Opinión
Feliz Fiesta del Cordero

Millones de personas musulmanas van a celebrar la fiesta del cordero a finales de mayo de este año 2026. ¡En España! Esta festividad coincide con el fin de la peregrinación a la Meca.
Fiesta del cordero
Cientos de personas celebran el Eid Al-Adha en Sevilla
21 may 2026 11:00

Juan Manuel se levanta por la mañana con el sonido de la cisterna del váter de su vecino. Cuando se hipotecó en esta casa tenía treinta y tantos años, como su esposa. El nidito de amor estaba en mitad de un páramo, muy cerca de muchos sitios —si se iba en coche— y con unas vistas fabulosas a la Vega granadina, la más fértil de Europa y donde los gobiernos españolistas están sembrando ladrillo. Hoy día, desde su ventana, sólo atina a ver la fachada del edificio de enfrente y las luces del salón de juego que han abierto hace poco al final de la calle.

Sus hijos, Juan y Marta, heredarán una preciosa hipoteca con un patio sombrío que la cotidianidad ha convertido en trastero.

El niño tiene diecisiete años y apuesta dinero online en partidas internacionales de póker; una vez ganó seiscientos euros. Sueña con ser traficante, pero, de mientras, alimenta la manía de perder dinero en internet con un trabajo de lavacoches en un polígono de las cercanías, allí también abundan los salones de juego en los que no piden documentación que certifique la mayoría de edad de los usuarios.

Sin duda, “las aftas recurrentes eran fruto del estrés”, determinó el colegiado en los cuatro minutos que duró la consulta. Al final resultó que era cáncer y perdió parte de la lengua.

La niña, la Marta, aprendió a poner lavadoras hace algunos años, cuando su madre estuvo ingresada en el hospital más de dos meses. Cuando Loli acudió al médico porque no paraban de salirle llagas en la boca, se le recetaron unas piruletas —que no cubría la Seguridad Social— y unos ansiolíticos —media pastilla a media mañana y una entera a media tarde—. Sin duda, “las aftas recurrentes eran fruto del estrés”, determinó el colegiado en los cuatro minutos que duró la consulta. Al final resultó que era cáncer y perdió parte de la lengua.

Se quedó gangosilla, pero se le entiende. La trabajadora social de su ayuntamiento le dijo que no creía que le dieran ningún grado de discapacidad, ya que la lengua entera no la necesitaba para limpiar cocinas, habitaciones de hotel o cambiar sábanas en la residencia de personas mayores donde cubre vacaciones de otras compañeras.

Loli no quiso meterse a arreglar papeles porque, si la trabajadora social le había dicho que no, ¿para qué se iba a meter en abogados que al final le costarían dinero? Tampoco ella sabe tanto como para tener nada que decir, y lo que sabe no sabría cómo decirlo. En vez de media por la mañana y una por la tarde, ahora se toma tres al día de las pastillas para las llagas —como les dice ella— y así le duele una mijilla menos la vida, porque a ella, más que el cuerpo, le duele la vida.

Los meses que la Loli estuvo ingresá, su madre se vino a vivir a su casa para guisar —planificar, comprar, prever, aprovechar alimentos— y llevar un poquillo la casa, porque la Marta era muy chica para hacerse cargo de todo.

En aquella época, cuando la Loli se puso mala, España vivía en ese tiempo de “vacas gordas” en el que ser mileurista daba lache. Juan Manuel, por diez horas de trabajo —y un par de ellas de ida y vuelta—, ganaba mil cuatrocientos euros, de los que ahorraba el menú diario del bar porque su suegra o su mujer —gratis— le preparaban la capacha. El padre de Juan Manuel cada vez está más viejo y más torpón. Mientras nuestro protagonista se bebe la sexta cerveza con tapa de scroll infinito, lo llama su hermana para decirle que la ayuda a domicilio no llega, y que ella no puede hacerse cargo de todo. Lleva todo este año cuidando abnegadamente del anciano, pero ayer la llamaron para la corrida de las nísporas en Almuñécar. Son once horas de pie en la cinta, más el tiempo de ida y vuelta. Ha pensado en llevarse al viejo a su casa, pero aun así serían muchas horas para el agüelo se quede solo. Sus niños están en el colegio y luego van a las extraescolares —para que ella pueda entregar sus huesos al capital—.

Hay que hacer algo hasta que la Junta de Andalucía le mande una mujer de ayuda a domicilia, se solicitó hace dos años. Si no pues que pregunte la Loli cuánto vale la residencia donde trabaja ella, o buscar a una mujer que se encargue pero… que ¡están pidiendo a las sudamericanas un sueldo digno para cuidar a los viejos! Al final, se va a comer el agüelo antes de morirse las cuatro perras ahorradas, la casa y la finquilla de piedras que estaba destinada a la herencia. En fin, la cosa está muy mal. 

Juan Manuel sabe que tiene un problema, y sabe cuál es: la islamización de Europa. 

El hombre abre otra lata mientras espera a que venga su esposa. Ella y su hermana tendrán que ver cómo se las arreglan hasta que le concedan la ayuda a domicilio al viejo. Él no va a ir; él no sabe.

De mientras, entra el hijo en la casa. Pasa directamente a la cocina, sin saludarlo. Abre la nevera, coge algo y se mete en su habitación. Son las diez y media. Loli está a punto de llegar; hoy le toca limpiar el restaurante. Marta hasta más de las doce no hace acto de presencia, aunque su padre no lo sabe porque no pregunta. La joven, cuando sale del instituto, prefiere irse directamente a casa de su noviete, donde, todavía, nadie la manda a limpiar, ni a hacer camas, ni a poner lavadoras.

Juan Manuel sabe que tiene un problema, y sabe cuál es: la islamización de Europa. Ha visto un vídeo en internet donde dicen que millones de personas musulmanas van a celebrar la fiesta del cordero a finales de mayo de este año 2026. ¡En España!

Juan Manuel se ha dado cuenta de que cada vez hay más moros en la empresa de construcción donde él trabaja; más moras en el puticlub donde pasa los sábados por la noche; más moras cuidando viejos; más moras en las corridas de la Costa Tropical. En general, más moras levantando España tan alto que, cuando se venga abajo, no va a haber dios que reconstruya los pedazos. [Amén. Nota de la autora]

Abre otra cerveza, da un me gusta, se asusta con el ladrido del perro del vecino. Llega la Loli. Le pregunta qué hay de cena.


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