbol del estadio”, señala Rubén Ramírez, autoridad tradicional del pueblo, y añade: “abastece a los 1.300 baños que hay en el estadio con agua potable”. El pozo, cuya concesión fue otorgada al recinto deportivo, comenzó a construirse en 2023, mientras los habitantes denuncian que los pozos comunitarios han reducido considerablemente su capacidad.

El acceso al agua en Ciudad de México es un problema estructural. Gran parte del suministro depende de pozos y acuíferos subterráneos que, según especialistas, se encuentran sobreexplotados desde hace décadas. Martha Trujillo, investigadora en geografía social de la UNAM, sostiene que “los pozos que son propiedad de la nación se están privatizando” y advierte que el agua “ya no les pertenece a los habitantes de la ciudad”. A pesar de las restricciones existentes para nuevas perforaciones debido al hundimiento progresivo de la capital, empresas privadas continúan obteniendo concesiones para la extracción de agua, provocando incluso la contaminación de algunos pozos.

A la crisis del agua se suma también el aumento de la presión inmobiliaria. Predios abandonados y viviendas históricas conviven ahora con nuevos edificios de apartamentos levantados a escasos metros del estadio. “Hace un año encontrábamos rentas de 7.000 u 8.000 pesos; ahora hemos encontrado departamentos hasta en 25.000 pesos”, explica Natalia Lara, integrante de la organización vecinal del pueblo de Santa Úrsula. Los habitantes temen que el incremento de precios termine expulsando a las poblaciones originarias mientras las inmobiliarias prometen grandes ganancias a quienes inviertan con la llegada del Mundial.

Los vecinos también denuncian las crecientes restricciones de movilidad en el pueblo. Durante los días de partido, solo podrán acceder a sus casas mediante registros previos, mientras que las inmediaciones del estadio quedarán reservadas para los asistentes a los partidos. Los residentes consideran que estas medidas privatizan el espacio público y excluyen a gran parte de la población local, especialmente en un Mundial marcado por el elevado precio de las entradas.

Mientras continúan las campañas de embellecimiento de la ciudad, muchos habitantes del pueblo continúan sin servicios básicos como el acceso al agua o al drenaje. “No basta con pintar de morado los puentes si toda la infraestructura tiene deficiencias”, afirma Martha Trujillo. A pocos días de que millones de personas vuelvan a mirar hacia el histórico estadio, en las calles de Santa Úrsula se vive otra realidad: la de quienes resisten desde hace décadas a la sombra del “Coloso de Santa Úrsula”.

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