Vivi Alfonsín: “Nadie puede ser sin el otro, nadie se libera sin el otro”

La autora esquiva el “peligro de la desmemoria” con ‘Ningún otro infierno te espera’, una crónica íntima de una parte de la historia de Granada en la que las cosas empezaban a cambiar salvo para su protagonista, anclado a una pensión y a un silencio.
Vivi Alfonsín
Vivi Alfonsín, escritora, dramaturga y activista antirracista y feminista cubana residente en España.
28 jul 2026 06:00

La escritora Vivi Alfonsín (Varna, 1977) propone un viaje a una Granada en transformación a través de los ojos y silencios de un hombre que presencia quieto el mundo desde una pensión que alberga a otros hombres de paso. En Ningún otro infierno te espera (Salto de Página, 2026) escenarios y recuerdos, estancias y cuerpos, turbulencias políticas y estallidos internos, se describen de una forma minuciosa, creando un relato absorbente. Entre las estrechas posibilidades de vivir el deseo, la sombra del colonialismo y la de un patriarcado inscrito en cada gesto, la Granada del franquismo y la transición cobra vida en el recuerdo del protagonista, ya viejo, ofreciendo la historia de lo que fue y de lo que no pudo ser. 

Autora de la novela Mundo Zurdo (Ediciones Seshat, 2023), Alfonsín también ha escrito las obras de teatro Aguas grises y Kleopatra o Infirmitas sexus. Por otro lado, viene trabajando en la divulgación de la literatura palestina contemporánea. En el ámbito del ensayo, publicó en Errant Journal, Violence and Death on the Frontiers: The Ethical Limits of Hypervisibility.  Cuenta con una amplia trayectoria en defensa de los derechos de las personas migrantes, como parte del Movimiento Regularización Ya.

Ganadora de la beca Montserrat Roig de escritura en 2025, actualmente está trabajando en una novela centrada en los vínculos entre la desindustrialización en la periferia de Barcelona y el auge del racismo. Junto a este proyecto, y en el marco del XIV Laboratorio de escritura teatral de la Fundación SGAE, también está profundizando, a través de la dramaturgia, en la historia de los llamados safaris humanos en Sarajevo durante la guerra de Los Balcanes.

¿Por qué eliges estos personajes y estos temas que, en cierto modo, te quedan tan lejanos?
No me interesa la escritura autobiográfica en el sentido de contar lo personal. Me interesa contar lo de todas, lo estructural, lo político, y creo que lo autorreferencial y la autoficción se han impuesto de una forma que no cuestionamos. Reclamo el derecho a la imaginación incluso en los márgenes del realismo, a expandir los propios límites buscando una forma de contar aquello que nos excede y nos afecta. La huella del catolicismo en la educación sexual, la manifestación de lo colonial en las relaciones íntimas o la configuración de la sociedad española a partir de las trazas del franquismo no me son temas lejanos. 

La literatura permite ese desplazamiento, crear universos ficticios respetando reglas de verosimilitud histórica o psicológica que yo tomo muy en serio. Además, los géneros se contaminan de manera natural, igual que lo autobiográfico deja espacio para la ficción, la ficción contiene grietas por las que se cuela algo propio, pero esa grieta y ese material son un secreto. Y creo que ese secreto no debe revelarse. La creación, tal como la concibo, comporta desnudez y fragilidad, algo que debe protegerse, no exponerse en redes sociales. Estoy convencida de que el valor de un texto no se dirime por la cercanía real entre la escritora y la trama, sino por la honestidad. 

Me interesa contar lo de todas, lo estructural, lo político, y creo que lo autorreferencial y la autoficción se han impuesto de una forma que no cuestionamos

Hay un goce en describir donde nunca se ha estado, vivir lo que nunca se ha vivido, y pensar desde subjetividades que te resultan tan ajenas. ¿Qué has sentido en ese viaje?
Este proceso ha dado cuenta de mi identidad fragmentada. Soy cubana, nací en Bulgaria, he pasado gran parte de mi vida en España y ahora vivo entre Barcelona y Londres. He querido explorar los límites inamovibles de esa identidad respecto a otros que son mutantes, migrantes, porosos. Reclamar un lugar propio múltiple, siempre que se conozca el terreno y la escritura provenga de la investigación. Búsquedas que suelen ser dolorosas, largas e inciertas, que necesariamente traen nuevas premisas y destrozan las ideas preconcebidas que tenemos sobre los sitios y las gentes que los habitan. Si escribiera una historia ambientada en La Habana o Barcelona también me sentiría desplazada, sería una habitante temporal, pero nunca sería una turista. Decía Bernardo Atxaga, a propósito de Mohamed Chukri, uno de los autores citados al principio de Ningún otro infierno te espera, que el escritor es lo contrario al turista. A eso me refiero cuando hablo de honestidad. 

Además, estoy vinculada a Granada desde mi infancia por la provocación lorquiana. Lorca es una presencia oculta en la novela. Está cuando hablo de los fusilamientos del verano de 1936 en la carretera entre Víznar y Alfacar y está en los mimbres del texto. La estructura de Ningún otro infierno te espera está inspirada en la Gacela del amor imprevisto y en la Casida de la mano imposible del Diván del Tamarit, pero esto no es visible durante la lectura, fue más bien una forma de no traicionar al protagonista, un hombre que jamás leería a Lorca. 

Pues bien, yo tenía que escribir sobre un hombre gay en Granada sin mencionar a Lorca, pero tampoco podía traicionarme a mí. A los trece años, mi libro de cabecera era Bodas de Sangre. Ya había leído Yerma, Bernarda, los ensayos y la poesía. Mi madre trabajó durante años en el Gran Teatro de La Habana, que entonces se llamaba García Lorca, así que parte de mi infancia, por ser hija de una mujer trabajadora que jamás tuvo con quien dejarme, consistió en recorrer los pasillos de aquel lugar laberíntico y fascinante. 

Y mi tía, en Nueva York, en el Teatro del Repertorio Español, ha representado el papel de Bernarda Alba desde los años 80 hasta hoy, aunque tardé muchísimo en poder viajar a Estados Unidos para verla. Luego, de adulta, resultó que mi compañero había pasado una etapa fundamental de su vida en Granada. Esa ciudad moldeó la persona que es. Y él me llevó a Granada. Parte de nuestra familia vive allí, en el cerro de San Miguel. Por este cúmulo de circunstancias he sentido que estaba en casa. 

La mirada sobre la vejez como vida que se agota y se degasta, esa forma de describir sin florituras pero también sin ensañamiento cómo el cuerpo físico empieza a fallar, a devenir fuente de problemas y también, en cierto modo, de repulsión para otros y hasta para uno mismo, no es fácil de encontrar en la literatura. Por qué asusta tanto mirar de verdad a los cuerpos, escribir sobre ellos.
Para mí hay algo fascinante en la vejez, en la descripción del cuerpo anciano. Pienso en los cuadros de Goya, en la madre enferma de Annie Ernaux, en la crudeza de algunos personajes viejos y sucios de Mohamed Chukri, en las monjas geriátricas y terribles de Agustín Gómez Arcos o en las mujeres lentas y sabias de Toni Morrison. Me encanta observar a la gente mayor, su belleza y su fealdad, la negociación de sus movimientos con un cuerpo en declive. 

Sin embargo, no conozco íntimamente la vejez, mis abuelas y abuelos murieron o volvieron a migrar antes de que yo pudiera convivir con esa etapa de la vida. Quizás por eso no me asusta la manifestación de la vejez en el cuerpo, mucho menos en el sentido estético, pero sí me aterra el deterioro físico de la enfermedad, eso lo conozco de cerca. La enfermedad que se adelanta a la vejez y arrebata la vida de tu gente demasiado pronto. Y también me espanta contemplar la soledad y el empobrecimiento material en la gente mayor. El protagonista de Ningún otro infierno te espera padece una soledad tan honda que me producía vértigo contarla, una soledad que dialoga con la Casida de la mano imposible de Lorca, “Yo no quiero más que esa mano / para tener un ala de mi muerte”. Nos abruma el temor de morir sin sujetar una mano amiga. 

El protagonista es alguien que vive hacia adentro, una vida dedicada a privarse de la vida, ¡por qué te interesaba un personaje así?
Me permitía ahondar en los efectos del nacionalcatolicismo en la vida de la gente. Me interesaban los silencios, las mentiras, la contención. Pero también buscaba demostrar las huellas atroces del individualismo en cualquier liberación política. El protagonista de la novela no se atreve a reconocer su identidad sexual, entre otras cosas, porque está aislado. La ideología conservadora quiere a la gente encerrada en casa, y muchas veces la casa puede ser el epicentro del horror.

Gracias a los materiales de Guardianx de la Contramemoria. Un archivo transfeminista /kuir/ transmarikabibollo andaluz, a partir de la tesis Mirando al Sur: una historia (incompleta) de los activismos de la disidencia sexual y de género en Andalucía, de Diego Mendoza Albalat, pude estudiar la lucha LGTBIQ+ en Granada. Ahí toma sentido lo colectivo, pero para eso hay que salir al mundo y confiar en el otro. Nadie puede ser sin el otro, nadie se libera sin el otro. 

La ideología conservadora quiere a la gente encerrada en casa, y muchas veces la casa puede ser el epicentro del horror.

Hay una visita muy particular a la memoria histórica de España, un periodo que parece a veces muy desatendido y que relatas así, desde la cotidianeidad del franquismo y la transición y lo que el dispositivo ideológico nacionalcatólico le hacía a las vidas. ¿Por qué crees que cuesta tanto mirar hacia atrás? ¿cuáles son las consecuencias de esta miopía?
La desmemoria histórica permite que el pasado se reproduzca como una cepa envenenada que nunca se extirpó, de la que brotarán los peores sarmientos. Confío en el poder de la ficción para recrear el pasado de una forma vívida y situada, para recordar que la memoria es tanto un deber ético como una forma de supervivencia en nuestra especie, en cualquier especie animal. Si olvidamos las fosas comunes del franquismo, las terapias de conversión, el Patronato de Protección de la mujer o el servicio militar obligatorio, volverán. Si olvidamos que los sublevados fusilaron a cuatro mil personas en Granada solo en el verano de 1936 y miramos para otro lado mientras se siguen exhumando cuerpos de las fosas comunes, es posible que un día seamos nosotras. 

En Ningún otro infierno te espera he intentado reflejar esa voluntad de desmemoria desde diversos ángulos. Primero, ubicando la trama en Granada, una ciudad cuyo pasado árabe y musulmán se intenta borrar a toda costa. Pero también en la relación colonial con Marruecos, esa época de ocupación española que llamaron protectorado, o en los efectos del catolicismo en la vida de gente que se considera laica. En todo ello se forja parte del racismo de la sociedad española. Un cuerpo sin memoria es un cuerpo enfermo y dependiente, un país sin memoria está condenado a repetirse.  

Y ya no hablemos cuando se trata de recordar la relación colonial entre España y Marruecos, pareciera que ha quedado fuera de la memoria histórica, ¿por qué has encontrado importante entrar en ello, también como cubana que eres?
La primera vez que estuve en Marruecos, cuando tuve papeles y algo de dinero para viajar, me sorprendió la forma en que los europeos miraban a los marroquíes. Era la misma forma en que nos miraban a los cubanos, a las cubanas, la forma de ser mirada por el extranjero que marcó mi adolescencia en los años 90 en La Habana, en lo más duro de esa época que llamaron Periodo Especial y que evidenció, entre otras cosas, el impacto del turismo sexual en la isla. Esa mirada exotizante mezcla de deseo, curiosidad, repulsión, miedo y ajenidad que había visto sobre mí misma en Cuba la encontré de nuevo en Marruecos. La literatura ha romantizado esa realidad. El turismo sexual con menores, las noches de kif o de ron, los viajes iniciáticos de jóvenes burgueses “descubriendo” mundo. 

También me interesaba hacer una crítica al complejo de salvadora blanca, al turismo activista y al volunturismo, prácticas que se sostienen en la misma raigambre colonial. En Ningún otro infierno te espera se encarna en una periodista francesa que quiere escribir sobre un episodio de la historia reciente de Marruecos vinculado al intento de golpe de Estado contra Hassan II en 1971. Es hora de darle la vuelta al relato, de ponerles un espejo delante. Por suerte, cada vez hay más voces, cineastas, activistas o investigadoras trabajando en esta dirección. Laura Casielles, Salma Amazian, Hajar Boujtat, Youssef El Maimouni, Helena Maleno, entre otras. Espero que en Cuba podamos emprender estos procesos de revisión histórica algún día. 

Me interesa también esa mirada a la masculinidad, la de la paternidad brutal de aquellos años, los hombres que viajan por su trabajo y no se hacen cargo, la homosexualidad reprimida y las relaciones de poder que se dan en este marco, el anhelo de compañía y amor convertido en algo vergonzoso y sucio.
Ningún otro infierno te espera se inserta en un grupo de ideas que tienen la masculinidad como temática central. Es un proyecto que continuará y donde me he propuesto plasmar los nexos entre patriarcado y violencia. En estos textos hablo de violencia contra las mujeres, de abandono paterno, de violencia policial de hombres blancos contra hombres negros, aquí me he centrado en lo sexual, en lo íntimo, en cómo la jerarquía racial está en la médula de la identidad española, y en como esa identidad está contaminada por el catolicismo, el racismo y lo colonial. 

Esta novela habla de padres autoritarios, de hombres reprimidos y represores, pero también habla de sindicalistas y guerreros. Los protagonistas de la huelga minera de Riotinto, en Huelva, en 1920. Los tres obreros asesinados por la Guardia Civil en Granada en julio de 1970 durante las protestas de los trabajadores de la construcción. Los estudiantes que se unían a la lucha del colectivo LGTBIQ+ de la época. Y está Farid, la otra pieza en esa difícil intimidad de dos hombres. Mientras que Enrique, el protagonista, ha heredado la cerrazón y la cerrilidad de su familia franquista, Farid trae un relato personal distinto, su padre, un intelectual marroquí, apoyaba la independencia y no era un hombre autoritario, su búsqueda del amor y lo sexual recorre caminos más libres y tiene una lucidez en lo político que trasciende la de los otros hombres presentes en la trama, aunque esa lucidez forme parte de su condena. 

La réplica del pasado en el presente genera una violencia cada vez más brutal e interconectada. Ahí está el peligro mortal de la desmemoria

Sin ánimo de spoilear en exceso, hay toda una reflexión sobre el presente en el libro. ¿Cómo se relacionan pasado y presente en la historia?
Pasado y presente están sujetos por un nexo inquebrantable, ese nexo somos nosotras, nuestra memoria y nuestra acción. En la novela hablo de homofobia y de racismo, de pederastia y represión policial contra el disenso. Parte de la trama de Ningún otro infierno te espera se desarrolla en 1982, año del mundial de fútbol, de la visita del Papa Wojtyla a España, de la entrada en la OTAN y del triunfo electoral del Partido Socialista, lo que acabó representando la aniquilación política de la izquierda. De 1982 son los primeros titulares en la prensa española que utilizan los términos «avalancha y colapso» para describir la Operación Paso del Estrecho. ¿Nos suena de algo? 

Pero 1982 también fue el año de la masacre de Sabra y Chatila, cuando las milicias cristianas de ultraderecha asesinaron a más de 3.500 refugiados palestinos en Beirut cumpliendo órdenes del Estado genocida de Israel. De todo ello hablo en la novela. Entonces Ariel Sharon coordinaba las operaciones militares en el Líbano, luego sería primer ministro, cargo que hoy ocupa el genocida Benjamin Netanyahu. La masacre de Sabra y Chatila sigue impune, no se ha celebrado ningún juicio aunque se ha reconocido la responsabilidad de Sharon. La réplica del pasado en el presente genera una violencia cada vez más brutal e interconectada. Ahí está el peligro mortal de la desmemoria.

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