Literatura
Don DeLillo, la muerte de la cultura y la máquina del placer
Don DeLillo es uno de esos autores que ocupan un lugar destacado en el canon literario contemporáneo por méritos propios. Joyce Carol Oates describió en una ocasión a DeLillo como “un hombre de una percepción aterradora”. Los periodistas siguen citando Ruido blanco o Fascinación cuando escriben sobre la influencia de los medios de comunicación y su tratamiento de la violencia en nuestra vida política y social. DeLillo ha rechazado de manera sistemática, no obstante, los intentos por catalogarlo como un escritor posmoderno. “Si hubiese de clasificarme, sería en la larga lista de modernistas”, dijo en una ocasión. En otra despachó la cuestión con idéntico laconismo: “Preferiría no ser etiquetado. Soy un novelista, punto. Un novelista estadounidense”.
Mao II es una de esas novelas. En mayo, Mao II cumplió 35 años. Es la novela que consagró definitivamente a DeLillo. El relato sigue a Bill Gray, un escritor que vive desde hace años recluido, trabajando en una novela que desde hace más de veinte años no logra terminar. Gray decide romper el secretismo en el que vive —“en nuestro mundo dormimos y comemos imagen y le rezamos a ella y la vestimos también. El escritor que no muestra su cara está invadiendo terreno sagrado”— permitiendo que una fotógrafa lo retrate. Su editor, Charles, quien insiste en que Gray termine su novela, ofrece al escritor viajar hasta Londres para participar en un acto reclamando la liberación de un poeta suizo secuestrado en Beirut por una misteriosa organización de afiliación maoísta, inspirada en Sendero Luminoso. Después de conocer en Londres a un representante del grupo detrás del secuestro, Gray decide viajar, con el desconocimiento de su editor, hasta el Líbano él mismo y por su cuenta para negociar personalmente la liberación del rehén. Como en todas las novelas de DeLillo, existen varias subtramas y los personajes permiten al autor vehicular sus reflexiones en torno al individuo frente a la sociedad de masas o el impacto de los medios de comunicación sobre la conciencia social.
El título de la novela hace referencia a la obra de Andy Warhol del mismo nombre, una conocida serie de serigrafías de Mao Zedong en las que su retrato —como los de Marilyn Monroe o Jackie Kennedy— se repite una y otra vez en diferentes juegos de colores. La repetición masiva de un retrato, ¿reduce su aura o, como se proponía en Ruido blanco,le proporciona otra nueva? Por otra parte, si uno de los hombres más poderosos del mundo no podía mantener el control de la reproducción técnica de su imagen a pesar de todos sus intentos por hacerlo, ¿entonces quién puede? De ahí los esfuerzos de Gray —como Thomas Pynchon, en quien, en parte, se inspira— por no dejarse fotografiar y de hacerlo en condiciones estrictas cuando decide permitirlo. Gray accede a fotografiarse “no porque quisiera salir de su escondite, sino porque quería ocultarse aún más, quería replantearse las condiciones de su aislamiento, necesitaba que la crisis que suponía la exposición pública le proporcionara una razón de peso para intensificar su ocultación”.
De ahí, también, el tema recurrente del individuo contemplando, entre el horror y la fascinación, siempre a través de un dispositivo —unos prismáticos, más frecuentemente un aparato de televisión— escenas donde las masas arrollan, y no solo metafóricamente, al individuo: una boda de masas de la Iglesia de la Unificación coreana en Nueva York, la tragedia de Hillsborough en Sheffield, el funeral de Jomeini en Teherán, las protestas de la plaza de Tiananmén en Beijing. “Si otras personas lo estaban viendo, si millones de personas lo estaban viendo —se pregunta un personaje mientras contempla las imágenes del funeral del ayatolá en televisión—, si esos millones equivalen a las cifras de la llanura iraní, ¿no significa eso que compartimos algo con quienes están de luto, que conocemos esa angustia, que sentimos cómo algo fluye entre nosotros, que oímos el suspiro de un dolor histórico?”.
“Bill tiene la idea de que los escritores están siendo consumidos por la emergencia de las noticias como una fuerza apocalíptica”, dice uno de los personajes de la novela
El terrorista es la figura que emerge (¿resurge?) con fuerza en este mundo por su resistencia a ser asimilado por las masas y por los medios. “La forma en que viven en las sombras, conviviendo voluntariamente con la muerte. La forma en que odian muchas de las cosas que tú odias. Su disciplina y astucia. La coherencia de sus vidas. La forma en que despiertan admiración. En sociedades reducidas a la confusión y la saturación, el terror es el único acto significativo. Hay demasiado de todo, más cosas, mensajes y significados de los que podríamos utilizar en diez mil vidas. Inercia-histeria. ¿Es posible la historia? ¿Hay alguien que se lo tome en serio? ¿A quién nos tomamos en serio? Solo al creyente letal, a la persona que mata y muere por la fe. Todo lo demás queda absorbido. El artista queda absorbido, el loco de la calle queda absorbido, procesado e incorporado. Dale un dólar, ponlo en un anuncio de televisión. Sólo el terrorista queda al margen. La cultura no ha sabido cómo asimilarlo”.
Ante este mundo, la figura del escritor, atrapado en “un juego de suma cero” con el terrorista, aparece como trágica y destinada a extinguirse. “Bill tiene la idea de que los escritores están siendo consumidos por la emergencia de las noticias como una fuerza apocalíptica”, dice uno de los personajes de la novela. Gray está convencido de que hay un vínculo entre los novelistas y los terroristas. “En Occidente nos convertimos en celebridades mientras nuestros libros pierden el poder de modelar e influir. ¿Preguntas cómo se sienten los escritores con esto? Hace años pensaba que era posible que un novelista alterase la vida interior de la cultura. Ahora los fabricantes de bombas y los pistoleros han tomado ese territorio. Llevan a cabo asaltos en la conciencia humana. Lo que los escritores acostumbrábamos a hacer antes de ser todos incorporados”.
“El acontecimiento posacontecimiento”
El libro, 35 años después de su publicación, y como tantos otros de su autor, no ha perdido actualidad —Mao II volvió a ser citado tras el 11-S y fue antes de ese ataque terrorista el punto de partida del recomendable ensayo cinematográfico de Johan Grimonprez Dial H for H-I-S-T-O-R-Y (1997), sobre la historia de los secuestros aéreos y la relación malsana entre los secuestradores aéreos y la televisión—, las tensiones que describe la novela son ahora más palpables, y los fenómenos, más mórbidos y violentos. Hasta los escenarios —Nueva York, Beijing, Teherán, Beirut— de alguna manera se repiten.
El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, acumula como es sabido unos cuantos intentos de asesinato. De uno de los últimos, el de Cole Thomas Allen, ha escrito el periodista estadounidense Ryan Zickgraf que “los disparos en la Cena de Corresponsales de la Casa Blanca apenas habían dejado de resonar en el hotel de Washington D.C. cuando internet ya había resuelto el caso varias veces. Las teorías principales: todo fue un montaje o todo fue culpa de la izquierda”.
Aunque se desconocía el motivo de aquel intento de magnicidio, “eso no ha impedido que las dos grandes máquinas de la interpretación política estadounidense le hayan atribuido uno” y “a los pocos minutos del ataque, parecía que todo el mundo tenía su propia respuesta: para la derecha, el tiroteo se convirtió en una prueba de la violencia de la izquierda y de la retórica descontrolada de los Demócratas. […] En la ciénaga de la fiebre conspirativa que ahora constituye buena parte de la coalición anti-Trump, el ataque fue una operación de falsa bandera, una operación psicológica, un complot para justificar el salón de baile de la Casa Blanca que Donald Trump tanto deseaba. O una distracción al estilo de La cortina de humo para desviar la atención de la impopular guerra en Irán. Quizá fue una operación de rescate para salvar unos índices de popularidad en caída libre… o todo lo anterior”.
El espectáculo y la realidad, desarrollaba Yasha Levine, “son ya una y la misma cosa”, en la que “todos nos hemos convertido en expertos forenses”
En efecto, como observa Zickgraf, la respuesta fue “otro recordatorio” de que estamos en la era del ‘acontecimiento posacontecimiento’: algo ocurre y, de inmediato, el acontecimiento queda subsumido en su propia interpretación. “Está la vida y está el acontecimiento para el consumidor”, escribe Don DeLillo en Mao II. “Todo lo que nos rodea —continúa— tiende a canalizar nuestras vidas hacia una realidad definitiva, ya sea en papel o en la gran pantalla. Dos amantes discuten en la parte trasera de un taxi y, de repente, surge una pregunta implícita en el suceso: ¿quién escribirá el libro y quiénes interpretarán a los amantes en la película? Todo busca su propia versión idealizada. O dicho de otra forma: nada ocurre hasta que se consume. O dicho de otra forma: la naturaleza ha cedido el paso al aura”.
¿Cuánto tardaremos en ver adaptaciones cinematográficas o televisivas de todos estos incidentes, que por otra parte ya vemos y vivimos a través del prisma de nuestro consumo anterior de películas y series de televisión? “Hemos visto unos cuantos asesinatos en cine y televisión —escribía Yasha Levine a propósito del asesinato del notorio influencer de la derecha estadounidense Charlie Kirk— y siempre me ha sorprendido la precisión con la que estos asesinatos han sido presentados en la ficción... y este parecía uno como el que hemos visto en las pantallas tantas veces”. El espectáculo y la realidad, continuaba, “son ya una y la misma cosa”, en la que “todos nos hemos convertido en expertos forenses”.
Y, con todo, hubiese sido preferible que su motivación fuese un misterio, pues el descubrimiento de su manifiesto reveló la banalidad de sus intenciones. Como señala en otro artículo el ya citado Zickgraf —quien ha llegado a hablar de “extremismo centrista”—, “los hombres acusados de intentar asesinar a Trump no proceden de las filas de disciplinados cuadros comunistas, no son maoístas que discuten si la revista Jacobin es demasiado trotskista, más bien parecen hombres solitarios sacados del profundo cajón de los cachivaches políticos de EEUU: obsesos de Trump; monomaníacos de la guerra de Ucrania; hombres desilusionados y solitarios empapados de foros online y animados por la creencia de que la historia exige su intervención singular”.
El propio Thomas Allen, comenta el periodista Sohrab Ahmari en otro artículo, no deseaba asesinar a Trump “con el objetivo de abrir un nuevo horizonte político, sino para purificarse de la contaminación política: ‘Ya no estoy dispuesto a permitir que un pedófilo, un violador y un traidor manche mis manos con sus crímenes’, tal y como decía su manifiesto. […] ¿Qué tipo de futuro creía que estaba inaugurando al asesinar a Trump y a sus altos cargos? Su manifiesto no menciona la ‘libertad’, la ‘igualdad’, la ‘clase obrera’, el ‘imperialismo’ ni nada por el estilo”.
Tyler James Robinson, el principal acusado del asesinato de Kirk, fue más allá al inscribir en uno de los casquillos de las balas encontradas una frase sacada directamente de los foros de pornografía digital: “Notices bulge OwO what’s this?”. No es una apuesta arriesgada pronosticar que veremos más asesinos de este tipo.
(Mientras revisaba este artículo para enviarlo me enteré de que la semana pasada un joven de 25 años, Seth Scott, intentó asesinar al CEO de PornHub en Montreal, al que acusaba de haberle arruinado la vida, y, en su frustrado intento, acabó con la vida de un agente de policía, un transeúnte y él mismo, abatido por otro policía, dejando un manifiesto de 104 páginas repleto de retórica incel contra las mujeres y la pastilla anticonceptiva. “En el mundo que ha creado el porno”, reflexiona Valerie Stivers sobre este incidente, “los esfuerzos de los hombres jóvenes son, literalmente, infértiles: explosiones de violencia, o de otro tipo, que no conducen más que a una gran y placentera nada. La cruzada contra el porno de Hatfield encarnaba, paradójicamente, esta impotencia fundamental”).
¿Qué decir de la relevancia social del escritor en nuestras sociedades? Hoy apenas hay ni periodistas ni escritores, solo influencers que escriben, que hacen como que escriben o que ni siquiera escriben en absoluto porque otros lo hacen por ellos, que antes eran personas y hoy son, cada vez más, programas de inteligencia artificial. El libro, en ocasiones, es lo de menos, un artefacto cultural que incrementa su valor en el mercado audiovisual y de columnas de opinión. ¿Sería posible que existiese hoy un Bill Gray, apartado de la exposición mediática y las redes sociales, dedicado a trabajar en sus textos y nada más? ¿Lo permiten las condiciones materiales, el contaminado ecosistema literario que existe a su alrededor? La tarea se antoja cada vez más imposible, si no de Sísifo, toda vez que, por lo demás, los índices de lectura van decayendo como todo lo demás.
El escritor Sam Kriss ha publicado en Jacobinun interesante artículo que comienza con el relato de las investigaciones del neuropsicólogo soviético Alexander Luria sobre los efectos cognitivos de la escolarización en comunidades analfabetas de las montañas Alai en el Kirguistán en el primer tercio del siglo XX. Uno de los aspectos históricos más interesantes de estas investigaciones, como recoge Kriss, es que estas tierras habían sido mil años antes “uno de los grandes centros de la civilización mundial”. Luria mencionaba en sus notas “que caminaba en la patria de científicos, astrónomos, matemáticos y poetas como Ulugh Beg, al-Biruni y Ibn Sina”. Los pastores y campesinos analfabetos “vivían en las ruinas de una sofisticada cultura literaria que, en su mayor parte, había desaparecido del mundo”. “Hoy lo mismo parece estar ocurriéndonos a nosotros”, lamenta Kriss. El artículo contiene unos cuantos ejemplos de esta crisis de la alfabetización en Occidente.
No todo el mundo lamenta el cambio, por supuesto. “Muchos ideólogos de Silicon Valley —continúa este autor— están de acuerdo, solo que piensan que esto es algo positivo”. En su visión del futuro, “la gran mayoría de la gente serán wireheads, conectados a una máquina de placer impulsada por IA que los mantendrá en un estado de éxtasis hedonista permanente”. Llegados a ese momento, “la democracia se volverá imposible, las masas quedarán excluidas de la historia y surgirá una élite natural para gobernar el mundo”, puesto que “los ideólogos reaccionarios dan por hecho que formarán parte de esa élite culta y que no estarán conectados a la máquina de porno infinita.” Esta distopía no está en las cabezas de sus ideólogos: está gestándose ahora mismo. ¿Qué otra cosa era sino el manifiesto de Palantir? “Es más sencillo enterrar la realidad que deshacerse de los sueños”. La frase es, por supuesto, de Don DeLillo.
Notas a pie de página
Notas a pie de página
Dar la batalla de la imaginación política
Pensamiento
Richard Seymour
“Detrás del ‘no puedo tener sexo’ de los incel hay realmente falta de interés por el sexo”
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