Opinión
Crónicas dispares del ocho eme

Ella no es ni machista ni feminista: cree en la igualdad. Todas sus amigas han vivido situaciones desagradables en la intimidad con hombres, pero no conoce a ningún violador. Cuando vuelve sola a casa por la noche pasa miedo y cree que es normal, que siempre ha sido así.
8m 2026 Andalucía - 4
Ana Martinez Manifestación del 8M en Sevilla.
19 mar 2026 06:00

Como el ocho eme ha caído este año en domingo, el ayuntamiento ha celebrado la comida el sábado. El siete de marzo: una comida gratuita, con conjunto musical en directo y actuaciones de actrices aficionadas interpretando mujeres en la historia.

La comida la ofrece el consistorio y es exclusiva para mujeres. No pueden asistir ni hombres —salvo el alcalde, que juega al Candy Crush detrás de la barra— ni menores de dieciséis años; es decir, tampoco pueden asistir las infancias. Algunas mujeres que son abuelas no han podido acudir porque se han quedado cuidando de las nietas. Porque, si los padres y abuelos no las cuidan el resto del año, ¿por qué lo iban a hacer el ocho eme?

Otras mujeres también se han quedado en casa: porque no tenían con quién dejar a sus criaturas, porque tienen familiares a su cargo o porque solo van donde va el marido. Y el marido a la comida de las mujeres del ayuntamiento no puede ir.

Quien sí ha ido ha sido Rosa. Desde que se anunció la comida pidió cita para el día de antes en la peluquería, donde de paso se pintó las uñas. Ha ido a la comida con su amiga porque, para un día, ¡qué coño!

Rosa lleva preparándose para el evento del sábado toda la semana. Porque echar el día fuera no es salir y ya está: es dejar preparado el almuerzo y la cena para quienes se quedan en casa. Así que en vez de dejar las alitas  —que es mucho lío: encender la freidora, esperar a que esté caliente— para que las preparen su marido y sus hijos el sábado, las hizo el jueves así se encargó ella que lo hace mejor. El viernes, de comer, hizo lentejas para apurar unas papillas que se iban a echar a perder; y dejó preparada carne en salsa para el sábado. Además, ya que estaba en la cocina, el mismo viernes,  entollinó una ensaladilla rusa - con mahonesa casera que le gusta a su hijo*-  para que cenara su familia el sábado, por si llegaba muy tarde y no tenía ganas de ponerse a cocinar. Y también por si a los hombres les daba hambre: la ensaladilla estaba preparada, con un poquillo de companaje, y sanseacabó. Porque un día es un día y hay que salir de vez en cuando. Para eso es el día de la mujer. Aunque un día de felicidad cueste una semana de previsión y doble turno. 

Cuando Rosa llegó a su casa, a las nueve y pico de la noche, se encontró toda la comida sin tocar y la casa vacía. Tanto esfuerzo en balde. Su marido y sus dos hijos se habían ido de cervezas al mediodía y aún no habían vuelto. Para ellos es un día como otro cualquiera: un día en el que no tienen que preocuparse de prever almuerzos, ni cenas, ni gastos. Su día consiste simplemente en salir a la calle sin echar cuentas.

A Khadiya este ocho eme le ha cogido en Ramadán. Ella, de todas formas, no sale mucho de casa, más que para hacer sus mandados o cuando va de vacaciones a Marruecos. Y muchísimo menos iba a salir el ocho eme. Llegó aquí hace diez o doce años con su marido, su niña chica y embarazada por segunda vez. Está contenta con su vida, pero tiene un miedo atroz a que sus criaturas dejen de ser musulmanas al crecer en una sociedad de mayoría cristiana, donde el calendario escolar se rige por festividades y efemérides católicas.

Ser musulmana se convirtió, al llegar a Andalucía, en la piedra angular de su identidad. Y para ella eso significa comer harira y chubbakia en Ramadán, asumir todas las responsabilidades domésticas, hablar árabe y entregar regalos a las infancias en aashura. ¡Ah! Y que sus hijas sean musulmanas y cumplan con lo que ella misma cumple.

Durante el mes de Ramadán, Khadiya pasa la mayor parte del día en la cocina. Como es fundamental que los platos servidos sean gastronomía marroquí, se ve obligada a hacer ella misma en casa hasta el pan y el rgaif. Así ha pasado el ocho eme: entre almendras, azúcar y harina. Con la diferencia de que hoy ha recibido por guasap mensajes con imágenes de flores y corazones recordándole que es una mujer maravillosa y el sostén de su casa: ¡feliz fiesta de la mujer!

Además, en otro grupo de difusión religiosa ha recibido un vídeo de un sabelotodo islámico advirtiendo a las mujeres musulmanas que viven en Occidente del peligro de celebrar el día de la mujer y convertirse en una de esas europeas que descuidan su casa. El señor del vídeo recuerda lo contento que se pone Dios cuando ve a una mujer en su casa, porque el lugar de la mujer es la casa. Khadiya, que cree que no sabe mucho, se alegra de que un hombre como el del vídeo —que sabe tanto de Dios— valide la forma que tiene ella de estar en el mundo.

Judit tiene veinticuatro años y está haciendo unas prácticas remuneradas de enfermera en una clínica privada. Ella no es ni machista ni feminista: cree en la igualdad. Todas sus amigas han vivido situaciones desagradables en la intimidad con hombres, pero no conoce a ningún violador. Cuando vuelve sola a casa por la noche pasa miedo y cree que es normal, que siempre ha sido así. Tampoco teoriza demasiado: invierte las horas en mirar vídeos rápidos  en su móvil de marca.

A Judit le toca trabajar este domingo de ocho eme. En la sala de personal se encuentra a la encargada del turno desquiciada, trasteando con el ordenador: se ha roto. Algo pasa, pero como es domingo no puede llamar al equipo técnico de Madrid para que lo arregle.

Delante de Judit la encargada solo se queja, pero cuando llegan otros compañeros hombres les pregunta si saben arreglarlo. Por un momento, Judit tiene el impulso de ofrecerse: ella sí sabe. Hizo el bachillerato tecnológico y su padrastro es informático. Sin embargo, decide callarse. No ofrecerse como salvadora. Dejar de solucionar el problema. Ahorrarse una ayuda que nadie le ha pedido.

Desde una esquina de la sala, invisible, ignorada, la joven observa cómo el equipo del turno se desquicia sin dar pie con bola, mientras ella tiene la solución en sus manos. Es una sensación muy extraña, pero es mucho más agradable que gracias ausentes que recibe cuando se ofrece. Judit todavía no lo sabe, pero después de este ocho eme ya nada volverá a ser como antes. Ha desbloqueado un superpoder. 

Cayetana con seis años una no tiene noción del tiempo, y menos aún de un tiempo tan abstracto como el calendario gregoriano. Lo importante para ella es que hoy ha venido Fabiola, la última niñera. Ha jugado con ella otras veces y le ha dicho que viene del mismo país que Pocahontas.

Fabiola es fantástica: pinta caras como hadas y dragones y sabe canciones en un idioma que parecen trabalenguas Juega con Cayetana hasta la hora de la cena y deja que se quede un poquito más en la bañera, con espuma de olor a fresa.

Es ocho eme, pero a la mamá de Cayetana eso no le importa porque ella ya vive en la igualdad. Lo único que le incumbe es que una locas han cortado la calle para manifestarse. Ha quedado con sus amigas para una clase extraordinaria de pilates.

El papá de Eugenia llega primero a casa. La niña lo oye desde la bañera y llama a Fabiola para que la ayude a salir y poder recibirlo. Fabiola tarda en venir. Finalmente llega, pero no como siempre con sus ganas cantarinas de jugar mientras ayuda a la niña a ponerse el pijama.  Eugenia se extraña. Hoy será la última vez que venga. La niña se dará cuenta más tarde. Fabiola va a ser despedida por desobedecer los deseos de papá, que es quien manda. 

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