Análisis
El manifiesto de Palantir en la era del fascismo cibernético
El crítico cultural marxista Fredric Jameson nos advertía de cómo una de las formas culturales del capitalismo tardío era el ciberpunk. Los relatos, novelas, series, películas y demás cosmovisiones ciberpunk suelen presentarnos un mundo tecnificado a través de la cibernética. Es decir, nos suelen describir una revolución digital (la cual estamos viviendo desde hace años) potenciada exponencialmente. En el ciberpunk los sujetos humanos han dejado de parecerse al hombre de Vitruvio de Leonardo Da Vinci para acercarse al cyborg de Ghost in The Shell. Si bien es cierto que estamos alejados aún de convertirnos en esos cyborgs de la ficción ciberpunk, la identidad del hombre blanco burgués se ha visto tambaleada igualmente, cada vez más, por esta nueva materialidad y su potencialidad de cambio.
Siguiendo con los reflejos entre esta forma cultural y la realidad material de donde surge, no debemos olvidar que el ciberpunk sigue describiendo un sistema capitalista acelerado y mutado hasta sus últimas consecuencias. En muchas ficciones de este tipo los estados nación burgueses abandonan su forma adquirida en la modernidad para abrazar una nueva alianza, conformando así los llamados Gobiernos-Corporaciones, qué, paradójicamente, empiezan a ser también reales en la no-ficción. Dentro de esta alianza, que cierto es, no es del todo nueva, pues siempre ha habido una conexión evidente entre los medios de producción tecnológicos y los estados, surgen figuras tan siniestras como la empresa Palantir; y también uno de los epicentros del poder burgués-tecnológico como es Silicon Valley.
Hace unos días Palantir generó un revuelo tremendo publicando un breve manifiesto sobre su postura ideológica, o más bien, sobre su cosmovisión del mundo. En esta serie de mandamientos basados en el libro The Technological Republic: Hard Power, Soft Belief and the Future of the West, escrito por el CEO de esta misma empresa Alex Karp y Nicholas W. Zamiska, Palantir nos describe sin tapujos el papel que las Big Tech deben tener para continuar manteniendo por un lado el poder burgués y, por otro, fortalecer de nuevo una hegemonía estadounidense-occidental que se ve en riesgo a causa del auge de potencias rivales como China.
El sociólogo William I. Robinson lleva tiempo advirtiendo sobre un proceso de militarización a escala global. Si seguimos los flujos de capital, como él mismo analiza en su libro Mano Dura, observamos un crecimiento paulatino de las inversiones dirigidas hacia Silicon Valley y hacia polos tecnológicos similares en Europa, Rusia y China.
La alianza entre presupuestos estatales, los complejos militar-industriales y las empresas tecnológicas es un hecho que nos advierte de dos cuestiones. Por un lado, la fijación de la clase capitalista hacia un mercado bélico muy rentable del que extraer plusvalía a través de la guerra. Por otro, una funcionalidad social evidente inserta en esta alianza: el control social y la represión preventiva de los movimientos sociales que la clase trabajadora alza y alzará en esta nueva época de conflicto con la burguesía.
Como Alberto Toscano argumenta, el fascismo debe comprenderse como un continuo histórico-político ligado al imperialismo y sus diferentes formas de someter a poblaciones enteras
Sin embargo, Silicon Valley y la hegemonía de sus magnates (Musk, Peter Thiel, Zuckerberg...) nos debería preocupar no simplemente porqué estén apoyando ideas como la del punto 12 del manifiesto de Palantir: La era atómica está terminando. Una era de disuasión, la era atómica, está terminando, y una nueva era de disuasión construida sobre I.A. está a punto de comenzar. Sino porque es muy cierta su amenaza resumida en el duodécimo punto, pues Palantir se destaca por ofrecer un servicio de plataformas de análisis de datos masivos y de Inteligencia Artificial para gobiernos, sus ejércitos, sus agencias de inteligencia o su policía. En otras palabras, Palantir es una red de control social y espionaje que contamina toda la OTAN y algunos de sus territorios aliados como Israel o Ucrania, pero además, es curioso entender como Palantir es la materialización de la forma cibernética (la interconexión) con todo el entramado de Silicon Valley.
En concreto, su software no es viable sin colaborar con las infraestructuras de otros gigantes tecnológicos como Amazon Web Services, Microsoft Azure o IBM Cloud, sobre las que se despliega, integra y escala a nivel planetario. Lo descrito nos da una pista de cómo el capitalismo va tejiendo un tupido velo de colaboración y arquitectura donde la capacidad de control, violencia y manipulación sobre comunidades enteras depende de estas infraestructuras privadas transnacionales.
Otro de los puntos a destacar sería la conformación, a raíz de la estructura entre estados, complejo militar industrial y Big Tech, de una nueva forma de fascismo. Como Alberto Toscano argumenta, el fascismo debe comprenderse como un continuo histórico-político ligado al imperialismo y sus diferentes formas de someter a poblaciones enteras desde el capitalismo primigenio hasta la actualidad. El apartheid y el genocidio en Palestina son concreciones actuales de esas políticas fascistas que se diluyen o intensifican dependiendo del contexto histórico y de la fase capitalista en cuestión. No obstante, la principal característica del fascismo cibernético es su forma descentralizada. Si lo comparamos con el fascismo del Siglo XX, el órgano de propaganda y organización cultural surgía del estado (véase el aparato propagandístico del Tercer Reich, dirigido por Joseph Goebbels), pero ahora surge de la alianza con estas grandes empresas tecnológicas que a su vez controlan el mayor aparato de comunicación que jamás la humanidad ha inventado, las redes sociales. Esto genera que el fascismo se torne cibernético, interconectado e instalado en nuestros sistemas operativos.
Volviendo al punto 12 del manifiesto de Palantir, hay algo que debemos retomar. La nueva era de disuasión construida sobre la IA es la era de la automatización de la lucha frente a la criminalidad, el control social, la muerte y la guerra. No obstante, lo peor es que ya está funcionando a todo motor.
La era atómica, de los bloques enfrentados, de los grandes tratados industriales ha finalizado. Bajo las cenizas del poder industrial se alza la época del cibercapitalismo
Las armas autónomas, o los llamados killer robots, son la demanda moral que Palantir exige a Silicon Valley; sin embargo, como decíamos, esta era ya empezó con la automatización del genocidio en Palestina por parte de Estados Unidos e Israel; los procesos en China de robotización de su cuerpo policial, así como con el desarrollo y la comercialización de sus sistemas ciberfísicos de vigilancia (adoptados por Francia para su implantación durante los Juegos Olímpicos, bajo el mantra de la seguridad), o con el control exhaustivo de la red en Rusia, por poner algunos ejemplos.
La era atómica, la era de los bloques enfrentados en la Guerra Fría, la era de los grandes tratados industriales ha finalizado. Bajo las cenizas del poder industrial se alza, aún más gigante y omnipresente la época del cibercapitalismo. Gobiernos-corporaciones, militarización y fascistización, instrumentalización de las ciencias y las tecnologías cibernéticas al servicio de lógicas de control, dominación, explotación y sometimiento algorítmico… Una pura distopía ciberpunk. Sin embargo, lejos de hablar de ciencia ficción distópica, estamos presentando las lógicas culturales sobre las que la clase burguesa quiere sustentar su hegemonía material.
Obviamente no hablamos de una elección libre, sino de la imposición global de lo que Arthur y Marialouise Kroker llamaron el software americano: un modelo social y político donde las tecnologías cibernéticas e internet han de estructurarse desde la competitividad, el individualismo, el control, la vigilancia y la guerra imperialista. Es decir, un capitalismo sin su máscara democrática.
Por tanto, hablamos de imposición colonialista, pues lo que se encuentra en este manifiesto de Palantir es una declaración oficial de guerra abierta a todo aquello que suponga para esta clase burguesa un atentado contra Occidente.
Desde la crítica que argumentamos, entendemos la cultura en su totalidad, es decir, como todo aquello que nos constituye y nos programa dentro de una organización social determinada, pudiendo así reproducir, legitimar y estructurar un orden social que a su vez responde a unas formas históricas concretas de cómo sobrevivimos en sociedad. En este sentido y de manera reduccionista, podemos hablar de dos grandes cosmovisiones culturales, la occidental y la oriental; dos cosmovisiones que nunca han sido estáticas y que han ido cambiando a lo largo de toda su existencia.
Y esto nos lleva a un punto muy importante: la esencialización de las cosmovisiones culturales: ¿qué se está defendiendo cuando se defiende a Occidente?, o ¿qué significa ser occidental? Si consideramos que la cosmovisión contemporánea de Occidente se estructura desde los pilares de la ilustración, diríamos que ser occidental implica ser racional, estar en favor del progreso humano, la libertad individual y colectiva, la tolerancia, la fraternidad, la igualdad, la división de poderes, la soberanía popular, la defensa de la educación y el conocimiento científico al servicio de la vida (sabemos que no es así, pero permitirnos enarbolar la teoría liberal sin analizar en que deviene su práctica).
No obstante, ¿qué visión de Occidente defiende Palantir? La del supremacismo blanco cristiano. Eso es Occidente para Palantir, Trump, Musk, Thiel y toda la clase burguesa cibercapitalista. Con esto no decimos que el cristianismo sea un aliado acérrimo del supremacismo blanco, como el islam tampoco es un aliado del yihadismo, ni el judaísmo un defensor unidireccional del sionismo.
Sin embargo, este Occidente que se defiende tanto en Estados Unidos como en Europa y Latinoamérica se aleja mucho de los principios de libertad, progreso, tolerancia, fraternidad y respeto a la diversidad cultural que sí recoge algo tan básico como el artículo uno de la Declaración Universal de la UNESCO sobre la Diversidad Cultural: “La diversidad cultural, patrimonio común de la humanidad”.
Consecuentemente, la diversidad cultural ha de ser un patrimonio común de la humanidad, una humanidad que es diversa y que ha producido, a lo largo de toda su existencia, miles de culturas. En cambio, las clases burguesas cibercapitalistas en su manifiesto atentan contra este principio, al considerar que la única cultura viable es la occidental, generando, de este modo, una estratificación donde hay culturas que han producido avances vitales y “subculturas” (así las llaman en el manifiesto) que resultan disfuncionales o regresivas.
El supremacismo blanco de occidente tiene el deber de discriminar a toda subcultura que sea regresiva y perjudicial para la supervivencia del hombre-blanco-heteronormativo-burgués
Obviamente, y no podemos pecar de ingenuidad, esta idea de subcultura hace referencia a la cultura islámica; una cultura que para estos fascistas atenta contra los valores cristianos de las democracias occidentales. En este sentido, sería interesante recordarles que fue gracias a la traducción que muchos árabes hicieron en la Edad Media de los textos de Platón o Aristóteles, por ejemplo, que estas corrientes de pensamiento llegaron a Europa y pudieron emerger paradigmas como el platonismo cristiano que permitió construir una nueva teología cristiana. Pero dejando su ceguera intelectual-racista aparte, en relación a esta cuestión de las culturas, el punto 21 del manifiesto dice: “Algunas culturas han producido avances vitales; otras siguen siendo disfuncionales y regresivas. Ahora todas las culturas son iguales. Se prohíben las críticas y los juicios de valor. Sin embargo, este nuevo dogma pasa por alto el hecho de que ciertas culturas, e incluso subculturas, han producido maravillas. Otras han resultado mediocres, y peor aún, regresivas y perjudiciales”.
Cuando se expone que ahora todas las culturas son iguales hay que aclarar que no se está haciendo desde un reconocimiento, sino desde la ironía y crítica a los planteamientos progresistas de la izquierda anticapitalista o lo 'woke'. Y aquí Nick Land, Peter Thiel o el propio Curtis Yarvin, voceros de la extrema derecha americana, tienen toda la culpa. Land, en su obra la Ilustración Oscura, asume que la discriminación es algo natural y necesario para la supervivencia de la especie (también pensada bajo el arquetipo del hombre blanco heteronormativo burgués) y que tiene que hacerse efectiva eliminando de “las reservas genéticas a todos esos parásitos sociales que no se adapten a las fuerzas del capital”.
Dicho, en otros términos: el supremacismo blanco de occidente tiene el deber de discriminar a toda subcultura que sea regresiva y perjudicial para la supervivencia del hombre-blanco-heteronormativo-burgués poniendo, bajo su control, todo el poder científico y tecnológico para lograr ese fin.
Las caretas se han caído. Palantir nos advierte de que su soberanía está por encima de cualquier persona, incluso de cualquier país que no sea EEUU. Trump invade países, masacra civiles, reprime y ejecuta a la población migrante residente en Estados Unidos. Frente a lo inimaginable e intolerable crece este nuevo fascismo, que nos obliga cada día a mirarle de frente. De toda la clase trabajadora mundial, diversa, queer y racializada depende proponer un mundo alternativo sobre aquellas pesadillas ciberpunk que dejaron de ser un imaginario para convertirse en nuestra nueva realidad-ficción.
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